domingo, 26 de octubre de 2014

El Chongo Benavídez



   

Estimados caballeros que en esta consuetudinaria mesa  aquilatan su existencia con la filosofal hondura de tan exquisitas ponencias, permítanme chantar aquí cual humilde asociado que soy, una rogatoria que, no dudo, ustedes sabrán interpretar acabadamente. A la postre, creo innecesario mencionar que aquellos a quienes represento, aguardan de ustedes un apoyo decidido y generoso para la consecución del objetivo de marras, es decir, el reconocido homenaje a uno de los tantos hombre que elevó el nombre de nuestro glorioso club al firmamento de los grandes. Me refiero, como ya saben ustedes, a Carlos Eusebio Benavídez, nuestro querido Carlitos, quien desde niño contagió de alegría estas aulas de la cultura popular y ya en adulta edad, aunque alejado de las vicisitudes locales y acaso devorado por la flama de  la celebridad, jamás dejó de portar con orgullo en lo más profundo de su corazón, la enseña rojinegra del gran Fulgor de Mayo.
Antes de continuar, aceptaría el convite de nuestro inefable barman, señor Marinelli, pues nada afecta en suprema medida el buen decir y la labor de las cuerdas vocales como un vermucito acogedor, cuanto más si trata de una cinzanito con hielo, fernet y un chorrito de soda. Muchas gracias, señora Colombres. Gracias. Salud. Salud a todos. Y permítanme explayarme sobre las líneas fundamentales que hacen a la existencia de nuestro querido Carlitos Benavídez, elementos que muchos de ustedes, como mi amigo Urbansky o el doctor Salvatierra sin duda conocen, pero que nunca está de más refrescar en la memoria . Salud.
Ahora bien, siguiendo mi raconto sobre el que trataré de ser breve, era nuestro querido amigo, como todos saben, hijo de la indómita sangre guaraní, el menor de ocho hermanos paridos como sacudón de metralleta por doña María Cristiana Gómez Huella, merced al aporte inestimable de don Raúl Florindo, experto albañil oriundo del Paraguay. Hijo dilecto de su madre, es de imaginar, y acaso de una hermana diez años mayor, no así por parte de su padre y menos aún de sus hermanos varones, aquel amanecer sin duda le puso norte a sus días .  Permiso, una aceitunita. Un quesito. Gracias. Salud.
Como les decía, desde purrete, Carlitos se evidenció afable en el trato, refinado en los gustos y proclive a la llana manifestación de los sentimientos más puros, cualidades que, en la áspera existencia de los trabajadores del andamio, significaron a la postre más obstáculos que ventajas. Su paso por la sala maternal de nuestro club y por las aulas de la Escuela 24, sembró huellas de infinito entusiasmo, mas luego, circunstancias de la vida encallecida de los humildes, rudeza que impone la necesidad, alguna refalada en la aritmética y la gramática, al fin el destino o la voluntad de su padre lo engrilló muy joven, con apenas catorce abriles, a la aspereza del noble oficio del ladrillo. Curtido  con las heladas del invierno y los solazos del verano, afirmado muscularmente en el hombreado de las bolsas de cemento, virilmente esculpido en la obra material, era ya entonces un varón por demás llamativo, alto y de firme contextura, de grandes ojos negros y rasgos delicados, todo lo cual configuraba un atractivo para las niñas y jóvenes de nuestro querido barrio. Pero Carlitos Eusebio Benavídez no estaba hecho para esa existencia, cierto que noble aunque rigurosa en extremo, a tal punto que sus últimas apariciones en la labor edificante del albañil, como todos saben y tanto se ha hablado, se caracterizaron por el uso de delantal celeste, guantes de látex y barbijo médico, implementos que si lo pusieron a salvo de la aspereza de la cal, lo condenaron por otro lado al juicio bárbaro del obraje, tan proclive a atribuir mariconería y doblez al cuidado varonil.
Debo confesar que esta lengua a la vinagreta elaborada por las sabias manos de la señora Colombres dignifica el paladar de quien les habla. Bravo, señora.  Y qué decir de tan versátil salamín tandilero. ¿De Mercedes? ¿Usted lo trajo, señor Mercier? Pero muy bien. Si me alcanza una rodajita de pan, le agradezco. Gracias. Permiso. Ya está. 
Ahora bien, tal como les decía, desde muy joven nuestro entrañable Carlitos dio que hablar. Lejos estaba aún del pusilánime mote de “Chongo Benavídez” con que la vocinglería popular supo caracterizarlo. Y es que nadie se hace chongo, por así decirlo, de un día para otro. Largo camino que es preciso recorrer, pletórico de conquistas amorosas, entreveros de ida y vuelta, sacudones y sacudidas en el dar y recibir, la domesticación del impulso sexual significa una exigencia fundacional, una extensa labor cerebral apuntada en la dirección justa para que el sentimiento se haga percantina dócil y manejable. Y por cierto que el joven había iniciado su azarosa carrera guiado por un perspicaz instinto. ¿Quién no le recuerda en las memorable justas del billar fulgurense junto a Moisés Daichman, el Tano Fratelli y Alberto Lutz? ¿Cómo olvidar su presencia galana en los bailes del universo tropical cuando al ritmo de Alcides y Comanche, sólo por nombrar algunos, hacía las delicias de las niñas con sus afamados movimientos en históricas exhibiciones danzantes junto a sus parejas de turno, la Chela Solís, Dorita La Culona  Cosimano y la Pomelos Guzmán, entre otras? No exagero si afirmo que, ya entonces, con apenas dieciocho años de edad, nuestro querido Carlitos era aspirante doctoral del masculino levante y a juicio de aquellas, hoy señoras de buenas familias, aunque no digo todas, si se me permite el exabrupto, era en el postrero quehacer de las sábanas, un tres patas del infierno, una bestia desatada capaz de gastar los cartuchos que hicieran falta para dejar a toda amante que se preciara en solicitud de auxilio. No quiero dejar de mencionar al respecto, la contribución docente que en aquel plano le dispensara aquella afamada meretriz y titular de la señera wiskería “Rosa Blanca” de San Justo, la Rubia Segura, a quien ustedes todos conocen, la que le abrió los conocimientos intrínsecos del arte, no solo de las mil y una posiciones corporales cuanto del manejo espiritual de la herramienta, la hechura y confección de los clímax amatorios , el secreto subliminal de las caricias y la fórmula ganadora del simple gesto. 
