viernes, 14 de agosto de 2015

Crónica PASO



Parafrasiando al gran pensador libio, Abdul Asib, después del viento, el camino en el desierto nomás lo juna el camello. Así que a sabienda de lo dicho, la vena sanguínia del cronista se dio a pichulear como pudo en las arenas ardientes de la justa eletoral. Con esta consinna, bien temprano, se calzó pilotín, talompa impermiable y  las galochas pirelli pa zambullirse en el barro del sufragio junto a su coequiper y secretario aljunto, el Pibe Garófalo, bien que munido de su geloso portátil y la kodak istamátic con rollo de 36 más uno de repuesto, cosa de apelechar testimonios en las mesas de votación de la Escuela 24.
Ocho de la matina, un gorra nos atajó en la puerta de la istitución. Aquí no pasa nadies, de arranque la cosa viene lenteja, nos apuntó, pa acomodar tanta boleta haría falta un crupier de casino, mismo que pa completar la autoridá competente.  Junando de coté, don Hilario Martínez, 85 pirulos, asentía con la zabeca. Desde las siete que estaba plantado a la espera , contó, termo en una mano y mate en la otra, y por nada, porque se despierta a las cinco, de costumbre nomás, y un domingo diferente, a esta edá, hay que aprovechar las cosas diferentes. ¿Una fotito, don Hilario?, le chantó el Pibe Garófalo. Y ahí posó el jubilete, sonrisa ancha, la postiza bailándole un gotán entre los labios. Yo sé que a esta edá no tengo obligación, me trinó a la oreja, pero soy radical de cuna, hombre de Irigoyen, nunca falté a la cita. ¿Y a quién va a votar, don Hilario? A la Unión Cívica, ovio. ¿Eso esiste?, le preguntó el Pibe Garófalo. Don Hilario miró pa arriba, pa los costados, pa abajo, como si lo vinieran vigilanteando. ¿Este muchacho será de los conservadores?, me preguntó.
Nueve a tiro, según un cana banana, antroden la escuela, seguía el bolonqui  de aprestos, apile de boletas, letura de instrutivos y controles. Afuera, en la vedera, la diretora de la escuela, Sara Amatti, se emprestó al reportaje. La prósima, que traigan changarines, traigan, esto es un quilombo de papeletas, anunció con aplomo docente. Y mirando la istamatic del Pibe Garófalo pero más a la mersa que empezaba a arrempujarse inquieta en la tapuer del cole, sentenció: pa encontrar un candidato, hay que venir con brújula y astrolabio.
Así que el julepe ya estaba istalado. Lo más mejor es traer la boleta de la casa, se jugó el Negro Gutiérrez. Esa puede ser trucha, le retrucó una doña que bajó de un auto polenta, pinta abacanada, lo mejor es tomarse el tiempo que haga falta y pensar bien antes de votar, no dejarse llevar por los planes sociales ni dejarse arrastrar por un puntero o por promesas. Pero ni ahí, terció Catalina, la jermu del Negro, el cuarto oscuro no está  pa hacer siconalis, lo que haiga que pensar se piensa antes, doña.   
Nueve y piquito, se abrió la compulsa y primera en votar fue la viuda de Graciani, mesa 312, que entró al cuarto oscuro como asomándose al castillo de Drácula y salió más peor, la jeta de blanco teta. Me marié, casi que me pierdo y no encuentro la salida, esto es peligroso pa la salú, se avino a la pregunta. Pa la encuesta en boca de urna, ¿a quién votó?, la inquirió mi secretario. Mirada perdida en lotanza, la doña  se confesó: me sarepe que le pifié, había varios con bigotes…
Y claro está que peor le fue a don Hilario, que atrás de la viuda salió cortando clavos. Una vergüenza, la boleta de la Unión Cívica no está, fue vítima una vez más del fraude patriótico, se quejó. Y hubo que atajarlo de las verijas cuando alguien se le rio, que fue el Cuervo García, cuando le sacudió que te quedaste en el tiempo, vejete, ahora los conservadores son ustedes. Todos son la derecha y el ajuste, se prendió la hija del Gringo Cortese, deneí en la mano y en la cola que empezaba a estirarse a la entrada, la única oción es la izquierda de los trabajadores, giles, plantió y se le puso de punta Huguito Zacarías, el del Corralón Yeny, que la sofrenó con lo del voto cantado, gurisa, así no vale.    
Para la once, hay que decirlo, las colas de sufragantes sacaban punta y la puerta de la escuela 24 parecía la entrada a la cancha de un clásico. El único beneficiario era el Ratón Cantili, busca del año cero, plantado ajoba de la ochava con una mesita donde ofrecía tijeritas made in China pal corte de boletas. Salen como agua, salen, se relamía, por la módica suma de 10 pesos, después le quedan a los pibes  para la escuela.
