sábado, 11 de mayo de 2013

Caro Polvo



No sería más que una colunna cholula si no fuera por las tan enimáticas como sensuales insinuaciones de mi entrañable amiga María Pía Legarreta, nomás que recién llegada de Holanda, a donde viajó pa estar presente en la boda real, según ella, con invitación espresa de los Zorragueita.

Entusiasta militante de los años setenta a quien ya presenté en anteriores opúsculos, por aquel entonces un camión con acoplado que conocí en una de las tantas peñas que se hacían en los locales del troskismo vernáculo, hoy devenida en divorciada señora de un platudo que le banca el derpa en Barrancas de Belgrano, María Pía es una buena mina,  se mantiene en forma  y punto. Cacerolera consetudinaria, mal arriada como todo porteño que se precie, oviamente que virulosa antikirrnerista de origen, o desde la primera vez que tuvo que escuchar a la Presi en una cadena nacional justo a la hora de Tinelli, cuando primeriaba una almóndiga al estofado, con todo, pa este cronista entrado en años, a la verdá, María Pía le supone una enciclopedia viviente en las artes del camasutra y tal erudición, debe acectarlo, condiciona al resto de sus cualidades itrínsecas.

Decía pues que, recién llegada de los Países Bajos, me telefonió pa una cita en bacán bodegón de Palermo. No tengo un sope, le espliqué. Yo garpo, me dijo. Y fui. Morfi asegurado y promesa de culminación carnal, ningún varón setentista se niega.  

Me esperaba sentada a la mesa y haciéndole a un trago verde como escupida de aquella del Exorcista. Holanda sí que es un país en serio, qué país, Marcial, me tiro por la cabeza nomás me cachetió el primer beso. Todo ordenado, limpio, la gente divina, tan respetuosa, así da gusto vivir, no como acá, que salís de tu casa y no sabés si te asaltan en la esquina, porque ELLA, te crees que escucha ELLA cuando la gente le reclama seguridad.

Introito que no era pa sorprenderse, merecía respuesta: ¿por qué no te quedaste a vivir allá? Pero mutis, el varón aquilata paciencia pa coronar una noche de éstasis y lujuria. Qué bueno, ¿la pasaste bien?, contame, son espresiones que abren el juego por las puntas para ispirar el centro atrás, cabezazo y gol.

Una verdadera reina, la Másima, sencilla, humilde, un ejemplo de autoridá, no como ESTA  yegua que tenemos, soberbia, corructa, una ditadora, Marcial, que porque la votan se cree que puede llevarse todo por delante, y ahora hasta la justicia quiere, y los dólares, claro, los dólares que ahora va a lavar como si nada. ¿A vos te parece?

Es de buen lunfa cerrar el pico cuando una naifa pela la viperina, más aún si el premio mayor todavía no fue cantado. Contame, che, ¿estuviste en la coronación?, esa es la posta pa enternecer y ablandar el matambre más duro.

Por supu, estaba hermosa Másima, y las tres hijitas, una medio gordita, pero rubias, preciosas. Fue muy formal, como todo protocolo real de tan estensa tradición. Lo más lindo fue verla en el balcón del palacio, así, saludando con la mano a la gente. ¡Cómo la quieren! ¡Como la almiran! Qué orgullo para nosotras, las argentinas. Y después el recorrido en barco, por los canales de Asterdan. Y ella siempre saludando así, con la mano y la cabeza inclinada, tan sencilla, tan humilde, no como ESTA hija de puta que habla hasta por los codos, como si fuéramos tarados.

Verla a María Pía saludando con la mano, en medio del restorán, al estilo Másima Zorragueita, era una espetáculo digno de almirarse. Más de un comensal la oservaba como a paciente del Borda y a la verdá, me daba ganas de cortarle el brazo. Pero no. Centrojás de hacha y tiza más que habilidoso, hace la pausa y piensa.  ¿Y él?, le pregunté. ¿Quién? El rey, flaca, tiene una jeta de nabo que mata. ¿Wiljeim? Qué se yo cómo se llama. Mirá, Marcial, no es ningún nabo, según dicen, la primera noche que la conoció ya le hizo el amor, como en los cuentos de hadas. Ma que cuentos, flaca, en los cuentos el príncipe nomás le da un beso, seguro que ella le hizo francesa completa, pelo, bigote y barba, servicio vip, la nami cazó la oportuna y a cobrar. Aparte, por lo que sé, no es ninguna gilastruna.

