martes, 6 de marzo de 2012

De carnavales y viejos chotos

Mustios los salones del glorioso, la historia se morfeteó al Rey Momo y tres décadas de olvido calendario no son joda, cuestión que plantó el Ruso Urbansky nomás que reunida la mesa consetudinaria del bar buffé: carnavales eran los de antes. Y todo a propósito de Marito, el pibe de la Cámpora, que hizo entrada esultante y dicharachera para acomodarse a la mesa del billar donde ya lo esperaba el Oreja Pérez.
Tan contento el pibe, o le dura la resaca carnavalera o viene hinotizado con el discurso de la Presidenta, presumió el Rengo Marinelli desde el mostrador mientras zafarrancheaba la primera ronda de vermuces.
Ni ahí. Marito es fana de Pin Floy y aquilató biyuya para garpar el segundo recital de Royer Guoter. No ve la hora de subirse al bondi que lo lleve derecho a Núñez, esplica y da motivo al Negro Gutiérrez para que le salte a la yugular: no tenés cura, pibe, yo te hacía camporista chalchalero.
Primer raun entre el Negro y Marito, ahí fue que el Ruso metió lo del carnaval como para enfriar el entuerto, visto que ni el primer cinzano servido, ya la cosa apuntaba de guerra. Referencia obligada la de José Zambrano, contó de prima, años de pasear la yeca al ritmo de los tambores, que debutó allá por el 43, cuando sumaba apenas cinco abriles. Chaleco celeste cielo salpicado en hilos de plata, leoneras al tono, samica blanca y galerina de azul y brillo, uno de los veinte de la guardia purreta que marchaba por delante del bastón y mando, lejos de la reina, del galante y del repique pero parte necesaria de la histórica “Comparsa Luna Llena” que supo desfilar en el porteño corso de la Avenida de Mayo entre lluvia de papel picado, perfumina y aplausos. Ispirador y gestor de la gloria carnavalera del Fulgor de Mayo, diretor artístico de la inolvidable murga “Bichitos Colorados” y organizador indiscutido de cada jornada de la carnestolenda fulgurense. Allá por los setenta, cuando la milicada serruchó la fiesta, el viejo Zambrano acusó el golpe, le dio la depresión y un día, vestido de arlequín con lentejuelas, se echó en las vías para que un tren lo llevara sin escalas al cielo de los redoblantes. Nostalgia y autocrítica, ¿por qué nadies le tomó la posta?
La cosa arranyaba el domingo, recuerda el Ruso. Pasada la siesta, como a las cuatro de la tarde, salían todos los vecinos de la cuadra, de esta y de acá a la vuelta, unos con baldes de lata, con pomos, y alguno hasta con manguera por las ventanas, y la cosa era entre varones y grelas, como de entrecasa pero empilchados todos, nunca faltaba el pipiolo que se aguantaba al refugio del zaguán pa mostrarse después hecho un dandy, o la minusa que desafiaba alegremente los baldazos pa desfilar de blusa ceñida en su humedá al cuerpo, o el tarambana que se refalaba en los charcos. De todo se jugaba en la mojada: la amistad, rencores de alcoba, broncas y chuzas de familia, hasta cuernos sabidos o presumidos. Épicas jornadas, el glorioso abría sus puertas para la recarga del líquido armamento.
La gran fiesta se pasaba al lunes, memora el Rengo Marinelli, que entonces no era rengo. En dos patas firmes, esimio bailador de tango y fostro, por más disfraz que se calzara, antifaz o mascarita, cualquiera lo reconocía en la pista. Le hacía pie la Juanita Marcilessi, hija de tanos calabreses, un camión con acoplado y bailarina eseccional, que se aparecía de las últimas custodiada por padre y madre, vestida de diosa romana, recuerda haciendo provecho de que la Divina Colombres se fue a comprar manices al mercadito de la vuelta.
Milongas espelunantes, escuchá pibe, le alvierte el Negro Gutierrez a Marito. No hacía falta embucharse pastillas ni darse con jarra loca pa divertirse. Pura provocación del gomero, el pibe hace mutis y regala sonrisa mientras le pone tiza al taco.
Allá por los cincuenta, sigue el recordatorio del Ruso, el baile empezaba a las nueve en punto y en la puerta del club, en la calle, que ya a las ocho estaba pinturita. Los vecinos cada uno con su silla y mesita, la rojinegra colgada en el poste de luz, lamparitas de colores de punta a punta en la cuadra, bar abierto en la vedera todo a precio de costo, esenario en calle para que arrancara la típica de Julián Romero. Pero antes se aparecía en el tablado el viejo García, que por años hizo de presentador, y ahí se mandaba el discurso sobre el sinificado del Carnaval, sensacional arenga política, casi un informe del Comité Central, media hora sin parar y la muchachada lo querían bajar de un hondazo. Dale viejo, le gritaba algún apurado que ya tenía fichada pareja pal baile. Pero el viejo seguía como si nada, y la final siempre lo mismo, con eso de que la alegría carnavalera se continuaba en la lucha revolucionaria de las masas proletarias, así que pedía aprobación al informe, y sí, dale viejo, aprobado y que arranque la típica, y así, ni tiempo para despedirse, el viejo García saludando con el puño en alto y Julián Romero, al piano, le daba el entre al bandonión de Pepe Casco, todo un lujo artístico, selección de tango rante y cadenero.
Para las diez de la noche, la romería era infernal. Mascaritas pa hacer dulce. Murgas que se venían del corso de la calle Sarandí, hacían la pasada y se volvían. Papel picado a discreción. Pomitos con agua perfumada de chorro suave, como pa no mojar en eseso. Diez y media en punto arrancaba la verdulera del Polaco Waczda, eminencia del fuelle, meta polcas, valses y tonadas. Una hora después, infaltable, la yazística “Sol Naciente” del japonés Kanamura, seleción antológica de Glenmiller, Luisarstrong, Sinatra, diez músicos en esena, y cerrando, nueva entrada de la típica de Julián Romero que venía de tocar en el Deportivo La Estrella, que para esa hora, a requerimiento de la masa, todo era gotán dulce y lenteja mechado con algún bolero, música pal abrazo entrador y el aprete en pista prolija, a cuenta de que la custodia jovata relajaba vigilancia.
Aprendé, pendejo, dice el Negro, vuelta a mirarlo a Marito. No como ahora, todos mamados, meta bardo como decís vos, y encima las nenas bailando con las nenas, te das cuenta. Qué garrón, pibe. Pero como si nada, silencio distraído de Marito mientras espera que el Oreja pifie la próxima carambola.
A veces sí. Ya tarde, esplica el Ruso, caía algún cajetilla del centro, en barra, a provocar nomás. Volaba una botella. Se pelaba una cuchilla. Pero pa eso estaba la Guardia Libertaria, que le decíamos, muchachada fulguerense conocedora del oficio y atenta al llamado del combate. En los tiempos de Perón, a los de la Alianza se los frenaba en la esquina de Sarratea cosa de que no llegaran hasta el baile. Alguna vez sonaron tiros, pero a lo que sé, muertos nunca hubo, a lo menos en Carnaval.
Sonrisa sobradora de Marito. Dos carambolas y va por tres. Y el Negro Gutierrez, que hoy le dio por peliarlo, le insiste: aprendé, pibe, eso es respeto, porque se hablaba en cristiano y no en inglés, que no se entiende nada. ¿Qué sabés lo que dice ese Royer Guoter cuando canta? Por ahí te está putiando y vos contento, saltando y bailando. Pifiada del pibe camporista y puteada en medio, cortala de bardear, Negro, dice.
La cosa se espesa como guiso que se enfría. Callado hasta aquí, el doctor Salvatierra, filoso espositor, apresta erudición y lanza: si se me permite, al carnaval lo cagó la bombucha.
Silencio sepurcral. Aclaración se le ruega y viene. La bombucha de agua, esplica, suplantó al pomo. Mismo la serpentina, el papel picado y la asustasuegra se murieron cuando apareció el lanzaperfume, y después la nieve, ¿me esplico? Nuevos elementos tenológicamente superiores que bien embocados, decididamente apuntados a las zonas sensibles, cuanto mejor a los ojos, pusieron al divertimento compartido como resultado del sufrimiento del otro, ergo, manifestación inestremis de la rutura de las cadenas de solidaridad social.
Debe aclararse. El doctor apenas sí le hizo a medio farol de cinzano con una gotita de ferné. Y sigue: el martillo loco, el chipote chillón, la cachiporra sonajera, de elementos lúdicos pasaron a ser ojetos contundentes para provocar dolor en lugar de sorpresa y festejo, si se me permite, dolor, miedo, espanto. La bombucha con poca agua, con sal o con arena, mejor, se supuso, que al no reventar sobre la piel del afetado, lo lastimaba y hería, señores, espresiones todas del desarrollo del capitalismo salvaje, del sálvese quien pueda, si se me permite, y con esto está todo dicho.
Esatamente, razona isofato el Ruso Urbansky, ¿qué diferencia hay entre la muerte del noble pomo plástico, o del bombero loco, con la caída de la Unión Soviética y del socialismo real? Piensenlón, de en serio. Son aspetos de la misma crónica.
Más silencio sepurcral. Marito, el de la Cámpora, se retira de la mesa de billar. Así no se puede jugar oyendo tanta boludez junta. Estuvo en la plaza el otro día, dice, cuando la Presi se despachó con el discurso inagural en el Congreso. Más de tres horas labiando, nomás le faltaba la barba para parecerse a Fidel. Un espetáculo. Y ustedes hablando del Carnaval del tiempo de los picapiedra.
Silencio meditante. No le falta razón al pibe, hay que acectarlo. Culpa del Ruso que empezó con eso del carnaval, se apunta Carlitos Mercier con un manís en la boca. Peronista de Perón y puntero ineternun del municipio, como él dice, nada que ver con Kirrner pero el que gana conduce, esplica, y a la señora hay que bancarla aunque no nos guste. Y agregado oportuno del Negro Gutiérrez: mensaje profundo, pérformans de estadística que tiene la señora. Estadista, querrá decir. Eso, sigue el Negro, hasta me hizo llorar cuando la escuché algunas cosas. ¿Te la escuchaste las tres horas? Y sí, mientras recauchutaba gomas.
Pasa que la Presi tiene eso, se entusiasma Marito, tiene que le habla a los diputados pero en realidá se afila con la gente, como que le habla al pueblo en línea direta, que es la cualidá del líder, como hacía Perón.
No vamos a comparar, interrumpe Carlitos Mercier, respetemos la memoria del General, qué sabés, pendejo, del General. Eso, qué sabés del General, Royer Guoters, se suma el Negro, y a cobrar, ya el aire del bar buffé se corta con criollitas. Si van a peliar no rompan la vajilla, pide el Rengo Marinelli, ¿otra vuelta de vermú?
Nadie como el doctor Salvatierra para apagar el incendio de la pasión. Si se me permite, caballeros, no peliemos. Debe reconocerse la calidá del mensaje, anque a mi gusto le faltó piolín pa encarar temas de alto vuelo. Ni pío que dijo de la ley de entidades financieras, de reformar el sistema impositivo, fijensén, que van muchos años de gobierno y a mi ver son cuestiones cardinales, si se me permite una ojiada crítica, anque respetuosa y de apoyo en general.
Siempre buscando la mosca en la sopa, trina el Oreja Perez, otro pibe del billar ganado por el Marito para la causa del proyeto. Pero déjenlon hablar al doctor, ruega Marinelli. Y sigue el tordo: la crítica costrutiva le hace bien al proyecto, si se me permite, crítica nesaria, como su etimología, del griego, criterio, capacidá de discernir, ergo, no comer gato por liebre, si se me permite, mismo como en las comedias de Aristófanes. Y estensa esposición erudita del boga, marcha endemientras otra ronda de vermuces, que van tres y con ingredientes pijoteros, peligro en puerto cuando el escabio se amucha en la mollera.
Planta el pibe Marito, a la final, bandera y consinna de ispiración combativa: dentro del proyeto, todo; fuera del proyeto, nada. Da media vuelta y se va sin saludar. Viejos chotos, se le escucha cuando se efuma en la puerta del glorioso.
Silencio rumiante en la mesa. Se enojó el pendejo, razona el Negro Gutiérrez, me gusta verlo así. Y coincide el Rengo Marinelli: hay que alimentarle la garra, lo peor sería que se ablande.
La noche está en pañales. Venga la tercera de cinzano. A ver, que cuente la Divina, ¿cómo eran sus fiestas de carnaval?