En la mesa 324, la cosa ardía de indispuestos. El presidente, un tal Guerrero, ascultaba los deneís como un tordo con tetoscopio, así de desconfiado, y pa colmo, cada uno que entraba al oscuro se quedaba durmiendo la siesta en el colchón de boletas. Asomado el mediodía, la cola de la 324 salía a la calle y el Gallego Huerta puso el grito en el cielo: apurensén que se me pasan los ravioles. Y el que no manducaba pasta, seguro le hacía a los bifes. Te dije que hoy no daba pa la parrilla, se le quejaba Celeste Farías al dorima, recién casados los dos y ahora asomándose al divorcio por culpa del sistema eletoral. El pechito de cerdo, mejor hacerlo despacito, le esplicó el quía al geloso del Pibe Garófalo, no hay que darle bola a las minas.
Centrojás creativo, siempre la bocha al pie, este cronista jugaba de local en el rioba que lo vio nacer. Encuesta a boca de urna, para “Voces Fulgurenses”, a más de uno, tiempo atrás, ni hacía falta preguntarle por el voto. Pero ahora es diferente, me explicó Dino Ferretti, hay peronista pa hacer dulceleche en todas las listas y acordate, Marcial, vos antes sabías que los hermanos Ranieri votaban en bloque, eran de la primera hora, ¿y ahora? Es como que ponen huevos en todos los nidos, entendés. Ahora vos le preguntás, a los Ranieri digo, ¿a quién votan, che?, y los tres se hacen los otarios, se desconfían entre ellos, ¿entendés? Más o menos, le dije y encaré a Marcelito Salerno, recién recibido de arquiteto. ¿Cómo votaste?, le inquirí de sopetón. Voté de parado porque faltan sillas, me chivateó al tiempo pivoteba con el piné de una bailarina del Maipo y me daba la espalda.  
Laburo ingrato el del cronista, de escasani recompensa, hay que estarse al pie el ñonca el santo día bichando a la gilada que vota y se va a morfar o a torrar la siesta. Como a la una, picaba el bagre, lógico, así que lo atajé al Carucha Soto, gomía de fierro y engayolado a la mesa 327, conchabado como estaba por 500 rupias pa fiscalizarle el sufragio al bacanaje macrista. ¿Te llegó la vianda?, ¿no te quedó un cacho por ahí? Y al rato volvió el Carucha con una bandejita envuelta en celofán. Sánguche de mila, manzana y una cocucha. Es de los fiscales de Sioli, me aclaró. Pa nosotros, el ingeniero se jugó: arroz con pollo, masita secas y latita de espid pa mantenernos despiertos, ¿qué tul? No jodás… En serio, Marcial, donde hay mosca se garpa fetén. Eso sí, no lo andés batiendo por ahí, yo lo fiscalizo, todo bien, pero no lo voté, ya me conocés, mirá que si se enteran los del club, después no me dejan entrar. Tranqui, ¿y a quién votaste?, lo apreté. El voto es secreto, macho, ¿querés mandarme en cana?, se disculpó y lo junó al Pibe Garófalo, que ya lo escrachaba con la istamátic. ¿Y vos no morfás?, lo espetó. Y no, mi secretario se da por contento con las Derreefe de anís.
Con la barriga llena, ya era otra cosa, por más que la tarde se hiciera larga. Abarajar a los que salían con el troquel en la mano era un yeite facilongo. Disculpe, míster, para la encuesta a boca de urna de “Voces Fulgurenses”, ¿puede decir a quién votó? Y el quía o la nami batían la justa. Así que para las cuatro y piquito, este cronista ya tenía la fija porcentual de cómo venía la mano. Las cuentas cerraban posta: el Manco primereaba cerca del 39 %, como a 14 puntos del ingeniero  porteño. Palo y palo venían en la provincia, pero mis proyeciones lo daban al gran Bigote de las pampas mínimo 5 puntos arriba de don Julián Domínguez en la interna oficialista. Los radichas no esistían, mismo que la Gorda Carrió. El Capo del Tigre, tercero cómodo, le quedaba poco pa festejar aunque el pituco Solá rondaba los 18 porcentuales en la provincia. El troscaje, más dividido que muzarella en copetín, con suerte arañaba el 2 % y el pibe del Caño lo ensartaba al Altamira.
Primicia de alto valor que cotiza en bolsa, los capos mediáticos manyan que los resultados eletorales en el barrio de La Testil Argentina son siempre la resultante nacional y provincial, así que cinco y media empezó a sonar el fono con tapita. Poniendo estaba la gansa, se les esplicaba, giro postal a cuenta de don Marcial Caminos y mando la justa.
De vuelta al cotorro, ya entrada la noche y atajando la gotera del techo, cosa de no creer, pa sorpresa de este cronista, todos festejaban pa las cámaras de la caja boba. Endemientras la muchachada hacía malabares acomodando el boleterío kilométrico y contando los porotos, nomás que con el 5 % de los votos nescrutados, daban risa los porcentajes que se anunciaban en la tele como fija y posta. La opereta mediática, troesma en el arte de torcer la noticia, de soplar viento pa borrar las huellas en el desierto, desconocía los números de “Voces fulgurenses”. Carajo, ¿y pa qué tanto laburo? Así que cacé el fono y lo llamé indinnado al Peluca García, diretivo de alto medio audovisual. Me atendió una naifa de labia farabute. Después de insistirle que me pusiera al habla con el capanga, la dicha me chantó los puntos: dice el señor García que lo disculpe, está ocupado acomodando la realidá para hacerla digerible.

