miércoles, 4 de junio de 2014

Rumbo a Brasil 2014






Con el Palomo González

Estábamos los que estamos siempre en esta mesa consetudinaria del bar buffé cuando,  agregado y bien recibido, en de pronto se apareció el Palomo González,  laburante de la calle como sabe intitularse, varón de cascoteados cincuenta y amante full time del deporte fulbolero, lo que se dice un conocedor profundo de sus secretos, una enciclopedia con patas capaz de amuchar en su recóndito seno vida y obra de la muchachada que palpita en el amasado de la redonda, fisture pasado presente y futuro, resultados habidos en los tiempo paliozoicos, artilleros goleadores de la másima categoría aunque también de la B, C y D, en fin, un mamífero parido en un desinfle de pelota y alimentado con los taninos del verdolaga tablón allá en el club de sus amores, el glorioso Ferrocarril Oeste. Pero es hora de olvidar toda pijotería pasional, plantió de entrada nomás que echó asentadera a la vera de Carlitos Mercier y acectó el convite vermucero que se le hizo. Ahora se trata de la celeste y blanca, esclareció, y frente a esto, el amor por los trapos particulares deja lugar al sentimiento patriótico que nos embarga cuando nuestro granaderos del balompié se aprestan a pisar la infame y odiosa gramilla brasilera.
Florido introito que hizo, hay que reconocerlo, con todo, no cayó en gracia entre algunos, empezando por el Ruso Urbansky, quien ya, farol en mano y con un quesito amasando en la postiza, lo chuzió de prima: si vamo a hablar del fullbo, está bien, pero no me venga con la chovinista patriotera.
Inevitable, cuestiones a parolar había de sobra, desde Budú, el Club de París o la pelea de Rial con el budinazo que se venía comiendo, pero la presencia del Palomo González preanunciaba el tema de la noche y más, era ovio, se adelantaba al mangazo, cuestión última que la plantió de entrada al tiempo que se abría la samica y esponía el torso empilchado con la oficial auténtica  del selectivo nacional del balompié: llevar el aliento a nuestra heroica milicia que habrá de librar su más gloriosa batalla en el trópico carioca es responsabilidad de todos sin esexión, y hacia allí iremos junto al Bebe Scarpino, a como dé lugar, aún empeñando nuestra joyas como aquellas damas mendocinas que sufragaron al Ejército del Libertador, o con el aporte desinteresado de quienes, ocupados en otros frágiles menesteres, no puedan contribuir con su presencia física allá donde se juegue la causa que hoy une a los argentinos, es decir, cada uno con lo que pueda, en metálico o especias.
Aclaración que se impone, difícil parece que el Palomo González vaya a encontrar damas mendocinas por estos pagos y menos que cuente por las suyas con joyas de peso para dar vuelo a su empresa. Varón de humilde cuna, desde que lo cesantearon en la Textil allá por los noventa y después de fundir el remís que compró con la indenización, su metier fue laburar la calle, un día vendiendo remeras de La Salada; otro, películas truchas; otro, revistas viejas y así de corrido, nadies ha de desconocerle empeño y creatividad pa escapar a la miyiadura, pero de ahí a presumirle una mínima dosis de ahorro acobachado, es lunga distancia imposible de remontar. Ni hablar de su coequiper, el Bebe Scarpino, maestre del andamio, capaz de gastarse el salario de la quincena en una sola noche con las chicas de la wiskería La Rosa Blanca de San Justo.
Así que divino misterio que las lúcidas molleras aquí reunidas debían resolver, lo primero era lo primero, a saber, rajarle al mangazo con la mirada perdida en lotananza y darle piola al barrilete con un brindis por el ésito del viaje, cosa que el Palomo tuviera que agradecer. De haber sabido, armaba unas caipiriñas para que se fueran adaptando, se disculpó el Rengo desde el mostrador. Y aceptación general de que no sería mala idea, que se corra la Divina hasta el súper de los chinos y compre una cachaza, sugirió Mercier. Igual no ha limoncito, se atajó la Divina asomando la trucha por la puerta de la cocina, dénle al Gancia y no jodan que los ingredientes vienen con sorpresa.
Si lo dice la señora, mejor callarse, eso es ley en el bar buffé del glorioso. Ahora que, vamo al grano, plantió el Ruso, ¿cómo es la cosa?, ¿se van a Brasil? Efetivamente, aseguró el Palomo sin mosquear, salimo en dos días. ¿Y cómo piensan ir? De aquí hasta Uruguayana, en bondi, eso está asegurado. ¿Ya tienen los pasajes? Y claro que sí. ¿Y después?, mirá Palomo que estás lejos, ¿cómo vas a hacer? Está todo previsto, pero hacen falta unas rupias para seguir.
Desconcierto absoluto, dejenlón esplayarse trinó la Divina, ya asomada al mostrador con ingredientes varios de su autoría, a saber, salchichitas con chucrú, almóndigas bufeteras a la salsa roja y papitas nuasé a discreción, lo que se dice un batacazo culinario de rechupete. Haganlé lugar a los platitos. Ahora sí. Que hable el Palomo. Y habló nomás, largo espicher plestórico de patrióticas arengas como pa ponerle carne gallina al más pecho frío en lista, elocuencia ateniense como graficó a la postre el erudito boga, don Marcelo Salvatierra, que a todo esto, ya tenía la oreja en ristre y la singueso, blanda pal retruque.