Gracias, estimado amigo Marinelli, pero no puedo combinar mi cinzano con un gancia. Disculpe usted, es mi costumbre que la segunda copa sea análoga a la primera. Faltaba más. Y por favor, sin tanta soda. Un chorrito, nomás. Así. Gracias. Pues, como les decía, permiso, pero estas milanesitas cortadas me recuerdan las de mi santa madre, que Dios la tenga en su seno, que sin duda reconfortará al Divino con su sapiencia culinaria. Como les decía, pues, nuestro ilustre había iniciado su carrera que se adjetivaría novelesca, aunque sin duda alguna, con la aprensión y lógica indiferencia de su mundo familiar, reacio y miope en su ignorancia para comprender  el sentido de sus pasos. Apenas la madre y a escondidas, si lograba reunir unos pocos pesos, contribuía a su primordial manutención, lo que no alcanzaba para sostener y alimentar la estampa requerida en los avatares de las conquistas amorosas más elementales, exigentes aún en el ambiente del minerío cachuzo, tal como lo define usted, señor Mercier, y no lo juzgo por ello aunque me suena irritativo y francamente agresivo para con las damas de nuestra humilde barriada. No se ofenda. Ahora bien, mas como suele ocurrir en la vida, la necesidad sabe ser madrina de grandes decisiones. Para nuestro entrañable Carlitos, la disyuntiva estuvo planteada y no se revolvió mediante rezos y cuanto menos en la horizontal de la postración al que lo sometió un cuadro depresivo, natural en quienes ven fenecer sus anhelos. Hablamos de indoblegable voluntad, de un espíritu tan arisco como creador, de una apetencia emancipante o de un innato olfato para hallar respuestas en las confusas encrucijadas que el devenir impone, lo cierto es que supo encontrar en la exquisita Melina María Peralta Gómez, la brújula incandescente para orientar el sino de sus días. Y quiso esta señora de muy bien llevados cuarenta y cinco años, rica heredera y en tren de divorcio, empresaria del negocio inmobiliario, que aquel joven aparecido en su casona  Barrancas de Belgrano, de humilde oficio jardinero, en un tiempo prudencial, y esto dicho sin barda chabacanería, trasmutara el corte de pasto y poda de ligustrina en el augusto cepillaje de su propio monte de Venus. Y no es motivo de risa, señores. Fue una enjundiosa labor que la dicha patrona, a la sazón agradecida, supo compensar durante varios años con nutrimento material y espiritual digno de su noble estirpe, a sabiendas de que habida la materia prima, solo se trataba de domesticarla. Como diría el mismo Carlos Eusebio Benavídez años después, vento a discreción, pilchas cogotudas para envidia de la mersa y, por sobre todo, el toque de distinción necesario que su origen de parto le negara. Educarse en las maneras como en el intelecto, trocar sabiamente el decir profuso y berreta por el callar sensato, la parada del ganador mistongo por el porte sutil del  galán con clase, degustar un Mozart en lugar de Leo Mattioli, un entrecot au vin en reemplazo del aún sabroso choripán, o un cabernet de decana cosecha en detrimento del afamado tetrabrik, fuero cuestiones que hubo de resolver con la broncínea talla de los próceres.     
Ahora, si me permiten, estimados amigos, bien podría llamar respiro a este enjugarme los labios, y pues vaso que se acaba ha de llenarse nuevamente, permiso, bien, señor Marinelli, todo suyo para que nos regocije con una nueva dosis. Parafraseando a Oscar Wilde, la única manera de librarse a una tentación es sucumbir a ella, y bien dicho que fue, no he de escatimar esfuerzos, menos aún en la degustación de estos ingredientes que la señora Divina aporta sabiamente a medida que los jugos gástricos los demandan para no actuar en falsete sobre las delicadas paredes del estómago. Bien que las frituras exceden mi capacidad de contención, no es menos cierto que una papa frita, solo una, contribuye generosamente a la salud espiritual, aserto que han reconocido encumbrados hombres de la ciencia médica. Gracias, señor Marinelli. ¿Oyó usted hablar de Carlos Eusebio Benavídez? ¿Lo recuerda? Así lo supuse. ¿Cómo olvidar aquel mozo que en la flor de su edad juvenil, bendecido por la gracia de doña Melina Peralta Gómez, ya habitué de los más abacanados círculos porteños y provisto de abultada billetera, sabía dejar su automóvil lejos de la mirada curiosa del vecindario para arrimarse a pie hasta el viejo club de sus amores a fin de no despertar la envidia de terceros? ¿Cómo no recordar su agraciada presencia en las mesas del billar, bien que desprovisto de toda elegancia extrema, en ese permanente regresar a sus fuentes, acaso ya paladeando una nostalgia? Claro que ya se hablaba de Carlitos Benavídez como fruto de otros mundos. Inevitable. Los padres, humildes trabajadores, lejos estaban de entender, en un comienzo, cómo aquel hijo bobo se las ingeniaba para vivir de tal suerte y manera, según sabían, en un pituco departamento del centro. Dos de sus hermanos varones quizás intentaron imitarlo aunque antes que tarde debieron comprender que a fuerza de cortar  pasto y podar cercos, nunca la fortuna dejaría de ser tan esquiva. Con todo, nadie puede esconder el sol con una mano, y cuánto menos cuando la contumaz labor del paparazi arrima el escrache fotográfico sin pudor ni vergüenza. Pues atrás había quedado Melina Peralta Gómez, su mentora y guía de los primeros pasos, quien nunca le perdonó la helada la displicencia con que la abandonó el día menos pensado para irse, acaso tentado por la galería de ricos y famosos, detrás de una bailarina estrella del teatro Maipo, quien le abrió las puertas del cotorrerío farandulero de la nocturnidad.  Y tiempos duros para los Benavídez, ya en el barrio de la Textil, el mote de un hijo “chongo” se imponía a modo de banal insulto y hería el orgullo guaraní del viejo Florindo y de sus demás hijos,  quienes ni aún en los peores momentos, acicateados por la miseria, aceptaron jamás la ayuda financiera que éste les ofreciera. Solo la madre, allá por los ochenta, se acogió a diversos obsequios que siempre escondió bajo llave. La única hermana, la Ruli, siguió tratándolo con la esperanza de que alguna puerta se le abriera en las pasarelas de la moda y del espectáculo, pero con el tiempo, visto que las condiciones le escaseaban y los años se le amuchaban fiero, acabó por negarle el saludo. Carlitos Benavídez jamás regresó a la casa natal. Pero sí lo hizo este club de los amores, donde se lo recibió siempre con los brazos abiertos, tal como se recibe a un hijo.  Un brindis. Pido un brindis por el alma inmortal de nuestro queridísimo Carlitos Eusebio Benavídez. Salud.
