domingo, 1 de julio de 2012

La Patria camionera


El mionca es un auto al que le cortaron un cacho de atrás pa ponerle caja y así cargar lo que venga: animales, vegetales o minerales, vivos o muertos, da lo mismo. El ser humano que maneja el mionca se denomina camionero, trasportista, fercho o mionquero,  y los nombres más comunes, según encuesta de la Standard Motor son:  Beto, Cacho, Negro, Chino y Groso, en ese orden. Según el Manual del Camionero, además de la habilidad al volante, todo fercho debe garantizar eselente potencia sesual, aunque en los tiempos que corren, esta cuestión está discutida. Así me explicó el Colorado Rosales miércoles pasado, clase magistral de la historia de la carga rutera nacional mientras viajábamos en bondi contratado. Destino: concentración Plaza de Mayo.
Gran tipo el Colorado, amigo de la infancia. Segunda generación de varones al volante, ya el viejo manejaba un Ford A llevando y trayendo gallinas allá por Coronel Brandsen. Llegó a tener camión propio, un Bedford 6000 t, con el que supo recorrer más kilómetros que el correcaminos. Murió en su ley, infartazo en la parte de atrás de la cabina mientras por 150 australes le hacía la fellatium una rutera que había levantado en Venado Tuerto.
El Colorado debutó en el mionca con 8 años recién cumplidos, para las vacaciones, acompañando al viejo. Así aprendió el oficio.  Ahora es una joda, me esplicó mientras caminábamos por la 9 de julio con rumbo a la Plaza,  ahora manyo un Escania con aire acondicionado, direción asistida, GPS, satelital y seguro, salario garantido que deja pal ahorro y lo que quieras. Pero antes, había que ser muy macho. Te cocinabas a fuego lento en la cabina cuando el verano, te calabas de frío pal invierno, te olvidabas de la familia, los amigos, y si llegabas a fin de mes, brindabas con sidral y limonada porque el laburo no daba para más.
Acectó llevarme a la Plaza pero me anestesió de entrada: no hablés al pedo, los muchachos están calientes, el trompa les llenó la zabeca y como vos sos medio kirrnerista, por ahí te zarpás, hablás de más y la cosa va a terminar mal. Mal para vos, que no te voy a defender.
Voy de incónito le dije. Movilero encubierto, vos me hacés la cobertura camionera y yo pelo anotación y columna periodística.
De acuerdo, pero vos ponete la remera verde del sindicato “Moyano conducción”, el funyi de beisbol camionero y a saltar cuando la masa salte, me aclaró.
Y así fuimos. Constitución, 9 de julio, Avenida de Mayo, y así bajando, mucho trapo y no tanta mersa.  Nomás que al ir entrando, una cuadra antes, sorprendió una recepción cacerolera de la Comisión de Damas del Club de Polo La Martina repartiendo escarapelas, caramelos media hora y haciendo sonar los teflones: camión y cacerola, la lucha es una sola.
Sorpresa del escriba, Pepe, Pepito, escuché y era la Petisa Clarita Berro Uzandizaga, un bombonazo de piba, ahora veterana con más botox y siliconas que Moria Casán: es el comienzo del fin, Pepito, la yegua se va a tener que ir, me estroló a la jeta, se va a acabar la dictadura kirrnerista.
El Colorado me junó como diciendo decile que sí. Sí, Clarita, le dije, es una vergüenza que a gente como uno se le niegue un dólar. Eso, eso, se entusiasmó Clarita. Se va acabar, la dictadura de los K, me cantó pa deleite y ahí se fue con la banduca polística, pa mi suerte, todo un alivio.
Lindas amigas tenés, me chantó el Colorado. Y seguimos. Costado de la plaza, a la derecha, la zurda a todo trapo y el escriba tomando nota de la cartelera más combativa y clasista. Lo ví venir. Era Carlitos Jeresota, sociólogo proletario, una eminencia de la Revolución Permanente, director técnico de piquete expres, talompa grafa de estreno y remera con la jeta de Trosky. Avanza la lucha obrera, Pepe, me abarajó de entrada. Pero la burocracia sindical, amagué… No me dejó terminar. Tranquilo, camarada, la ideología de la clase va a barrer con dirigentes burocráticos. Pero Moyano. .. Moyano es historia, no me dejó  hablar. Ahora hay que derrotar el bonapartismo kirrnerista, limarlo hasta que se agote, ¿capishe? Pero lo que viene después… Después nada, siguió más enfervorizado, la crisis del capitalismo es terminal y el proletariado revolucionario…
La mirada filosa del Colorado me apuntaba al norte, es decir, rajemos. Así que me despedí de Carlitos Jeresota lo más amable que pude y me mandé atrás del gomía que ya le apuntaba al centro de la Plaza. Así que iba, me trompecé como al pasar con la figura excelsa del Huevo Albarracín recortada entre el humo tentador de los choripaneros. Cara de monaguillo con infaltable poncho salteño, antiojos negros, me le acerqué pa agarrarlo de surpráis. ¿Qué hacés acá? ¿Vos también?, le chanté de prima. El quía me miró de cotalete. Muzzarella, Pepe, igual que vos, me imagino, junando el ambiente y haciendo conteo. ¿Cuánta gente calculás?
