Mostrando entradas con la etiqueta Crónicas de Barrio. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Crónicas de Barrio. Mostrar todas las entradas

miércoles, 3 de febrero de 2016

Yo también lo vote, ¿y qué?

Habida cuenta de la muy festejada confesión de Polito Herrera, Crónicas de Barrio presenta ahora otra sesuda argumentación a cargo de Elda Noemí Stancatto, amante esposa y mejor ama de casa.



Yo lo voté por la grieta, es decir, para tapar la grieta. En realidad, de política no entiendo mucho ni me importa. En casa, pocas veces se hablaba de política. Eduardo, mi esposo, siempre dijo que la política era una porquería y los chicos, Felipe y Santiago, se criaron con esa idea, o sea, no meterse en cosas raras. Pero desde que llegaron los Kirchner, la historia cambió, sobre todo por el abuelo, el padre de Eduardo, que a él sí, siempre le gustó la política. Claro que una cosa era cuando joven, pero ahora, con ochenta y pico, es diferente. Ya nos habían advertido en el geriátrico que don Hortensio hacía mucho barullo con la política entre los demás viejitos, pero uno reacciona cuando las cosas ya pasaron.
Desde que vinieron los Kirchner, la vida en familia se complicó. Al principio no tanto, pero Felipe, el mayor, que estaba empezando la Facultad, vino un día muy contento porque el Presidente había sacado el cuadro de Videla no sé dónde, y no sé qué de los desaparecidos y todo eso. El padre le dijo: “vos dedícate a estudiar y no pensés en cosas raras”. Pero el nene, no sé, serían las malas compañías, sobre todo una chica que estudiaba con él, judía, Ostrowski o algo así, y ojo, yo no tengo nada contra los judíos. Pero se notaba que esta chica le estaba metiendo ideas en la cabeza. Cuestión fue que cuando pasó aquel lío entre el gobierno y los del campo, cosa que yo nunca entendí, Felipe empezó con eso de la oligarquía y a Eduardo no le gustó nada. Le dijo: “qué querés, terminar como el abuelo. Vos dedícate a lo tuyo.” Pero el nene ya no escuchaba. Y eso fue el comienzo, porque lo peor vino con Cristina.
En casa siempre se hicieron reuniones de familia. Mi esposo tiene tres hermanos y a todos les gusta juntarse cada tanto, los fines de semana, a veces en casa o en lo de Germán, con amigos y otros parientes. Del lado de mi familia, mi hermana Nora, mi prima Teresa y a veces Luisito, pero somos pocos. En esas ocasiones, al abuelo lo sacan del geriátrico, lo traen en la silla de ruedas y el viejo, chocho, hay que ver cómo maneja las rueditas, anda de un lado a otro, va hasta la parrilla, vuelve, quiere hacer cosas y la verdad es que molesta más de lo que ayuda, pero todo bien. A veces, lo ponemos en un rincón, al lado de una mesita, y se pela, él solo, un kilo de papas para la ensalada. Y habla. No para de hablar. De política. A veces da gusto escucharlo pero al final cansa.
Don Hortensio fue lo que se dice, un padre ausente. Eso por culpa de la política, porque siempre estuvo muy perseguido, así que los hijos se criaron como pudieron y eso explica muchas cosas. Claro que igual, todos lo quieren. Y ni falta hace decirlo, es peronista, cosa que, según él, no quiere decir nada. “Hay peronistas que son flor de hijos de puta”, dice siempre, y entonces lo mira a Germán, que también es peronista pero será de otra rama o algo así. Y eso que es el hijo, pero igual, lo mira mal. A Eduardo, mi esposo, no es que lo mira mal. Una de las últimas reuniones le dijo: “vos no sos peronista, ni radical, ni comunista, o sea que sos medio pelotudo”. Y como la cosa ya venía media caldeada, Eduardo se calló la boca.
Como decía, desde que llegó Cristina, todo se puso peor. Se abrió la grieta. No digo que sea culpa del abuelo, porque para mí, es viejito y hay que entenderlo, hay que entender las cosas que vivió. Pero tampoco lo justifico, porque hay formas y formas de hablar, no hace falta ser tan grosero. Por ejemplo, tiempo atrás, Juanita, la esposa de Horacio, empezó a hablar pestes de la Presidenta, que cómo se vestía, que cómo hablaba, que era soberbia, corrupta y todo eso que explica Lanata. A Felipe, que como dije, ya está medio adoctrinado  por esa amiga judía, no le gustó y se puso a discutirle, todo a favor de Cristina. Y Juanita todo en contra. Hasta que Juanita dijo “es una yegua”. El abuelo, que venía escuchando, allí no se aguantó más. Mirándolo a Felipe, le dijo “no te gastés pibe, es la envidia”. Y Juanita, de buenas maneras, le dijo “ay, abuelo, ¿envidia de qué?”. Y el viejo, como si nada, le dijo “pero vos te miraste al espejo, pedazo de bruja. ¿Cómo podés hablar así de una mina linda y con cojones?” La Juanita medio que se quedó tartamudeando y el viejo siguió: “antes de hablar mal de la Presidenta, cortá con el jarabe de gilastrina”.  
Menos mal que Eduardo es componedor en todo. Así que lo atajó a Horacio, el esposo de Juanita y le dijo al abuelo que se callara. “Pare, viejo, sin ofender”, le dijo. Pero ya era tarde. Horacio y Juanita dejaron de venir los fines de semana. El abuelo dijo: “dos soretes menos, vamos bien”.