Gracias. Gracias. Y coincido absolutamente con las tiernas palabras del doctor Salvatierra que me permito reiterar. Como el viejo payaso de circo, también el chongo esconde detrás de la sonrisa palurda, una grave y pulenta tristeza. El amor es un sino ingayolable y se raja como un reo por las alcantarillas del vento facilongo. La cloaca es su destino. Excelente, doctor, excelente, brillante. Salud.
Claro que todo depende de la óptica con que se mire. Traigo a colación lo recién dicho por usted, doctor Sansosti, ya que no le voy a negar sus conocimientos en la ciencia médica, y mucho menos puedo obviar su erudición bien ganada que la tiene con sus años de afamado lustre en los burdeles y puteríos de la zona que sin duda superan a los empeñados en el ejercicio de la medicina. Es cierto, Desde que se inventó el viagra, cualquiera varón puede ser chongo. Pero es menester reconocer, y exijo que así se haga, que cuando nuestro querido Carlitos se inició, tal aporte no existía. Debía el varón, si se me disculpa el exabrupto, laburar su pistola con absoluta concentración mental, exigirle dotación sanguínea, darle soporte firme aún en la peores condiciones, gozar de una salud envidiable, estómago de fierro y neuronas de amianto,  para satisfacer la demanda. El éxito, al fin, podía parangonarse con una goleada en la Bombonera. Salud. Pero así no puedo brindar, señor Marinelli, por favor, me tiene seco usted. Otra ronda, por favor, yo invito. Lo mismo. Empiezo con lo que termino, ya le expliqué. Olvídese de la soda. Cubitos nomás. Así. Ahora si, salud.
Para ir concluyendo, estimado auditorio de este eximio bar buffet, y antes de abotonar mi espicher, como todos imaginarán, con el natural y consabido mangazo, es decir, contribución de ninguna manera obligatoria o forzosa, permítanme traer al recuerdo los mejores años de Carlos Eusebio Benavídez,  circunstancias que muchos de ustedes conocen pero que no está de más refrescar en la memoria. Y es que nuestro querido Carlitos, hijo dilecto del glorioso club que nos cobija, se elevó a la estatura de los grandes sin más herramientas que aquella que la naturaleza le proveyera, virtud insoslayable a la hora de cuantificar su valía. No puedo dejar de recordar aquellas tapas de revistas, allá por el 89, con su fotografía durante la temporada estival de la Perla del Atlántico junto a Carlitos Balá, y más luego, en la Bristol, a la sombra de los generosos pechos  de una afamada vedet, o aquellas de las páginas policiales que certifican su paso victorioso junto al gran Diego, qué decir de los innumerables testimonios que dan cuenta de su de su vivaz concurso en eventos internacionales en Brasil, en Méjico, Miami, siempre abonando la simiente de su fértil instrumento para alborozo y dicha de una clientela jamás defraudada, siempre dúctil y generoso para dar todo de si en un mundo ávido de amatorias tántricas experimentales tan de moda en los años 90. De más está mencionar, pues es de público conocimiento, su trascendencia allende la frontera patria, cuando la reina del pop,  si señores, la mismísima Madona, durante su gira del 98, allá en Acapulco, lo trató en la intimidad más íntima y en éxtasis de inspiración le dedicó aquel tema de su autoría que fuera suceso mundial en ventas. Y claro está, huelga contar todo lo que ha significado Carlitos en la historia grande de nuestra barriada, sus aportes desinteresados al Comité de Huelga de la Textil allá por el 99, a diversas organizaciones sociales tras la crisis del 2001, el padrinazgo que ofreció a la Escuela de Capacitación que lleva su nombre, donde decenas de jóvenes se han instruido en el arte amatorio profesional  al calor de las clases magistrales de María “La Rubia” Segura, o el laureado sexólogo brasileño Joao Helder Amaral, o usted mismo, doctor Salvatierra, bien recuerdo, con sus brillantes ponencias sobre las técnicas eróticas de la antigüedad greco-romana.  