Resumen nesario para deglutir la manitud de la proeza en puerta, no se me exija esexo de detalles para fundamentar esta rogatoria que aquí depongo, arrancó el Palomo Gómez, pues el aliento invertebrado que ha de acompañar a la cívica muchachada que hoy viste la legendaria celesta y blanca nos exime de los mismos, a la vista de lo cual, cierto es que no ha de medirse esfuerzo para encarar el desafío ni permitirse temor para obrar con el corajudo ahínco de nuestros gauchos, ya puestos, junto al Bebe Scarpino, en el enemigo suelo del fiero brasuca. A dedo rogando y con el mazo dando, a pie si fuera menester, aún engrillados por el bárbaro descendiente del portugués, estaremos en la mítica bahía de Guanabara cuando nuestro selectivo asome su gallardía en el irredento field del Maracaná, presta su pesada artillería con el Kun y con Lionel para burlar el bosnio fortín, mas luego en el Mineirao de Belo Horizonte tronchando la soberbia persa de los aqueménidas, y al fin en el gaúcho Porto Allegre pisando firmes cual hunos guerreros, el orgullo embetunado del grone nigeriano…
Largo espicher del Palomo, ya se dijo, no era cuestión de interrumpirlo sin argumentos.    Respuestas tenía y de sobra, porque el Bebe Scarpino, genial estratega en el oficio del ladrillo, había tomado los recaudos necesarios. Y es que aún suponiendo que llegaran hasta Río de Janeiro, ponele que sí, a dedo para el caso, morfar, dormir, oíme Palomo, ¿de qué van a vivir?, le chantó Mercier. Y sonrisa palurda del Palomo, de los choris, dijo, como escuchan, de los choripanes. Sí, señor, todo listo, acomodado el bulto para traspasar la líneas del enemigo con una dotación de choris donada por el Frigorífico Dante, todo embalado en tergopol y con el vento requerido para adornar los controles aduaneros. Quinientos choris perfetamente refrigerados, y eso pa los primeros días en las playas cariocas. Tanque de aceite, seguro que hay allá iguales que los nuestros, y así, listo el chulengo con unos fierritos, nomás que salga el humo del tocino pampeano, los mulatos se van a olvidar del peixe, del camarao, de la feijoada, se van a enloquecer con el chorreante choripán argento a veinte reales la unidad, por favor, señores, está todo previsto, incluyendo Pörto Allegre, donde, fijensén, ¿quién vive allí?, efetivamente, el Laucha Fiorella, ¿quién no lo recuerda?, casi veinte años lleva viviendo allá, siempre con el mercadito y la carnicería. ¿Y quién puede poner en duda la lealtad del Laucha Fiorella? Nadies. ¿Quién puede imaginar que el Laucha se niegue a facilitar la mecánica choricera para multiplicar nuestra mercadería?, que será con tripa y carne de cebú, que no serán lo mismo que nuestros agraciados chanchos, ¡pero qué se puede esperar de paladares circuscritos al desabrido fruto marítimo que no sea rendirse a la esquisita esencia de nuestro eselxo embutido?, por favor, señores, está todo previsto.
Ni de cerca, saltó al ruedo el pibe Marito desde atrás, ya preparando el taco para su prática diaria en el billar,  ¿y tienen entradas?
Por favor, jovencito, ¿entradas?, ¿es que se olvidan ustedes del ingenio popular que nos hace grandes aquí o en la China? , entradas… Entradas siempre se consiguen. ¿Son caras? ¿Carísimas la reventas? ¿Y? Todo está caro en las tierras de Pelé, así me dicen, por eso del cambio, ¿pero se olvidan de que una vez  que penetremos las líneas, nuestro choripán se apreciará en reales? Esactamente. Y pausa meditante con el acompañamiento vermucero que alivia la febril labor de las cuerdas vocales, siguió el Palomo: por favor, caballeros, el grito del hincha celeste y blanco se hará sentir, no les quepan dudas,  hasta opacar el ubérrimo aliento que pueda prodigar la torcida mulata, que sabrá de carnaval y samba, pero lo nuestro es pasión de tango, es repique de murga rioplatense y bombo peronista, por favor, no me hagan hablar. Más aún les digo, cuando el humo grasuliento de nuestro chulengos choripaneros, ya plantados a la vera de los estadios brasucas, penetre en las pituitarias de nuestros jugadores, no habrá aliento más superlativo que ese.
Silencio meditante, la cosa seguía sin aclararse. Por lo demás, la dialética del Palomo González se daba de culo con la perspetiva idiológica del Ruso Urbansky, que se lo alvirtió de prima: mire, Palomo, el fulbo es un deporte y usté por poco me lo plantea como una guerra de liberación. ¿Por qué no se va a vender choripanes a Siria?
Mas silencio meditante, el Cabezón Lagomarsino inquirió por la lógica, es decir, dijo, si tanta confianza comercial le tenían al chori, para qué mangueaban más guita, porque de eso se trata, ¿verdad? Vos viniste a mangar un aporte a la causa… Y tras cartón, la voz siempre esclarecida del doctor Salvatierra: si me permite, estimado Palomo, ¿cómo andamos con el idioma portugués?, ¿está praticando?
Segunda ronda de vermuces con más ingredientes, endemientras servía la mesa, la Divina salió en apoyo del invitado: yo de fulbo no entiendo nada, a mí despista eso del orsai, no hay caso, me lo esplican pero no lo entiendo. Igual, tratándose de la seleción, ¿no habría que darle una mano al Palomo? Porque ustedes muy cómodos, mirando los partidos por la tele, pero es importante que haiga un hincha allá. Hasta podría llevar una bandera con los colores del club. ¿Se imaginan la rojinegra del Fulgor de Mayo flameando en la tribuna del Maracaná?
De ninguna manera, saltó el Palomo, ya lo dije, hay que deponer la parcialidad y nomás la celeste y blanca. Sin contar que seguro la van a confundir con los colores del Flamengo, aportó el Pibe Marito mientras sacudía el primer tacazo en el billar.
Ahora, usté que sabe de fulbo, González, ¿cómo la ve a la seleción?, lo inquirió el Rengo, ¿está como para dar pelea por el título? Pregunta sabia que era, ameritaba contestaciones por kilo, porque entendidos en estas cuestiones, además del Palomo, había un toco. Anotados el Pibe Marito, Carlitos Mercier, el Chino Sotelo en la otra mesa, cada cual curtía opinión, incluida la Divina Colombres, que atrevió un severo dianóstico sobre la titularidad de la portería nacional. No tenemo arquero, dijo. Y hasta el Ruso Urbansky, tras escueta denuncia de la esencia mercantil capitalista de la gran fiesta del fulbo mundial, chanto la suya como si fuera esperto: son muchas las figuritas pero eso no asegura que haiga equipo.   