Desde aquello que pasó, Eduardo propuso que no se hablara de política en las reuniones de fin de semana y todos estuvieron de acuerdo menos el abuelo. “Eduardo, de qué querés hablar, vos sos bastante nabo”, le dijo, más o menos. Y Eduardo lo amenazó, que si seguía así, no lo sacaba más del geriátrico. Pero el abuelo siguió. “Eso no te hace menos nabo”, le dijo. Lo peor de todo fue que Felipe, mi propio hijo, lo festejó al abuelo y terminó peleándose con el padre.
Lo que sí hay que reconocerle a don Hortensio es que es un hombre muy leído y es difícil discutirle, y menos de política. Desde que le regalaron una computadora portátil, se lee todos los diarios en el geriátrico. Según nos contaron, junta a los viejitos en el salón y les lee el diario Clarín y les explica que hay que estudiar al enemigo. Después les recita lo de Página 12, que es un diario K, y así se le pasa el día. Por lo que vi, la mayoría de los abuelos no le entienden nada, pero las enfermeras que lo cuidan sí. Es más, hay dos de ellas que lo adoran. Qué lucidez tiene don Hortensio, y es un amor, dicen, salvo cuando se pone demasiado cariñoso y entonces hay que atajarlo de manos. A una al menos, le propuso algo así como un sexo tántrico sin compromiso. Yo no sé qué significa eso, aunque conociendo al abuelo, debe ser medio pervertido.
Como sea, con el abuelo o sin él, la grieta ya estaba abierta y en cada reunión se abría un poco más. Don Hortensio, mi hijo Felipe, el más chico, Santiago, medio que también, Silvia y el marido, la prima Teresa y el último novio que se le conoce, un tal Alberto, todos ellos se hicieron kirchneristas. El tío Julio y la esposa, dos amigos de Germán, la mujer de Germán, Horacio y Juanita, qué se yo, todos los demás, eran anti. Y Eduardo, en el medio, tratando de componer las cosas. Claro que con el tiempo, fue imposible. Ya con la picada de salamines, alguno sacaba el tema de la política y cuando salían lo chorizos y las morcillas, varios empezaban a mirarse mal. Y hay que reconocer que esto no era culpa del abuelo. Porque en general, el que sacaba el tema era el tío Julio, que siempre se queja, o la esposa, Sara, que es bastante insoportable, siempre hablando de los viajes a Europa, a Miami, y de la casa en Pinamar. Así que donde empezaban a hablar mal del gobierno, los demás escuchábamos y una ya se lo veía venir. Don Hortensio seguía comiendo como si nada, pero se movía en la silla de ruedas como si le estuvieran picando hormigas. Silvia y el marido no contestaban pero se notaba que estaban incómodos. El primero que saltaba era Felipe, mi hijo, y eso que siempre le decíamos que se callara la boca. Y así hasta que, un día, el tío Julio se quejó del impuesto a las ganancias, lo que le descontaban y que todo se lo afanaba Cristina, algo así. Entonces el abuelo, bien, le dijo, “mirá, Julito, vos sos mi hijo y te quiero, así que tengo que advertirte que anda dando vuelta la máquina de cortar boludos”. Algo así le dijo. Y el tío, respetuoso, le dijo “vamos, viejo, te pasaste la vida soñando con una revolución y mirá cómo terminaste”. Algo así. Y desde entonces, don Hortensio jamás volvió a dirigirle la palabra a su hijo. Según Eduardo, fue muy feo lo que le dijo el tío Julio porque al viejo se le puede criticar esa manera de decir las cosas, pero nunca echarle en cara su vida de lucha. Eduardo no habla mucho de eso, pero parece que el abuelo las pasó muy feo con los militares, cuando lo voltearon a Perón, que entonces era muy joven y estuvo en no sé qué de la resistencia, y después también, en la época de los desaparecidos, cuando nadie sabía dónde estaba. Para mí que fue preso varias veces, él y la abuela Marta, que murió muy joven.   
Cuestión que se hicieron dos o tres reuniones más, el año pasado, y después, nunca más hasta la Navidad pasada, que entonces ya había cambiado el gobierno y Eduardo, siempre componedor, insistió en juntar a todos. Al abuelo lo fueron a buscar a lo último hasta el geriátrico y nomás que entró, saludó a todos “Bueeeennaaas, ¿cómo anda el gorilaje?, ¿todos contentos?”. Algo así. Y todos callados, no era cosa de empezar a pelear de entrada. Así que lo acomodaron en la cabecera de la mesa y por suerte nadie habló de política, al menos hasta las doce, que fue cuando se hizo el brindis, que entonces Germán dijo “felicidades, che”, y el tío Julio dijo “felicidades, es tiempo de abrir los corazones”. Algo así. Y entonces el abuelo, que tendría algunas copas encima,  dijo, al tío Julio le dijo, “a vos Macri te abrir el orto, pelotudo”.  Y fue el final. A don Hortensio se lo llevaron al geriátrico y lo último que le escuchamos es que cantaba algo así de la liberación. Hasta hoy, no sé si es que no lo volvieron a sacar de allí o es que el viejo no quiere salir.
En síntesis, la grieta está. Yo no sé si irá a cerrar. Yo lo voté a Macri porque las grietas me dan miedo. Según don Hortensio, lo mejor del kirchnerismo fue que la gente volvió a hablar de política, a discutir, a pelearse, y que eso es bueno para la sociedad y sobre todo para los más jóvenes. Pero como dice mi marido, Eduardo, ahora la gente no va a pelearse tanto, que estarán los loquitos de siempre, pero nada más. ¿Será así? No sé. Pero estoy segura que al abuelo se lo va a extrañar. El único que lo fue a visitar seguido durante enero es mi hijo Felipe, que por suerte se peleó con la novia judía.      