domingo, 2 de agosto de 2015

El Palomo Furlán



A prosópito de las más que blandengues sanatas con que los candidatos 2015 se farolean para morfetearse el voto de la mersa, incluyendo panquequeos idiológicos de muestra, tema obligado en la mesa consetudinaria del bar buffe, es nesario  no caer en la trampa, ovio, tanto como alvertir que a la verdá del decir, aquí nadies inventó la pólvora. Recordatorio que viene a cuenta, se apila a la memoria del doctor Salvatierra, la engregia y estrambótica figura de quien fuera el gran torcedor fulgurence de cuitas, el célebre Casimiro “El Palomo” Furlán.

Hijo dileto de una humilde familia criolla, cuenta la historia de que desde muy purrete se dio la biaba con gomina y brillantina de la berreta, cosa que debió cementarle la azotea  impidiéndole la respiración natural de los poros craniales, no ostante lo cual, se apelechó a la galería de los ases del bolazo y si no llegó a campionar en eso, le anduvo cerca.

Da fe el Ruso Urbansky, mientras le hace al Gancia con la busarda vacía, que con catorce pirulines recién cumplidos, repetidor repetido del 5° grado en la Escuela 24, el Palomo Furlán supo poner en duda la tabla de multiplicar del cinco, afirmando pal caso que 5 por 8 no le daban 40 ni de cerca, sino 38 postas a contar con los dedos de atrás pa adelante. Ya asomado a un nuevo aplazo con que lo iba a condecorar la señorita Ema, reculó y confirmó que él jamás había afirmado semejante disparate y que 5 por 8 eran Las Cuarenta, igual que el estraordinario tango de Grela y Gorrindo.

Mesa surtida hoy con notables ingredientes, reconquistado el derecho a escabiar en el bar buffé después que la Comisión Diretiva diera por nulas la atuaciones promovidas por la Comisión de Buenas Costumbres, el Negro Gutiérrez memora lo suyo: el varón tenía un poder de convición asoluto. A los veintidós, le propuso casorio a la Petisa Villalba mientras que le noviaba en serio  a la Turca Mohamed y cada tanto le tiraba unos petardos a la hija de los Marrone. Y eso que era fiero de jeta. Lo que tenía, sí, era una labia surtida pa engayolar  a cualquiera.