sábado, 18 de febrero de 2012

Megaminería con esplín

Si el destino se pidiera por teléfono, nomás sería cuestión de sentarse a esperar la siambreta del delíberi. Pero, como dice el Pituco Sarrasqueta, dicha o viaraza se cocinan a la cacerola en la hornalla de cada quien. Simpleza que asombra, serán el aire salobre de la mar o la contemplación de la imensidad oceánica los puntales de su ispirado verbo. Invitación que me tiró al pasar allá por diciembre y que acecté isofato: largá la Pelopincho y venite unos días a la gran atlántida argentina, me dijo. ¿Guitarra? Niente, nomás pal pasaje en bondi. Atorro asegurado en colchón merluza, buyón a salvo y dotación generosa de elisires espirituosos, nomás las batarazas pa los fasos.

Resonantes todavía los ecos de la última reunión en el bar buffé del glorioso, tal parece hubo apilada de interpretaciones y, por respeto grande que este escriba guarda a don José Pablo Feiman, almiración profunda por su incuestionable laboreo inteletual aunque no siempre le coincida, aclarar no está de más que intención no hubo de herirlo sino al vesre, como en particular se lo he dicho y en público reitero, alvertir, y no a él pues no le hace falta, hasta dónde cierta prensa canalla sabe retorcer argumentos pa beneficio propio o de representados.

Pero no era cuestión de quedarse en el afalto y seguir dando esplicaciones. Dos de febrero enfilé para la mar en superpúlman cachuzo y cinco horas más tarde, nomás que el motorman anunció Las Toninas, el aire salobre marítimo me achuró las pituitarias. Y allí estaba el gomía, esperándome en el andén, abrazo sentido, la tapín de sesenta pirulos eselentes, bermudas, chomba al talle y cabellera cana atada en cola de yobaca, ¿no trajiste la tabla de serf?, fue lo primero que me dijo.

Allá por los años en que Jorge Barreiro se lastraba al mujerío en los teleteatros de la tarde, el pibe, dieciocho recién cumplidos, ya sacaba lustre de galán. Esimio bailarín, facha veinte quilates, siempre empilchado a la moda, parada petitera y un aire sufrido y tristón que enternecía a la más turra, la nueva ola casi lo trepó a la cumbre de los bananas. Ganador de varios concursos de twist que todos los años celebraba el Social Italiano, era un Yoni Tedesco en versión carbónico, cosa que lo llevó a presentarse a un castin de Música en Libertá y por un pelito que no acabó bailando y haciendo que cantaba como Raúl Padovani y la Silvana Di Lorenzo. Cuando maduró y con trino de zorzal le agregó verso a la pituquería, se traformó en una locomotora sesual, un cauboy del catre al estilo Jenry Fonda. Pinta, labia y, sobre todo, el anzuelo siempre encarnado. El tano Sarrasqueta tenía esplín y ese era su ancho de espada.