lunes, 18 de enero de 2016

Yo lo voté, ¿y qué?




La reveladora confesión de Polito Herrera que esclarece sobre los intríngulis existenciales de un ahorrador verdolaga.  

  
A mi modo de ver, el dólar es una de las más grandes creaciones de la humanidad, acaso comparable a la electricidad o el antibiótico. Según mi padre, que sabía un montón de estas cosas, los tipos que manyan de la economía, un día se pusieron de acuerdo para que el oro dejara de usarse de moneda de cambio mundial y en su lugar pusieron al dólar. Dejando de lado que lo más beneficiados fueron los yanquis, que son los que tienen la maquinita de hacer billetes cosa de que nunca les falte, fue un gran avance porque eso de garpar con bolsas de sal, pepitas o lingotes de oro era demasiado incómodo.  

El viejo sabía de economía. Había pasado por el Rodrigazo, la tablita de Martínez de Hoz, la 1050, el peso ley, el peso A, los australes y había visto multiplicarse los 0  de la moneda nuestra como si fueran conejos. Por eso, cada vez que le sobraba un mango, le compraba dólares al Tano Vicchi, que tenía parada en el centro pero te los traía a tu casa, dobladitos y listos para guardar. El viejo los enrollaba, los metía en una bolsita de celofán y los escondía atrás del ropero a salvo de humedades, corrosiones y devaluaciones. Soñaba con un enroque fenomenal: vender la casa de los abuelos y comprar una más grande para mudar a la familia. Pero se fue al paraíso de los ahorristas con un infarto que le partió el corazón en el patio donde la abuela sabía pasar las tardes de verano sentada en su hamaca de mimbre.
De más está decir, a esa herencia le agregué lo mío. El primer billete de cien dólares, con el sobrante de un aguinaldo, se lo compré a un tío que andaba necesitado de contante efectivo, cuando el viejo todavía vivía, soñaba, y yo, que noviaba con la Gorda, (que entonces no era gorda y tenía la facha de la Liz Taylor), soñaba con casarme, tener dos hijos y llevar una vida de bacán. También creía, por esos años, que Gimnasia y Esgrima de La Plata, el club de los amores, saldría campeón del futbol argentino.
Confieso que no fue sencillo, pero cada vez que me sobró alguna moneda, la hice puré en verde billete, fuera de a uno, de a cinco o de veinte…
Al fin de cuentas, aun reconociendo las propiedades inigualables del Washington cien, cada precioso papel supo contar en la suma de cabal aritmética. Y no viene al caso divulgar alegremente cuánto llevo cargado en el rejunte. Ni la Gorda lo sabe. Será poco o mucho según quien lo mensure, pero para mí es algo así como una fuente de vida. Y lo digo en todo sentido. Mis dólares tienen ese “no sé qué”, una fuerza interior que le da certeza a mis pasos, una garantía de que nadie me va a fumar el fruto del sudor y al mismo tiempo un elíxir fenomenal para destrabarme las ganas cuando la historia pinta fulera, cosa que suele ocurrir a menudo.
Contar los billetes de dólar, cada tanto, supone un acto de reafirmación espiritual. Por más que uno sepa cuanto suma el total acumulado, volver a pasar de mano en mano el papel precioso resulta estimulante y no puede compararse con la manipulación del billete argentino. Nada que ver. Uno cuenta el sueldo, a fin de mes, cuánto tiene, cuánto va a necesitar, cuánto le queda, y nada, es una depresión. Por más que rasque cada billete, o que le haga cosquilla a un cien o a un cincuenta, la sensación es “qué cagada”. En cambio, el simple acariciar del verde, nomás al tacto, su suavidad, su tersura, la caripela de un Washington que te mira como diciendo “quereme, guacho”, eso es fabuloso. Y es que el dólar es mimoso por naturaleza. Según me contaron, los tipos que los fabrican en Estados Unidos tienen que reunir ciertos requisitos que ellos llaman de “inteligencia afectiva” y están permanentemente sujetos a controles psicológicos, cosa de que cada billete no imprima desórdenes sentimentales y todo eso. No sé si será cierto, pero algo así debe haber.