No hay que ser muy pistola pa sacarle letra al huevo Albarracín. Me llevó a un costado y me explicó: mirá, Pepe, lo dijo ayer la Presi, el impuesto a las ganancias es banca en todo el mundo, se podría subir el mínimo un cacho, un 20 % y así y todo el estado dejaría de percibir  6500 millones al año. Acá el gran déficit del gobierno es que sigue cajoneando una reforma integral del sistema impositivo, una reforma progresiva de acá a tres años que ponga freno a la economía en negro, que apunte hacia un tax único nacional y coparticipable. No puede ser que todavía no tribute la transacción financiera, la compraventa de monedas, de acciones, ¿tendés? El que más gana, más paga, clarita la cuenta, porque así como vamos, le das de comer a las fieras y te aparece un Moyano, tripa misma de la mafia sindical pero que la conoce lunga y te hace este quilombo. Quien te dice, por ahí es el momento propicio pa desempolvar una reforma.
 Claro que dejarlo chamuyar al Huevo Albarracín en medio de la hinchada mionquera  es cosa de suicida. Lo entendió el Colo y miró al cielo como diciendo yo no los conozco. Un morocho de percha furimunda y oreja atenta se plantó adelante. ¿Algún problema, maestro?
Faltaba más. Lo dejé al Huevo dando explicaciones y me mandé atrás del Colorado hacia el corazón del pogo camionero, a metros del palco donde el trompa se aprestaba pal discurso. Espetáculo danzante del tiempo e ñaupa, pichones de mamut anteliduvianos, una marabunta de vejetes canosos y culos atornillados, pero ni muchos ni tantos, algunos como escapándole a la foto, otros junando al piso pa esconder la trucha. Nadies le puede negar el poder construido en décadas y la capacidad de mover a una masa adicta, aunque para la ocasión, quién sabe si laburaron con empeño.
Como que me levantaban de la entrepierna, salto y salto, pogo infernal bien fulbolero, borombombón, soy camionero de corazón. Ole, ole, Hugooo, Hugooo. Al lado mío, el Colorado chivaba como en un sauna. Silencio pa escuchar al Hugo, discurso lungo de casi una hora, es al dope repetirlo.  Si ayer bancaba al gobierno que más hizo por los trabajadores, debió descular que le quitaron banca y saltó el charco para plantarse en la vedera del frente. Discurso pa dentro, cuchilla a la zapán del aparato pejotista, como decir: ojo muchachos, armemos la variante por derecha si quieren seguir en la gestión.  
Ole, ole, Hugo, Hugo, gran desbande y objetivo natural de este movilero, arrimarse al Jefe y sacarle la exclusiva en entrevista al pie del escenario, tarea titánica que no lo iba a amedrentar. Permiso, le calé al mishio boseador Patón Basile todo tatuado que la va de custodia, micrófono en mano y radiograbador noblez GT 40 modelo 83, joya eletrónica, unas palabritas don Hugo, para No se Paga Rescate, Radio Estación Sur, ¿cómo se siente? Como el culo, le escuché, no me aprieten, traigan la ambulancia.
Atrás, me dijo el tatuado, el macho no da entrevista a cualquiera. Pero en TN sí, le contesté. El lunfa me junó como pa comerme. Sentí el brazo del Colorado que me tiraba pa atrás. ¿Tas loco o te pico brontosaurio?, le escuché. Pero este movilero no se iba a achicar. Agarré por la tangente y gateando me arrimé a la ambulancia. Aquí, don Hugo, ¿se siente acompañado en este salto político?, le triné ventanilla al medio. Y de nuevo el boseador que me venía calando la agachada, me agarró del cogote y dulcemente me depositó de dorapa atrás de otro grandote de chaleco Moyano conducción, menos amable, es cierto, tomátelas o te reviento, me dijo.
Ningún movilero que se precie, arruga frente a la alversidad. Menos quien suscribe, don Marcial Pepe Caminos, ¿Por qué impide la labor periodística?, le pregunté,  ¿cuál es su gracia?. Gracioso una mierda, y de nuevo el brazo salvador del Colorado, justo cuando el gorila amagaba un apercat a la mandíbula. Tranqui, muchachos, el jovato está bajo tratamiento siquiátrico, se escusó, yo me hago cargo. Y así que lo dijo, me agarró del hombro y me sacó del bolonqui mientras cantaba la marchita peronista como si la supiera toda.
Abatido regreso. Me disculpo públicamente ante la audiencia de No se Paga Rescate, habida cuenta que esfuerzo sobrehumano no se pudo coronar en ojetivo. Gran tipo el Colorado, no dejó que me viniera la depre. Ya habrá oportunidá, me aconsejó, la cosa recién empieza, Pepe. Vos sabés cómo son los muchachos, si olfatearon que la Presi no va seguir pal 2014, están afilando los dientes. Para ellos, la ideología es lo de menos.
Y hasta aquí nomás, fue don Marcial Pepe Caminos. Saluti a todos, un abrazo y como siempre, Patria o Colonia, che, ya hasta más ver.