Cuando los años setenta, ya era el Pituco. Erudición que asomaba polenta, no pasaba de compendio desordenado. Su fuerte era la aplicación, el uso que le hacía a los concectos. Al calor del faso y la ginebra, tísico el gesto, palidez mortuoria la mirada, recitaba desde Espronceda hasta González Tuñón, desde Celedonio Flores hasta un entonces innoto Rubén Derlis, a quien le afanaba versos para truquearlos como propios. Las pibas se le pegaban como moscas a la mermelada y el tano lo sabía y se dejaba hacer, sin apuro, ni meloso ni encarador. Se ponía de fruto en alta rama y obligaba a esfuerzo pa llegarle. El esplín hacía el resto.

Le bastó leer un manual del PC, uno que otro número de El Descamisado, para dar cátedra de compromiso. De paso por Montevideo, descubrió la irreverencia del uruguayo Herrera y Reissig, pero más aún el ácido sainete de Florencio Sánchez. Se dio al teatro entonces, al café concer , y hasta montó una compañía ambulante que recorría los barrios con piezas breves de su autoría, folletines y picarescos de rápida denuncia. Cuando se apareció en las aulas del Fulgor, la fama le pisaba los talones, si entre el mujerío, está de más decirlo, pero también entre la milicada que no le perdonaba sus ésitos, y menos cuando venía de andar a los cuetazos con la jermu de un vigilante. Peor no la podía haber hecho.

Esilio forzoso, proclamó por esos días, unos se van al trópico azteca, otros a la gélida Suecia, este varón se amucha en templada mansión abacanada hasta que aclare, o hasta la vitoria siempre. Así que en los años negros se le perdió la pista. Laburando no andaría, porque a la verdá, jamás se le conoció jotraba posta. Había vivido del mangazo y finado el viejo, carnicero que había apilado vento en el colchón, alministró la herencia como pa que le durara. La mansión abacanada que a la final le dio refugio, se supo, fue la de una viuda de hacienda grosa, enamorada hasta el riñón de sus versos y hechizada por el esplín. Con ella se casorió dos años antes de que se le muriera dejándole una pensión vitalicia, un derpa que alquila en Palermo y otro en Mar del Plata, me contó, adorable señora, maestra sublime, lucero que en la noturnidad de mis días alumbró la madrugada. ¿El amor? Simple aserto relativo, hermano, le oí, vapor de agua, credo, religión.

Así que una semana con el tano Sarrasqueta apenas es asomarse a conocerlo. Bulinardo fetén el que se armó en Las Toninas, a cinco cuadras de la rompiente. De diciembre a marzo, no hay quien lo saque de allí, ni siquiera la Beba, podóloga y manicura que larga el oficio y al marido algún fin de semana y se arrima pa despuntar el vicio, me esplicó, naifa rante con pretensión finoli, me achaca que no la ponga en Pinamar pero yo a Las Toninas no la cambio por un polvo.

Silencio espetante en la mesa consetudinaria del bar buffé. País generoso, apunta Carlitos Mercier, capaz que el menos indicado pa echar juicio. Y uno se rompe el lomo yugándola todos los días, alvierte el Negro Gutiérrez, no hay caso, se nace con estrella o estrellado.

Con esplín, Negro, introito del Rengo Marinelli mientras sirve la segunda ronda de vermuces, a vos te sobra labia pero te falta esplín. Y pinta, agrega el Ruso Urbansky.

Musarela hasta aquí el doctor Salvatierra, erudito boga, nomás que frunce la napia y amaga el discurso. ¿Y? Naranja. Imaginensén, musculosa y yor de baño, funyi de beisbol en la zabeca, primer día, a la mar bien temprano, la playa misma como el desierto de Gobi. Tiempo de relás para abrocharse a la meditación. Caminata lunga con las olas de caricia. La majestuosidá del azul atlántico, el salpicré de blanca espuma semental. Mesita y cómoda butaca de mimbre en fetén barcito playero. Nueve de la matina, hora del café con leche. Pero no. El Pituco le hace una seña al del bar. Que sean dos, le aclara. Dos daiquiris, eso, como pa iniciar el yorno. Y a mirar cómo llega la mersa, caravanas de changarines con sombrillas, canastas, lonas, heladeras de telgopor, bolsos, mismo que brigada de monte tucumano pero en ojotas y a los gritos. Y allí el Pituco, sorbiendo lenteja el ron, la mirada en lotananza, el drama pintado en la jeta, la palúdica tristeza reflejada en los ojos, el esplín en su másima espresión. ¿No te duele?, me preguntó. ¿Qué cosa? Esto, la gente, me dijo. Incompresible, qué se yo. Y tras cartón, como rozando la mesa a propósito, no va que pasó una piba, veintipico si tenía, minón de infarto, las cachas como en cotelera de vidrio, los pechos como cañones. Lo saludó con una sonrisa sensual. Facilonga, susurró el tano, mojarrita pal que pesca tararira, no es partener.

Silencio meditante en la mesa. ¿Pero quién es Sarrasqueta, Rober Rélfor es?, sacude la Divina Colombres.

Más silencio. Y sigo: así que nomás que fue llegar, había que hacerse la idea de que una semana con el tano no era maceta para un perejil de antología. De arranque, descubrir que el varón dispreciaba la catrera, por ejemplo, que con tres o cuatro horas de atorro a la siesta ya estaba dandi pa encarar la noche. Cena con tuti, caminata digestiva y a “La Borrasca”, antro a media luz como escondido entre las dunas, como salido de un aujero negro, quince mesitas a lo más, piso al cemento, un mostrador viejo, paredes anteliduvianas cargadas de aparejos, redes, mandíbulas de tiburón. Un morocho acomodándose al piano. Tres veteranas en una mesa que nos relojearon de arriba abajo nomás que entramos. ¿A dónde me trajiste?, le pregunté la primera noche. Pero el Pituco mutis.

Un cabarute, profetiza el Negro Gutiérrez. Ahora, de viejo, seguro que garpa por un cacho de carne, se adelanta Carlitos Mercier.

Ni así. Minería estractiva suterrania, me esplicó el Pituco una noche de esas. Acá hay que meterse en la caverna, graficó, oscuridá, mucha galería para apuntalar pero proceso sin vueltas, rápido y seguro. Aquí la mina sabe a lo que viene, va de frente march.

Imaginensén el cuadro. Feca a la crema y vaso de güisqui, molumento a una anémica melancolía, genital eletricidá, el Pituco Sarrasqueta mira nada mientras “La Borrasca” se acamala con notámbulos. Arranca la pianola con un bolero de Agustín Lara, Noche de Ronda, y tras cartón El Relós, Contigo Aprendí, y allí metido un Jumbo Blus, un bugui pa alegrar, quién sabe, tanguitos viejos, Unión Cívica, El Flete, Qué noche. Un fenómeno el pianista y ni hablar cuando el Pituco saca el esplín y lo revolea con poesía de fatura propia recitada a la vera de la mesa, a voz turbia de aguardiente. Versos palúdicos de amores putos y sueños marchitos, y el piano atrás sobando la anemia, y las veteranas que ya estan pal manduque, igual que dos pibas de treinta, arrimadas al convite de las canas.