Desconozco si son todos los dólares iguales, pero los míos, los que van a para a la bolsita de celofán, atrás del ropero, adquieren esa capacidad especial. A veces llego del laburo, cansado o angustiado, con ganas de rifar la vida, y entonces me encierro en la pieza, cazo los dólares, los desenrollo, los apilo y con el dedo gordo les doy aire cerquita de la nariz y respiro hondo cosa de que el aroma me penetre en los pulmones, bien al fondo. Y uno siente como una ventilación mental, un aliento purificador que te dice, tranquilo, viejo, serenate, ya va a pasar. Y sí. Los guardo, me morfo un churrasco y me voy a dormir como un angelito y al día siguiente amanezco entero, con más ganas que nunca de darle para adelante.
Está claro que tampoco es cuestión de abusar. El perfume de los dólares es inigualable. Ni ahí se puede comparar con la baranda de los pesos nuestros. Pero he comprobado que cuanto menos manoseado está el billete, más valor tiene en todo sentido. El billete nuevo, recién salido de fábrica, es como un cero km. Por eso, dirán lo que dirán, pero cuando compro dólares, siempre le digo al Tanito Vicchi, que es el hijo del Tano y trabaja de arbolito, siempre le digo que me dé de los nuevos, sin marcas ni arrugas. Después, en casa, sin que me vea la Gorda, con la punta del meñique, le hago así como un saludo, una bienvenida. Un beso y a la bolsita.
Con el tiempo he llegado a descubrir que estos billetes poseen, entre otras cosas, propiedades curativas. Por ejemplo, cuando Carmencita, la más chica, andaba por los doce años, le empezaron a salir granitos y hasta forúnculos. Con la Gorda nos cansamos de probar medicamentos. Hasta con el anillo de oro del casamiento lo frotábamos y le hacíamos la cruz en el grano, pero nada. Hasta que se me ocurrió usar un billete de diez dólares poniéndoselo de fomento. Creer o reventar, la porquería se secaba enseguida. De ahí en más, santo remedio. Y santo en serio, porque me acuerdo cuando me dieron las arenillas en los riñones y no había manera de calmar el dolor. La Gorda se cansó de ir a la iglesia para rezarle a San Antonio, que es protector de los animales y, para ella, se aplicaría en mi caso. Y nada. Menos me aliviaban los remedios. Hasta que se me ocurrió recurrir a los dólares. Anduve tres días acostado con dos billetes de cien en la ingle, uno a cada lado de los huevos. Me empezó a salir la orina color verde, hermosa, que daba ganas de guardarla de recuerdo. Y chau arenillas. Me curé.
Las virtudes energéticas del dólar también están documentadas. Leí en alguna parte que el secreto está en la tinta con que los imprimen, que es una tinta especial que reacciona al papel y en determinadas condiciones climáticas, irradian como una luz benefactora, fuente de inspiración para muchos filósofos, sobre todo, los que viven cerca de Wall Street. Pero otros ejemplos me sobran y doy fe por propia experiencia. Recuerdo cuando Felipe, mi hermano, se llevó puesto un camión de hacienda en la Ruta 2 y estuvo una semana en terapia intensiva antes de pasar a mejor vida. De la angustia, habrá sido, me dio el insomnio. No sé quién, me convidó unas pastillitas para dormir, pero nada, a la mañana tenía los ojos como dos huevos fritos. Al tercer día, saqué la bolsita de celofán, la puse debajo de la almohada y no sólo que apoliyé como un bebé sino que al día siguiente estaba con las neuronas a full y unas ganas bárbaras de practicar el Kamasutra con la Gorda.