La esistencia del Palomo Furlán pinta jalonada por notables proezas chapuceras. Cierto que nunca vendió un buzón del correo, pero superó con creces la patraña cuando comercializó con ésito inigualable el Jarabe Doctor Wolfan, un preparado nausabundo que atajaba el refrío con el primer estornudo. Allá por los 60, intitulándose Delegado Especial de Juan Domingo Perón en el esilio, supo traficar cargos en un futuro gobierno justicialista, nomás que el general volviera a la Patria, lo que no se tardaría más que uno o dos años, y así que por módica suma en efetivo contante, acomodó al Conejo  Di Giácomo en el Ministerio de Salú, visto que era enfermero; a Julito Brun, carpintero y recitador campero oriental, en la Embajada en Montevideo; a las hermanas Pierini, que cantaban el Ave María en las misas de la Santa Margarita, en el Coro Estable del Teatro Colón, y así de corrido, quien no tuvo un cargo rentado en el próximo gobierno que estaba al llegar, fue porque no le alcanzaban las rupias pa costear la inversión.

Claro que no todo fue cuestión de guita. Y es que el Palomo Furlán se montó a la ilusión que forjó de sí mismo, desdeñando muchas veces, recompensa en metálico posta. Toda afirmación chantada con sólidos argumentos tuvo su negación sostenida con machaza enjundia y a su autoría se le atribuye la másima esistencial “Para cualquier macaneo, siempre hay una oreja abierta”. Igual que el ingeniero Mauri, hoy candidato a Presi, aunque con mucha menor recompensa, también el Palomo, durante sus años mozos, se surtió del estado con un módico sueldo de maestranza, no ostante lo cual, jamás se privó de criticar, según costa en su célebre “Epifanía chanta”, el triste espetáculo de quienes, como yo, maman de la teta pública sin merecerlo”.

Para el Cabezón Lagomarsino, el varón fue un gomía de fierro, por más que, a la hora de saludarse, lo más mejor fuera desconfiarle un simple al “buen día”, atajarse los bolsillos por las dudas y nunca discutirle al dope, cosa de evitar su perorata espesa como dulceleche. Pero desprendido cuando tenía, generoso pa darse al prójimo, a más de uno salvó de la malaria en tiempos bravos.

Con todo, el Palomo nunca quiso dedicarse a la política. Su amor a la patria, solía decir, le impedía chambonear a la gilada y al pobrerío, confiado al tiempo de que algún día, el apiole universal sentaría de culo a la pitucada platuda y la repartija de caudales se haría ley a los biandazos.       

De yiro por el ispa entero, visto que aquí o allá se lo acreditaba antes que tarde por cuentero, hizo gala de una oratoria sustanciosa en conferencias magistrales sobre las más diversas temáticas, a saber, entre las destacadas, “Legado estraterrestre en la cultura tehuelche”, “La verdá oculta de la vacuna antivariólica”, “Validación magnética del cerro Uritorco”, “Aportes de la civilización sumeria a la farmacología moderna” y la reconocida tesis antropológica nunca publicada que supo intitular “Del Oso Yogui al Homo Sapiens”.

Acaso por esa manera de ser, Casimiro El Palomo Furlán apenas conoció el amor en cuenta gotas. La Petisa Villalba se quedó empilchando santos a la espera de que el hombre la llevara hasta el altar. Asegún el Rengo Marinelli, costa en el Guines de los recors las veces que el farabute ofertó casorio y siempre se desdijo, incluyendo a la Divina Colombres, que lo caló de prima antes que la arrempujara al colchón, eso dice, aunque tampoco es pa creerle.

A la final de sus días, la parca lo alcanzó en la estepa patagónica endemientras buscaba los güesos  del antepasado anteliduviano, el “homo furlán”, que asegún sus estudios biométricos, calzaba 48 en ojotas como todos los Furlán que se conocieran. Socio activo del glorioso desde purrete, campión imbatible en los torneos de truco entre los años 69 y 72, la mesa consetudinaria del bar buffé le rinde homenaje y brindis cada vez la sanata se hace carne en la cosa pública.

lunes, 8 de junio de 2015

Ni una menos



A prosópito de la maroma feminista que se espande por la argenta geografía y por ende, poniendo a salvo la buena fe del cronista y el respeto que el seso débil le merece,  viene a cuento la dramática, por no decir trágica, historia de lo acontecido la noche del pasado 16 demarzo del corriente, a dos cuadras del glorioso, sin ir más lejos, que fue cuando el Petiso Sandonato la cirujeó a la jermu con un tramontina largo de los comunardos y si se arrepintió, nadies sabe: de última, la jeta feliz de pajarito sin jaula que le chantó al juez de turno, le sinificó la condena de femicida.