Silencio sepurcral en la mesa del bar buffé. El doctor Salvatierra se muerde la lengua pa no mechar la conversa. El Ruso apura el segundo Cinzano y despeja el garguero, culpa de un chizito atravesado. La Divina Colombres mecha comentario asurdo: viejos verdes.

Ni así. Viejos sí pero verdes no, nada de ecologismo simplón tan de moda ahora. Megaminería estrativa a cielo abierto, en la playa, en la calle, a pleno día, en la cola del almacén o de la panadería, sin maquillajes ni intención, ese es el fuerte del Pituco Sarrasqueta. Desafío pa la inteligencia, alta tenología pa desglosar el fruto, molienda de la materia y refinada final, me esplicó, requiere paciencia en el arte de la sedución y concentración atenta pa evitar que otro se lleve el oro y la mosca, pero nesario. Control, mucho control, eso sí. La mina es un don de la tierra, allí plantada pal regusto y usufruto desde tiempos imemoriales. ¿Por qué dejarla con las ganas cuando en sus entrañas urge la apetencia que apenas sujeta el pudor? Hay minas que me han llevada hasta cuatro fases de molienda, me confesó, pero al fin, sustancia liberada de impureza, se ha ofrecido al calor contagioso del deseo, elemental e instintiva, primordial.

Silencio meditante en la mesa. El doctor Salvatierra le apunta a la tercera ley dialética del gran Ismael Celentano pero de atrás del mostrador, la voz del Rengo Marinelli se le adelanta: ¿y cuántas pastillas de viagra te embuchaste?

Ninguna, imposible en siete días. La minería estrativa a cielo abierto lleva tiempo y allá quedó el Pituco Sarrasqueta sacando cobre de la tierra a punta de esplín. ¿Vas a usar cianuro?, le pregunté antes de irme. Mi miró sobrador, allí de dorapa en el andén de Las Toninas. Chantame más ley, poneme los límites y hacé que los cumpla, me dijo, pero no me pidas que me quede en el molde mirando cómo me surte la historia.

miércoles, 11 de enero de 2012

José Pablo Feinmann y las tiroide de la tía Berta

Días pa trocar los gomicuer y los talompa por ojotas y cortito, nada detiene el paciente laboreo de este escriba, cierto que copeteado de felicidá por el estraordinario ésito de la oferta fulgurense del año nuevo. Inumerables meils recibidos de letores y almiradores de nuestro blospot, a todos se agradece, no ostante lo cual, premio único, ganador en intachable sorteo fue un confeso seguidor de nombre Damián Callegari, según se presentó, enfermero diplomado y en clínica atividad. Treinta abriles a lo más, ambo celeste de acrocel, nomás que se apersonó a la mesa consetudinaria del bar buffé, acectó compartir un trago con la muchachada. Para mí un “margarita”, le dijo al Rengo Marinelli, que lo junó como si fuera un marciano. Esa no es la especialidá de la casa, salió al paso la Divina Colombres, le puedo hacer una ginebra con toquecito de granadina y hielo. Y el fulano se acomodó enseguida: lo que ustedes tomen, pero con yelo.

A la verdá, el quía vino de regalo. Mesa consabida a la zurda del mostrador, falta Carlitos Mercier, de vacaciones en hotel sindical de la Ciudad Feliz, y mismo el doctor Salvatierra, que mandó un meil desde algún lugar de la serranía cordobesa, ya que sabido es que el boga no deschava paradero en feria judicial. Presentes don Leopoldo Sastre y el Petiso Maldonado pa hacer entrega del premio, de antes que el enfermero apareciera ya el chamuyo venía por el lado de la salú, y más precisamente de la salú presidencial, tema que bartoleó Marito, el pibe de la Cámpora, recién llegado de la vigilia militante a las puertas del abacanado nosocomio de Pilar. La quirúrgica fue un ésito, dijo mientras acomodaba las bolas del billar, la Presi está ok y lista pa conducir el modelo nacional, popular y democrático.

Hay que decirlo, semos todos espertos en la ciencia endocrinógica. Las tiroide son unas glándula que están por acá, primerió el Negro Gutiérrez mientras se agarraba el cogote, que bien podían ser las amídalas, la tráquia y hasta el esófago, la cosa es que a las minas, pasado tacuarembó, se les manca seguido y la mejor solución es estirparlas de raíz pa prevenir el cáncer. Son las glándula produtoras de hormonas, aclaró el Ruso Urbansky, por eso que cuando se ponen fulas, como que queman aceite y les ratea el motor, a veces con una afinación quedan perfetas y ni falta que hace cambiarle aros. Y eselente introito que desbordaba erudición, la Divina Colombres no se quiso quedar atrás: a lo que sé, hay hípertirodismo y hipotirodismo, que es mucho o poco. ¿Qué cosa? La glándula, se agranda o se achica, sacude mormonas en eseso o ratea, como dice Urbansky, siguió esplicando la Divina, que lo leyó en la Para Ti, y además, a los hombres también les pasa, digo por el Negro que piensa que nomás que a nosotras.

Boca abierta del enfermero premiado, de seguro que no puede creer la hondura nosiológica que talla en esta mesa. Nomás que hace un rato, el presidente del glorioso, don Leopoldo Sastre, se esplayó a gusto con detalles de la punción tiroidial, cuestión que al Negro Gutiérrez le bajó la presión y pidió que cortenlán que me impresiono, a mí las agujas me dan pánico esénico. Más peor es cuando te cirugean del garguero, siguió el Petiso Maldonado, que por secretario nunca quiere ser menos que el Presidente. La costura te viene zurcida como tajo de degollado, aseveró, ni las cuerdas vocales zafan, quedás piando con voz de canario con anginas. En serio, cortenlán, rogó Marinelli desde el mostrador nomás que por ver la palidez mortuoria del Negro, lo que importa es la política y no la enfermedá. Y todos de acuerdo con más silencio espetante, al Rengo no le quedó otra que seguir paroleando: lo que no veo bien, tiró como echándole nasta a la fogata, es que la Presidenta se haya operado en esa clínica privada, que para mí lo correto es que se hubiera internado en un hospital público, que hay los mejores médicos, como Evita, que se apelechó al Finoquieto, que así se hace, con dinnidá y humildá, como debe ser, como cualquiera de la masa laburante.

Silencio gelatina, la voz de Marito ahora suena más ronca que agresiva: ¿que sos, de la derecha ahora que andás haciendo bardo con eso?

Tranquilos, muchachos. Ya se estraña el decir apaciguante del dotor Salvatierra, varón de sesera siempre atento a confundir con sus citas griegas. Ese sanatorio Austral es del Opus Dei, esplica el Ruso Urbansky, fino y bacán, nomás que pa millonarios, la verdá que el Rengo tiene razón, hubiera sido un golazo darle crédito a la salú pública, ¿y usté qué opina?

Luz verde pal enfermero, si no habla ahora, mejor que se vaya. Maneras delicadas en eseso, levanta el meñique cuando empina el vaso de cinzano y el trino le sale aflautado, como un decir, medio amariconado: yo de política no sé nada, es la Presidenta y supongo que le habrán indicado los mejores especialistas. No digo que en el hospital público no los haya, pero el equipo médico que intervino está muy reconocido.

No es la cuestión, atropella el Petiso Maldonado, seguro la señora tiene obra social, y pal caso hasta a mi vieja le cubrió el IOMA la operación de la vesícula, que ni un mango pagó en la clínica gallega. Y tampoco le falta mosca, agrega la Divina Colombre mientras prepara la segunda ronda de vermuces, ¿otro cinzanito?