Por todos, estimados amigos, quiero brindar. Un chorrito más, por favor. No se preocupe, doctor, no vine en auto. ¿Alguien me puede alcanzar hasta casa? Gracias. Así está bien. Un poquito de hielo. Así. Muy bien. Decía entonces, brindar y pedir el mangazo, ya que de ello se trata. Como ustedes bien saben, se cumplen, el mes próximo, diez años de la desaparición de nuestro entrañable Carlitos, cuando víctima de deleznables empresarios, durante el invierno del 2004, debió posar prácticamente desnudo en una sesión de fotografías en las laderas del cerro Catedral para una campaña publicitaria de profilácticos. Era entonces un veterano codiciado, varón de chuletas desgrasadas en jornadas agotadoras de gimnasio y sesiones modeladoras, de abdomen endurecido y tallado, bien que con su herramienta en pleno goce de facultades, y así con todo, acaso flaqueza de su sangre guaraní para soportar la friolera de las altas cumbres, contrajo aquella gripe que hizo estragos en su salud. De modo que, como decía, gracias, es suficiente, me parece que he bebido en exceso, gracias, un traguito más y basta. Les decía entonces, que a diez años de su fallecimiento, ex alumnos de la Escuela de Capacitación que lleva su nombre, tramitan ante dependencias municipales el permiso para la instalación de un busto que lo recuerda, obra del notable artista plástico fulgurense, profesor Emilio Saragusti, junto a la acera de  la casa natal, al tiempo que promueven una ordenanza para declarar a la misma, pese al rechazo de la familia, Casa Museo Carlos Benavídez.  Estoy bien, no se preocupen, muchachos. Si me ayudan a ponerme de pie, agradezco. Gracias. Así. Decía, de un aporte voluntario que cada uno de usted pudiera o debiera hacer para sufragar la obra, el busto que lo recuerda, pues qué más decir, nuestro inmortal Carlitos ha de sobrevivir en el bronce, sin duda, y a la espera quedo de vuestras billeteras abiertas y desinteresadas, frágiles pero dignas y agradecidas, flacas, quizás, aunque ávidas de contribuir. No importa, fue un tropezón nomás. Quien no tropieza en este mundo aciago y en su estoico yiro que inspira el día y la noche, los equinoccios, el invierno y el verano. Gracias, estimados caballeros, gracias. Si alguien me arrima hasta casa…   

   
 



 

viernes, 29 de agosto de 2014

Joldines y Joldauses



Lunga ausencia desde última publicación, el cronista se disculpa, atento a que el laburo neuronal pa publicar el primer rejunte de crónicas fulgurenses en un broli al papel de eselente fatura, según se estima,  le tiene la sesera por demás  ocupada. Al respeto, la masa societaria está que yerbe y no escatima críticas habida la cuenta de la torva encrucijada que atraviesa nuestro inefable barman y exclusivo concesionario del bar buffé del glorioso, el siempre atento Rengo Marinelli y su muy querida compañera, la Divina Colombres.
Mustio como plantita sin agua que se lo vio tiempo atrás, el hombre se apelechó a la mesa consetudinaria con trino de pajarito engayolado. Los joldáus me quieren chafar el cheboli si no garpo, dijo, la cosa viene fulera.
Pa entender de lo que se trata, vale recordatorio de tiempo atrás, que fue cuando la miyiadura galopaba posta en los bolsillos y así como estaba, este bar buffé que nos cobija como una madre, sobrevivía fané y descangayado, mal de paredes y peor de puertas, descoladas las mesas y finada la fiambrera. Ni cocina había pa que la Divina se ispirara en su arte culinario. Y fue entonces que el Rengo Marinelli, diestro en el arte del mangazo, hizo lo que hizo, es decir, mangueó peso fuerte y aseguró devolución en tiempo y forma. De aquellos que le pusieron el hombro y las monedas, entre otros, destacan el doctor Salvatierra, boga erudito que nos acompaña y al que no le sobra pero tampoco le falta, lo mismo que Danilo Felicetti, el del corralón de materiales que la viene levantando a palas, el Negro Gutierrez, de la gomería del Camino de Cintura y el chino Hui Ling del súper de la calle Moreno, cada uno en su medida y armoniosamente. Caso especial, el Conejo Spataro financió la alquisición de la vajilla que hoy alumbra el copeteo decidor de la muchachada fulgurense, a condición de que, a más tardar en un año, para cuando la hija cumpliera los quince, el Rengo le devolviera la guitarra y así poder hacerle la fiesta.
Historia manyada, pasado un año, no solo que el Rengo  no pudo devolverle un sope a nadies sino que el Conejo, pa financiar la fiestita de la nena, le vendió la cobranza a los hermanos Suárez, que le pagaron menos de la mitad de lo que el Rengo le debía. Y acá cualquiera sabe lo que son los hermanos Suárez. Tramoyeros y prestamista de lo más peor, pescadores en el mar siempre picado del pobrerío, entre jubiletes que no tienen pa los remedios, necesitados de rancho o pensión, salidos de la jaula rea que no consiguen conchabo serio y hasta mercantes en el precipicio de la quiebra, allí están los Suarez proveyendo y cobrándose luego con intereses elefantásicos, por no decir leoninos.
Embretao hasta el caracú, el Rengo no tuvo mejor idea que juntar a los gomías acreedores y les plantió que muchachos, o les garpo un cacho y cierro el cheboli o me bancan que según mejore el clímax, les viá ir pagando en porciones con fainá, y nomás que en parte. Atenta la Divina Colombres, bancó al dorima hipotecándose ella misma, y con el caráter que la dinifica, les dijo así: y a los que quieran cobrarse en especias, no pregunto cuántos sino que vayan pasando.
De más está decirlo, nadies iba a picotear en carnaza ajena porque la jermu de un amigo es como una hermana. Además, hubo consenso  de todos. No hay barman que emparde al Rengo en diez manzanas a la redonda, a esección del Rubi Vodanovich en el buffé del Social Italiano, pero claro, allá no hay del espetacular copetín y bacanal de ingredientes que acompaña al buen escabio como hay en el glorioso, todo  gracias al ispirado gusto de la Divina Colombres. Confianza que había que darles al bufetero y señora, las cosas les iban a mejorar y más que nunca había que consumirles de sus vermuces pegadores como piñas de canguro, mismo que no pijotearle a las esquisiteces culinarias de la Divina. Consenso de todos, pues, es de imaginar, menos de los hermanos Suárez, el más chico porque es astemio y el alcohol le saca urticaria, el más grande porque negocios son negocios, le dijo, o me garpás todo con intereses, punitorios y ecétera, o te mando al Pesado Garrindo, que vos sabés lo que es el Pesado cuando se pone fulo, te desarma a vos y al boliche.