Como siempre, para hacer entendedera, hay que empezar por el principio. El Petiso Sandonato nació petiso, metro sesenta con suerte y en los años mozos, si por falta de morfeteo posta o por herencia de sangre, todo es posible. De pibe le dio el berretín de jugar de arquero en el fulbito del potrero, donde sacó chapa de gran Carrizo por eso de que el travesanio era una línea imaginaria calculada a ojito. Cuando tuvo que plantarse en un arco de endeveras, se le finó la estampa. Destino de marcador de punta o cinco raspador, antes que tarde supo que lo suyo pasaba por la escoba de 15 o el chin chon, porque ni para el truco servía, hay que decirlo, tan lejos de la maldad le andaba, tan predecible, tan buen tipo. Al decir del finado Jerétaro, un angelito sin alas, esiliado del cielo porque Dios no es bueno.

Recién cumplidos los 18, empezó a noviar con la hija de los Ferretti, la del medio, Nora Susana, que entonces no era la Gorda pero podía presumirse que llegara a serlo. En otras palabras, un tanque Sherman de envidiables cañones y rodaje de orugas pa meterle miedo al adoquiín, naifa de sabidas pretensiones, modosita en la apariencia pero con dudoso pedigrí. Apadrinada por la miyiadura, vio en la rotisería de los Sandonato un reaseguro posta que la pondría a salvo de privaciones.

Tres años de zaguán y uno más de chapeo en la placita Sarratea, fueron suficientes. El Petiso de jetra en estreno y la Gorda Ferretti de blanco, se casaron en la Santa Margarita con más fiesta en el salón del glorioso y luna de miel en Córdoba, bucólica serranía donde las malas lenguas ubican el primer cachetazo, bien que amable y acogedor, sensible y amoroso,  tierno y piadoso si se quiere, pero sopapo al fin con que la doña le puso los puntos al varón, como decir, no te hagás el otario, aquí mando yo.

A decir de la verdad,  el Petiso Sandonato tuvo un matrimonio feliz durante treinta años. Al menos, eso fue lo que declaró en los estrados judiciales. Y es que acaso la felicidá no sea un sobretodo reversible. Cada cual la estima a su parecer, es un hecho, como lo es también que el quía se abotonó al destino como el canario en su jaula.

No hubieron hijos. Los viejos Sandonato se fueron al Olimpo y el Petiso heredó la rotisería, lo que es un decir, porque la Ferretti se hizo cargo del mostrador y la registradora con mano dura. Fue allí, entre salamines y mortadelas, donde la Gorda se hizo gorda y calzó los kilos nesarios pa imponer la superioridá física. La crónica recuerda  con vehemencia  la tarde aquella, durante el verano del 93, cuando la dama de fierro calzó al dorima con una horma de provolone sobre la jeta so pretesto de una supuesta infidelidá visual, alvertida de que el varón se había estasiado almirando la baulera imponente de la hija de los Llorente, a consecuencia de lo cual, el Petiso quedó internado en el Interzonal con traumatismo cranial severo. Otra para la historia sucedió allá por el 2001, que fue cuando una banda de hambrientos desocupados quiso hacerse de prepo con algo de la mercadería en oferta, esigencia a la que el hombre acedió rajándose por el fondo, cuestión que si le escapó a la turba, no evitó que la Gorda le saltara a la yugular acusándolo en público de cagón, pija-corta, marica y otros aljetivos irreproducibles, para completar el castigo encerrándolo en un depósito del entrepiso durante una semana a pan y agua.