Agradecido el enfermero Callegari pero no, gracias, mucho alcohol se me sube a la cabeza, se escusa y pregunta, sonrisa sensual de por medio, ¿y el muchacho que opina? A Marito la inquisitoria, que se hace el distraído. Che, Marito, a vos te hablan, sacude el Negro Gutiérrez. Y el pibe como si nada, yo con reacionarios no hablo, susurra mientras recalcula la próxima carambola.

Segunda ronda servida con ingredientes, poco para destacar. Manices consabidos y chizitos blandengues que sobraron del cumpleaños de la nieta del viejo Aquiles. ¿No hay otra cosa? Nada. ¿Un salchichita cortada? Nada. El Rengo Marinelli mira pa la azotea.

Ya lo dijo Feiman el otro día, alvierte el Ruso, inteletual al que almiro y respeto, no es fácil ser oficialista cuando al proceso lo conducen millonarios que gobiernan para el pobrerío. Pero es lo que hay y no queda otra, que hoy por hoy, sin Cristina, este proceso se cae y vuelve la derecha, ¿no le parece, don Callegari?

Pista pal enfermero premiado, que mira como diciendo que a mi no me comprometan, déanme el premio de la canasta playera y me espiro. Hable, no tengas miedo, que aquí somos todos democráticos, invita don Leopoldo, ¿qué clase de enfermería hace?

Silencio respetuoso pa escucharlo, el invitado se esplaya en su metier y nadies le discute. Labor de preso, está a la vista, lo más peor tiene que hacerse. Sábanas chorreadas, cargar con los fiambres, lavar la porquería ajena, meter las pichicatas y ligarse las putiadas, oficio peor no ha visto y encima con paga del montón. ¿Qué se le dio por la enfermería?, pregunta del Petiso Maldonado. Vocación de servir, va por respuesta corta y a tono. Aprendé, Marito, vos que sos militante camporista, consejo del Negro Gutiérrez.

Mutis del pibe del billar. Ovia reación del enfermero Callegari, vuelta a mirarlo a Marito: yo le veo pasta al muchacho, ¿no pensaste en estudiar enfermería? Mas mutis del pibe y salida al ruedo del Rengo Marinelli pa cubrir la apretada: el Feiman le pifió de darle reportaje a La Nación, porque ahí te trastocan todo, te sacan de contesto y a la final parece que fueras contra como ellos, mismo que ahora, que andan diciendo que lo del cáncer de las tiroide fue pa engañar a la gilada, que no era cáncer, nomás un tumor beninno. ¿Otro vermú? ¿Nadies? ¿Usted, don Leopoldo? Y sí, ya que insiste, acecta el presidente, manyado escabiador que sabe inspirar sus mejores glosas al calor del copetín.

Silencio fluvial, por un decir poético. A mi tía Berta le pasó lo de la tiroide, comentario del Ruso Urbansky, pobrecita la vieja, emigrada polaca cuando el nazismo, tenía una papada como de rinoceronte que cuando hablaba se le zangoloteaba igual que un flan de doce güevos. Éramos purretes y nos causaba gracia. Pero en esa época se decía que la tía tenía boccio y chau, ni remedios, ni punción, ni cirugía, cosa de vieja se decía, como la artrosis y las arrugas. Para un carnaval, me acuerdo, cuando la tia ya estaba media colifata, la difrazamos de Calígula y la llevamos con nosotros al corso de la calle Sarandí. ¿De qué? De Calígula, de emperador romano, con toga blanca y coronita de laureles. Y contenta iba la tía, feliz. Fue la última vez que la vimos reírse. Después le dio la depresión, no habló más y como a los cinco años se murió de infarto.

Silencio respetuoso, nomás el enfermero Callegari se mueve inquieto en su silla. La verdá que, siendo laburante de nosocomio, poco aportó al debate. Mejor dejarlo ir. Así que discurso emotivo de don Leopoldo, tres Cinzanos y un jerez de yapa, mejor que parole de sentado como lo hace, nadies arriesga de dorapa en estos casos, dejenlón hablar igual y no lo apuren a la final cuando hace entrega del premio “Soy Letor” 2011 al señor Damián Callegari, esimio trabajador del la salú física y mental, ejemplo para nuestros niños y jóvenes fulgurenses por su indoblegable vocación de servicio a la comunidá toda, y así de corrido, que suelte el premio, ya es tarde. Aplausos. Y chau, se vá el quía con su regalo, hermosa canasta de mimbre con equipo matero y bolsita de nailon con todos los alminículos playeros, incluido el toallón espetacular con el escudo rojinegro del glorioso.

Silencio cavilante en este bar buffé. Reflesión mofóbica del Rengo Marinelli desde el mostrador: medio maraca el enfermero, ¿no? Pa mi que se enamoró del Marito.

Y sí. El camporista tiene su pinta, acotación del Negro Gutiérrez, qué arrastre, Marito.

Sonrisa odol del pibe mientras cuelga el taco. Último trago del fernando. Viejos de mierda, dice, ustedes no entienden lo de la diversidá sesual, que ha sido una conquista cultural del modelo nacional y popular.

No te sulfures, pibe, palabras del Ruso, ahora que me quedé pensando en la tía Berta y en este muchacho Feiman, paisanos como yo, me pregunto, gente inteligente, habría que cuidarse un poco más entes que nos difracen, ¿no?

jueves, 22 de diciembre de 2011

Salutación

Semos todos a la mesa consabida del bar buffé: el doctor Salvatierra, el Ruso Urbansky, Carlitos Mercier, el Negro Gutiérrez, Marito, el pibe de la Cámpora, el Oreja Pérez, don Víctor Lagomarsino y el tim campión de bochas, y este escriba, ovio, con más convidados de ocasión, a saber, don Leopoldo Sastre, atual presidente del glorioso, el petiso Maldonado, secretario, y la osecuente tesorera, María Josefina García, deschado de virtú y un tanto empanicada entre tantos varones. De haber sabido, traía a Verónica, mi nieta, tiró al pasar y más de uno pensó que en serio, una lástima.
Copa alzada con sidra frigoberta que nos osequia el Rengo Marinelli y su querida esposa, la Divina Colombres, brindis chinchín junto a toda la masa societaria del glorioso Social y Deportivo Fulgor de Mayo, mismo que con los amigos que nos siguen, con deseo de que el prósimo año se apeleche bien fetén y la crónica nos june patapata en la yeca de las traformaciones sudorosas que venimo manyando.
Nunca menos, entonces, falta un toco pero la cosa va,


¡felicidá, coraje y saluti a todos!