Así que así, en la mesa consetudinaria del bar buffé, según esplica el doctor Salvatierra, estamos lo jolín, y los hermanos Suárez son los joláu, desinaciones que no cuadran del todo en la sesera abreviada del Negro Gutiérrez: yo tengo jol, cocina y dos dormitorios, dice, y el jol no es ningún jolín, pal caso es un jolazo.
Erudición en la que talla el boga, ya explicó las diferencias pero nadies mejor que el Ruso Urbansky pa hacerse entender entre la mersa mientras embucha el cinzano: los jold ines apostamos a que al Rengo le vaya bien mientras que los Suárez, que son jold auses, a la final se quieren quedar con la concesión del buffé, cosa que ya se sabe, hay varios en club que los bancan, y no voy a decir nombres, pero me tintinea en el cerebelo la sombra mefistófila del Gallego Quintana, que presentó el proyeto de poner un restorán aquí mismo, con manteles, doble copa y menú bacán a tres gambas el cubierto.
Lo que se dice una cocina de autor, aclara Carlitos Mercier, puntero ineternun hoy a cargo de la Unidad Básica Masita Peronista. La cocina de autor es el último grito del paladar esigente, no estaría mal. Además, los Suarez quieren cobrar y están en su derecho.
Triple carambola del pibe Marito y pifiada en la cuarta, nomás de escucharlo a Mercier. El segundo ferné le cayó como un ladrillo, dice y pregunta, ¿por qué no le tapan la boca a Mercier?
¿Y si viene el Pesado Garrindo?, sacude el Cabezón Lagomarsino. ¿Quién lo para?
Silencio sepurcral. Miradas de cotalete. ¿Y la juventú, para que está la juventú camporista sinó pa ponerle pecho a las balas?, alusión direta al Pibe Marito y su coequiper, el Oreja Díaz, que Mercier susurra a la oreja del Ruso.
Guey e momen, salta el Negro Gutiérrez, en inglés, porque está tomando clases por interné desde que lo convencieron de una iminente invasión norteamericana, y a quién le va a vender yantas si los marines le hablan en espanglis. Ay am sorri bat, y ahí se traba. Negro bestia, apunta la Divina, bandeja en mano al borde de la mesa, como una nereida  con sus frutos de mar pa acompañar el copeteo: hoy cornalitos, rabas, quesito a la pimienta y aceituna negra.
Esto va a salir más caro que muñeca de loza, dice el Ruso. Pero hay que consumir, razona Salvatierra, es la única salida contracíclica para el Rengo, es decir, generar un círculo virtuoso.
Silencio meditante. La única salida cíclica del Negro Gutiérrez fue hace como dos años, en la bici del pibe,  cuenta,  y a las dos cuadras de pedalear empezó a traspirar nicotina. Eso sí, aclara, siempre pa delante, nunca anduvo contra cíclico. En cuanto al círculo virtuoso, no hay como este círculo vicioso de los aquí presente, razona Lagomarsino, y visto que la cosa viene para la puya, el boga erudito  debería sintetizar su estensa perorata sobre las leyes itrínsecas del capitalismo, que según él, finan nesariamente en crisis morrocotudas cada tanto.
Mudo hasta aquí, el Rengo Marinelli sigue astraído de dorapa atrás del mostrador. Si escucha, nadies sabe. Está como ido, esplica la Divina, todo el día haciendo cuentas, como enamorado de la calculadora, y nomás que cae la noche, se embucha el cótel antidepresivo pa poder apoliyar, pero igual no hay con qué. Nomás que apaga el velador, ve la sombra del Pesado Garrindo que le viene a cobrar y se despierta temblando.
Está claro que los joldauses no lo van a dejar en paz. El mayor de los Suárez  ya lo abarajó de fulería cuando el Rengo le propuso estirar el pago para enero, confiado en que el bar buffé pinta esitoso para las fiestas de año nuevo y algo de mosca le va a quedar. El más chico, el astemio, se le plantó de firme con el Pesado Garrindo de guardaespalda, enterado que estaba de que le había garpado unas monedas al Chueco Villaflor, que es otro de los joldines. ¿Cómo es esto, macho, le pagás al Chueco y a mí naranja?, lo amuró.
Y no hay vuelta. Los Suárez no entienden lo de la restruturación que acectaron los joldines. O no quieren entender, que es lo mismo pal caso. Cuestión que tercera ronda de vermuces, la lengua se suelta y cualquiera se siente rana. El bar buffé va a quedarse como está, es así. La muchachada del billar no sólo está dispuesta a bancarse al Pesado Garrindo. Un piquete le hacemo acá en la puerta si le sacan la concesión al Rengo, dice el Oreja, con el aporte de las gomas indispensables pa echarle candela en todo piquete que se precie, a sugerencia del negro Gutiérrez. Y así que así, el Cabezón Lagomarsino, capitán del tim bochófilo fulgurense, ni ahí que se va a presentar para el Torneo Aniversario, que sería un desastre pa la historia del glorioso, mismo que El Ruso Urbansky, minga que va a organizar el Campionato de Truco Anual, y ni hablar del doctor Salvatierra, un joldin de peso, capaz de plantarse con su vibrante oratoria en la próxima reunión de la CD y hacerle el bocho a cualquiera. No, señores, cual Pericles que elevó la acrópolis ateniense pa la eternidad, el bar buffé de Marinelli será indestrutible hoy y siempre, chanta el tordo el tordo en su resumen final.
