domingo, 10 de marzo de 2013

Somos Chávez



No había que ser inteleto piola pa imaginar que la güesuda le andaba pispeando las verijas desde tiempo atrás. Uno la veía venir, después de tanto cirugeo, con la palabra cáncer que mete miedo, con la cuidadosa reserva que los médicos cubanos sostuvieron cuando la última tajeada en Cuba, con los viajes que los mandamases latinoamericanos le hacían a la isla pa volverse después callados . Y luego, el regreso a la Patria, el silencio de quienes lo tenían cerca, la moderación de los pronósticos. Uno la olfateaba de posibilidá tan cierta como dolorosa. Pero igual el anoticiamiento que a la final se dio, fue un sacudón pal espanto, un trompis a la mandíbula que nos dejó en nocau sentimental. El comandante se nos había ido. Puta muerte, hay tanto conchudo parásito haciendo la plancha en una esistencia de mierda, por qué justo a él. Lo mismo que este cronista se preguntó allá por los setenta cuando la muerte de don Agustín Tosco, o hace poco, la de Néstor.
Si uno fuera creyente en la esistencia de algún dios, podría suponer que los Divinos, sea quienes sean, en alguna Comisión Política, de Planificación celestial o de infraestrutura universal, anduvieran necesitando el asesoramiento de los mortales más o menos entendidos, manyados en los asuntos del pobrerío, en las dolencias de los desheredados. Quién sabe si desde tan lejos, tipos como Zeus, Apolo, Cristo, Alá, Buda o quien carajo se intitule banca asoluta, pudieran arreglar las tropelías del bacanaje terrenal, de los dueños de la gran torta que se morfetean a gusto y de la que reparten nomás las migas. Quién sabe si a los Divinos les diera el cuero y entonces precisaran de consejos en carne y güeso.
Pero quien suscribe, por suerte o desgracia, es un anóstico en las cuestiones de la fe y no le queda más remedio que acectar el mandato del ADN, de la célula, del organismo y el celebro humano. No le queda otra y entonces embucha la suerte, putea como es debido, llora, vuelve a putear y se la banca. Hugo Chávez Frías murió y si aceda a la imortalidá, no será por obra de los cielos sino por la memoria de los pueblos.
Memoria de los venezolanos, antes que nadies. Memoria de millones de quías que antes no esistían para los titulares esclusivos de la renta petrolera, apenas humanoides grotescos que habitaban los cerros y el llano profundo, sangre descartable con menos valor que la de un perro, con perdón de los cánidos. Este cronista se ha plantado horas frente al televisor para ver desfilar a esa masa interminable de gente, desposeídos de antes que acaso muchos no hayan dejado de serlo en términos materiales pero que en de repente, por obra y gracia de ese hombre que les hablaba durante horas con la llana dialética del común, pudieron afirmar algo que al fin y al cabo les pertenecía, a saber, la propia esistencia. Si, esistimos. Somos. Vivimos. Y decidimos.
Acaso no haiga más suprema espresión de la condición humana que la posibilidá de decidir. Decidir ser, en primer lugar. Entonces uno ve a una piba que no tiene más de quince años, que nació con Él, quebrada en llanto y así de pronto hablando de Patria, de Revolución, de Socialismo con una soltura que te pega en el caracú, y después a una jovata que abraza un cuadrito humilde con la foto de su comandante y se le lengua la traba primero y vuelta con la Patria y las misiones y un primer médico que la revisó en sesenta años de vida, y más después un morocho de los que asustan, con más músculos que Bonavena, lagrimeando como un nene, el puño en alto y balbuciando al paso del jonca que a Él lo lleva: “Soy Chávez”.
A este cronista se le dio por llorar tupido también, si por la muerte del hombre, quizás, y con certeza, por esa irrución de dinnidad hecha carne, de amor gigante hacia el líder mezclado con el discurso posta con cadencia caribeña de miles de anónimos que, puestos frente a una cámara y micrófono soltaron una labia sin duda parida en las escuelas, en las esquinas de los barrios profundos o en el yugo de cada día: Patria y Revolución, todos somos Chávez.
Se me pone la piel de pollo, se me pone, me dijo mi ayudante aljunto, el Pibe Garófalo. Y sí.  A uno le viene esa cosa en las tripas que por algún hilo condutor va derecho al lagrimal. Y cuando en el velorio pasa un milico por delante del jonca, y allí se detiene un istante, y le hace la venia y se quiebra y se lleva el puño al cuore, mierda, cómo no engrillarse a la comparativa de lo que fueron los ejércitos en este culo del mundo durante tantas décadas sino milicias de ocupación imperial.
Pa la semblanza del comandante, sobran entendidos y no es cosa de agregar al dope. Si de entender su hacer de gobierno se trata, a favor o en contra, hay para regalar en los diarios, en la radio o en la tele, mismo que especulaciones de lo que vendrá, desde las fundadas hasta las más colifatas.  
Lo que trasciende al sencillo ver, es que más allá de lo que pueda decirse, ya el varón se hizo bronce en el mejor de los sentidos. Porque al bronce de nuestros próceres de la primera independencia, en parte enfriado por el tiempo y el destrato, es el suyo un bronce caliente en trance de fragua, metal que yerbe y libera energía cuando los panegirios del fin de la historia se hacen la puñeta frente al cuadrito de Fukuyama.
Y a la verdá, pa jovatones como este que escribe, las cosas que están pasando en estos años, la verdá verdadera, tiempo atrás no pensábamos que las fuéramos a ver. Que don Simón Bolívar haya salido de los viejos arcones, que un Evo, que un Correa, que viejos guerrilleros como Dilma o el Pepe Mujica, que Néstor y Cristina, cada cual con su vianda propia, qué se yo, es como estar soñando. ¿Sueños imperfetos? Cierto. ¿Desprolijos? Y qué querés. ¿Confusos? De seguro. ¿Sucios? Mas bien, así son las aciones de los pueblos cuando despiertan del letárgico. ¿Asurdos imposibles? Andá a cagar.        
        