lunes, 5 de diciembre de 2011

Chau susidios y a garpar



Cola barrilete que trajo la última reunión en el bar buffé, hay que decirlo, no faltaron minusas que en encendidos meils acosaron a este escriba por supuesto desprecio a la mujer, cuestión que si merece réplica, nadies sabe.  La verdá verdadera  es que la dotora Miriam era petisa y tetona, sin vueltas, un bombón atómico, y eso no debiera afetar la supicacia de otras percantas puesto que la sola almiración de tales atributos, en las aulas del glorioso plantan piropo y elogio. Por lo demás, versó la crónica en atención a la angustia del pobre Negro Gutiérrez y la ayuda siconalítica que esta mesa consetudinaria brinda a los gomías, equivocados a o no, difícil juzgar.    
Y a mención del Negro Gutiérrez, va que se aposentó esta noche igual de colifato, medio depre pero esaltado, más pálido que alemán finado. Causa una sola: balurdo material en puerta. Le dijieron que en la gomería, la fatura de luz se le iba a ir cinco o seis veces arriba si le sacaban el susidio, y con todos los aparatos elétricos que tiene, la aliniadora que alquirió que morfa a rolete, los dos rotores, la tele siempre encendida pa los clientes que esperan, en fin, voy a laburar para pagar la fatura de luz, dijo en un triperío de angustia  y aflición
Hacerlo entrar en razón al Negro Gutiérrez es más difícil que acertarle al Quini. Tiempo al tiempo, lo primero es lo primero. Cuestión plantiada, el susidio no es otra cosa que una ayuda económica de caráter estraordinario que presta un organismo oficial a uno o más particulares, esplicó el doctor Salvatierra, a lo mejor que imaginando que con eso le ponía moño al paquete, y como si fuera poco, si se me permite, aclaró, la palabra estraordinario no deja lugar a dudas y funca de simónimo, mismo que decir provisorio, circustancial, o pasajero.
Santa palabra la suya que sabe ser colorario de apasionadas trifulcas, pal caso no puso moño ni musculosa, nomás un paléntesis que el Rengo Marinelli aprovechó para anunciar que, precavido, ya había comprado el arsenal nesario pa encarar las fiestas navideñas: sidra de la comunarda, champán para los paladares más esquisitos, vino de oferta pero tres cuartos, nada de tretabric, tinto borgonia y blanco sobiñón, si quieren empezamos a brindar, dijo, ahora que además, como se puede apreciar, canasta navideña con todos los alminículos de estilo ya plantada arriba del mostrador, sobre la cafetera antigua, para rifar con la grande de la provincia, ofreció, mismas bebidas en unidades, un pan dulce, turrones varios, dos budines con y sin frutas primera marca, tres frascos de escabeches obra de la Divina Colombres, uno de palmitos y otro de chimi pa condimentar el consabido lechón, lata de atún y cien de crudo pa la entrada, todo al módico precio de diez mangos el número.
Un afano, se quejó Carlitos Mercier tras cuenta rápida, a mil números son diez lucardas, Rengo, con eso te vas Cancún, fija. Nada que ver, saltó la Divina, hoy de banca protagónica, que así ofendida se pone más linda y se le inflan los pechos arriba del estaño, son fondos pa mejorar las istalaciones, copas y vajillas.  A otro con ese cuento, siguió Mercier, amuchado al bailongo, pidan un susidio y si son kirrneristas seguro se los dan.
Temprano para peliar, mismo que pa los brindis. Mejor que el Rengo guarde el escabio navideño, que provecho se le hará en los días que vienen. Por ahora, Gancia Marcela con limón y soda, copa de tinto al doctor Salvatierra y coca con ferné a los pibes del billar, cuartirolo con pimienta, aceitunas y manices mientras marchan dos milanesas en cuadraditos.
Estamos todos más un invitado que arrimó el Ruso Urbansky como palpitando en que cara finaría la perinola. Amigo de mi hija, la Rosita, Don Fermín Garganta, lo presentó, licenciado en marquetin y gestión empresaria, así como lo ven, cuarentón de pinta esportiva abacanada, cero zapán y mucho ginasio posta a la vista, pelucarda canosa como pintada por Vangó, sonrisa odol y mano estendida pal saludo con firma y sello de manicura.
Justo lo que el Negro bruto andaba necesitando pa la gomería, un caballero esperto en empresa, tira al pasar la Divina Colombres desde el mostrador, mirada sedutora que le osequia a la pasada mientras se acomoda los breteles del vestido. Mutis del Rengo Marinelli, que no se va a poner celoso por tan poca cosa viniendo de la señora, preocupaciones hay otras y pal caso esto de los susidios, ahora que aterriza, dice, ¿cuánto vendrá en la prósima fatura del buffé?
Pero avanti: primera ronda de vermuces sobre la mesa. Paciencia de rabino, el Ruso Urbanski se esmera en esplicaciones corretivas: primero, que por ahora a lo menos el susidio se lo sacan a los bacanes y está bien, que si tenés mosca pa veraniar en Pinamar, pa mantener cantri o derpa fino, auto premiun y yate,  te sobra entonces para garpar servicios sin ayuda. Segundo, que más de un seco en los papeles, ni es tan seco ni mucho menos otario. Hay un medio pelo figurón y cajetilla porteño que bien puede pagar el gas natural como paga el pobre de aquí por la garrafa, vamo al caso, y el que se banca la escuela privada de los pibes, el cable, la interné ful, aire condicionado,  la tele nueva chatita, de eso no se queja y bue, también puede cuidarse en el consumo y pagar. Tercero y fundamental, que si las cuentas no te cierran y sos rasca, llenás un formularios y pedís que te sigan susidiando y ahí te agarra la afí , te manya y dita sentencia.
Erudita ponencia la del Ruso, será que se quiere lucir delante del licenciado amigo de la hija. Hay que ahorrar, no es cosa de gastar luz al dope, todo cacho de energía que haiga debe ponerse al servicio del desarrollo con inclusión, argumenta Marito, el pibe de la Cámpora, endemientras relojea la ubicuidá de las bolas sobre el paño y le pone tiza al taco. ¿Y con el gas?, pregunta al ras del Rengo Marinelli. Lo mismo, sigue Marito, recurso no renovable debe cuidarse y el que gasta mucho debe pagar tacataca y por cuatro, es así, primero el desarrollo con inclusión.
Escuchenlón al pibe, la sabe de manual, en cualquier momento lo ponen de gerente en Aerolíneas sacude Mercier, peronista de Perón, las chiquisientas verdades justicialista siempre en la manga. Y sonrisa del doctor Salvatierra, si se me permite, apoyo la ponencia del joven billardista, hay un componente ecológico que no puede soslayarse, ya lo decía Catón en su magistral crítica a Escipión el Africano cuando las guerras cartaginesas, concentración de fuerzas, reserva de esfuerzos y prodigalidad de embate en el punto esacto.