sábado, 9 de junio de 2012

La dislexia de la lumbriz


Emisión del viernes 8 de junio 

"No se paga rescate", hora 17.00 Radio Estación Sur, FM 91.7 La Plata


Aquí don Marcial Pepe Caminos, desde algún lugar de la estratósfera radiofónica argentina para la audiencia de “No se paga rescate”, saluti a todos.  Primera columna al aire de quien suscribe, a propósito del día del Periodista, la de hoy se intitula “La dislexia de la lumbriz”.
La lumbriz es un bicho de los más desagradables, primera ponencia pa lo que no hace falta erudición ninguna.  La más comunarda, la de tierra, es de la familia de los anélidos oligoquetos y hay un toco de especies diferentes, desde las pijoteras de 40 milímetros hasta la guasa lumbriz australiana que llega a medir tres metros de largo, un pedazo de bestia.
Que haiga lumbrices en la tierra es muy importante, justamente porque morfan tierra  y toda la porquería, la digieren como si fuera polenta y cagan bonito, cosa que,  a las canaletas que hacen en el suelo se le suma la caca muy rica en nitrógeno, el famoso humus lombricero.
La lumbriz no tiene cabeza, ni ojos, ni oreja, ni dientes, o sea, lo único que tiene es una boca succionadora y un culo excretor, que a la verdad, nunca se sabe si está adelante o atrás. No tiene corazón, nomás que unas válvulas en el vaso sangriento, apenas un ganglio en lugar de cerebro, una cadena nerviosa importante pa lo que es el bicho y, fundamental, un aparato digestivo de puta madre,  faringe, esófago, buche, molleja y chinchulín, o sea, que es una maquinita de morfar.
Organismo primitivo de utilidades múltiples, muchos animales comen lumbriz, incluido el hombre, que de algunas especies hace culto: secadas y hechas polvo, pa rellenar los Paty, y no faltará el plato de la cocina oriental que algún cheff  premiun las ponga de espaguetis con una salsa exotica de finas yerbas. No obstante, la lumbriz debe el estrellato fulgurante a su virtuosa exelencia pa la pesca deportiva.
Se sabe que los sumerios ya usaban la lumbriz para pescar en el Éufrates. En una excavación arqueológica, que era la tumba de Seneferu, primer faraón de la dinastía IV del Antiguo Egipto, por ejemplo, se encontraron caña flexible de bambú, hilos de papiro de alta resistencia, boyas de hojas de palma y primitivos anzuelos osidados, ovio, con restos secos de lumbriz lo que prueba que el monarca del Nilo ya se complacía en el arte de la pesca a flote del llamado bagre tebano y que a tal fin encarnaba anzuelo con el susodicho anélido.
Esta referencia no es gratuita. Quien haya tenido una lumbriz a mano, sabe de la porquería que se trata. De seguro que el faraón tendría un esclavo o esclava pa que le hiciera la asquerosa encarnadura. Nomás que agarrar el bicho sabiendo que es una tripa elástica, un reptil que no arrima a culebra, que se retuerce baboso entre los dedos, mismo un canuto fláccido de pura mierda, que es así pincharla pa que le salga como una pus, una cosa amarilla y desagradable, un olor como decir, a lumbriz, que nomás cortarla al medio es un espectáculo peor que ver a un cristiano en la guillotina, que le queda la mitad pataleando y la otra mitad igual, como si nada, como que culo y cabeza son lo mismo, como que en una de esas, y como pasa con alguna lumbrices, de un cacho se hace otra, en fin, como ya exliqué,  es un asco.
Ahora bien, se preguntará el radio escucha a que viene lo dicho, ponencia de hondo contenido zoológico pero de reververancia francamente repugnante. Y la cosa fue así, paso  a explicar. Vez pasada, domingo siete de la matina, como es nesario al inclemente oficio del notero, me daba a leer diferente columnas de opinión de los grandes medios, a saber entre otros, el doctor Grondona, Vanderkoinor, Gorileuco y otros más de los titulados independientes, y de ahí que en la dicha actividad intelectual se me cruzó por la cabeza, como petardo de naranjero, la puerca imagen de la lumbriz, pringoso bicho retorciéndose en el anzuelo.
Tiene derecho el oyente a inferir que este escriba padece de alguna colifatía masoquista, o que le convendría posta unas vacaciones en nosocomio mental, por eso de cambiar el atorro dominguero por una lectura tenebrosa. Pero no. Centrojás que pone la bocha al pie, don Marcial Caminos, quien suscribe, se la banca y apelecha. Descubre en de pronto que pa los opinólogos independientes, el ispa es una ruina, que el 54 % de los votos que apenas unos meses atrás manyó Cristina hoy no llegan ni al 15, que la esperpéntica caceroleada teflonera del barrio norte porteño  es el termómetro de la masa, que la inflación, que el cepo criminal al dólar y las importaciones, que la inseguridad, que la corrupción, que los pobres sojeros tienen que pagar impuestos como cualquier cristiano, y así de corrido, como una película de Franquistein de los sesenta , todo pinta blanco y negro, asusta pero no tanto.
Como la lumbriz, estos opinólogos existen y son nesarios. Distintos que la lumbriz, tienen ojos pero padecen de dislexia y se les trabuca la realidade porque la leen al vesre, porque parten de hechos ciertos  y preocupantes pero los encarajinan de tal manera que, como la lumbriz, cagan mierda incontinente pa abonar la tierra de sospechas cuando no mentiras. En de mientras, tallan con eso de la persecución que padecen. 
Minga independientes. Eso no existe. Nadie es ajeno a la ideología, ni observador ni observado, ni Gorileuco ni el infeliz pequebú que pudo ahorrar un mango y quiere verdes fresquitos, ni el que la levanta con pala y protesta, ni el que apenas llega a fin de mes y aún así apoya. 
Escena tragicómica, en la Europa los indignados piden trabajo, educación, salud. Y en este culo del mundo, los indignados porteños quieren dólares. Calate pa la dislexia, ¿Cómo leer esa realidad? Pero lumbrices babosas, anélidos oligarquetos, haciendo canaletas, caca embuchan y más caca excretan.
Fortuna grande, mi saludo posta pal periodista que no es lumbriz, que chingolo es, hornero, tero o pescado que en la lumbriz tiene su morfi predilecto.  Un abrazo, Patria o Colonia, che, y hasta más ver.