Los dólares no envejecen, por más que les cambien el diseño. Por eso, en cualquier parte del mundo, salvo en Brasil, los agarran al toque. Eso demuestra que son unos negros brutos y lo único que hacen bien es jugar al futbol. Tres años atrás, fuimos a Florianópolis con la Gorda y los chicos. Primera vez que subía a un avión y salía del país. Apenas llegamos, me ofrecieron reales, que es la moneda de ellos. Una mierda, igual que la nuestra. Y yo de gil no tengo nada. Cuestión que vamos a la praia, espectacular, mesita al lado del mar, camaraos y frango, el agua trasparente que te ves los pies. A la tarde, viene el negrito a cobrar y yo pelo un cien verde. Me pone una sonrisa de nabo y me dice que no. Reáis, reáis, me dice. Así que lo llamo al trompa y me dice lo mismo, dólar no, reáis si. Pero vos estás en pedo, le digo, ¿sabés lo que esto? Dólar. Y el tipo me dice que sí, que sabe, pero que me los puedo meter bien en el orto, no con esas palabras pero más o menos así. La cuestión fue que tuve que cambiar dólares por unos reales de mierda y por eso, nunca más volví a Brasil.
Para terminar, mi última experiencia casi milagrosa con el dólar fue hace poco, meses atrás, cuando la Gorda me planteó sus dudas sobre nuestra relación y se fue con los pibes durante dos meses a la casa de sus padres. No viene al caso explicar los motivos, que los había y le prometí cambiar. Pero en ese momento, yo no entendía nada. Me agarró la desesperación. Porque la Gorda tendrá su carácter, será lo será, pero la quiero y después de veinticinco años de casados, no se me ocurre vivir sin ella. Así que un día saqué un big cien nuevito, la fui a buscar a lo de los viejos, y así de rodillas, le dije, mientras le extendía el verde, le dije: mi amor, volvé por favor, tengo un montón de estos y nos vamos al Caribe. Y a ella se le iluminó la cara y me contó que sintió como una energía calórica cosa de que fuera imposible negarse.  
Y es que la Gorda siempre soñó con hacer un crucero en barco por el Caribe. Quince días de vida cajetilla, recorriendo islas espectaculares, fiestas todas las noches a bordo, camarote vip, chupi y morfi a lo bestia, paseo por la cubierta viendo el atardecer, todo eso que lo vio por la tele. Y ojo, no digo que la pasamos mal en las vacaciones en el hotel del gremio, en Mar del Plata, o en Córdoba, o cuando fuimos al Norte, al Sur, qué se yo, la verdad, no me quejo, la pasamos bárbaro estos diez años. Pero claro, uno siempre quiere más. Así que pronto, cuando junte unos dólares nuevos, voy a tener que usarlos. Promesas son promesas.
Mientras tanto, tengo una fe ciega en la capacidad reproductiva de mis verdes. Según el Cuervo López, que es muy lector, parece ser que los norteamericanos están haciendo estudios para fabricar dólares machos y dólares hembra, cosa de que uno los junte en una bolsita como la mía y ahí se den matraca entre ellos y tengan dolarcitos, que no serán de cien, seguro, pero de uno y de cinco. Y como ya dije antes, todo suma. Sería fantástico que cada tanto, cuando uno los vuelve a contar, como hago yo, se encuentre con la cría.
Por todo esto, para mí fue criminal que Cristina le pusiera cepo al dólar. A mí no me afectó mayormente. Con el sueldo en blanco no me daba para comprar ni cinco, y con el sueldo en negro, siempre lo tuve al Tanito que me los dejaba a buen precio. Pero eso de un cepo, que es para presidiarios, no tiene nombre. Así que por eso voté por el cambio. Reconozco que en estos años salí de la malaria, cambié el auto, agrandé la casa de los abuelos y hasta le puse aire acondicionado a todas las piezas. También fueron los mejores años para ahorrar sin privarse de nada y comprar dólares. Pero insisto, lo del cepo es criminal. No se puede agredir así a la única moneda que existe en el mundo, salvo en Brasil.   
 Así que ahora, con Macri, voy a poder ir a cualquier banco y chau, dame cien. Y me los tienen que dar. Vamos todavía. Calculo que en un año o dos, si la metalmecánica sigue andando como hasta ahora, si no empiezan a traer repuestos importados como en otros tiempos, cuando la fábrica tuvo que cerrar, cumplo la promesa que le hice a la Gorda y nos piramos quince días al Caribe. O a Europa. Uno siempre quiere más.  