Era ovio que al Palomo, la conversa se le disparaba pa donde no quería. Cada tanto, surtía una sonrisa sobradora o junaba la hora en el relós de la pared y le apuntaba los ojos a la salida. Hizo provecho de un silencio meditante para poner primera con otro discurso de elevado sentimiento patriótico, y medio que puesto de pie, amagó con entonar el himno hasta con las estrofas censuradas por la historia. Y fue suficiente. Porque herido en su fibra íntima por la elocuencia del invitado, el doctor Salvatierra saltó a la cancha pa competirle y a tal fin sacó a relucir su profunda erudición sobre los secretos del candomblé, la umbanda y toda la mersa de espíritus africanos, cuestión que, a la verdad del decir, concitó la atención de la mesa. Imponente en su estatura inteletual, el tordo se apuntó conocedor del tema, que hasta podría darle cátedra a Neimar y Ronaldiño, dijo, a saber de Oxun, Yemanyá y chiquicientos orixás que no viene al caso mencionar pero que, sin la bendición de ellos, no hay choripán que funque, dijo a la final, imposible competirle a un acarajé bahiano inspirado en Oxalá con el embutido criollo por más Gauchito Gil que le interponga, se lo digo así, con ese chulengo choricero, lo más que puede lograr es, con suerte y viento a favor, levantar una garota en Copacabana y encima garpando tupido.
Silencio selpulcral, el aire del bar buffé ya se cortaba con navaja. El Palomo González no se iba a dejar avasallar por la oratoria del tordo, así que se apiló a sus encendidos argumentos: el seletivo nacional se apresta a librar su másima batalla fulbolística, sacudió, y acá me vienen con nombres raros que ni de cerca se arriman a la Virgen de Luján, por favor, señores, cuando la dignidá de nuestro colores está en disputa, cuando en el abominado suelo del cocacolero Pelé se juega el prestigo de la estirpe criolla y maradoniana, cuando en la negra turba de las torcidas brasileras se apunta un paisano para enarbolar el canto sublime de la argentinidad, usted me sale con esos angelitos umbandas, por favor.
No le permito, saltó de la silla el doctor Salvatierra como empujado por un resorte, la unidad de los pueblos latinoamericanos exige respeto por… Ma qué unidad ni una mierda, se paró el Palomo endefrente, falta nomás que me venga con el yogo bonito… Sí señor, yo he sido almirador del fulbo brasilero, se confesó el tordo, lo que no implica que… Ahí lo tienen, interrumpió el Palomo marcando al boga con un dedo acusador, ahí lo tienen, devoto del insípido camarao en detrimento de nuestra autóctona salchicha, almirador de Garrincha, del imperio portugués, ¿cuándo los brasileros tuvieron un San Martín, un Güemes?, a ver, digamé, nunca… ¿Y Prestes?, respondió Salvatierra,  capitán Luis Carlos Prestes, con su heroica columna paulista, O Cavaleiro da Esperanza… ¿Pero quién lo conoce a ese?, por favor, no lo va a comparar con Perón, disparó el Palomo, además, hábleme en castellano… Usted es un inorante, fusiló el tordo, y así de corrido, la cosa apuntaba para el manoteo. No me toque. No me toque usté, Toquiño,  Vinicius, Gal Costa, que me va a comparar con Gardel y Lepera, con la Mona Giménez, dejemé de joder… No me toque, Mona Giménez, Alcides, qué tendrá el petiso…váyase a cagar…
Nomás faltaba un tiro al aire, que a la verdá del decir, fue el grito del Rengo Marinelli, de atrás del mostrador: cortenlán, che, a ver si me rompen las copas.
Silencio de a poco. Dejenlón que termine de esponer el Palomo y después se ve, sugirió la Divina mientras levantaba la vajilla por las dudas volviera a armarse la pelotera.
Hable, Palomo, ¿cuánto necesita pa arrancar el viaje?, ordenó Carlitos Mercier, peronista de Perón, puntero ineternum. Y le siguió el Ruso Urbansky con su ironía: quién sabe si no le consigue un susidio de la Ansés para la patriada…
Pero el Palomo ya estaba entregado. Junó una vez más el relós de la pared, miró alderredor y sacudió la zabeca como diciendo que aquí no muerdo ni un patacón de los de antes. Se puso de pie, caminó hasta la puerta, y así de refilón, como estaba, se disparó cantando vamo vamo, Argentina, vamo vamo, a ganar, que esta barra… Y se fue nomás. Cantando por lo bajo.
Silencio meditante ahora. ¿Otra rondita de vermuces?, sugiere el barman, con tres copitas se duermen tranquilos.
Y si, no estaría mal, que en esto del vermú hay unanimidá. Punto aparte, hay que darle paso a la culpa. En una de esas, con unas monedas de cada uno, lo dejábamos contento, arrimó Mercier. La verdad que sí, acompañó el Rengo Marinelli, por ahí, hasta tendríamos un cronista fulgurense in situ. Nomás el Ruso Urbansky se apelechó a la contraria: desde el mundial 78, cuando yo le andaba siguiendo los huesitos a mi hija desaparecida y la masa lo aplaudía al dictador, nunca más puede ensartarme a disfrutar la alegría por el fulbo… Me cago, che…
Silencio sepurcral.                    

miércoles, 26 de marzo de 2014

Precios Cuidados




Manyado epítome que la masa fulgurense abona desde los tiempos fundacionales del gran Ismael Celentano, el compromiso social es un sinecuanón del trajinar cotidiano, premisa que se chanta como escarapela en la solapa de todo asociado, desde el piberío de las inferiores fulboliísticas hasta la lúcida veteranía del clan bochófilo. Pa la ocasión, ni hacía falta que la CD se reunieran en sesión estraordinaria, visto que la inquietud palpitaba en la mondiola de los socios más caraterizados, pero igual, reunión hubo y proclama se hizo de que el club de los amores no podía ser ajeno al llamado de la hora, es decir, ponerle freno a la especulación y controlar que nadies se hiciera el otario clavando precio indebido a los artículos de prima necesidad, o bien engayolándolos en la nube de Úbeda o en el fiero depósito de atrás. Nomás era cuestión de selecionar a quien echarle el ojo, si al Guolmar de la Avenida Centenario o al Coto de la calle Iriarte. ¿Y por qué no a los dos?, plantió Maldonado en la CD, la cosa era mentalizar a la fuerza propia.