Claro que no todas fueron espinas en la vida conyugal, a la vista de que hasta el rosal sabe parir su belleza de flor entre púas. No hace tanto, en las mesas decidoras del bar buffé del glorioso Fulgor, supo el querido Sandonato poner en alta estima el indómito caráter de su jermu, a quien definió como una gorda mal arriada pero buena en el fondo. Recordaba entonces las noches que la naifa le dormía en cucharita, lo cazaba del cogote y medio que lo afisiaba para arrastrarlo a un parosismo placentero, o cuando ella, sin alvertirle, le ponía lasante en el puchero, cosa que lo dejaba en feliz labor depurativa intestinal hasta que las almorranas se las ponía de collar. Le dolía, ovio, más que alguna zalipa imprevista, el acoso verbal, la manera con que la jermu solía basurearlo en delante de terceros, pero también recordaba las tardes macanudas, cuando ella le cebaba mates ajoba del alero, en el patio, y lo llamaba pimpollo, mi machito, flor de loto. O flor de pelotudo si andaba indispuesta, con la regla, aunque en esos casos, era comprensible.  

Lo cierto es que nuestro gomía jamás le alzó una mano a la Gorda, aserto que ella supo ratificar en público. Si el idiota me llega a poner un dedo encima, se lo corto con yilé, llegó a confesarle a su amiga Mercedes, la viuda del viejo Gómez.  Y mismo el doctor Grajales, siquiatra matriculado que les hizo terapia de pareja por unos meses en el 2008, que fue a partir de que el Petiso perdió dos dientes del comedero después del cross con que la Gorda lo disciplinó por su inapetencia sesual, confirmó ante el juez interviniente lo que a nadies le escapaba: al muchacho le gusta que lo fajen, es un masoca pelvertido.

Tal aventurada inferencia se contradice con los varios intentos del Petiso Sandonato por escapar del yugo. El primero fue a poco del casamiento, quinto o sexto aniversario,  cuando tras una zalipa que lo dejó de cama, armó un bolsito, llegó hasta la puerta de la rotisería y chau, que te aguante Mongo, le dijo. Ella le juró y perjuró que la cosa no volvería a repetirse, que lo amaba con locura y así, por poco que se le arrastró a los pies y el lunfa reculó y la perdonó. Anédota reiterada varias veces y probado que las promesas se deshacían rápido, unos años después, el Petiso se rajó a escondidas y halló refugio en lo del Rengo Marinelli, el barman del glorioso, donde la Divina Colombres le armó un catre pa que se repusiera del ojo en compota. Y hasta allí fue la Gorda Ferretti, avisada por algún indiscreto, pa rogarle que regresara al hogar, que antes que volver a fajarlo, se cortaría una mano. Pero lejos de cortársela, le dio impulso y efetividá, cuestión que al tiempo, el varón encaró por la legal, se apersonó en la comisaría de la sexta e hizo la denuncia pertinente por abuso y maltrato, a lo cual el Principal Ortelli, no sólo que tenía cosas más importantes que resolver, le dijo, sino que llamó por teléfono a la rotisería para alcahuetearle a la señora  que el dorima  la estaba embretando de lo peor.

Que el Petiso Sandonato pudo tomarse el olivo y evitar así el dramático final, es cierto, pero hay que decirlo, eso le hubiera sinificado olvidarse de la rotisería, ámbito frugal donde se piantaron su días de purrete entre gancheras, quesos y embutidos, donde los trenes de juguete eran ristras de salamines y los autos de carrera defilaban con el olorcito de las morcillas que el padre elaboraba con sus manos en una piecita del fondo. Así que se la bancó hasta donde pudo, siempre con la esperanza de que, con el tiempo que todo lo ablanda, la Gorda se aplacara. Una última denuncia, esta vez en un juzgado de familia, pasó al archivo sin pena ni gloria. Déjese de joder y póngase los calzoncillos, le chantó un secretario. Y eso fue lo que hizo el varón.