lunes, 8 de junio de 2015

Ni una menos



A prosópito de la maroma feminista que se espande por la argenta geografía y por ende, poniendo a salvo la buena fe del cronista y el respeto que el seso débil le merece,  viene a cuento la dramática, por no decir trágica, historia de lo acontecido la noche del pasado 16 demarzo del corriente, a dos cuadras del glorioso, sin ir más lejos, que fue cuando el Petiso Sandonato la cirujeó a la jermu con un tramontina largo de los comunardos y si se arrepintió, nadies sabe: de última, la jeta feliz de pajarito sin jaula que le chantó al juez de turno, le sinificó la condena de femicida.

Como siempre, para hacer entendedera, hay que empezar por el principio. El Petiso Sandonato nació petiso, metro sesenta con suerte y en los años mozos, si por falta de morfeteo posta o por herencia de sangre, todo es posible. De pibe le dio el berretín de jugar de arquero en el fulbito del potrero, donde sacó chapa de gran Carrizo por eso de que el travesanio era una línea imaginaria calculada a ojito. Cuando tuvo que plantarse en un arco de endeveras, se le finó la estampa. Destino de marcador de punta o cinco raspador, antes que tarde supo que lo suyo pasaba por la escoba de 15 o el chin chon, porque ni para el truco servía, hay que decirlo, tan lejos de la maldad le andaba, tan predecible, tan buen tipo. Al decir del finado Jerétaro, un angelito sin alas, esiliado del cielo porque Dios no es bueno.

Recién cumplidos los 18, empezó a noviar con la hija de los Ferretti, la del medio, Nora Susana, que entonces no era la Gorda pero podía presumirse que llegara a serlo. En otras palabras, un tanque Sherman de envidiables cañones y rodaje de orugas pa meterle miedo al adoquiín, naifa de sabidas pretensiones, modosita en la apariencia pero con dudoso pedigrí. Apadrinada por la miyiadura, vio en la rotisería de los Sandonato un reaseguro posta que la pondría a salvo de privaciones.