María Pía me atajó. No se puede hablar con vos, Marcial, yo vengo toda emocionada a contarte y vos…, vos, vos no me escuchás, vos te reís, te burlás. No, flaca. Sí, que no. En serio que no, soy toda oreja, dale, contame, no te enojes.

Pausa pa tomar aire. Siguió. Lo peor de todo fue tener que aguantarlo a Budú, me confesó. Viajar miles de kilómetros y encontrarse con el vice haciéndole reverencias a Másima, no es justo. ¿Te das cuenta? Es lo mismo que hicieron con el Papa, que le dijeron de todo cuando era arzobispo de Buenos Aires y después le rindieron honores. No me estrañaría que ese Budu haya llevado dólares de ELLA para lavar en Holanda. Yo ya creo cualquier cosa.

Y bué, si le crees todo al gordo Lanata, estás al horno, le tiré el sablazo.  

María Pía me miró como si quien suscribe fuera Lucifer encarnado. ¿Ahora me vas a decir que Lanata miente, con todas las pruebas que tiene?, me atajó de puntín. ¿Pruebas?, le susurré. Todo, sí, lo sabe todo y tiene el valor de denunciarlo, se esaltó y ya los pitucos de la mesa de al lado la junaban como diciendo está loca pero tiene razón. Así que varón que nada contra corriente, hace la plancha a tiempo. Seguí, contame, le espiché. Pero tarde. No, Marcial, vos no me escuchás, no me entendés, y lo peor es que estás dominado por ese resentimiento tan kirrnerista, ese odio con que ELLA nos divide como sociedad.  Paciencia del hombre: pero si no dije nada, casi ni hablé. Y mina dolida: no hace falta que lo digas. Con sugerirlo, basta.

Complicada la mano, peor que si te cantan falta envido a dos puntos del final. Por suerte, vino el morfi, algo así como unos churrasquitos  con ensalada y una crema más dudosa que multa vial en la ruta 14, pero plato bien finoli, eso sí, de nombre franchute y con hojas verdes. Buena merca para apaciguar los ánimos, sumando un tinto sobiñón que era pa esprimir la botella. Así que me le abalancé al manjar con los dientes afilados mientras María Pía me confesaba: yo ya no tengo hambre.

Corte y quebrada bien tanguera, nada mejor que caldear con gracia el gélido aire de la circustancia. Ahora que incorporamo una nueva provincia al Sacro Imperio Argentino, le sugerí, habría que hacer una reforma costitucional pa la coparticipación holandesa en el presupuesto, y a cambio de eso, a la bandera de ellos le vendría bien un Gauchito Gil bordado en el medio, por ejemplo, o que en vez de tulipanes reconozcan al machazo ceibo como flor nacional, o que algún canal de todos los que tienen pase a llamarse Aliviador General San Martín, digo,  o la selección de fulbo naranja, que acecten a Caruso Lombardi de director ténico, digo, ¿no?, qué te parece.

Tuché. María Pía se sonrió y fue un regalo pa mis ojos. Embuché el último cacho de churrasco y arranqué con el plato de ella, sobiñón mediante.

ELLA tiene la culpa, la escuché susurrarme a la oreja, bien bajito y mirando a los costados como con miedo. Estamos todos bajo sospecha, Marcial, me parece que el mozo nos estaba escuchando.

Miré pa un costado y pal otro. Lo más prósimo a la mesa era una Mireya platinada que me relojeaba como a sapo de otro pozo mientras se manducaba una merluza o similar con papitas nuasé nadando en salsa.

¿Tas segura?, le pregunté. ¿No te parece que esagerás?

Vos no tenés problema, pero si fueras opositor al Régimen, seguro que tendrías miedo, me calzó María Pía. En Holanda me sentía tan libre, susurró a la final.

Centro a la olla, el lungo siempre listo pal cabezazo. ¿Qué te parece, entonces, si vamo a un lugar más tranquilo?, le chamuyé onda Rober Relfor.

María Pía sacudió una dorada pa garpar la cuenta y quien suscribe le abonó la propina al sospecho batilana que la iba de mozo, que encima me junó como diciéndome berreta, pijornia, viejo choto, y andá a la puta que te parió. Pero a quién le importa. Camino abierto en la maleza, un talibán al volante, María Pía le apuntaba al derpa de Belgrano mientras este cronista apuraba la digestión y ya se ponía cariñoso.