Aplaudí, viejo, le dice la Divina Colombres al dorima. Y el Rengo nomás sonríe.  Palurdo mohín, como de agasajo en velorio.            

miércoles, 4 de junio de 2014

Rumbo a Brasil 2014






Con el Palomo González

Estábamos los que estamos siempre en esta mesa consetudinaria del bar buffé cuando,  agregado y bien recibido, en de pronto se apareció el Palomo González,  laburante de la calle como sabe intitularse, varón de cascoteados cincuenta y amante full time del deporte fulbolero, lo que se dice un conocedor profundo de sus secretos, una enciclopedia con patas capaz de amuchar en su recóndito seno vida y obra de la muchachada que palpita en el amasado de la redonda, fisture pasado presente y futuro, resultados habidos en los tiempo paliozoicos, artilleros goleadores de la másima categoría aunque también de la B, C y D, en fin, un mamífero parido en un desinfle de pelota y alimentado con los taninos del verdolaga tablón allá en el club de sus amores, el glorioso Ferrocarril Oeste. Pero es hora de olvidar toda pijotería pasional, plantió de entrada nomás que echó asentadera a la vera de Carlitos Mercier y acectó el convite vermucero que se le hizo. Ahora se trata de la celeste y blanca, esclareció, y frente a esto, el amor por los trapos particulares deja lugar al sentimiento patriótico que nos embarga cuando nuestro granaderos del balompié se aprestan a pisar la infame y odiosa gramilla brasilera.
Florido introito que hizo, hay que reconocerlo, con todo, no cayó en gracia entre algunos, empezando por el Ruso Urbansky, quien ya, farol en mano y con un quesito amasando en la postiza, lo chuzió de prima: si vamo a hablar del fullbo, está bien, pero no me venga con la chovinista patriotera.
Inevitable, cuestiones a parolar había de sobra, desde Budú, el Club de París o la pelea de Rial con el budinazo que se venía comiendo, pero la presencia del Palomo González preanunciaba el tema de la noche y más, era ovio, se adelantaba al mangazo, cuestión última que la plantió de entrada al tiempo que se abría la samica y esponía el torso empilchado con la oficial auténtica  del selectivo nacional del balompié: llevar el aliento a nuestra heroica milicia que habrá de librar su más gloriosa batalla en el trópico carioca es responsabilidad de todos sin esexión, y hacia allí iremos junto al Bebe Scarpino, a como dé lugar, aún empeñando nuestra joyas como aquellas damas mendocinas que sufragaron al Ejército del Libertador, o con el aporte desinteresado de quienes, ocupados en otros frágiles menesteres, no puedan contribuir con su presencia física allá donde se juegue la causa que hoy une a los argentinos, es decir, cada uno con lo que pueda, en metálico o especias.
Aclaración que se impone, difícil parece que el Palomo González vaya a encontrar damas mendocinas por estos pagos y menos que cuente por las suyas con joyas de peso para dar vuelo a su empresa. Varón de humilde cuna, desde que lo cesantearon en la Textil allá por los noventa y después de fundir el remís que compró con la indenización, su metier fue laburar la calle, un día vendiendo remeras de La Salada; otro, películas truchas; otro, revistas viejas y así de corrido, nadies ha de desconocerle empeño y creatividad pa escapar a la miyiadura, pero de ahí a presumirle una mínima dosis de ahorro acobachado, es lunga distancia imposible de remontar. Ni hablar de su coequiper, el Bebe Scarpino, maestre del andamio, capaz de gastarse el salario de la quincena en una sola noche con las chicas de la wiskería La Rosa Blanca de San Justo.
Así que divino misterio que las lúcidas molleras aquí reunidas debían resolver, lo primero era lo primero, a saber, rajarle al mangazo con la mirada perdida en lotananza y darle piola al barrilete con un brindis por el ésito del viaje, cosa que el Palomo tuviera que agradecer. De haber sabido, armaba unas caipiriñas para que se fueran adaptando, se disculpó el Rengo desde el mostrador. Y aceptación general de que no sería mala idea, que se corra la Divina hasta el súper de los chinos y compre una cachaza, sugirió Mercier. Igual no ha limoncito, se atajó la Divina asomando la trucha por la puerta de la cocina, dénle al Gancia y no jodan que los ingredientes vienen con sorpresa.
Si lo dice la señora, mejor callarse, eso es ley en el bar buffé del glorioso. Ahora que, vamo al grano, plantió el Ruso, ¿cómo es la cosa?, ¿se van a Brasil? Efetivamente, aseguró el Palomo sin mosquear, salimo en dos días. ¿Y cómo piensan ir? De aquí hasta Uruguayana, en bondi, eso está asegurado. ¿Ya tienen los pasajes? Y claro que sí. ¿Y después?, mirá Palomo que estás lejos, ¿cómo vas a hacer? Está todo previsto, pero hacen falta unas rupias para seguir.
Desconcierto absoluto, dejenlón esplayarse trinó la Divina, ya asomada al mostrador con ingredientes varios de su autoría, a saber, salchichitas con chucrú, almóndigas bufeteras a la salsa roja y papitas nuasé a discreción, lo que se dice un batacazo culinario de rechupete. Haganlé lugar a los platitos. Ahora sí. Que hable el Palomo. Y habló nomás, largo espicher plestórico de patrióticas arengas como pa ponerle carne gallina al más pecho frío en lista, elocuencia ateniense como graficó a la postre el erudito boga, don Marcelo Salvatierra, que a todo esto, ya tenía la oreja en ristre y la singueso, blanda pal retruque.