Tres años de zaguán y uno más de chapeo en la placita Sarratea, fueron suficientes. El Petiso de jetra en estreno y la Gorda Ferretti de blanco, se casaron en la Santa Margarita con más fiesta en el salón del glorioso y luna de miel en Córdoba, bucólica serranía donde las malas lenguas ubican el primer cachetazo, bien que amable y acogedor, sensible y amoroso,  tierno y piadoso si se quiere, pero sopapo al fin con que la doña le puso los puntos al varón, como decir, no te hagás el otario, aquí mando yo.

A decir de la verdad,  el Petiso Sandonato tuvo un matrimonio feliz durante treinta años. Al menos, eso fue lo que declaró en los estrados judiciales. Y es que acaso la felicidá no sea un sobretodo reversible. Cada cual la estima a su parecer, es un hecho, como lo es también que el quía se abotonó al destino como el canario en su jaula.

No hubieron hijos. Los viejos Sandonato se fueron al Olimpo y el Petiso heredó la rotisería, lo que es un decir, porque la Ferretti se hizo cargo del mostrador y la registradora con mano dura. Fue allí, entre salamines y mortadelas, donde la Gorda se hizo gorda y calzó los kilos nesarios pa imponer la superioridá física. La crónica recuerda  con vehemencia  la tarde aquella, durante el verano del 93, cuando la dama de fierro calzó al dorima con una horma de provolone sobre la jeta so pretesto de una supuesta infidelidá visual, alvertida de que el varón se había estasiado almirando la baulera imponente de la hija de los Llorente, a consecuencia de lo cual, el Petiso quedó internado en el Interzonal con traumatismo cranial severo. Otra para la historia sucedió allá por el 2001, que fue cuando una banda de hambrientos desocupados quiso hacerse de prepo con algo de la mercadería en oferta, esigencia a la que el hombre acedió rajándose por el fondo, cuestión que si le escapó a la turba, no evitó que la Gorda le saltara a la yugular acusándolo en público de cagón, pija-corta, marica y otros aljetivos irreproducibles, para completar el castigo encerrándolo en un depósito del entrepiso durante una semana a pan y agua.

Claro que no todas fueron espinas en la vida conyugal, a la vista de que hasta el rosal sabe parir su belleza de flor entre púas. No hace tanto, en las mesas decidoras del bar buffé del glorioso Fulgor, supo el querido Sandonato poner en alta estima el indómito caráter de su jermu, a quien definió como una gorda mal arriada pero buena en el fondo. Recordaba entonces las noches que la naifa le dormía en cucharita, lo cazaba del cogote y medio que lo afisiaba para arrastrarlo a un parosismo placentero, o cuando ella, sin alvertirle, le ponía lasante en el puchero, cosa que lo dejaba en feliz labor depurativa intestinal hasta que las almorranas se las ponía de collar. Le dolía, ovio, más que alguna zalipa imprevista, el acoso verbal, la manera con que la jermu solía basurearlo en delante de terceros, pero también recordaba las tardes macanudas, cuando ella le cebaba mates ajoba del alero, en el patio, y lo llamaba pimpollo, mi machito, flor de loto. O flor de pelotudo si andaba indispuesta, con la regla, aunque en esos casos, era comprensible.  

Lo cierto es que nuestro gomía jamás le alzó una mano a la Gorda, aserto que ella supo ratificar en público. Si el idiota me llega a poner un dedo encima, se lo corto con yilé, llegó a confesarle a su amiga Mercedes, la viuda del viejo Gómez.  Y mismo el doctor Grajales, siquiatra matriculado que les hizo terapia de pareja por unos meses en el 2008, que fue a partir de que el Petiso perdió dos dientes del comedero después del cross con que la Gorda lo disciplinó por su inapetencia sesual, confirmó ante el juez interviniente lo que a nadies le escapaba: al muchacho le gusta que lo fajen, es un masoca pelvertido.