miércoles, 27 de febrero de 2013

¿Irán o no Irán?




Comisión de la Verdad Fulgurense

Nueva reunión de la mesa consetudinaria en el bar buffé del glorioso, al calor icandecente del memorando al que los mandamases iraníes y argentinos le pusieron el gancho, fue idea rutilante del doctor Salvatierra chantarle cuorun a una velada esclarecedora sobre la cuestión, y en una de esas, dejar costituida una Comisión de la Verdad Fulgurense. Pavada de ojetivo no apto pa cardiacos ni glucémicos, a los fines de darle vento a la misma, qué mejor que convocar a distinguidos socios espertos en la defensa garantida de sus respetivas coletividades. Aprobación unánime que hubo, a los curdas de siempre se le sumaron el viejo Goldman y Danielito Kneilalej, primeros arrimarse al convite y ya cargados de puya. Estos persas de mierda siempre llegan tarde, sacudió el segundo mientras se acomodaba una cachiporra de látez en el cinto. ¿La piensa usar, será pa tanto?, lo inquirió el Negro Gutiérrez, a lo que el viejo Goldman le arrimó tranquilidá: es para disuadir nomás.
No fue tanto. Veinte minutellis después, se anunciaron el Turco Alí, que no es turco sino libanés, y como olíendole las asilas, don León Abdul y su hija, la Miriam, que da clase de danza árabe los martes y jueves en el Deportivo Saudita de la Avenida Belgrano. Trajieron dos botellas de anisados pa engolosinar los discursos. No hay que pijotiar con los gomías, surtió don León de prima, con una sonrisita sobradora que puso en alerta al Pelado Kneilalej.
Para la ocasión, cosa de no chivar a ninguno, el Rengo Marinelli tenía preparado menú especial, obra indescritible de la Divina Colombres: fuente de kippes y cuadraditos de arenque, que a la final resultaron merluza de la comunarda, y en tren de quedar joya con los árabes, pal picoteo, una tanda de falafel y unos fatay esquisitos que mandó la panadería y confitería Damasco, como apoyo logístico a la noble iniciativa diplomática. De copeteo, ronda de consabidos vermuces que nomás el Turco Alí trocó por tinto de damajuana.
Ispirador del rejunte, el doctor Salvatierra se ofreció de moderador tras un estenso introito plestórico de erudición, según acostumbra, rogando a la final que el disenso se encanutara por las vías pacíficas, como correspondería a destacados socios fulgurenses, cuestión en la que hubo acuerdo a esección de la alvertencia que hizo el Pelado Kneilalej: contando a la Miriam, ellos son tres y nosotros dos nomás, dijo, a lo que el Rengo Marinelli, desde el mostrador, le espetó que no se olviden del Ruso Urbanski, y a lo cual el susodicho aclaró que, la verdá, mi tronco judío se perdió en las frías aguas del Volga, pero si es para empardar, cuentenmén.
No es cuestión de número sino de calidá espositiva, aclaró Carlitos Mercier, justicialista de Perón, pero pueden anotarme imparcial, siempre en la tercera posición. Imparciales eran los fasos, que eran negros y dinamita pura, arguyó el Negro Gutiérrez, el de la gomería: a mí me da lo mismo, dijo, vine a escuchar porque del asunto no manyo ni pío.
Primera ronda vermucera, entonada la zapán con una yunta de kippes, el Ruso apuntó fiero: si la causa de la Amia y la embajada israelí están empantanadas hace como veinte años y apuntan para veinte más mínimo, qué mal puede hacerle probar una ronda de conversa con los presuntos reos, se preguntó, a no ser que alguien esté interesado en que no se conozca más de lo que hoy se sabe.
Dedo en la llaga, Marito, el pibe de la Cámpora, recién acomodado a la mesa del billar, se anotó el poroto. Pasa que la contra se opone a todo, trinó pa que se lo escuche, nadies hizo más que este gobierno para aclarar la cuestión.