lunes, 4 de junio de 2012

Borges, el Aleph y los dólares


La sola mención de aquel nombre, Carlitos Daneri,  que al acabar de la primera ronda de vermuces tiró sobre la mesa el Ruso Urbansky, fue como ápercat de nocáu para Lagomarsino.  Carbonífero centelleo en sus ojos grises,  esa blandura de fierro que sabe desparramar en el gesto se le espiantó por alguna cloaca del alma y nomás le quedó como una rigidez posmorten  bailando fané entre las arrugas de los setenta pirulines. Beatriz, querida Beatriz, chantó en un susurro que apenas le oyó el Negro Gutierrez, sentado a la diestra.
La cosa había empezado hora antes. Los de siempre, más el Rengo Marinelli atento como nunca, tema obligado primerió en la conversa: la ceremonia que sabe engalanar cada 25 de mayo el salón de actos del glorioso, que a la patriótica gesta refiere el nombre de la institución, ovio, y a lo menos pinta la ocasión pa reunión de la CD, , Himno Nacional con el coro de alumnos de la escuela 24, ofrenda floral abajo del cuadrito de Mariano Moreno justo arriba de la puerta del tualé de caballeros y posterior chocolateada popular a cargo de la Divina Colombres, una esquisitez austera, pal caso, con más gusto a nescuíc que al del noble cacao.
Todo tranqui hasta allí, arrancó el Cabezón Lagomarsino:  via comprar 200 dólares al cobán, precio oficial cuatro cincuenta, y me dicen que no puedo, trinó fulo, ¿y por qué no puedo?, diganmén,  soy ahorrista en verdes, ¿y qué?
Silencio meditante. Es voz pópulis que al campeón bochófilo no le sobra vento pero tampoco le falta, más que por propios méritos en el yugo, por herencia que le cayó de peludo y que engrosó nadies sabe cómo, aunque amarrocando seguro.
 Viejo pijornia, fiambre y con guita, la mortaja no tiene bolsillo, le despachó  el Rengo Marinelli desde el mostrador. Y la terminó de embarrar el Ruso Urbansky cuando tiró de consejo: ¿querés comprar? Garpá seis mangos por el dólar blu, velo a Carlitos Daneri de parte mía, arbolito jaig definiyion en estratégica esquina de la citi, una garantía.  
Allí fue que la jeta de Lagomarsino se trasmutó como pócima de alquimista. ¿Carlos cuánto? Daneri, ratificó el Ruso. Y más peor, la voz del bochófilo fue como un susurro de ultratumba: Beatriz, Beatriz.    
Crónica que nadies desconoce, gûérfano de padre y madre a la temprana edad, el Cabezón se crió de pìbe con unos tíos que vivían en una casona de la calle Garay, como a veinte cuadras del club. Y había una prima, Beatriz, que más que prima fue como una obsesión, como un tornillo engrampado en la sesera. Era una mujer, una niña de una clarividencia casi implacable, confesó Lagomarsino alguna noche de escabio rabioso, había en ella negligencias, desdenes, verdaderas crueldades, y por ella me colifatié de pasional.  Con los años, me sentí tan seguro de poder olvidarla que a la final acabé recordándola siempre.
Si se me permite, irrumpe el doctor Salvatierra, erudito del derecho anque también literario, me suena a narrativa borgiana o estoy mamado. ¿Por un Gancia?, déjese de joder, lo paró en seco el Negro Gutiérrez, bueno para nada sino para echar leña a la fogata: ¿y qué pasó con la Beatriz?, ¿se la morfeteó Daneri? Seguro, ¿pero que tiene que ver la mina con los dólares?, odenó la conversa el Rengo Marinelli.  
Nada y todo. Doce años tenía el pibe Lagomarsino que fue cuando descubrió un sótano que había en la casa de los tíos. Nomás que bajando, se refaló por la escalera  y se dio de jeta contra el piso. Medio que se desmayó y cuando abrió un ojo, vio como un resplandor verdolaga, como una esfera de vidrio que nomás de acostado se podía apreciar. Impresión suliminal, y desde ese día, siempre que pudo, se mandó al sótano en cuestión pa ascultar  como crecía la bola, istrumento que pasó a ser todo, ojeto de culto, punto que contiene todos los puntos del universo, para usar las propias palabras de Lagomarsino, la bola verde,che.
Hay quien dice que al varón le patina el moño. Zulma Da Silva, pal caso, tarotista y clarividente según se intitula, que por algún tiempo fue querida del Cabezón,  en un arranque de despecho y en contrario al mutis profesional debido,  llegó a afirmar que de aquella vivencia infantil de la esfera infinita, a Lagomarsino le vienen las dos osesiones, a saber, las bochas y el verde billete americano. Para el Profe Zamudio, su coequiper fulgurense desde siempre, en cambio, minga que está pirucho: cuando finaron los tíos, vino la herencia, sabe contar. Daneri se comió a la Beatriz y buena parte de la torta. El Cabezón ligó lo suyo, suficiente para hacerle honor a la pereza, pero  de olfato ganador, siempre tuvo claro que el infinito, el punto esacto donde el todo se contiene, donde sujeto y ojeto son uno y es todo, está allí, en la bola verde de la calle Garay, que a la final era una pecera de vidrio donde los tíos amarrocaban los dólares y que al reflejo se multiplicaban infinitamente.