Resumen nesario para deglutir la manitud de la proeza en puerta, no se me exija esexo de detalles para fundamentar esta rogatoria que aquí depongo, arrancó el Palomo Gómez, pues el aliento invertebrado que ha de acompañar a la cívica muchachada que hoy viste la legendaria celesta y blanca nos exime de los mismos, a la vista de lo cual, cierto es que no ha de medirse esfuerzo para encarar el desafío ni permitirse temor para obrar con el corajudo ahínco de nuestros gauchos, ya puestos, junto al Bebe Scarpino, en el enemigo suelo del fiero brasuca. A dedo rogando y con el mazo dando, a pie si fuera menester, aún engrillados por el bárbaro descendiente del portugués, estaremos en la mítica bahía de Guanabara cuando nuestro selectivo asome su gallardía en el irredento field del Maracaná, presta su pesada artillería con el Kun y con Lionel para burlar el bosnio fortín, mas luego en el Mineirao de Belo Horizonte tronchando la soberbia persa de los aqueménidas, y al fin en el gaúcho Porto Allegre pisando firmes cual hunos guerreros, el orgullo embetunado del grone nigeriano…
Largo espicher del Palomo, ya se dijo, no era cuestión de interrumpirlo sin argumentos.    Respuestas tenía y de sobra, porque el Bebe Scarpino, genial estratega en el oficio del ladrillo, había tomado los recaudos necesarios. Y es que aún suponiendo que llegaran hasta Río de Janeiro, ponele que sí, a dedo para el caso, morfar, dormir, oíme Palomo, ¿de qué van a vivir?, le chantó Mercier. Y sonrisa palurda del Palomo, de los choris, dijo, como escuchan, de los choripanes. Sí, señor, todo listo, acomodado el bulto para traspasar la líneas del enemigo con una dotación de choris donada por el Frigorífico Dante, todo embalado en tergopol y con el vento requerido para adornar los controles aduaneros. Quinientos choris perfetamente refrigerados, y eso pa los primeros días en las playas cariocas. Tanque de aceite, seguro que hay allá iguales que los nuestros, y así, listo el chulengo con unos fierritos, nomás que salga el humo del tocino pampeano, los mulatos se van a olvidar del peixe, del camarao, de la feijoada, se van a enloquecer con el chorreante choripán argento a veinte reales la unidad, por favor, señores, está todo previsto, incluyendo Pörto Allegre, donde, fijensén, ¿quién vive allí?, efetivamente, el Laucha Fiorella, ¿quién no lo recuerda?, casi veinte años lleva viviendo allá, siempre con el mercadito y la carnicería. ¿Y quién puede poner en duda la lealtad del Laucha Fiorella? Nadies. ¿Quién puede imaginar que el Laucha se niegue a facilitar la mecánica choricera para multiplicar nuestra mercadería?, que será con tripa y carne de cebú, que no serán lo mismo que nuestros agraciados chanchos, ¡pero qué se puede esperar de paladares circuscritos al desabrido fruto marítimo que no sea rendirse a la esquisita esencia de nuestro eselxo embutido?, por favor, señores, está todo previsto.
Ni de cerca, saltó al ruedo el pibe Marito desde atrás, ya preparando el taco para su prática diaria en el billar,  ¿y tienen entradas?
Por favor, jovencito, ¿entradas?, ¿es que se olvidan ustedes del ingenio popular que nos hace grandes aquí o en la China? , entradas… Entradas siempre se consiguen. ¿Son caras? ¿Carísimas la reventas? ¿Y? Todo está caro en las tierras de Pelé, así me dicen, por eso del cambio, ¿pero se olvidan de que una vez  que penetremos las líneas, nuestro choripán se apreciará en reales? Esactamente. Y pausa meditante con el acompañamiento vermucero que alivia la febril labor de las cuerdas vocales, siguió el Palomo: por favor, caballeros, el grito del hincha celeste y blanco se hará sentir, no les quepan dudas,  hasta opacar el ubérrimo aliento que pueda prodigar la torcida mulata, que sabrá de carnaval y samba, pero lo nuestro es pasión de tango, es repique de murga rioplatense y bombo peronista, por favor, no me hagan hablar. Más aún les digo, cuando el humo grasuliento de nuestro chulengos choripaneros, ya plantados a la vera de los estadios brasucas, penetre en las pituitarias de nuestros jugadores, no habrá aliento más superlativo que ese.
Silencio meditante, la cosa seguía sin aclararse. Por lo demás, la dialética del Palomo González se daba de culo con la perspetiva idiológica del Ruso Urbansky, que se lo alvirtió de prima: mire, Palomo, el fulbo es un deporte y usté por poco me lo plantea como una guerra de liberación. ¿Por qué no se va a vender choripanes a Siria?
Mas silencio meditante, el Cabezón Lagomarsino inquirió por la lógica, es decir, dijo, si tanta confianza comercial le tenían al chori, para qué mangueaban más guita, porque de eso se trata, ¿verdad? Vos viniste a mangar un aporte a la causa… Y tras cartón, la voz siempre esclarecida del doctor Salvatierra: si me permite, estimado Palomo, ¿cómo andamos con el idioma portugués?, ¿está praticando?
Segunda ronda de vermuces con más ingredientes, endemientras servía la mesa, la Divina salió en apoyo del invitado: yo de fulbo no entiendo nada, a mí despista eso del orsai, no hay caso, me lo esplican pero no lo entiendo. Igual, tratándose de la seleción, ¿no habría que darle una mano al Palomo? Porque ustedes muy cómodos, mirando los partidos por la tele, pero es importante que haiga un hincha allá. Hasta podría llevar una bandera con los colores del club. ¿Se imaginan la rojinegra del Fulgor de Mayo flameando en la tribuna del Maracaná?
De ninguna manera, saltó el Palomo, ya lo dije, hay que deponer la parcialidad y nomás la celeste y blanca. Sin contar que seguro la van a confundir con los colores del Flamengo, aportó el Pibe Marito mientras sacudía el primer tacazo en el billar.