Volvamos atrás dijo el cangrejo, interrumpió Samuel Goldman, lo primero es lo primero, hay un toco de víctimas más argentinas que el dulceleche, y eso hay que condenarlo, ¿estamos de acuerdo? Porque contrarius sense, no conviene ni empezar.
Silencio respetuoso que vino a rendir honor a los finados y parientes, el Turco Alí acotó lo nesario: la comunidá árabe de la Argentina condenó el incidente a su debido tiempo. ¿Incidente?, bramó el Pelado Kneilalej, ¿incidente lo llama a un atentado terrorista? Tranqui, sofrenó el tordo Salvatierra plantado de moderador, si se me permite, la etimología del vocablo in-cidente puede incluir la concección de atentado, diferente al ac-cidente que supone... Y allí se le cortó. Momentito, susurró el viejo Goldman, la cosa no es menor. El estado argentino va a negociar con un estado terrorista, y en una de esas, hasta hacer negocios, no me parece correcto.
La conversa había empezado de punta y raje. Mejor poner a la mersa en frigobar, intuyó la Divina Colombres, siempre atenta pa llamar la atención masculina, a esección de la del Rengo, propio marido. ¿Les gusta?, preguntó. ¿Qué cosa? Y salió de la cocina. Babucha violeta como la de Aladino, amplia camisa telaviv bordada con canutos y lentejuelas onda murguista uruguayo. Pa completar, velo trasparente que le tapaba la mitad de la jeta y detalle fundamental, collar con la estrella de David.
La señora mezcló milanesa con jalea de frutillas, pero le queda lindo, piropeó el viejo Goldman y tras cartón susurró a la oreja de Mercier: estilo serfaradí, me gusta más cuando se faja con la remera ajustada, que le salen los matambres como resorte.
Aplausos para la Divina, una vueltita a lo Nicol Niuman y vuelta a la cocina. Se van a quemar los falafel, se escusó. Y así que disculpada, enseguida el Pelado Kneilalej aprovechó el descuido de los zagueros y se mandó en diagonal con la bola al pie y un estenso raconto histórico, de lo cual dedujo que los persas siempre tuvieron ambiciones imperiales. Ciro, Darío, Jerjes, desde los aqueménidas, si los dejabas, capaz que hasta descubrían América y ahora todos hablábamos en babilonio. No se les puede dar espacio. Marca hombre a hombre, hay que hacerles.
Enseguida salió al cruce el Turco Alí: si no fuera por nosotros, ocidente todavía estaría jugando al tenenti con piedrita pómez, gil. O te olvidás que cuando en Persépolis hacíamos partidas de ajedrez, en Paris pintaban cavernas con dibujito de jardín de infantes…
Rápida intervención de tordo moderador, vamos al grano, dijo, y preguntó iso fato: ¿quién puso el caño en la AMIA? Porque, si se me permite, si los servicios de la inteligencia nacionales no pudieron siquiera descular la conesión local, menos sabrán de la internacional, es decir, si se me permite, será informeta de la CIA o del Mosad supongo, lo cual de desinteresado aporte no tiene ni el blanco del ojo, manyado que los yanquis le vienen apuntando fiero al petrolio musulmán. ¿Habrá que creerles? Ni hablar de la otra en la Embajada, que eso está parado en la Corte y bien guardado, por algo será, dicen que allí lo que esplotó fue un arsenal que había en el subsuelo.
En la Comisión de la Verdad Fulgurense nadies se chupa el dedo. Se chamuya en serio y no a las medias tintas de funcionarios y diputados. Calladita hasta aquí, la hija de don León, la Miriam, hizo roncha con argumento: el Irán de hoy no es el mismo de veinte años atrás, esplicó, como no lo es Argentina ni ningún país. No es la teocracia prehistórica que nos quieren vender. Hay de todo, como aquí. Es otra cultura y hay que respetarla. También hay que entender que desde la revolución islámica, es un pueblo que ha sido agredido permanentemente. ¿Esto justifica acciones de terror? No. Pero…