Dicen que en Asterdan hay una yeca que está el minerío en oferta, lo mejor del laburo sesual del mundo, le acuné a la oreja como pa ir calentando el ambiente. María Pía se sonrió sin quitar la vista del parabrisa, pura sugerencia, pura promesa, como diciéndome que esperá que te agarre yo, vejete. Vas a pedir ausilio, vas a pedir.

La intimidá no es motivo de la crónica. Pero vale aclarar que dejamo el auto a una cuadra del bulín, visto que no es seguro llegar así nomás hasta la cochera. Le hice de campana mientras ella abría la puerta del edificio, entramo rápido al asensor y ella con un espray de gas pimienta a mano, por las dudas que hubiera un pibe chorro esperándola, me dijo, y ya una vez adentro del derpa, revisó media hora los rincones, no fuera que los servicios le hubieran chantado micrófonos. A la final, antes de mandarme a duchar, que por poco me baña en Espadol, me mostró orgullosa la coleción de cacerolas con las que sale a batir espontaniamente cuando la convocan por el féisbuc. Son nuestras armas, Marcial, hasta que se vaya ELLA, me confesó como arrimándose a querendona. Y punto. Ya lo dije: la intimidá es la intimidá. Y el macho se aguanta lo que sea por un cacho de amor.
      

miércoles, 8 de mayo de 2013

Ese espicher del Dr. Salvatierra



Como un decir, el doctor Salvatierra anda como descorazonado, o mejor dicho, deseccionado ante tanta innoracia. Así explicó el Rengo Marinelli viernes pasado mientras preparaba la primera ronda de vermuces bajo la atenta mirada de la Divina Colombres, que en eso de pijotearle al gancia es una esperta y si fuera por ella, el vermu no pasaría de limonada.

Ahora que, volviendo al doctor Salvatierra, según el Rengo, la historia lo mancó de apuro con esto de los proyetos de reforma judicial y no le dio tiempo a nada. Boga erudito y preclaro en las ciencias leguleyas, toda una vida dedicada a la justicia, kilómetros de suela gastada en los pasillos tribunalicios, horas interminables dilapidadas en tratos con sus señorías, achicharradas sus retinas de tanto embuchar escritos y fayos, lo menos que quería el varón era que alguien lo escuchase.

La cosa fue que cuando recién empezaba la menesunda y nadies sabía de qué se trataba la historia, el presi del glorioso, le ofreció al tordo la istalaciones del salón Ismael Celentano para que, propias palabras de don Leopoldo, se esplayara con su inflamada verba en aras de esclarecer a la masa fulgurense ávida de conocimientos sobre estas cuestiones.

Y sí, tengo mucho pa decir, acectó el varón y, a modo de anuncio publicitario, la misma frase, “Tengo mucho pa decir”, y con su foto en tres cuartos perfil, anduvo empapelando las istalaciones del glorioso con cartelito fotocopiado que convocaba a su primera conferencia intitulada interrogativamente: “¿Reforma o Maquillaje de la Justicia?”

Hablar de fracaso es poco, o mejor dicho, no resume la circustancia. Presente a la hora de inicio, primera fila y medio que obligado por haber sido el ispirador de la iniciativa, estaba don Leopoldo Sastre junto a la tesorera, la señora María Josefina García, ambos dos en representación de la CD. Más atrás, el Ruso Urbansky, siempre interesado en meter bocadillo, Sara Amatti, la diretora del Escuela 24, con más dos pibes estudiantes de derecho y tres lunfas que se arrimaron por andar de paso, convencidos que la cosa terminaría con copa de vino y entremés. El resto eran sillas vacías, paisaje desolador capaz de desanimar al más pintado. Con todo, asegura el Ruso que el tordo se mandó el espicher como chamuyando a una multitú de fanas, acaso remembrando su inigualable prosa de los tiempos juveniles, cuando encendía corazones en las aulas universitarias.   

La segunda conferencia fue idea del Negro Gutiérrez, el de la gomería del Camino de Cintura, que no entiende un joraca de la cuestión pero que, nomás de ver al boga amigo tan desilusionado, lo convenció de repetir el convite, nomás que cambiándole el título a la disertación por otro consideró más efectivo con el mismo tenor interrogativo: “¿Qué hacemos con los jueces, eh?”