¿Mentiras? Pura verdá. Dicen que nomás una vez, ese Daneri, ya finada la Beatriz, lo convidó al sótano de la casa de la infancia donde el lunfa guarda los recuerdos de la difunta, fotos, muñecas, vestidos, como un templo dedicado a la grela, que allí se dio el duelo entre los dos amantes, uno que la puso y el otro que la soñó, uno que jotraba de arbolito con los dólares del sótano y el otro que los junta pa guardar en el colchón con la vana esperanza de replicar su propia bola verde. Por eso es que, aseguran,  Lagomarsino pasa horas acostado ajoba de su catrera. Tengo mi Alef propio, le confesó a Zamudio una vuelta, que fue cuando rajó un bochazo histórico en la final noventa y cuatro contra el tim del Círculo Japonés. 
Silencio espelusnante. Historia conocida, no es que se la esté echando sobre la mesa con Lagomarsino de cuerpo presente, pero cada quien la andará pensando para sí, eso seguro, visto que Urbansky ya reculó y amaga con disculpas: Danielli, no Daneri. Carlos Danielli es el arbolito amigo mío. 
¿Por qué no hablamos de algo más interesante?, propone Mercier, justicialista ineternun,  hoy siolista de la primera hora, según afirma, estuvo en el lanzamiento de la Juandomingo. ¿Otra ronda de vermuces?, propone Marinelli, sale con fritas de cocina, osequio de la casa. Pero la cuestión está latiendo igual que bombo del Tula y hay que ver la caripela de Lagomarsino, los ojos claros encendidos oscuros como de verde flúor, las manos añejas rendidas sobre la mesa, la voz difónica como de gritar seis goles en media hora: Beatriz. Si busqué el amor de una mujer, fue pa no pensar en Beatriz.
Hay que ponerlo en órbita al campeón, aconseja la Divina Colombres mientras al centro acomoda las papas fritas y lo mira a Lagomarsino, seguir enconchado a su edad, a usté le parece, le sacude, grosería posta, tan cierta como fuera de lugar, pero así es la patrona. Esa Beatriz Vitergo era un turra, aporta el Rengo mientras lava copas en el fregadero, a más de uno engrupió con el cuento de que tenía una bola verde en el sótano, centro mismo del universo, así que cobraba cospel de entrada, despachaba rápido y te daba el raje.  ¿Y vos cómo sabés eso de la Viterbo?, pregunta incinerante de la Divina y recule certero del Rengo: me contaron nomás.
La cosa sigue empantanada. El problema son los dólares y no Beatriz, razona el Ruso, fíjensén, los tíos de Lagomarsino ya amarrocaban en dólares por miedo a que los curraran en pesos, pesos argentinos, pesos ley,  en australes, con la tablita, con la convertibilidá. Hay que pesificar la economía pero también y fundamental, hay que pesificar la conciencia coletiva, ¿me esplico?, es una batalla cultural.
Cierto, chamuyo de Mercier, el dólar es el refugio esistencial del mamerto promedio. El platudo la camina por otros wines, sabe donde poner los huevos, pero el inorante de la ciencia inversora  tiene un templo incorrutible: el wáyinton fresquito, recién salido del horno, esos que se pegan y le das al dedo con saliva. ¿No sintieron el olorcito que pelan los verdes en fajo?
¿Y cómo?, se mete Marito, camporista esaltado, hasta el más rata hace bardo por la cotización, y eso porque los diarios y la tele están meta darle manija. Hay que aplicar la ley antiterrorista a los que joden con el dólar. Peso argentino pa todo el mundo y al que no le gusta que se vaya a vivir a Oclajoma o a Bagdá. ¿A dónde?, inquisitoria de Mercier. A Bagdá, a Irak. Eso está en África, bestia, sigue Mercier. En Asia, corrige la Divina. Es lo mismo, es colonia yanqui, concluye Marito.
Silencio a gritos. Sigue Lagomarsino en un nimbus, garrote esistencial que le apìlaron:  Beatriz, susurro escalofriante.
Mucho Beatriz pero bien que el hombre la junta con pala, castiga la Divina de camino al tualé, ya me está cansando.
Más silencio, nomás el eco. Beatriz.
Nueva  carraspera del doctor Salvatierra, cincuenta años de faso y lo mismo de mamotretos jurídicos, si se me permite, dice, he escuchado con atención tan vulgar y cerril  raconto que envilece la inteligencia y el sentido común, si es que existen en esta mesa, con su permiso, visto que se ha hecho mención al Alef, a ciertos personajes, y que incluso se ha deslizado algún que otro esimoron gratuito y ramplón, pido la palabra, si se me permite.
Silencio rajante, el Negro Gutiérrez atiende al relós y dice que mirá la hora, mañana madrugo. El Ruso se acomoda en la silla como para echarse una siesta y Mercier avisa que tiene reunión de la sucursal de la Juandomingo en minutos nomás. Punto final, Lagomarsino se despierta de su pesadilla erótica o mejor dicho, como solámbulo se levanta, los brazos estendidos pa delante y le encara a la puerta sin saludar. O revuar, dice desde la vereda.
Ronda de miradas. La cosa es que si el Cabezón tiene un Alef abajo del colchón, suma Mercier, cada dólar que junta se reproduce hermafroditamente infinitas veces, ¿será cierto? Eso nomás pasa en Manjatan, en wol estrí, sacude Marito, que hoy manya de geografía ni que fuera Jumbold, además, digo, ¿el Alef no estaba en un sótano?
Así dicen, razona Marinelli. Y ya de pie como para pirar, mirada fula y napia fruncida, inquisitoria del Negro : ¿Pero que carajo es el Alef?, ¿una maquinita de hacer dólares es?
El doctor Salvatierra, ateo confeso, mira el cielo raso del bar como fraile que juna al Paraíso, las manos ligadas a un rezo mistongo, y planta en súplica: Perdónalos, Borges, no saben lo que dicen.  
Última carambola de Marito, ¿qué tiene que hacer Borges en esta? ¿No era gorilón?          
     