Salta violeta del Pelado Kneilalej: también el Estado de Israel es agredido. La guerra es la guerra, pasa que nosotros somos más delicados y espeditivos. Cuando tenemos un sospechoso en la mira, le mandamos un misil a la casa y nos ahorramos gastos de juicio y cárcel. Pero no volamos un club, eso si que no.
Callate, Pelado, si son santos ustedes, nomás le tiran con napal y fuego a un campamento de refugiados palestinos, contradijo el Ruso Urbanski, vos no podés defender a nadies.
Y este quién lo contrató, es un infiltrado ruso, siguió el Pelado. Y pare el carro, lechero, que ya se hizo manteca, sofrenó el viejo Goldman, ¿esta es la Comisión de la Verdá o no? ¿Y entonces? ¿Somo argentinos o no?
Silencio meditante. Segunda ronda de vermuces y plato fuerte: los fatay de la confitería Damasco acompañados de receta gastronómica de don León. El secreto es la carne cruda macerada en cebolla, estos son de mentira, arguyó, pero acá estamos hasta el caracú de mentiras. Algunos giles dicen que no hay que negociar con un estado terrorista como Irán, ¿pero cuál es el estado más terrorista del mundo? Si, señor, los Estados Unidos. Financian golpes, secuestran en todo el mundo, tienen campos de concentración, invaden países, bombardean y matan por miles, pero a la final, ¿quién deja de comerciar con ellos? Nadies, no seamos hipócrates…  
Silencio masticatorio. Los fatay estaban espetaculares aunque don León digiera que no eran  de en serio. Y callado hasta aquí, el Negro Gutierrez empinó el tercer cinzano que le sirvió de muso ispirador: hay que armar la Comisión y una colecta para juntar fondos y garpar los viajes a Terán. ¿O no vamo a ir? ¿Hay playa en Terán?
Desde la cocina, la Divina Colombres se anotó primera: si hay playa, yo voy, tengo un dos piezas que todavía no la estrené porque este Rengo, ni a Punta Indio me lleva.
Está cerquita del Mar Caspio, intervino el viejo Goldman, pero debe haber más petróleo que sal. No le aconsejo, doña. Ahora que, propongo al doctor Salvatierra para que presida la honorable Comisión y por su intermedio se hagan los contactos con la embajada persa pa que sufrague los gastos  de traslado y estadía. Propongo al Pelado Kneilalej como representante de la coletividá israelita argentina, y a la piba Miriam por la coletividá árabe, porque hay que darle espacio a la juventú.
Aprobación unánime y fraterna, el anisado del Turco Alí hacía castañar los mofletes. Por último, el Pibe Marito, por ser de la Cámpora, debería ir en nombre del estado argentino, sorprendió el Ruso Urbanski, en una de esas pone una unidá básica en Terán. Pero enseguida saltó Mercier, justicialista de Perón y tercera posición, en disidencia, ovio, porque el delegado tiene que ser peronista peronista, es decir, de Perón y Evita. ¿Y dónde lo encontramos?, chicanió el Pibe desde la mesa de billar mientras la apuntaba a la cuarta carambola al hilo.
Silencio digestivo, las botellas de anís estaban pinchadas o el licor se evaporaba con el calor del debate. ¿Y quién va a interrogar a los reos?, pregunta al vuelo del Rengo Marinelli, ¿alguien sabe hablar en árabe? La Miriam, algo pesca, ¿o no?, chantó don León, orgulloso porque es el padre. En inglés, o se piensan que son inorantes, trinó el Turco Alí. De ninguna manera, en idiye, porque sinó se confunde todo, saltó el Pelado Kneilalef. ¿Y quién habla eso acá?
Silencio final. El anís no se evapora así nomás. Se lo copetearon todo.          
    