La tarde del 16 de marzo pasado, el quía se entretuvo jugando a las barajas en el club. Nueve de la noche, volvió al hogar y cocinó unos churrascos a la plancha. Se bancó el rezo mistongo de la jermu. Qué basura de comida. Y eso fue como un aguijón. Al tecito que la Gorda se enchufaba antes de acostarse, le clavó un sonífero bien pulenta, como pa anestesiar a un elefante. Esperó que la javie se apoliyara profundo. Fue hasta la cocina, cazó el tramontina largo, se arrodilló en la cama, al lado de ella, y allí le dio sin asco, direto al cuore. Un intercostal perfeto a dos manos. La Gorda ni mosqueó. O sí. Quizás alcanzó a abrir los dos ojitos pálidos, desde atrás de los mofletes, como preguntándose por qué. Lo cierto es que el Petiso Sandonato, como liberado al fin, se acostó como todas las noches. Acomodó a la jermu de coté y se apoliyó bonito haciéndole cucharita al fiambre. Por la mañana, se despertó temprano, se mandó el feca de costumbre, calentó el agua pa los mates y abrió el comercio como siempre, nueve en punto, pa recibir al primer cliente de todas las mañanas, don Félix Neira, quien le oyó de primicia la confesión, llana y concisa: la maté, viejo.

Desde hace unos días, el Petiso Sandonato está en la tapa de los diarios, en la radio y en la tele. El feroz femicida del barrio la Testil Argentina, según lo intitulan, no ha mostrado arrepentimiento alguno. Ergo, parece que no hay boga que le empreste la defensa. Hasta el doctor Salvatierra se escusó por eseso de laburo que tiene, pero de seguro que mañana o pasado le sale al ruedo pa ayudarlo gratarola, y es que el gran tordo fulgurense no le hace asco a la dificultá, probado está, másime cuando un varón de ley se arrima a la mala por culpa de una sacudida mental a destiempo, como es el caso. Una carta de puño y letra que el lunfa, desde la celda, le postió a la barra del club, finita el escrito con una frase llamada a ganar un premio en las grandes ligas del orre: Cómo te estraño, dagor…