Claro está, la mesa consetudinaria del bar buffé no podía estar ajena al convite. Y así que así, el Rengo Marinelli, único concesionario habilitado, cazó el telefunquen y llamó a los de siempre haciéndola corta y bien enigmática pa evitar gastos de comunicación: la vermucera de los viernes a la noche, se pasa pal sábado mediodía, pero en vez del bar buffé, en el playón del Guol Mar, cerca de la entrada, no faltar, nomás que se suspende por lluvia o meteorito. 
La cosa estaba clara y nadies se haría el sota. Once de la matina, ya estaban los de siempre según lo acordado, todos como haciendo fila alderredor de la mesa mientras el Rengo Marinelli ultimaba el armado del esenario de la militancia fulgurense. ¿No es medio temprano pa arranyar?, pregunta obligada. De ninguna manera, estimado amigo, explicó el doctor Salvatierra como pa que todos lo escucharan, el vermú del mediodía es para las once pasaditas, once treinta, ponganlén, ni antes ni después. Esa es la hora pal trago entrador sabatino o dominguero, es el istante fecundo del  brebaje decidor, tierno y sensiblero que acaricia la papila gustativa, la mece como a un bebé y le hace el entre al morfeteo que se anuncia. El vermú del mediodía, si se me permite, es la encarnación misma de Dionisio con su corte de silenos y ménades del tíaso prestos a echarle cancel a la preocupación, al temor y lo cotidiano.
Eruditas palabras que siempre se le agradecen al tordo, el Rengo Marinelli había finiquitado el armado del escenario. A cinco seis metros de la entrada del híper, había plantado lo nesario, a saber, un improvisado estaño con dos caballetes y tabla horizontal donde se lucía la mercancía; la mesa de siempre, una que trajo del bar buffé, con todas las sillas previstas; tanque de aceite cortado al medio con rolitos haciéndole aguante a las botellas; sombrilla, la de la canchita de papi fulbo, con los colores rojinegros del glorioso; y para coronar, cartel en fina tela pintada a la témpera: “ATENTI CACHAFACES, ESTAMOS JUNANDO PRECIOS”.
Espetacular, graficó la Divina Colombres endemientras acomodaba utensilios. Pero espetacular estaba ella, con un toque de glamur eseccional, vestida para el entuerto, con pollera cortina ajustada tipo matambre y remera colorada de generoso escote que era un coliseo molumental pal zangoloteo de sus atributos. Se vino fajada como para una orgía, doña, le sacudió de entrada el Negro Gutiérrez. Y la respuesta de la Divina no se hizo esperar: una vez que el Rengo me saca a pasiar, hay que ponerse bonita.
Hay que decirlo antes que nada: la iniciativa pintaba para el ésito rotundo. El sol de marzo con leve brisa del este acompañaba de gomía. La sombrilla rojinegra apenas se movía pero llamaba la atención. La mesa consetudinaria de los viernes estaba en pleno y ya acomodada a las sillas, clamaba por la primera ronda de vermuces. La mersa que estacionaba los autos en el playón, no más que se avenían con los changuitos para entrar al híper, junaban de cotalete o se arrimaban derecho viejo y allí los atajaban los pibes del billar, Marito y el Oreja Perez, o Mariela, la profe de patín, pa entregarles el listado de los precios cuidados impreso en delicada hoja con membrete del Social y Deportivo y con la consigna de la hora: “NO SE DEJE ENGATUSAR”.
Ésito rotundo es poco, sacudió Carlitos Mercier mientras se anotaba con Cinzano y ferné para inagurar la jornada, ahora que, alguno tendría que ir adentro y ver si están los productos del listado o si los tienen escondidos. Para eso hay tiempo, le saltó el Ruso Urbansky, cincuenta años de militancia clandestina a cuestas, primero hay que llamar la atención, atraer a la masa, convocar a la participación, y después la acción, para mi un Gancia con yelo y una escupidita de soda. Es cierto, ratificó el Cabezón Lagomarsino, capitán del tim bochófilo, primero hay que arrimar al bochín, pa desparramar no va a faltar oportunidá, ¿puede ser una copita de blanco bien frío? Eso es de maricones, sentenció el Negro Gutiérrez, el de la gomería, vino blanco toman las minas,  ¿hay salamín?, sinó, vamo adentro y compramos una longa y dos o tres picado grueso. Tranquila la hacienda, saltó el Rengo Marinelli de atrás del mostrador, es decir del tablón, está todo previsto pa los ingredientes, vamos despacio que la jornada es larga. Dos Fernando dos para Marito y el Oreja que están haciendo la volanteada, saltó la Divina.
Esito rotundo que antes que nada puso en alerta a los capangas del hiper y amenazó con encarajinar el encuentro. ¿Qué es esto, un pic nic?, acá no se puede, se arrimó un farabute con jeta de guapo. Pero previsto que estaba, el Ruso Urbansky lo atajó al pie. Perdón, empecemos de nuevo, le dijo de buenas maneras, Buen día, ¿usté quién es? ¿Es policía? No, a mí me mandaron a preguntar, se escusó el quía. O sea que es un empleado, siguió el Ruso, un empleado, un laburante, un esplotado de la corporación multinacional Uol Mar es usté.  Y sí, mas o menos, se disculpó el fulano. ¿Más o menos esplotado?, siguió el Ruso. El lunfa como que se quedó sin palabras. ¿Usté sabe lo que es la plusvalía?, vea, yo le voy a explicar, y ahí arrancó el Ruso con una esclarecedora leción de economía política marsista que le traformó la trucha al cofla. Endemientras, primera ronda de vermuces  servida por las delicadas manos de la Divina Colombres, salió con ingredientes más que abundantes: manices, palitos, aceitunas, lengua a la vinagreta, porotos al aceite provenzal, salamín tandilero y queso picantón, todo acompañado con rodajitas de pan tostado al oliva con ajo, lo que se dice una explosión de sabiduría gurmé.