Tal aventurada inferencia se contradice con los varios intentos del Petiso Sandonato por escapar del yugo. El primero fue a poco del casamiento, quinto o sexto aniversario,  cuando tras una zalipa que lo dejó de cama, armó un bolsito, llegó hasta la puerta de la rotisería y chau, que te aguante Mongo, le dijo. Ella le juró y perjuró que la cosa no volvería a repetirse, que lo amaba con locura y así, por poco que se le arrastró a los pies y el lunfa reculó y la perdonó. Anédota reiterada varias veces y probado que las promesas se deshacían rápido, unos años después, el Petiso se rajó a escondidas y halló refugio en lo del Rengo Marinelli, el barman del glorioso, donde la Divina Colombres le armó un catre pa que se repusiera del ojo en compota. Y hasta allí fue la Gorda Ferretti, avisada por algún indiscreto, pa rogarle que regresara al hogar, que antes que volver a fajarlo, se cortaría una mano. Pero lejos de cortársela, le dio impulso y efetividá, cuestión que al tiempo, el varón encaró por la legal, se apersonó en la comisaría de la sexta e hizo la denuncia pertinente por abuso y maltrato, a lo cual el Principal Ortelli, no sólo que tenía cosas más importantes que resolver, le dijo, sino que llamó por teléfono a la rotisería para alcahuetearle a la señora  que el dorima  la estaba embretando de lo peor.

Que el Petiso Sandonato pudo tomarse el olivo y evitar así el dramático final, es cierto, pero hay que decirlo, eso le hubiera sinificado olvidarse de la rotisería, ámbito frugal donde se piantaron su días de purrete entre gancheras, quesos y embutidos, donde los trenes de juguete eran ristras de salamines y los autos de carrera defilaban con el olorcito de las morcillas que el padre elaboraba con sus manos en una piecita del fondo. Así que se la bancó hasta donde pudo, siempre con la esperanza de que, con el tiempo que todo lo ablanda, la Gorda se aplacara. Una última denuncia, esta vez en un juzgado de familia, pasó al archivo sin pena ni gloria. Déjese de joder y póngase los calzoncillos, le chantó un secretario. Y eso fue lo que hizo el varón.

La tarde del 16 de marzo pasado, el quía se entretuvo jugando a las barajas en el club. Nueve de la noche, volvió al hogar y cocinó unos churrascos a la plancha. Se bancó el rezo mistongo de la jermu. Qué basura de comida. Y eso fue como un aguijón. Al tecito que la Gorda se enchufaba antes de acostarse, le clavó un sonífero bien pulenta, como pa anestesiar a un elefante. Esperó que la javie se apoliyara profundo. Fue hasta la cocina, cazó el tramontina largo, se arrodilló en la cama, al lado de ella, y allí le dio sin asco, direto al cuore. Un intercostal perfeto a dos manos. La Gorda ni mosqueó. O sí. Quizás alcanzó a abrir los dos ojitos pálidos, desde atrás de los mofletes, como preguntándose por qué. Lo cierto es que el Petiso Sandonato, como liberado al fin, se acostó como todas las noches. Acomodó a la jermu de coté y se apoliyó bonito haciéndole cucharita al fiambre. Por la mañana, se despertó temprano, se mandó el feca de costumbre, calentó el agua pa los mates y abrió el comercio como siempre, nueve en punto, pa recibir al primer cliente de todas las mañanas, don Félix Neira, quien le oyó de primicia la confesión, llana y concisa: la maté, viejo.

Desde hace unos días, el Petiso Sandonato está en la tapa de los diarios, en la radio y en la tele. El feroz femicida del barrio la Testil Argentina, según lo intitulan, no ha mostrado arrepentimiento alguno. Ergo, parece que no hay boga que le empreste la defensa. Hasta el doctor Salvatierra se escusó por eseso de laburo que tiene, pero de seguro que mañana o pasado le sale al ruedo pa ayudarlo gratarola, y es que el gran tordo fulgurense no le hace asco a la dificultá, probado está, másime cuando un varón de ley se arrima a la mala por culpa de una sacudida mental a destiempo, como es el caso. Una carta de puño y letra que el lunfa, desde la celda, le postió a la barra del club, finita el escrito con una frase llamada a ganar un premio en las grandes ligas del orre: Cómo te estraño, dagor…