lunes, 1 de junio de 2015

97 Pirulos



La cosa está que arde en la mesa consetudinaria del bar buffé. Porque sí, porque no es cosa de todos los días que se ponga en duda la honorabilidá de nuestro consumado barman, genial artífice  de los más afamados copetines del orbe, don Daniel El Rengo Marinelli, y cuanto menos, la sensual entereza de su querida concubina y musa ispiradora,  la Divina Colombres. Dicho esto, es nesario plantar la justa pa esclarecer la sesera de la masa fulgurense que atónita asiste al intento  destituyente con que el supremo Tribunal de Disciplina del club de los amores pretende,  so pretestos varios, clausurar el aquilatado lar que nos cobija.
La menesunda arranyó dos meses pa atrás, cuando la intitulada Comisión de Buenas Costumbres, por boca cloacal de quien rubrica por presidenta, la dotora Eugenia Basavilbaso, presentó un escrito a la Comisión Diretiva,  acusando a nuestro querido barman de incumplir con la letra de la concesión que lo liga al buffé sensible del glorioso, poniendo de relieve al efeto, “un tráfico indiscriminado de bebidas alcohólicas”, y sugiriendo de cololario que se ha convertido, “lo que debiera constituir un espacio de saludable retiro,  en un trágico y pernicioso ejemplo para las jóvenes generaciones que a diario alimentan con su afable inocencia los salones del histórico club”.
Puesto al tanto de la denuncia, don Leopoldo Sastre, presidente vitalicio del glorioso y gustoso de los elísires con que Marinelli sorprende, dio por insustancial el reclamo. La dotora está pirucha, sentenció y archivó la denuncia. Así que no conforme con eso, la dicha Basavilbaso se dirigió al supremo Tribunal de Disciplina que integran viejas glorias fulgurenses, a saber, el Petiso Garmendia, reconocido luchador del sindicato testil; Clarita Soares, una eminencia de la sicología condutista que de tanto transitar loqueros ganguea fulero; y como si fuera poco, don Evaristo Fais, 97 pirulines, más o menos entero, lúcido y eficaz cirujano  del  Hospital Interzonal hasta que lo jubilaron de apuro a los ochenta, que fue cuando le cuartió la zapán a un jailaife, confundiéndole la péndice con un riñon.
De los intríngulis de la sentencia, pronto se supo. Ovio, el Petiso Garmendia, diplomado en la lucha sindical tanto como en noches a la gurda entre aguardientes ispiradores, falló a favor del Rengo Marinelli, aduciendo la inconsistencia concectual del planteo. Y más ovio todavía, Clarita Soares dio lugar a la Basavilbaso  y propuso la asurda idea de traformar el bar buffé del glorioso en una Casita de Té Fulgor de Mayo,  aljuntando al escrito no menos de cinco recetas culinarias, a saber,  pastafrola de membrillo, masitas secas, lemonpai y tortas varias.
Quedaba pa desempatar don Evaristo, el de los 97 pirulos, una eminencia de la ciencia médica pero cascoteado por los años. Y es que el hombre tiene sus días, a saber, que en una de esas la máquina pensante le funca de prima hasta que por ahí se le tapa el filtro de nasta y chau, se le confunde un nieto con el almacenero,  o más peor, llama por teléfono a la remisería, como pasó, y pide que le manden un mateo de los de antes, cosa que pa no ponerlo fulo, hay que conseguirle un yobaca y el carrito del viejo  Sanchez, el ciruja de la vía, un erudito de la recolección de residuos.
Hay que respetar la ancianidá, es cierto. Nadies en la mesa consetudinaria chamuyaría en contrario, másime cuando alguno que otro arrima ochenta abriles, como el Ruso Urbansky, y la carbonera todavía le echa humo del bueno. Pero el problema de don Evaristo, aparte de los 97, es que es adicto a la Fanta, y como esplica el Negro Gutiérrez, la Fanta trae diabetis y tapona las  carótidas. Argumento sólido que Carlitos Mercier redondea con su máxima justicialista preferida: la única verdá es la realidá. A los cien años, ni Patoruzú tiene las boliadoras en su lugar, y menos si morfa con naranjada.
Cuestión fue que, según se supo, a la hora de chantar el desempate, reunido el Tribunal, faltaba don Evaristo, afetado del  mal de todo varón, la próstata. Así que la Clarita Soares aprovechó la posta, lo abarajó solari al anciano, lo apalabró de apuro y le sacó el voto fulo. Se clausura el bar buffé. Basta de choborras. Pista libre pa la Casita de Té. Tras cartón, en la la CD se partieron las aguas como cuando Josué cruzó el Jordán. Muchachos, asténganse por un tiempito, avisó don Leopoldo, háganle al feca, cómanse un sanguchito, pero córtenla con el escabio, a lo menos, hasta que se calme la trifulca.
Ni el cura de la Santa Margarita, adito como es al faso,  habría saltado con semejante sermón.  Nomás los pibes del billar, Marito y el Oreja, acectaron martillarse la zabeca con la Coca pura, reemplazando el espirituoso ferné con limón esprimido. Para la mesa consetudinaria del bar buffé, en cambio, el dislate fue un llamado al combate y antes que tarde, la verba flamígera del doctor Salvatierra puso norte al entuerto: cual soldados de Agamenón, hijo de Atreo, rindamos a Troya y obtengamos los favores de Casandra sin hesitar siquiera. La victoria será nuestra, plantió.
Afetado direto en la cuestión, el Rengo Marinelli está lo que se dice, indinnado. Y depre, hay que decirlo. Pasa el día de dorapa a la vera del mostrador, la vista perdida en un horizonte imaginario, mientras la Divina trafica cafeces, alfajores, caramelos y la pasta frola de Clarita. Cada tanto, a nuestro barman le da la chiripioca y chanta inquisitorias en voz alta, igual que Sócrates en el mercado grecio:  ¿Puede un juez juzgar a los 97 pirulos? ¿Dónde termina la sabiduría y empieza la colifata senil?
Endemientras, estamos los que somos. La última reunión de la mesa consetudinaria se regó con sendos cafeces y con más tecito de tilo pa Salvatierra, probada la gastritis perene que lo afeta. Ingredientes, ninguno. La arrimada de un coñac pa gotear las infusiones, metida de contrabando por la Divina Colombres, ayudó en la ingesta. Pero ni de cerca sirvió para levantar la autoestima de nadies. La prósima, punto y a aparte, será  la de protesta, justo en la puerta del glorioso, pero en la vedera, abajo del escudo rojinegro, con estaño improvisado pero surtido pal campionato, plestórico de vermuces con ingredientes. Y que venga la yuta a sacarnos. Por las dudas, el Negro Gutiérrez, el de la gomería del camino de cintura, ya ofreció dos cubiertas gastadas para piquetear con candela y barullo.