Cuando el Ruso finiquitó la oratoria, en atención a su aporte, la mesa toda estalló en un cerrado aplauso. El enviado de la patronal se disculpó amablemente, no sin antes aclarar que regresaría pronto con personal de seguridad. Pero ni un paso atrás, se plantó el doctor Salvatierra, la ley nos ampara y la voluntad es nuestro norte. Si, señor. Dicho y hecho. Primera en arrimarse, una señora,  cuarenta largos, caripela de alta clase. Buenos días, se presentó mientras relojeaba los ingredientes sobre la mesa, ¿esto es una promo?, ¿se puede probar? Y silencio sepurcral, miradas como de velorio, cuestión que la mina cazó un escarbadiente y le apuntó al salamín, justo en la narices del Negro Gutiérrez. ¿Qué hace, doña?, el Negro la paró en seco. La mina se quedó con el palito en el aire. ¿No es una promo? No, doña, ¿no vio el cartel? La naifa miró pa atrás mientras que, amablemente, Carlitos Mercier le alcanzaba el listado de los precios cuidados. Y ahí cayó. Ah, son del gobierno ustedes, dijo. Más silencio sepurcral. Había que esplicarle pero nadies tenía ganas. Nomás la Divina Colombres, bandeja abajo del brazo, se le arrimó pa ponerla en órbita de la historia del glorioso y del compromiso social, pero la señora no estaba pa perder tiempo. Se disculpó, hizo un bollo con el listado de los precios y puso primera. Pero tomatelá, chantó por lo bajo el Ruso, muy respetuoso, nada de andar a los gritos, porque aquí estamos pa esclarecer. Eso, salú, merecido brindis que se hizo y alguna copa quedaba vacía.
Ésito categórico, goleada indiscutible. Segunda ronda de vermuces y festejo a cuenta, justo cuando Marito, el pibe de la Cámpora, anunció el parate viejo, antes que se pongan en pedo, hay que entrar y controlar los precios. Una comisión inspetora, hay que elegir, tiró Mercier, ¿quién se ofrece? El Rengo Marinelli levantó la mano. Pero el Rengo no, ¿quién va a preparar los tragos? Cierto. Mariela, la profe de patín, un budinazo atómico, ¿quién le va a negar la inspección? Mariela y el Negro Gutiérrez. Aprobado. ¿Alguien más? Uno más. ¿Doctor? Faltaba más, pero el tordo está para cosas superiores, mejor voy yo, se apuntó Lagomarsino. Aprobado. Y allí se fueron los tres.
Disminuida por el quehacer militante, la mesa consetudinaria del Fulgor quedaba espuesta. El pibe Marito y el Oreja, sólos para la volanteada. Hacían falta repuestos, a lo menos pa acompañar los tragos y hacer el aguante al doctor Salvatierra, ya imerso en un erudito discurso sobre las causas estruturales de la inflación, que no es lo que dicen los economistas de pacotilla, si se me permite, caballeros, así esplicaba, voy a ser conciso y breve. Pero minga. Segundo farol vacío, el boga tenía pa rato y endemientras se introducía en el analis bateriológico del capitalismo, no faltaron quienes se arrimaron al fogón. Despacito, como midiendo, primero una pareja juvenil, puro oído ella y puro diente él, que lo primero que hizo fue manducarse una lengua a la vinagreta. Después, familia completa con tres hijos tres, peligro iminente, atajen los platitos, el dorima enseguida se dio cuenta. ¿Por qué no vas yendo con los nenes que yo te alcanzo enseguida?, le sacudió a la jermu. Y tras cartón, tres señoras veteranas, muy educadas. ¿Se puede? Pero cómo no, enseguida el Rengo habilitó otra mesa con respetivas sillas, ¿qué se van a servir?
Una de la tarde y la cosa apuntaba para el oro olímpico. El doctor Salvatierra se disponía a responder las inquisitorias de un auditorio seducido por su verba inflamada. El Rengo Marinelli y la Divina Colombres hacían cuentas de los dividendos  que el bar buffé a la intemperie abonaba bonito. El pibe Marito y el Oreja habían sumado dos volanteras solidarias y aspiraban a más. La   patronal del Guol Mart había desistido de imponer la fuerza de los cosacos y nomás disponía de dos guardias atentos en las imediaciones.  Nomás faltaba la comisión inspetora, que ni noticias había y habría  que ir a buscarlos, sugirió Mercier, no sea que los tengan secuestrados en la cárcel de Guantánamo, nunca se sabe con los americanos, el Negro Gutiérrez que se joda pero la Mariela sería una lástima. Hasta la Divina empezó a preocuparse, ni por el Negro ni por Mariela, por Lagomarsino, muy calentón, aclaró, capaz que se puso a los gritos si faltaba la yerba Amanda, que seguro que no hay.  
Y en eso estaba la menesunda cuando se los vio venir. La Mariela delante, como apurando el paso. Más atrás, el Negro y Lagomarsino con un changuito cargado. De paso hicimos compras, chantó el Cabezón nomás que se avino, mientras pelaba una longaniza de medio metro. ¿Y los precios cuidados?, preguntó Mercier. La Mariela tiene todo anotado, sacudió el Negro Gutiérrez a la vez que desempolvaba un frasco de picles, otro de aceitunas negras y un cacho de cuartirolo que está para el crimen, dijo, córtalo en tiritas, Rengo, no hagás cagada. Ovio, los tres venían más sedientos que beduino. La piba Mariela se arreglaba con agua pero Lagomarsino, a lo menos que podía aspirar, era un Gancia con limón, medio rebajado con soda, cosa de no esagerar. Lo mismo para el Negro pero sin pijotearle, que después de todo, ¿quién llevaba la parte dura de la militancia, eh?, ¿quién se había bancado la bronca de los Guol Mar por la inspeción, eh?, ¿quién, eh?, ¿mientras que aquí la pasaban joya, eh? Silencio, más respeto, no ve que el doctor está hablando, lo paró una de las tres viejas del auditorio. Y si. El boga fulgúrense tenía al público como hinotizado con la leyenda de Perseo, que vaya uno a saber qué relación le encontró con la inflación, alguna habrá, le aclaró el Rengo Marinelli, y gracias por los ingredientes, que ya no tenía más.