viernes, 11 de mayo de 2012

¿Qué pasó en Velez?


Cuando el gran Ismael Celentano, fundador e ispirador del glorioso, ya listo su sobretodo de madera, se dio a reunir amigos y seguidores alderredor de la agonía, nomás lo animaba la necesidá de trasmitirles sus más íntimas conviciones. Según cuenta el Ruso Urbansky, testigo ocular y auditivo, sus postreras palabras fueron almonitorias: coraje, muchachos, mientras haiga nasta, funca la máquina y sigue la historia.

Nunciado motivo de académicos debates, siempre estuvo claro que la referencia al hidrocarburo  era una metásfora de las tantas que calzaban en una sesera prodigiosa como la del gran Celentano. Hoy, el aserto alquiere machaza atualidad: sin nasta ni gas estamos al horno y aquí nadies se hace el otario. La recuperación de la nastera vernácula yenó de júbilo a la masa societaria fulgurense.

Abierta la iscrición, un fangote de anotados, en mionca de “Fletes La Veloz” puesto gratarola por Ruben Casas,  le encaramos al mitin de Vélez junto doctor Salvatierra con más treintena de adictos nacionales y populares, descontando al pibe Marito y al Oreja que se apuntaron en las previas pa estar en primera fila con la muchachada de la Cámpora. Y detalles al margen, no fue cosa facilonga hacerse un lugar en la tribuna. ¿Y ustedes quienes son?, nos inquirió un acomodador en la puerta. Faltaba más, tener que dar garantía de lustre y renombre. La masa rojinegra se mandó como jauría de hinchada fulbolera y antroden, lugar premiun en una ochava, a cantarle a Gardel.

Claro que más difícil que abrirse paso es patear la yeca a la vera del doctor Salvatierra. Erudito de la ciencia humana, de gusto sobrio y esquisito, mordaz y sarcástico, más agrio que limón esprimido, que se sepa, nada le surte fetén y a todo le chanta un pero. Que una bandera le tapaba la visual, que el tronar del bombo le daba la migraña, que el humo de los choripanes le cogestionaba la napia, ya en las previas del discurso presidencial estuvo al toque de los trompis por quejoso, pero más por esa manía de cuestionar y poner dudas donde no caben, es decir, bien que en medio de los fanas.

Para las tres de la tarde, la posición del boga en la tribuna de adictos se había complicado, como quien dice, visto que a la espresión de una señora entrada en carnes, que fue que dijo medio a los gritos que esto es lo más lindo que hay en el mundo, refiriéndose a la espetacular concentración kirrnerista, el tordo echó mano a sus conocimientos filosóficos y sacudió citas de un tal Kan y un libro de Crítica del Juicio, medio como chantándole que a la verdá, lo estético no se puede medir, señora, le dijo, si me permite, no puede haber ninguna regla de gusto ojetiva que determine por concectos lo que sea bello, puesto que todo juicio de esta fuente es estético, es decir, que su motivo determinante es el sentimiento del sujeto y no un concecto del ojeto, testuales palabras.

La cosa se le puso más complicada. La señora lo miró como preguntándole si la estaba tomando pal fideo,  y más peor se puso cuando intervino el hijo de la doña, un animal como de dos metros, músculos pa levantar bolsa de cemento por dos, que mirándolo fijo a Salvatierra inquirió a la vieja como al pasar: ¿algún problema, mamá?

Visto que el tordo no achicaba y amagaba con un driblin de discurso, quien suscribe no me iba a quedar viendo el amasijo, y menos acabar ligándola también. Así que, borratina, no lo conozco, enfilé tribuna abajo silbando un tanguito, mismo allí donde la masa parecía más tranqui. Y en eso estaba, batiendo disculpas por la molestia, cuando sentí una mano como de plomo que me agarraba del cogote y una voz que me decía ¿Cacho, sos vos? Y era nomás. Lo manyé de entrada, más viejo, claro, flaco y lungo, los bigotes con rulito y la famosa cicatriz en la zurda de la caripela. ¿El Chango Rearte? El mismo. ¿Qué hacés acá?, pregunta de opa. ¿Y qué esperabas, verme tomando el té en el yóquey clu?, me sacudió.