 Primer silencio meditante, nunca es sencillo entender pa donde apunta el boga con un vino encima. Nueva irrución de la Divina Colombres, que se arrima a la mesa con los platitos de mila en cuadraditos y batiendo las ancas como en pasarela de alta costura,  sería bueno escuchar al licenciado, propone y piropea, más trátandose de un caballero tan atildado y buen mozo. Rubor del tal Garganta, no me haga hablar, señora, dice, más prefiero escuchar.
Difícil que el chancho vuele como que el quía vaya a zafar de opinión. Pero deámosle tiempo, se adelanta Carlitos Mercier, ironía justicialista para calzar el muñón en la llaga: ahora que son todos kirrneristas, digo yo, ¿quién acectaría el convite de la Presidenta y se anotaría de voluntario para que le saquen el susidio?
Silencio a mí no me mires. Revolea de Mercier:  a ver, espero y anoto, ¿quién se apunta? Silencio no me mires por dos. Segunda ronda de vermuces. Una opinión, por favor licenciado, sugiere nuevamente la Divina mientras se esmera en cargar los vasos de Gancia Marcela. Y sonrisa en falsete del aludido, no me insista, señora, no es escusa, pero viene de leerse entero un pedazo de libro del doctor Refusta y anda con el celebro medio chamuscado, esfuerzo inteletual sobrehumano que precisa de un reordenamiento de la eletro química neuronal al borde de un colacso esquizoide, palabras suyas.
Para que vino el chabón si no va a opinar, susurra Marito a la espalda de este escriba y si el licenciado lo escuchó, se hace el sota.
Así la gomería se va a la quiebra, retorna el Negro Gutiérrez al ruedo, yo que pensaba poner un arbolito de Navidá con lucecitas en la receción, al lado de la bañadera, ahora minga, nomás un pesebre iluminado con sebo.
Sigo esperando voluntarios pa renunciar al susidio, insiste Mercier, anotensén antes de irse. Cortala, viejo, salta Marito, eso es para se iscriban los ricos. No, pibe, es una boludez para engatusar giles como vos, discute Mercier, por más rico que sea, ¿quién se va a anotar?
Nervio al mango del pibe camporista, terrible pifiada a la bola servida, yo con reacionarios no hablo, dice, vos lo votaste a Duhalde. ¿Y? Eso, sos un reacionario. ¿Y? Sos un neoliberal, eso, y lo querés dejar libre a Videla. ¿Y eso qué tiene que ver con los susidios?  
Aire que se corta con galletita, la barra del bar buffé no le hace asco al entrevero. Se le acabó el manual al pibe, razona el Ruso Urbansky, no lo jodan más. Y callado hasta aquí, el Rengo Marinelli es un nimbus gris tormenta acodado al mostrador. ¿Se habrá puesto celoso por la Divina?   Ni ahí, está haciendo cuentas, dejenlón.
Voluntarios, anotarse, plis, sigue Mercier y queda ensartado Marito. Yo me anoto, dice el pibe. Qué decís, si el que paga la luz es tu viejo, se llega a enterar y te mata, refuta con razón la Divina Colombres, justo cuando por la puerta que da a la cancha de bochas se asoma la mollera del Cabezón Lagomarsino. ¿Quién apagó la luz del fondo?, pregunta.
Silencio interrogante. Miradas clavadas en el Rengo Marinelli, que no se da por aludido de principio, aunque después aclara: ya es tarde, los jubilados se van a dormir.
Dale luz, ruega el Ruso, las instituciones sin fines de lucro creo que están esentas de la quita de susidio. Minga, van a terminar garpando como cualquiera, abona Mercier. La prósima el Rengo nos va poner un velador en la mesa, cagamos, es la voz del Ruso. ¿Y en la mesa de billar, que aquí necesitamos la luz vertical perfeta noventa grado al centro?, pregunta de Marito.  
Y vuelta el silencio, nomás interrumpido por carraspera tabaquista del doctor Salvatierra, cosa que impone más suspenso. Si se me permite, caballeros, hay que ubicarse en el contesto socio político para manyar del asunto de los susidios. Pero no empecemos con los griegos y los romanos, interrumpe Mercier. Dejenlon hablar, pide la Divina Colombres desde el mostrador. ¿A quién? Al licenciado Garganta, que abrió la boca justo y un invitado tan esclusivo merece la atención. .
Silencio sepurcral. El magister se lleva el farol de Marcela a los labios nomás que para hacer tiempo, se nota.  Picotea un cacho de milanesa y juna el relós de arriba de la fiambrera. ¿Y? Naranja. Nomás que mastica y de nuevo le da al trago. A la final, parece que va a hablar. Los dedos como peine para acomodarse las canas. Suspiro en lotananza de la Divina Colombres. Butifarra del Rengo Marinelli, que ahora apagó las luces de la puerta y dejó a oscura el escudo rojinegro del glorioso.
Si se me permite, caballeros, primerea el doctor Salvatierra, la cosa es que el susidio generalizado funca como un ingreso, digamos en la economía doméstica, como parte del salario, como porción socializada del haber. En mi humilde opinión, si se me permite, antes que una eliminación de lo socializado, preferiría avanzar en otras reformas más profundas y racionales sobre el sistema impositivo de modo de sostener susidios que obran como elementos progresivos y conquistas sociales, como decir, un tas único y universal sobre la ganancia real y presunta en el marco de una economía planificada con ojetivos de mediano y largo alcance, ¿me esplico?  
Larga y magistral perorata del gran boga fulgurense, tirano espacio para volcarla in estensu aquí.  Concectos ténicos de alta erudición nacional y popular, griega y romana, analis meduloso y ostétrico, demasiado para esta mesa de varones probos pero de oservación checata. Nomás el licenciado Garganta le sigue la ilación y amaga llevarle la contra, que apenas atina con que jamás debieron haber susidios ya que el mercado, la oferta y la demanda, obran como reguladores per se de los costos de servicios, y así, el Ruso Urbansky cabecea en el quinto sueño, Carlitos Mercier masomeno igual, Marito se apunta otra carambola, tres al hilo, atajenlón, y la Divina Colombres  parece como que escucha atentamente desde el mostrador pero la pose sedutora que le planta al licenciado más cachetea apetencia carnal que inteletual. El Rengo Marinelli sigue haciendo cuentas de las lamparitas prósimas a desafetar en un plan de economía de guerra que le ronda en el balero y a la final el Negro Gutiérrez, que por culpa de él empezó la discusión,  le manda un mensajito por celular a la jermu que ya voy para allá  y apagá la tele, gorda, si ya terminó Tinelli.
           