El mismo Gutiérrez se encargó de hacer fotocopiar la cartelería y mandó a sus pibes a colgar los anuncios en los negocios del barrio, a lo que le agregó un parlante en la puerta del club, la mañana misma del evento y hasta la tarde, con una grabación de su autoría que decía más o menos así: “¿Que hacemo con la justicia, eh? ¿Se queda como está? ¿A vos que te parece? No seas bruto y entérate. Hoy disertación espetacular del dotor Marcelo Salvatierra, diecinueve horas, no te la pierdas”. Y atrás, de fondo, las notas del hinno fulgúrense cantado por el coro de la Escuela 24: “Nacido en barrio de latas/ estampa obrera, sudor y cayos/  pasiones mi club desata / glorioso Fulgor de Mayo” .

Efetividá propagandística o hecho mismo de la que menesunda entre Diputados casi había llegado a los trompis, cuando la tarde de la conferencia, el salón Celentano lucía más mejor, no digamos que lleno completo pero a lo menos saludable: los muchachos del bar buffé, a pleno. Los viejos de las bochas, medio que obligados por el Cabezón Lagomarsino, presentes. Una barra bullanguera, no más de cinco, con bombo incluido y banderola “Mercier Condución”, se arrimó de la manos de Carlitos Mercier, peronista de Perón y puntero ineternum. Así que nomás se enteró Marito, el pibe de la Cámpora, movió a los suyos, seis o siete con pechera Unidos y Organizados. La nota de color, no ostante, la dio Raulito Marchán, el hijo de la farmacéutica, que se apareció con una delegación del “Movimiento gay-lésbico del Barrio Testil Argentina”.

Quintaesencia de la erudición hecha carne y güeso, el doctor Marcelo Salvatierra se presentó con un introito sereno, casi una confesión de fraile plena de tenicismos jurídicos, pero antes que tarde, despachó su verba incendiaria, discurso vibrante como pa resucitar muertos, nomás que apenas interrumpido con estudiados silencios en los que junaba al auditorio con su gélida mirada, pa arrancar de nuevo con “apasionados remates, zarpazos dialéticos que hacían hervir la sangre, retóricos sopapos de fecunda ilustración llamados a despertar la conciencia cívica en una amalgama de patriótico fervor y clarividencia ciudadana”, según publicó después la columna crítica del semanario “El Imparcial” de Barrio El Progreso.

A la verdá de la milanesa, hay que decirlo, el doctor Salvatierra sacó lustre de sabihondo pico. El problema fue que la inorancia del auditorio, incluida la de quien suscribe, no pudo descular la profunda esencia de las cuestiones planteadas en torno a los seis proyectos de reformas para el Poder Judicial, cuestiones que el  boga desmenuzó con paciencia franciscana y tal exceso de tenicismos que por momentos parecía que hablaba en japonés. La inquisitoria que le abonó el pibe Marito a la postre del discurso, fue la síntesis final que quedó flotando entre la mersa: Pero a la final, dotor, ¿está a favor o en contra de la reforma? Y la respuesta del tordo no hizo más que dejar congelada a la tiniebla conositiva de un auditorio precisado de guía espiritual: vana pregunta, querido rapaz,  tronó como un cíclope, ni a favor ni en contra, ni mala ni buena, si se me permite, insuficiente, imprecisa, inocuos laxantes de imberbe alquimista cuando los culos malolientes de sus señorías requieren de supositorios de trotyl y de flamígeras enemas reconstituyentes, módicos silogismos frente a códigos de procedimientos varados en las lóbregas catacumbas de la historia, si se me permite, cagaditas de gorrión.

Silencio respetuoso de aquel auditorio, no faltó el que asintiera con la zabeca ni aquel que alguna vez la fuera de monaguillo y entonces mirara al cielo como pa salvar el alma del tordo.     