jueves, 27 de diciembre de 2012

8 N. Amor al paso



La muy indinnada María Pía


Eran otros tiempos, es cierto. Recuerdo que en aquellos años juveniles empapados de místicas emancipadoras, encarar al minerío setentista llevaba tiempo, cotizaba pacencia, mucha labia y menos pinta que ahora. Poder de convición antes que nada pa derrotar el mandato de los viejos ya resinados a la liberación sesual: si lo vas a hacer, que sea por amor, eso sí, no te equivoques  mucho, nena, que después no te van a querer ni en las carmelitas.
 La cosa le apuntaba al noviazgo largo y sereno para que a la final la naifa acediera a la carnal consumación del amor. Llegar a esa instancia suprema sin sentirse paganini, o sin requerir los servicios de una esperta meretriz, zampaba un camino plagado de ostáculos, plejuicios y negativas, así que, con frecuencia, hasta el piberío femenino revolucionario venía con cinturón de castidá. Ecección extraordinaria, era el minetaje del trosquismo vernáculo. Famosas las fiestas y peñas del partido de Coral, a la final, uno terminaba de paso por allí, viernes o sábado, diez de la noche, la caña lista y el anzuelo encarnado, pa ver de pescar tupido. Y si a cambio había que afiliarse, uno se afiliaba.
Así la conocí a la Beba Legarreta. María Pía Legarreta, oveja negra de una familia bien, un minón entonces, noventa-sesenta-noventa, ancas de bronce, unos pechos como prendidos al cogote, minifalda ultracorta y zuecos de 40 centímetros, una escultura, la Beba. Una noche de aquella me apiló contra una pared del comité socialista, me zampó un chuponazo que me sacudió la coronilla, me prometió un continuado en la gruta del Bosque e isofato le firmé la afiliación. Cuando llegamos a las sábanas, dos días después, me manyaba de memoria las Obras Completas de Nahuel Moreno y era trosco de la primera hora. Al mes, la Beba me calzó de puntín y me mando a panfletiar en la puerta de los Astilleros. No volví a verla hasta vez pasada, cuando la radio me mandó a cubrir la  concentración cacerolera del 8 N.  
Linda noche como de verano, me mandé al laburo con mi aljunto secretario, el Pibe Garófalo, Panza, cámara Kodak istamatic modelo 80 a la mano pa reflejar la realidá en diapositivas todo color. Y así nomás que nos echamos a caminar desde Costitución, camino al centro, la cosa era arrimarse a la cocina convocante que a modo de palco sin orador funcaban alderredor del obelisco, calzado como fálico estandarte de la porteña estirpe. 
Plástico carné de periodista a la mano, grabador portátil con micrófono incorporado, ya en las alyacencias del mítico monolito le encaré al reporter, bien que al medio de tres jovatas que batían las sartenes al estilo Tula refinado. Pregunta al ruedo más ovia que regalo de cumpleaños: ¿por qué están acá? Y así nomás que una de las naifas empezaba a hablar, se arrimó un morocho como de dos metros: no dea reportajes, doña, que la van a usar en contra.
Tranquilo, macho. Le mostré el carné de Radio Estación Sur. El lunfa ni mosquió. Otro que pasaba por ahí, me estudió de cotalete, lo junó al Pibe Garófalo con la istamátic cargada y trinó como pa que todos lo escucháramos: con esa cámara de fotos, deben ser de los servicios kirrneristas.
Arrancamos mal. Sería cosa de probar por otro güin. Y seguimos. Nueve de la noche. La mersa quejosa a full. Cartelería curiosa y creativa, no se puede negar. El Pibe Garófalo gastaba el rollo de veinticuatro fotos, medio que al pedo, le dije, mirá que después cuesta un toco el revelado. Y en eso estaba cuando la vi, casi que no la conocí. La Beba. María Pía Legarreta, cincuenta pirulos largos, los yines puestos con calzador, remera al talle que recordaba antiguos pechos, yantas esportivas, pero al fin y al cabo, una sombra de lo que alguna vez fue. La caripela era un mapa hidrográfico del Amazonas. Tanto que dudé. Me le arrimé como cazador de tigres. ¿Sos la Beba? Me junó como indiferente. Me sonrió. ¿Marcial?, me dijo, estás hecho mierda, macho.