martes, 22 de noviembre de 2011

Feminista

Si la mala no le hubiera batido retirada, hoy sería un rana de primera. Pero la Nancy se le rechifló un día: largó la plancha, el lavarropa, las ollas, el delantal de la cocina, el respeto, el cariño mismo que siempre juró que le tenía. Desde piba modosita, se puso fula. Callada y obediente como fue criada, se dio a trinar. Se lo confesó en la cena de un miércoles cualquiera: Negro, me hice feminista.
Al Negro se le atoró el chorizo a la pomarola que había comprado en el bodegón de la esquina. ¿Femi qué? Feminista, Negro. Y el varón, que no estaba para discutir de política, y menos con la Nancy que de eso no entiende ni pío, se acobachó en la suya. Y yo soy radical, le dijo, dejáte de joder.
A todo la Nancy se bancó callada. Al principio, ni un sí ni un no. Después, ¿querés comida?, hacétela vos. ¿Los calzones?, lavátelos. ¿Y los hijos?, mañana te toca cuidar al Néstor porque yo tengo curso de PC. ¿De qué? ¿Y para qué querés eso, digo?
La cosa fue de mal en peor. Pero peor en serio desde que la Nancy se dio a las reuniones semanales de la Comisión de Género del Club Fulgor de Mayo. Derechos de aquí, derechos de allá. Pilas de papeles, panfletos, folletos, que igual salario, que el machismo, que el aborto, que rompe las cadenas, que basta de esclavitud, que igualdad de género, que la emancipación de las minas, en fin, cuestión que el Negro pasó de Negro amorcito a Negro misógino, fálico, sexista, capanga, machista. Negro de mierda, íncubo, es decir, el diablo mismo.
El único género que el Negro conocía era el de la camisa que estaba sin planchar desde hacía una semana. A lo demás, no somos iguales, le dijo a la Nancy, yo tengo algo acá abajo que usted no tiene. Eso le dijo, así, tratándola de usted.
Al Negro se le venía la noche. Y la impaciencia. Y como hablando por las propias poco consiguió, fue a los suegros, es decir, los padres de la Nancy, para ver si la podían hacer entrar en razón, porque una hija siempre es una hija. Pero no hubo manera. Al médico la llevaron por las dudas, a la Nancy, no fuera que alguna enfermedad, o que a la final estuviera preñada, y ya se sabe cómo ponen en esos meses. Pero sana de cuerpo, la dolencia le venía por el moño. A la Nancy la habían infestado. Mal de ojo. Sentencia final de doña María, curandera infalible, consultas a módico precio en su oficina de la calle Guardiola. Un padrenuestro al levantarse, dos avemarías al acostarse y unas gotitas de brebaje en la mollera cada dos horas hasta que el mal desaparezca, recetó.
Ahora que, o la Nancy no hizo caso a doña María o el asunto venía por otro lado. Sospechó el Negro y se tocó la terraza, no fuera que ya le estuvieran saliendo los cuernos. Hay cada hijo de puta en el barrio, seguro que alguno le había llenado la cabeza. ¿No me estarás echando guampas, digo? ¡Pero qué Negro bruto! Mirá lo que pensás y todo porque me he plantado en la dignidad de ser mujer.
Callado el hombre, si así fuera que la Nancy lo viniera garcando, no iría a confesárselo de buenas a primeras. Ojo atento, disciplina y cuidado. ¿A dónde fuiste? ¿Con quién hablaste? ¿A qué hora volvés? Violento no, y eso se lo reconoce la Nancy. Severo, sí, cariñoso a su manera, olvidadizo de cumpleaños y aniversarios, es cierto, arisco para los mimos, pero jamás una mano encima ni un grito destemplado.
Pero qué se ha creído el hombre. Yo no soy un ojeto ni usted es mi dueño, así le habló la Nancy, a esa altura también tratándolo de usted.
Dueño de nada, ya se veía al cabo de unos meses. Cerrazón completa. Y así no va, le dijo una mañana, un día de estos me rechiflo y me espiro, y te vas a morir sola, vieja y sin macho que te atienda. Ni ahí, ni macho necesito pal amor, que si los quiero los consigo, ni para hacer hijos, que ahora se insiminan de probeta y por encargo, le contestó ella. Y se rió el Negro: cosa más aburrido hacer hijos así. Y se rió la Nancy: cosa más fea la que le cuelga, en que estaría pensando Dios cuando creó al hombre.
¿Así que ahora te gustan las mujeres?, acusó el varón. La Nancy lo miró como quien mira un poste de luz. Un año más tarde, como mirando el mismo poste pero con el farol apagado. Y es que algo se había roto. El amor nace con fecha de vencimiento o se pone en subasta y a mejor postor cuando en el toma y daca se interpone la incomprensión.
Con todo, debe reconocerse que el Negro siempre la quiso a la Nancy y la sigue queriendo. Dejó la ginebra, el boliche, el truco con los amigos. Ni fútbol ve por la tele. Va por la décima página de un libro de autoayuda, y como no puede pasar de allí, de la décima página, sabe embucharse un antidepresivo que le recetó la psiquiatra, porque una vez a la semana, por consejo de una amiga de la Nancy, hace la terapia de pareja, chamuyo de los peores cada vez que tiene que lidiar con la Nancy y con la doctora, así que ahora, además de fálico es un fóbico, un macho prehistórico pasado de moda con escasísimas probabilidades de curación si no asume que el cambio es posible.
Ha meditado en superiores destinos: dedicarse a la poesía, meterse en la política, hacer meditación trascendental y hasta viajar a la India de monje tibetano, salir campeón de la liga con el equipo de veteranos del papi futbol, pero en cada caso, o le faltó piolín para llegar al cielo o la Nancy se hizo la distraída y ni se dio por enterada del esfuerzo. De máxima, quedarse fiambre en la vías del Roca y con eso hacerla sufrir, como decir, mirá en lo que terminó el Negro, a lo que lo llevé, pobre Negro.
Pero en realidad, el Negro no está seguro de que la Nancy vaya a sentir culpa. Rajarse de la casa fue la última intentona. Tomarse el olivo por unos días para que ella recapacite. Chau, que te cuide Mongo. Dos días le duró el berretín. Volvió y tuvo que asumirlo, como dice la psicóloga, y eso le costó un agregado de diazepán de 5 miligramos para poder dormir.
Su única preocupación ahora es el hijo, el Néstor, adolescente y en edad de debutar en la cosas del sexo. Y es que con todo este discurso de la Nancy, está convencido que el nene le puede salir puto. Y ya se lo dijo a la Nancy: si el Néstor se hace trolo, me hago el haraquiri. Pero como la Nancy no entiende ni pío de japonés, se imaginó que el Negro se haría un trago largo, un daiquiri, se emborracharía y así se olvidaría de todo.
Así que así, el Negro sigue cayendo en picada. No aguanta más. Ahora le dio la impotencia para el amor porque eso de acostarse con la Nancy que le pide cosas nuevas y hasta le salió con el sexo tántrico, no es para varones. Eso le dijo: yo soy muy machito, pasa que así no puedo.
Y el hijo, el Néstor, cada día más amanerado. Vos no le des bola a tu vieja, lo aconsejó, un día de estos vamos a ir juntos al cabaret de la Avenida y vas a ver lo que es bueno. Pero el pibe, como si no lo escuchara, dio media vuelta y lo dejó hablando solo. Puto, no. Antes que eso, que me culeen a mí, dijo a nadie.
Y así está el Negro. Hace tiempo que no se lo ve por el club. La última vez fue para la fiesta aniversario. Andaba mustio, como plantita sin agua.

El Casorio


(Crónica verseada del enlace
del Tarta Alsina y la Aurora Díaz)
Si de esposa la acepta, inquirió la jueza,
una, dos y por tercera vez.
No era tan grave la apuesta,
nomás parolear un sí de revés
Cusí la novia, ni bien ni mal dotada,
de labia torpe y un poco gruesa
mas de familia fetén y acomodada.
Qué más daba llegar hasta el entuerto
del casorio en alpargatas,
de estreno las batarazas
y el moño colorado al cuello,
decir que sí, acepto. Y rajar a casa.
Pero atada la lengua, seco el garguero.
La novia lo relojeó fulero.
Detrás, al suegro le castañeó el moflete
y a la viejita se le escapó un cuete
ya encomendada a Santa María,
vista la facha tembleque del quía
que no arrimaba respuesta.
Déanle un vaso de agua, dijeron del fondo,
a ver si se le ablanda el banquete.
Mejor una ginebra, y ese fue el Tordo,
que lo conoce así de purrete.
Y no faltó el piola que soltó la risa
ni el más púa que rompió el silencio:
Se ve que el hombre no tiene prisa
o que le dio el arrepentimiento
Salga de ahí, estamo en un casamiento,
saltó el cura, bendito sea,
y al novio le dijo: no miento,
cosa suya bailar con la más fea
atienda que si por mi fuera
ya mismo me iría, aunque atento
no nos haga pasar vergüenza,
que Dios en el cielo y el Diablo bajo tierra
dígale sí, que se me acaba la paciencia.
El casorio no es ninguna ciencia,
aseguró la tía, la que enviudó por tres.
Así lo dice cualquiera, ya ve,
la próxima, doña, se casa en el cementerio,
trinó la jueza, y ya basta de misterio,
le pregunto en serio
y por cuarta vez
¿La acepta a la Aurora o se va al mazo?
Mire, amigo, que para el caso
mejor solo que mal acompañado.
Y esa noche hubo fiesta aquí al lado.
Empanadas y vino en damajuana.
El novio que al final habló, mamado
y de raje al consejo de una hermana.
La novia feliz, los suegros aliviados,
los amigos de juerga desconsolados
de haber perdido un compañero de ruta,
la viuda buscando otra puesta,
todos bailando y hablando macanas.
Y el cura siempre engrillao en sotana
haciéndole ojitos de amor a la jueza.