Claro que nada es sencillo en la esistencia especulativa de un inteletual de la talla del doctor Salvatierra. Nomás cuando el varón desciende al montaraz terruño de una mesa amiga, generosa en vermuces y copeteos como  en prosaicas emulaciones de más bastos gomías, allí la enjundia se le hace labia franca  y la ilustración se le traduce en gracioso doblez o en pedestre opinión, como ahora, cuando la Divina Colombres arrima una tanda de ingredientes henchidos de espirituoso colesterol mientras el Rengo Marinelli riega el ejercicio masticatorio con faroles de Cinzanos y fernet. Los poderes del estado son inevitablemente colonizados por las clases dominantes, dice el doctor, si se me permite, es una cuestión tan elemental que hace la supervivencia de todo sistema, y sin embargo nadie lo reconoce. Muchachos, queridos muchachos, no se engañen, la careada independencia de la justicia es hija de la revolución burguesa, de los derechos individuales, pero fenece cual mariposa de dos días al menor atisbo de cambio social. Cuando escucho hablar a esos pelotudos de la independencia judicial, me da nausias, me da.

Silencio meditante. El pibe Marito, en la mesa de billar, va por la segunda carambola. El Cabezón Lagomarsino propone un brindis por la aplastante victoria del tim bochófilo sobre los archienemigos del Social Italiano. Carlitos Mercier impone otro por el papa Francisco, que es cuervo y peronista, dice, y por la reina Másima y la nueva comunidá holando argentina vaticana, una potencia espetacular. Y dale que va, la vida sigue, che. Nomás el Negro Gutiérrez se quedó pensando en eso de la justicia: ¿dotor, no le parece una exageración eso del supositorio y la enema?

Sonríe Salvatierra mientras contempla el ambarino elísir del Cinzano. 