Varón de alcurnia petrolera, quien sepa de algún pozo o perforación que el Chango Rearte no haya conocido, que lo apunte en el libro de los faltantes. Era un mocoso cuando allá por el 60 entró de operario en la destilería Ensenada de la YPF, entonces la más grande de Sudamérica. Plena dictadura de Onganía, el pibe ya era un esperto en las cuestiones de la industria y a más, con bautismo sindical durante la gran huelga petrolera del 68. Dos meses de paro, muerto el fóforo del crakin catalítico, siete mil obreros anduvieron a tiros, piñas y molotós con los cosacos que ocuparon Berisso y Ensenada, épica jornada que fue el preludio de las luchas que pintarían los 70. A la final de la huelga, el Chango Rearte se anotó en cuanta espedición se le plantara. De norte a sur anduvo domando válvulas, afilando brocas y taladros, sanando malacates y balancines de bombeo, desde Salta hasta el estremo sur, sajando caminos, montando campamentos, fundando pueblos, organizando sindicatos y poblando el sur, eso también, porque a la verdá, cuántos hijos hizo allí por dónde anduvo, nadies sabe.

Así que así, el Chango Rearte en Vélez, sonrisa petrolera, felicidá enorme, me surtió abrazo pa la asficia. Que alegría, Cachito, mirá que a la señora Cristina la he puteado antes por haberle bancado el negocio a los gallegos, por socia que fue del latrocinio, pero así es la política, hermano, y hoy hay que hacerle el aguante, ¿no te parece?  

Y sí. ¿Qué podía retrucarle?  Jubilete ahora, toda su esistencia teñida de carbón, cocinado su pellejo en grasas y aceites, en heladas, nevazones  y calderas, también el alma o lo que sea le ha de navegar al garete en un océano de negras olas encrespadas, uno imagina, que loca jugarreta del destino, a la mejor edad lo mancó a metros del disco el sopapo privatizador, le dieron el raje por pipiolo, justo a él, al Chango Rearte, varón parido en charcos de fueloil. Festejá, Chango, le dije, y vi de que los ojos se le empañaron de lágrima tiznada. Me junó bien y me chantó al oído: en las venas me clavaron una bombilla, me chuparon sangre gasolera, Cachito. ¿Y qué? Sigo vivo y vuelvo a nacer.

Espetacular paisaje, lo dejé al Chango Rearte hablando solo y me puse a difrutar del entorno velezano. Multitú fenomenal. Banderas pa hacer dulce. Piberío que no se ha visto desde tiempo anteliduviano, mocosos entusiasmados por la política. Si esto me lo contaban cinco años atrás, seguro me cagaba de risa, escuché de pronto a la espalda. Cincuentón pasado de moda, cuatro pelos en la mollera y así con todo, colita de caballo a la espalda, remera con estrella roja y era el Profe Gatica, viejo perreté, oservador entusiasta pero crítico, me aclaró, hasta aquí me arrimé por curiosidá antropológica, más claro que una tesis de Levi Estraus, Cachito, ¿pensás que va a durar esto?, ¿qué será eso de la sintonía fina?

Pero la cosa no daba para el analis. La Presi en el escenario. Griterío desbordante. Película de Costurica, allá arriba chamuyaba la señora de negro y ajoba se emocionaba una flaca de San Justo hasta el llanto que no era joda, allá en el esenario se calaban las jetas de varios goberna que se miraban asortos y ajoba una banduca de pibas gritaban amor por Cristina. De cotalete, se quejaba un trompa: falta justicialismo. ¿Dónde está el Pejota y la Cegeté? Y ahí nomás, como pegado al dicho, un cocalero repartía la gasiosa a módico precio y aljunto al vaso, combo de osequio, papelito con la letra completa de la Marcha Peronista. Sale como pan caliente, me aseguró, los pibes la quieren aprender completa.

Lo calé de lejos al Gordo Carrasco, titular del Sportivo La Estrella, tradicional rival bochófilo y jurado enemigo en la liga del fulbo infantil, almacenero ayer y supermercadista ahora. Me le fui por la espalda y lo cacé desprevenido. ¿Dónde escondiste los paquetes de yerba, gordo trásfuga?, le solté pa dormirlo de una. Regaló risa samporlina: no acuséis en vano, varón, en el asunto tallan las cadenas grosas. Me va bien con el kirrnerismo y apoyo.  ¿Y si mañana se complica? Ahí volvemo a parolar, me sacudió.

La burguesía no garantiza un joraca, la voz del Profe Gatica que venía como siguiéndome, los proletarios parecen aristocracia obrera y los movimientos sociales son la vanguardia revolucionaria en el capitalismo global. ¿Socialismo? Nooo, nacionalismo popular, que en estos tiempos es mucho, Cachito, no le des más vuelta.