Ésito comovedor. A las tres de la tarde, la Divina Colombres se mandó para el híper y volvió como a la hora con tres botellas de Gancia, dos de Cinzano, tres sifones descartables y un paquete de yerba Amanda, que a la final apareció, dijo, la tenían ajoba del colchón. ¿Y para qué la yerba?, pidió explicaciones Lagomarsino. Pa la hora de los mates, o piensa seguir con los vermuces, lo inculpó la diva.
A las cuatro, minutos más o menos, el doctor  Salvatierra se cansó de parolar y se despidió con una frase en latín, muy festejada por la docena de fanas que se había hecho. Siga, doctor, le rogó una de las veteranas que lo relojeaba como enamorada. Y el tordo, rápido pal mandado, se ofreció a la clase privada, a domicilio si gusta, señora mía y sepa disculparme el atrevimiento, le susurró a la oreja, sonrisa entradora de por medio, pero esta su guerra es popular y prolongada, siempre hay un cartucho en la vieja mochila del combatiente. Ovio, con cinco faroles encima y sin nada sólido en la busarda, cualquiera se siente galán, lo acobachó la Divina Colombres. No se me ponga celosa, doña, la atajó el tordo, usté ya tiene dueño que si no, le hacía la de Agamenón.
Ésito para iscribir en los anales del glorioso, bastó que finiquitara la conferencia del tordo para que la tarde sabatina en los playones del Guol Mar se vistiera con más colores rojinegros, verdadera marabunta con el piberío del fulbol infantil y del patín artístico. Y así que las pebetas hacían la esibición de su destreza sobre ruedas y los varones se apuntaban para un picado entre los autos estacionados, los padres y madres se amucharon en comisiones pa hacer el contralor entre las góndolas del híper en un verdadero aluvión familiar que de seguro metió nervio entre la patronal y los cosacos de la guardia, cada vez que desde afuera se escuchaban los gritos por las zanagorias que no estaban las de 6 pesos, o el Cañuelas de pesos 7 con 32, y así de corrido, quejas a rolete.
De mas está decir, la mesa consetudinaria del bar buffé merecía un descanso. Ya había hecho punta en la militancia desde hora temprana y lo menos que podía pedir era una nueva ronda de vermuces con lo que quedaba de ingredientes, que no era mucho. Sano y lúdico copeteo coronado con varios brindis, nomás el Ruso Urbansky se astuvo y se le perdonó porque a la verdá del decir, estaba como dormido en la silla y no había manera de despabilarlo. No era culpa del escabio,  aclaró después, sino la costumbre de la siesta. Y final a toda orquesta, brindis último con la palabra preclara del doctor Salvatierra, de pie con la ayuda de Mercier que lo agarraba de la costilla: Viva el glorioso Social y Deportivo Fulgor de Mayo. ¡Salú!                         
      

domingo, 2 de febrero de 2014

Plumas Verdes



A prosópito de la marabunta esistencial que hoy zangolotea la espiritualidad dela media mersa argentina, atribulada e insomnie por los biandazos que sacude la cotización del verde guáyinton, mismo que con la desinteresada voluntad de dar un aporte esclarecedor a los madamases de la tesorería de la Patria,  bien que viene a cuento la reunión de la consetudinaria mesa fulgurense de días pasados, ocasión en que, a istancias del Rengo Marinelli, concesionario full del espirituoso bar buffé, reunió a algunos de los de siempre con más un invitado de luxe, viejo asociado fraguado en estas aulas gloriosas cuya erudición en las ciencias económicas lo catapulteó a las grandes ligas de la contabilidad universal.  Me refiero al doctor Santiago Perrota, que justo andaba de paso por el barro natal cuando la gran ola tórrida de enero  y qué mejor ocasión para invitarlo a esponer sobre las cuestión al amparo de la brisa amiga del ventilador de techo, justo arriba de la zabiola de los presentes, más el agregado de los refrescos que a módico precio la Divina Colombres sabe ofrecer.
Dicho y hecho, estaban los que estaban, porque se sabe que en enero Carlitos Mercier le apunta al hotel gremial de los Municipales en la Ciudad Feliz, mismo que el doctor Salvatierra hace provecho de la feria judicial pa escaparse unos días a la costa marítima aunque nadies sabe por qué pega la vuelta a la semana más pálido que merluza fresca y sin haber pisado la arena ni con ojotas. Así las cosas, no faltó el público entusiasta  que colmó la mesa de siempre más otra que se le agregó a la vera.
Pa la ocasión, visto el temario escluyente referido al dólar y haciendo gala de una creativa ispiración, el Rengo Marinelli ofreció un trago de su autoría en base al pepermín frapé junto a otros aditamentos de refrescante licor, todo lo cual, chantado en fina copa, alquiría la tonalidá verdolaga nesaria pal efecto, mismo que los ingredientes copetineros en base a bocadillos de acelga, morrones verdes y pepinitos  al vinagre, tartitas de espinaca y oviamente aceitunas.
Nomás que don Santiago Perrota puso asentaderas, saludó a los presentes con un brindis rantifuso y le puso nombre a la disertación, saber, “Sobre la compra y venta de divisas en Plumas Verdes”. Introito al paso y aclaración nesaria, el tordo de la economía apenas que le había pegado unos sorbos al copeteo cuando arranyó su labia: los investigadores no se ponen de acuerdo, dijo. Es posible que Plumas Verdes se refiera a una localidá en la caribeña Saimartin, caraterizada por una profusa vegetación a tono con el color esmeralda de las aguas que la rodean, hábitat de inumerables variedades de aves, y no faltan especialistas que ubican análogo paraíso en una de las tantas islas brasileras, hogar natural de la afamada “cotorra bocineira”. En mi opinión, la bahía de Plumas Verdes se encuentra a pocos del ombligo argento y no es ni más ni menos que la mismísima y muy bendecida concha de la lora.
Risas nerviudas de los presentes, el Negro Gutiérrez, el de la gomería del Camino de Cintura, sabido de los activos dolarizados que tiene en yantas y cubiertas, se puso más duro que Franquestein: ¿hablamo en serio o en joda, doctor?