Y por casa cómo andamos, le hubiera contestado, pero no, movilero piola sabe medirse en parolas. Cortesía previo a todo, los años pasan, le dije, vos estás igualita, ¿seguís trosca? Me miró como estrañada. Volvió a sonreírse. Pecados de juventú, me susurró como a la oreja, la vida es más que la revolución permanente. Pero siempre en la lucha, Marcial, y ahora más que nunca. Pareció meditar por un istante, y después soltó la frase matadora: la odio, Marcial, la odio.  Cada vez que anuncian una cadena nacional y Ella aparece en la tele, me viene como un retorcijón en las entrañas y unas ganas incontrolables de rajar al baño. Y así no se puede vivir. Estoy indinada. ¿Y vos?
Le chamuyé breve de mi labor periodística mientras ativaba el geloso camuflado en el bolsillo. La nota apuntaba para un premio y si no fuera porque el Pibe Garófalo le gatilló un retrato a la jeta, la Beba se hubiera esplayado allí mismo. Para el feisbuc de la radio, le claró. Y ella, nada, como decir, tomátelas.  ¿No serás de la prensa oficialista, no?, preguntó desconfiada. No, periodista independiente, la amansé de una, ojetividá firmetex y reserva asegurada, Beba.
La onda apuntaba pa quedarse. En de pronto, el recuerdo de las vivencias juveniles me tallaba en la sesera. La Beba, me salió del alma mientras la sondeaba con la mirada mimosa de antiguos entreveros. Beba no, me alvirtió, aquel era nombre de guerra, una boludez, soy María Pía, ¿entendés?
Notero fiel a la exclusiva, centrojás que pone la bocha al pie de la noticia, no puede perderse en nostalgiosas encrucijadas, era la voz del Pibe Garófalo, mi secretario aljunto, que más que hablando me lo decía con la mirada. Sigamos, don Marcial, sáquele el telefunquen y después la llama.
Pero el insecto vil de la memoria ya me había picado en la entrepierna, precisamente en el órgano sutil del pensamiento.  La mersa opositora rondaba el obelisco y el griterío no era cortina musical que la circunstancia ameritaba. Te invito un feca, le sacudí como venía. La nami me regaló una ojeada pícara. Y dale, me dijo.
El problema era el Pibe Garófalo. Vos sacá fotos y nos vemos mañana en la radio, le dije, ¿cuántas te quedan en el rollo? Doce. Hasta veinticuatro, la radio garpa, le aseguré a la despedida.
Y allí estaba con la Beba, es decir, María Pía, caminando por las callecitas porteñas como ajeno al paisaje de la mersa quejosa, a medias olvidado del noble oficio movilero y a la pesca del piringundín que diera cobijo a la más íntima conversa, feca de por medio, nada sencillo en una ciudá arrebatada donde los bares con la tele encendida daban refugio al sediento cacerolero.
Lejos del espicentro de la protesta, a la final nos acomodamos en un boliche. María Pía guardó la cacerola en un bolso y yo acomodé el geloso camuflado debajo de la mesa. Ni falta que hizo tirarle la lengua. No me van las multitudes, arrancó diciendo, y menos cuando están enardecidas. Pero batir la cacerola me parece original, y hasta una manera de participar y hacer política como debe ser, Marcial, como gente inteligente que no se deja llevar por los planes sociales, los choripanes ni las promesas. Es fabuloso, ¿no te parece?
A veces el pasado trafica como imagen engañosa de un espejo cóncavo. ¿Qué quedaba de aquella Beba que estudiaba agronomía y soñaba con irse al campo, a una granja coletiva y socialista?