Seguía la Presi con su discurso y uno que trataba de escuchar pero no lo dejaban. Martita Saraví me amuró contra el alambrado. ¿No eras radical vos?, le apunté al riñón. Si, pero vine a acompañar a la nena que se me hizo de la JP, me batió como disculpándose, está tan entusiasmada y a los hijos hay que ver en qué andan, Cachito, mirala como disfruta de la fiesta. Y sí, remera de la JP y vaqueros calzados como con engrudo, la piba saltaba descosida y que soy soldado del pingüino, cantaba, cosa que era pa poner nervioso al más púa. Cómo creció la piba, me salió del alma. Pero si es una nena, viejo marañón, me salió al ruedo don Ramón Num, la voz romántica de la FM Futuro, 94.5 del dial con suerte y viento del este en Villa Ortúzar, ahora de movilero radial. Hago la crónica del amor en la barricada política para la audición Pasional, me esplicó, mecho historias verídicas con música joven, un poco de Nino Bravo, de Aznavur, Julio Iglesias y Javier Solís, récor de audiencia, Cachito, ¿la escuchaste?      

A rajar. A escuchar a la Presi, pero no. Trapos de todos los colores: entre blanco, negro y celeste, las rojas con la hoz y el martillo. Es parte de la revolución democrático burguesa, se me arrimó el Pelado Domínguez, está claro que este es un gobierno en disputa y si hay que tragarse algún sapo, mejor echarle sal y pimienta. El kirrnerismo será revolucionario o no será, concluyó, estamo en una autopista, Cachito, y si se queda la renoleta, te llevan puesto, ¿entendés?

Clarito como el agua clara, los veteranos de la Bernalesa se me vinieron al humo. No escuches sanata vieja, me trinó al Pájaro Saldías, esta es la incubadora peronista del nuevo movimiento histórico, resumen de la mejor tradición nacional, popular y latinoamericana. Cristino a muerte, Cachito. Y ahí nomás, como saltando a la yugular, se me apareció la Negra Martínez, remera celeste con estampado Sabatella: kirrnerista sí pero faquir nunca, vidrio no comemos,  estar con Sioli y los tránsfuga del conurbano es como acostarse en colchón de clavos.

Final a toda orquesta. Bandera rojas, banderas negras, cantaba el roker Indio Solari. Hay de adactarse, me susurró a la oreja don Estanislao Frías, del Fortín Gaucho Amanecer Criollo, si zampamos una zamba o un tango cadenero, no sapa naranja, dale con el rock y la puta madre que los parió. Tranqui, don Estanislao, ¿no lo vio al dotor Salvatierra por ahí? Pero el paisano ya se iba como arrastrado por el torrente juvenil de la Cámpora y pidiendo a gritos salvavidas de corcho. En la ambulancia, lo llevaban pal nosocomio, le alcancé a escuchar .

Dicho y hecho. Suerte que me le escapé a tiempo, ya lo dije, difícil andar a la vera del tordo. A lo que se ve, un ojo en compota y labio hinchado, como si le hubieran calzado botox.  ¿A quién se le ocurre decir que discurso lavado y soso el de la Presidenta, que menos consistente que Anaxágoras y los presocráticos, justo en medio de una hinchada barrial de Soldati.  ¿A quién se le puede dar por recitar a Epicuro de Samos y las diferencias sustanciales entre el hedonismo y la ataraxia bien que en el cuore de la torcida camporista de Berazategui? Pero así es el doctor Salvatierra y hay que manyarlo como viene.  

Silencio auditoriun en la mesa consetudinaria del bar buffe. El Rengo Marinelli amenazó de entrada con un convite de champán celebratorio por lo de YPF pero la Divina Colombres le sacó punta al lápiz, hizo cuentas y lo convenció de que no, conformensén con lo de siempre y a cargo del consumidor, aclaró, la banquina está refalosa y no da pa tirar manteca al techo. El Ruso Urbansky trocó vermú por mate cocido, que a la final le va a salir más caro que el olmúgler onderroc que encaró el Cabezón Lagomarsino como siempre. O la criolla infusión se le subió al cerebelo o la astinencia vermucera  le pegó en el ansiolítico, cuestión es que el veterano, lo que nunca, está como agresivo. Al mitin lo vi por la tele, porque la vieja de mierda no me dejó ir, dice y se refiere a la jermu, que mucho tiempo parado, que me podía patinar el bobo, que la presión, y yo como un vichenzo le hago caso, un día de estos cazo la mandolina y me voy con otra orquesta. En la gomería siempre hay lugarcito para un varón en el esilio, ofrece el Negro Gutiérrez.

Callado hasta aquí, el doctor Salvatierra muestra con orgullo sus heridas de guerra. Es parte del debate político, no guarda rencor sino al vesre, que ha sido como volver a vivir, como en  tiempos de estudiantina docta, esplica, si se me permite, cuando al virulento incienso de la asamblea, el arte del trompis y el puntapié jalonaba y ponía moño a la convicción idiológica. Tiempos idos que han de volver,  egregio comedor estudiantil platense donde se apuraba el alimento antes de la batahola de bandejas de acero, celebérrimas aulas pletóricas de enjundiosa oratoria a puño cerrado y corrida presta.    

Silencio sepurcral. El Rengo Marinelli apunta la hora. Lástima no haber ido al mitin, dice, yo lo hubiera defendido al doctor, que será cargoso, no lo niego, pero un amigo es un amigo. No era pa dejarlo en banda hablando eso de los griegos.

Carga su culpa el hombre, quien suscribe. Y se va a dormir.