Imutable a la inquisitoria pero atento al quejoso, don Santiago Perrota, finiquitado su primer pepermín, rogó por otro y espuso: en la Bahía Plumas Verdes la compra y venta de divisas es más fácil que ju gar a las figuritas. Allí, la libertad de mercado le permite a cualquiera sin condición de religión, raza o nacionalidad, intercambiar monedas. Dólares, euros, yenes, rupias, soles, reales, libras, signos monetarios en uso o en desuso, y oviamente, peso argentino, todo se puede alquirir o vender. Por eso, le recomiendo, señor gomero, que si usté quiere dólares, váyase a la concha de la lora.
Bolonqui en puerta, el Negro Gutiérrez revolió la silla de culata y de dorapa se puso en guardia como en un rinsai, más fulo que ofendido. Tranqui, lo sofrenó el Cabezón Lagomarsino, el tordo es un entendido, hay que escucharlo y después vemos. Eso, dejenlón hablar, trinó de atrás Josefina García, tesorera del glorioso y claramente interesada en el tema.
Como ajeno a la murmuración, don Santiago Perrota le daba la masticatoria de una verde croqueta mientras se empinaba el pepermín. Relojiaba al auditorio endemientras se apagaban los murmullos y después, como junando una golondrina en el techo, labió con claridá meridiana, como anticipándose a la devaluación anunciada días después por Kichilós: en Plumas Verdes cien dólares equivaldrían a una lucarda argenta y así estaría bien fetén pal paisanaje esportador con pretensión desarrollista.  Ahora que, la economía no esiste sin la política y acá, señoras y señores, el problema es la política. El proyeto produtivista en un país como este, con alta concentración y una burguesía parasitaria amiga de la evolución rápida y segura, tiene un límite, como decir, hasta aquí llegamo. O el estado mete fierro y disciplina o se va todo al carajo.
Silencio meditante, el auditoriun pedía más. Pero el tordo se tomaba su tiempo. Se me seca la garganta, alvirtió, mientras se escabiaba con la última gota de pepermín. ¿No hay otro? Enseguida se apronto la Divina con otra copa de elisir refrescante de efecto bien naftero, es decir, como que a don Santiago se le encendió el motor del paroleo y ya no hubo con qué pararlo. Esposición de hondura cavernosa aunque labiada con el vocablo sencillo de la mersa, en hora y media el varón racontó la historia desde los tiempos de Frondizi hasta hoy, y ovio, no dejó títere con cabeza para sacudir a la final la frase matadora: país de imensas riquezas, unidad nacional, diálogo, pacto social, comunidá organizada, distintas palabras pa una misma mierda, damas y caballeros, pamplinas y embustes cuando unos pocos se embuchan el grueso de la torta.
Aplauso cerrado de la mesa que llevó la temperatura a cincuenta grados mínimo. No hay más pepermín, anunció la Divina, nomás queda una copa pal doctor. Hágale al vermú entonces, sugirió el Ruso Urbansky. Para mi una naranjada, se escusó Mariela, la profe de patín artístico, la menta se me subió a la cabeza y medio que veo doble. ¿A mi también me ve doble?, la piropeó el Negro Gutiérrez. A usté lo veo viejo verde, lo sofrenó la piba. Callensén, sacudió Marito, el pibe de la Cámpora, sentado que estaba arriba del billar, el doctor va a seguir hablando.
Y si, don Santiago Perrota ya se había acomodado en la silla, le hacía al último pepermín y se secaba la traspiración en la calva. Está chivando menta, doctor, lo engranó el Cabezón Garófalo. Pero imutable, el ecónomo tiró la pista de lo que vendría: la gran burguesía del complejo financiero, agroganadero e industrial se apresta al asalto final del poder político siendo que este ya no le sirve como garante jurídico de sus negocios. ¿Qué hará la Presi? ¿Se acomodará como para sobrevivir estos dos años y asegurarle al aparato pejotista continuidad vía otras variantes? ¿O estará decidida a trascender en la historia y, llegado el peor caso, morir con las botas puestas?    
Preguntas tiradas al vacío, nadie mejor que el Negro Gutiérrez para cazar la posta: ¿pero y el dólar, doctor, no iba a hablar del dólar? La gente necesita consejos, doctor, así no se puede seguir, nadie sabe cuánto vale.
Como si no lo escuchara, don Santiago Perrota siguió en la suya: la diyuntiva está clara, ¿más estado o más mercado? ¿Disciplinar a las fuerzas sociales o dejarlas hacer? Estado y disciplinamiento requieren medidas que nadie hasta hoy nadie se ha atrevido a implementar salvo para beneficiar a las minorías. ¿No habrá llegado el momento de hacerlo en función de las mayorías? ¿Hay condiciones en la sociedad para dar sustento a una batalla patriótica tan difícil como fueron las guerras por la emancipación? ¿Acaso existen fuerzas sociales y políticas predispuestas a semejante sacrificio? La voz de don Santiago Perrota iba en alza como los precios en el Coto. ¿Dónde quedó el gauchaje samartiniano capaz de pelear a lanza contra el realista? ¿Dónde la herencia bravía del calchaquí? ¿Dónde la callosa garra del imigrante obrero?  Labia potente y entradora, ahora el ecónomo se había puesto en dos patas y le deba manija a la vitrolera, mezcla de sudor y pepermín. ¿Díganme dónde carajo la gloria de nuestra Patagonia rebelde, o la juventú maravillosa de los setenta?  
¿Y el dólar, doctor?, volvió a la carga el Cabezón Lagomarsino con un susurro, pecado que esta vuelta hizo efeto en el disertante. Porque don Santiago Perrota cayó como arrumbado a la silla y nomás lo que atinó fue a preguntar: ¿no hay más pepermín? Vermú, nomás, esclareció la Divina,  ¿Gancia o Cinzano? Del morocho con ferné y una escupida de soda, se definió el tordo. Marche un Cinzano completo, pero siga, dotor, no le haga caso a los especuladores, lo alentó el Rengo Marinelli.
Olvídensen del dólar por un rato, siguió el varón, jeta como de resinación. Estamos frente a la diyuntiva fundamental, y es que cuando las corporaciones se aprestan a tomar el poder por asalto, justamente lo que quieren es que pelotudos como ustedes piensen nomás que en comprar cien o docientos verdes. Despiértensen, giles, gilastrunes, tirifilos.