Ahora, usté que sabe de fulbo, González, ¿cómo la ve a la seleción?, lo inquirió el Rengo, ¿está como para dar pelea por el título? Pregunta sabia que era, ameritaba contestaciones por kilo, porque entendidos en estas cuestiones, además del Palomo, había un toco. Anotados el Pibe Marito, Carlitos Mercier, el Chino Sotelo en la otra mesa, cada cual curtía opinión, incluida la Divina Colombres, que atrevió un severo dianóstico sobre la titularidad de la portería nacional. No tenemo arquero, dijo. Y hasta el Ruso Urbansky, tras escueta denuncia de la esencia mercantil capitalista de la gran fiesta del fulbo mundial, chanto la suya como si fuera esperto: son muchas las figuritas pero eso no asegura que haiga equipo.   
Era ovio que al Palomo, la conversa se le disparaba pa donde no quería. Cada tanto, surtía una sonrisa sobradora o junaba la hora en el relós de la pared y le apuntaba los ojos a la salida. Hizo provecho de un silencio meditante para poner primera con otro discurso de elevado sentimiento patriótico, y medio que puesto de pie, amagó con entonar el himno hasta con las estrofas censuradas por la historia. Y fue suficiente. Porque herido en su fibra íntima por la elocuencia del invitado, el doctor Salvatierra saltó a la cancha pa competirle y a tal fin sacó a relucir su profunda erudición sobre los secretos del candomblé, la umbanda y toda la mersa de espíritus africanos, cuestión que, a la verdad del decir, concitó la atención de la mesa. Imponente en su estatura inteletual, el tordo se apuntó conocedor del tema, que hasta podría darle cátedra a Neimar y Ronaldiño, dijo, a saber de Oxun, Yemanyá y chiquicientos orixás que no viene al caso mencionar pero que, sin la bendición de ellos, no hay choripán que funque, dijo a la final, imposible competirle a un acarajé bahiano inspirado en Oxalá con el embutido criollo por más Gauchito Gil que le interponga, se lo digo así, con ese chulengo choricero, lo más que puede lograr es, con suerte y viento a favor, levantar una garota en Copacabana y encima garpando tupido.
Silencio selpulcral, el aire del bar buffé ya se cortaba con navaja. El Palomo González no se iba a dejar avasallar por la oratoria del tordo, así que se apiló a sus encendidos argumentos: el seletivo nacional se apresta a librar su másima batalla fulbolística, sacudió, y acá me vienen con nombres raros que ni de cerca se arriman a la Virgen de Luján, por favor, señores, cuando la dignidá de nuestro colores está en disputa, cuando en el abominado suelo del cocacolero Pelé se juega el prestigo de la estirpe criolla y maradoniana, cuando en la negra turba de las torcidas brasileras se apunta un paisano para enarbolar el canto sublime de la argentinidad, usted me sale con esos angelitos umbandas, por favor.
No le permito, saltó de la silla el doctor Salvatierra como empujado por un resorte, la unidad de los pueblos latinoamericanos exige respeto por… Ma qué unidad ni una mierda, se paró el Palomo endefrente, falta nomás que me venga con el yogo bonito… Sí señor, yo he sido almirador del fulbo brasilero, se confesó el tordo, lo que no implica que… Ahí lo tienen, interrumpió el Palomo marcando al boga con un dedo acusador, ahí lo tienen, devoto del insípido camarao en detrimento de nuestra autóctona salchicha, almirador de Garrincha, del imperio portugués, ¿cuándo los brasileros tuvieron un San Martín, un Güemes?, a ver, digamé, nunca… ¿Y Prestes?, respondió Salvatierra,  capitán Luis Carlos Prestes, con su heroica columna paulista, O Cavaleiro da Esperanza… ¿Pero quién lo conoce a ese?, por favor, no lo va a comparar con Perón, disparó el Palomo, además, hábleme en castellano… Usted es un inorante, fusiló el tordo, y así de corrido, la cosa apuntaba para el manoteo. No me toque. No me toque usté, Toquiño,  Vinicius, Gal Costa, que me va a comparar con Gardel y Lepera, con la Mona Giménez, dejemé de joder… No me toque, Mona Giménez, Alcides, qué tendrá el petiso…váyase a cagar…
Nomás faltaba un tiro al aire, que a la verdá del decir, fue el grito del Rengo Marinelli, de atrás del mostrador: cortenlán, che, a ver si me rompen las copas.
Silencio de a poco. Dejenlón que termine de esponer el Palomo y después se ve, sugirió la Divina mientras levantaba la vajilla por las dudas volviera a armarse la pelotera.
Hable, Palomo, ¿cuánto necesita pa arrancar el viaje?, ordenó Carlitos Mercier, peronista de Perón, puntero ineternum. Y le siguió el Ruso Urbansky con su ironía: quién sabe si no le consigue un susidio de la Ansés para la patriada…
Pero el Palomo ya estaba entregado. Junó una vez más el relós de la pared, miró alderredor y sacudió la zabeca como diciendo que aquí no muerdo ni un patacón de los de antes. Se puso de pie, caminó hasta la puerta, y así de refilón, como estaba, se disparó cantando vamo vamo, Argentina, vamo vamo, a ganar, que esta barra… Y se fue nomás. Cantando por lo bajo.
Silencio meditante ahora. ¿Otra rondita de vermuces?, sugiere el barman, con tres copitas se duermen tranquilos.
Y si, no estaría mal, que en esto del vermú hay unanimidá. Punto aparte, hay que darle paso a la culpa. En una de esas, con unas monedas de cada uno, lo dejábamos contento, arrimó Mercier. La verdad que sí, acompañó el Rengo Marinelli, por ahí, hasta tendríamos un cronista fulgurense in situ. Nomás el Ruso Urbansky se apelechó a la contraria: desde el mundial 78, cuando yo le andaba siguiendo los huesitos a mi hija desaparecida y la masa lo aplaudía al dictador, nunca más puede ensartarme a disfrutar la alegría por el fulbo… Me cago, che…
Silencio sepurcral.