Se fue al campo, eso sí, me contó mientras sorbía el café, pero con un bacán que la tuvo como reina hasta que la cambió por otra más joven. Viajó por el mundo, no se puede quejar, hoy vive bien con lo que el lunfa le pasa por mes, más espensas e impuestos. Además, labura en una imobiliaria del trocén. Hasta se da el lujo de amarrocar unos dólares al mes como pa bancarse un viajecito esótico por año. Pero María Pía tiene un problema al que no le encuentras esplicación. Es un sentimiento que le viene de muy adentro, o que está en el pellejo, como una soriasis, como una alergia, me esplicó, palabras testuales, porque de Troski se olvidó, de política no entiende un soto, apenas ojea algún diario y se entretiene los domingos con Lanata, que la pone al tanto de toda la porquería que es el gobierno, la ditadura que es, la soberbia que tienen, me dijo, y el problema, mi problema, es el odio, que eso no es vida. ¿Cómo se puede odiar tanto que hasta enferma? Odia la manera de hablar que tiene Ella, la seguridad que trasmite a los alcahuetes que la escuchan, todos pagos, le odia los gestos, la sonrisa pérfida, la tristeza fingida, el dolor de viuda alegre, el luto repetido, la ropa que usa, las carteras, los zapatos. Le odia el colágeno, el peinado, los besos que reparte entre el pobrerío, le odia la emoción, las lágrimas, los corpiños y  las bombachas que imagina de buen gusto y caro. Odia, odia tanto que, presume, así no se puede vivir, no se puede aguantar tanto odio. Está claro que no se puede salir a la calle gritando así, el odio, pero hay un montón de motivos, la ditadura de Ella, de la Cámpora, por ejemplo, la inseguridá, la corrución, la soberbia. Se tiene que ir, Marcial, hay que echarla de alguna manera, que renuncie, que se vaya.
Debajo de la mesa, el geloso con micrófono incorporado, a full. Arriba, en la zabeca, el recuerdo lacerante de aquella Beba que se emocionaba con la labia de Coral.  ¿Y ahora? Nada. Cacerolear es como una terapia, Marcial, como sacarse un peso de encima, igual que después de la sicóloga. Eso.
Buena mina, María Pía. No mató a nadies, nomás que está indinnada. Quizás, me dijo, se apolillaría esa noche sin embucharse el comprimido de Trapas  nesario. Y octimista allá en el fondo, soñaría con angelitos rubios, preciosos, haciendo rondas alrededor de un fuego inmenso y purificador donde, atada a un poste, se quemaría, a fuego lento, una bruja.    
Hasta aquí. Debajo de la mesa, hacía rato me había crepado la cinta del geloso. Yo seguía mirando a María Pía y quería encontrar un cacho de Beba, un pedacito nomás. Pero, minga, las doce y el fuego sin prender. Entonces, ella me echó una carta pal remate: vivo sola, los chicos ya son grandes. 
Pelé del bolsillo el carné de periodista. Me miró, sonrió pícara, como en las viejas épocas: ¿qué tenés que hacer ahora?
La cacé al vuelo. La Beba no perdía las mañas. María Pía tampoco. ¿Me vas a afiliar al partido cacerolero?, le entré por el lado del recuerdo y soltó una risa franca. Ni ahí, si estás infestado por el relato de Ella, no tenés cura.  ¿Otro café? Eso es muy burgués, me acorraló. Tenés razón, le acecté. Mejor llévame lejos, Marcial, y haceme volar un rato.
Simpática, la Beba, María Pía Legarreta. Cachamos un tasi. Las calles, ya desiertas. Vivía en un séctimo piso de Barrancas de Belgrano.

Poética talibán



Por Marisol Garmendia


El Cara Cortada

A la yuta batió que él la fajaba 
por celo enfermo que le tenía,
por puta costumbre, por decir nada,
que después el varón se arrepentía.

Y ella, buena mina, lo perdonaba.
Porque si. Al fin, porque lo quería.
Y de yapa, los dos se daban la biaba
con anfetas, fumo y porquería.

Chantó que lo esperó aquel día:
que al cabo del amor él le rogara
perdón por todo el mal que le hacía,

y no que en atorro se le escapara.
Bronca. Se pasó de frula la tía
y en su mambo feliz le tajeó la cara.