Momentito, saltó el Negro Gutiérrez, más respeto. Más respeto un carajo, chuzió de nuevo don Santiago Perrota mientras hacía volar silla para ponerse de pie, es la hora de poner fierro y candado al capital, nada de hablarle al corazón ni andar rogando mesura como hace ese Capitanich, capitán de bote viejo, señores, capitán de morondanga, hora de sacarle los silos a los garcas sojeros, de nacionalizar el mercado esterior, de encanutar especuladores, cadena perpetua pal arbolito, mierda, pal acaparador, ni clemencia al negrero, al formador de precios, y al que no le gusta, que se vaya a Plumas Verdes que ya nos vamo a arreglar.
Tranquilo, doctor, le va dar el soponcio, se introdujo Marito, callado hasta aquí. Hágale al vermú, lo aconsejó la Divina, así le baja el pepermín. Tranquilo una mierda, siguió don Santiago Perrota, ellos se vienen con todo y hay que responderles igual, antes que nos lleven puestos. Preferible morir peleando como nuestros gauchos a languidecer en la historia como una frustración de las tantas. Permiso, se disculpó nomás que para hacerle un trago al Cinzano, y siguió: hay que convocar a todos pa hacer grande la gesta emancipatoria, no basta con la Presi salga a hablar, tiene que mover a todo el paisanaje, incluyendo giles como ustedes.
No insulte, doctor, acá también hay gente dispuesta a acompañarlo, recuerde que somos herederos del gran Ismael Celentano, nuestro faro luminoso fulgurense, lo aplacó el Ruso Urbansky.  Eso, ratificó el Rengo Marinelli. Minga, apostofró el tordo, si el gran Celentano se levantara de la tumba, se volvería a acostar nomás de verlos.
Calma, correligionarios, saltó el Cabezón Lagomarsino, que se doble pero no se quiebre. Calma nada, chilló el Negro Gutiérrez, desde que llegó que don Santiago me está tratando de gil. ¿Y qué?, ¿no sos un gil?, ¿sos inteligente, sos?, ¿desde cuándo?, se introdujo el Pibe Marito. Cuidado las copas, no muevan la mesa, rogó la Divina mientras el Rengo la esclarecía: te dije que el pepermín se les iba a subir a la monchola.
Bolonqui en puerta, hasta los mudos labiaban, como el Checho Maldonado, secretario del glorioso, sin activos en dólares pero con ganas de tenerlos desde que cobró el retroativo de la jubilación, según dijo, ¿qué hago con la guita, dotor? Compre remedios a cuenta, de seguro los va a necesitar, lo aconsejaba la Turca Bassur, de la Comisión de Damas, mientras el don Marcos Garabaglia lo intimaba al Ruso Urbansky  pa que le devolviera los docientos pesos que le prestó vez pasada según cotización dólar Casa de cambio El Cedro y no Banco Nación, que es una mentira, decía con la calculadora en la mano, que vamo a redondearlo a quince pa la compra, o sea. Calma, muchachos, calma, rogaba el Rengo Marinelli, la noche está en pañales. Muchachos y muchachas, no sea machista, lo corregía Josefina García. Y así de corrido, don Santiago Perrota le hacía al último morroncito verde al aceite y ajo en una rebanada de pan. Espetacular, una delicatesen, señora, igual que usted, elogiaba a la Divina, que lo retribuía con la risa pícara de siempre: se nota que don Santiago tiene clase.
Lo que empieza, termina tarde o temprano, es una ley dialética de la naturaleza, sabe explicar el doctor Salvatierra. Y sí. Cada uno en su silla, por favor, silencio, ya está, tranquilos, así, eso, ordenó Marinelli, siempre atento a mejorar el rinde, por favor, respetemos a nuestro invitado, ¿otra vueltita de vermú?  Nadies. Nomás don Santiago Perrota: pa mi otro morocho pero sin ferné, con un chorrito de soda y hielo.
Silencio inestable como el ventilador del techo. ¿Cuándo van a poner un esplí?, se quejó la Turca Bassur, esto tira viento como aliento de oso. Más silencio. Y la voz del Negro Gutiérrez, sedutora pal caso tratándose de Mariela, la Pipi: calladita la joven, ¿qué opina de todo esto?
Bombón escosés, un Escania con acoplado, la profe de patín se escusó : yo no entiendo de política, pero para mi, el dólar es muy, muy importante, es más importante que el peso.
Pa ser justos, nadies jamás le ha pedido a la Pipi que sepa de filosofía, de historia ni de economía. Nomás que un osequio pal ojo masculino, siempre atento a la ondulante perspetiva  de la escultura glutia, ni falta que hacía el comentario de don Santiago Perrota: ¿Y a esta boluda de dónde la sacaron?
Salta violeta de nuevo pal Negro Gutiérrez, mandado a hacer pa defender a naifa de tanto quilate, no le permito que trate así a la señorita. Tranquilicenlón, se apuró Lagomarsino.  ¿Pero a quién? ¿Al Negro o al tordo? A los dos, chantó Josefina García, se van a ir a las manos. Mire cómo llora la Pipi, pobrecita, trinó la Turca Bassur. Mejor que ni aparezca el novio, que es profe de taicuondo, esageró el Ruso. Si van a peliar, váyanse afuera, se impuso el Rengo Marinelli, y final a la marchanta, se cierra la canilla, no hay más tragos pa nadies, sacudió la Divina Colombres.
Silencio meditante, don Santiago Perrota se puso de pie como pudo, es decir, medio que agarrándose de una silla hasta encontrarle el punto de equilibrio. Se persinó pa saludar al auditorio y agradeció el convite: muy rico todo, dijo, lástima estar rodiado de tantos giles, ya los quiero ver cuando vuelvan los liberales, ni en Plumas Verdes van a conseguir laburo.
Y así que lo dijo, dos horas de ispirada disertación con más remaches medios groseros pal gusto de algunos, le apuntó a la puerta como de coté, pifie seguro si alguien no lo enderezaba, que fue el Marito, el de la Cámpora. Por aquí, profe, lo orientó, usté si que sabe. Gracias, pibe.
Silencio sepurcral de remate, hay que garpar los tragos. ¿Cuánto es, Rengo? Pongansén de acuerdo, ¿en peso o en dólar?, la voz de la Divina Colombres.