domingo, 17 de marzo de 2013

Cagamus Papas



 La noticia lo alcanzó a este cronista cuando estaba en un boliche del trocén haciéndole a un feca junto al Pibe Garófalo. Y fue que en de pronto juné la tele encendida: el cardenal criollo ahora se llamaba Francisco y era el capo másimo de la Santa Madre Apostólica Romana. Cagamo, fue lo primero que pensé, pero no, no puede ser, Pibe, le dije a mi secretario, la corpo mediática siempre miente, son bolazos, deben ser las ganas que tienen. Claro que el cartelito del noticiero seguía en la pantalla, y tras cartón, ventana abierta, balcón fetén, se apareció el Jefe pa bendecir a los fanas que se apilaban en la Plaza. Era, nomás, el cardenal porteño, el mismísimo Jorge Bergolio. Cagamo en serio, le mandé al Pibe. Un frío escozor me caminó por el lomo como una yarará con el babero calzado pal almuerzo.
Esa misma noche, comida al paso, movilero tras la noticia, me lo fui a ver a un viejo amigo manyado en las cuestiones de la fe, el Pituco Sartori, que ya desde pibe la apuntaba a la sotana cuando le hacía de monaguillo al cura Antonio. Me recibió atrás de la sacristía, medio mismo de una fiestita íntima entre varias vecinas que celebraban el alvenimiento papal con profunda devoción patriótica. ¡Ar-gen-tina!, coreaban las señoras. Dios iluminó al cónclave, bendito sea el Pastor, me batió una de ellas, rosario en mano. El Señor bendice a nuestro país, me sacudió otra. El Pituco, Padre Fernando pa sus seguidores, me miró como diciéndome “perdónalas, hijo, de algo tengo que vivir”, pero todo bien, faltaba más. Ahora agarrate Catalina, la que se viene, me trinó a la oreja y de nuevo el chucho de frío me zapateó en la espalda como un malambo de Frankestein.
Cuestión que el Pituco despachó su feligresía con amable rapidez. Me hizo pasar al fondo, descorchó un tinto y a sabiendas de mis ácratas conviciones, me sacudió de prima con la cargada: y sí, Marcial, entrá a sumar. Fangio, Maradona, el Che, Messi, y ahora el Papa Francisco, ¿qué más nos falta pa convencernos? Nomás un astronauta bajando en Marte con la celeste y blanca del Diez y listo, no hay caso, Dios esiste y es más argentino que el locro.
Hijo tuyo, las pelotas, hablamo en serio o me voy, lo amenacé. Tranqui, Marcial, me dijo, entiendo que estés nerviudo pero es así, son misteriosos los caminos del Ñorse. Alguna razón habrá barajado pa iluminar a los púrpuras.
Me olí que me seguía cargando. Pero un gomía es un gomía, sea chorro, laburante o cura, como el caso del Pituco. Porque buen tipo, se hizo franciscano y fue macho pa escaparle a las ojetudas pompas con que más de una vez lo estimularon de arriba, me costa. Se aquerenció al rioba en capilla de segunda y la única tentación a la que nunca pudo escaparle fueron las minas. Por algo le decíamo el Pituco. Siempre tuvo levante y con la facha de curita bueno, más peor. Eso si, nunca con las ovejas de rebaño propio, es decir, las del barrio. Y menos con pendejos, me aclaró hace años, por las dudas. La astinencia sesual prolongada lleva a condutas jodidas y hay una cuestión inevitable: siempre, debajo de una sotana, hay un tiburón hambriento.
La verdá verdadera, el Pituco Fray Sartori estaba esultante esa noche. Mis contatos vaticanos me lo habían alvertido, me confesó, el Jefe pagaba una fortuna, 54 a 1 en el vati-bingo por interné pero era cartón puesto, apostabas una luquita y te parabas. Así que todo por la capilla, Marcial, acá no baja un mango, imagínate, ahora vamo a refacionar el comedor pal piberío humilde y, si sobra, voy a comprar unos cálices de acero inosidable, porque los de latón ya no van más.
Ni hace falta aclararlo, el Pituco no es un cura de los comunardos. Ahora en serio, me dijo, vos sabés que nadie llega a capotuti por ser bueno nomás. Dios está en el cielo pero abajo mandan los hombres y encontrar un culo limpio en Roma es más difícil que sacarle peras a un petiribí. Hay que tener más cintura que el Diego y saber negociar con la banca, el Opus, la CIA y el pirata Morgan. Y si te hacés el loco, terminás como Juanpi Primero, que duró treinta días y enseguida lo hicieron momia para escaparle a la autosia, ¿me esplico?
Más claro, echale agua. La cuestión es entender pa donde apunta la política, lo acicatié pa que siguiera, porque pa mi no es casual que chantaran un polaco justo cuando se venía abajo la soviética, ni casual debe ser ahora visto lo que pasa en estos pagos, ponele aquí, en Venezuela, en Brasil, en Ecuador, en Bolivia.
El Pituco se desinfló en un suspiro largo, me junó como si fuera Santa Inocencia, se clavó lo que quedaba de tinto y pidió disculpa: tengo sueño y mañana un día de locos, Marcial, la hinchada está frenética y quiere misa y celebración en continuado.
Así que me dio la bendición y me fui pa casa. ¿Dormir? Nada. El chucho de frío me seguía malambeando en el espinazo. Ya va a pasar, me dije, no es nada, después de todo, el Jefe no es de los peores. Imaginátelo a Aguer, el de La Plata, trepado al trono de San Pedro con el bacanaje del Santo Oficio. Pero consuelo de cuarta, llevo una semana sin pegar el ojo, calzado a la tele, la radio, leyendo los diarios y las revistas. Me surten con esclarecedores biandazos las biografías ciertas o truchas del Papa,  la jovata que una vez le cocinó un estofado a Bergolio, el kiosquero que le vendía el diario, el tachero que lo llevó cuando la huelga de subtes, la hermana emocionada, los sobrinos que no lo pueden creer y ahora son famosos, el vecino que una noche le escuchó un sonoro y santo pedo a través de la medianera, los novios que casorió en La Plata, el pibe que bautizó hace treinta años gracias a lo cual ahora es gerente y pinta casa en Pinamar, la nueva camiseta de San Lorenzo, las estampitas con la celeste y blanca, los chupasirios de siempre que perdono y los reciclados que no soporto, y así de corrido, esta ensalada de santería, cholulaje y argentinidá me pone los huevos al plato.  
Pa colmo, ayer me crucé con el Ñato Flores. La última vez que pisó una iglesia fue hace veinte años, para la comunión de la hija, la Susana, que ahora vive en Brasil con un carioca más morocho que Mandela. Me contó que lo llamó por teléfono, harto de escucharle al brazuca del Maracaná, de Pelé, del fuchibol mais bonito do mundo, de las mejores praias do universo. Harto, che, me dijo, así que le batió posta: seguí chupando, Brasil, nosotros tenemo al Papa, tenemo.

domingo, 10 de marzo de 2013

Somos Chávez



No había que ser inteleto piola pa imaginar que la güesuda le andaba pispeando las verijas desde tiempo atrás. Uno la veía venir, después de tanto cirugeo, con la palabra cáncer que mete miedo, con la cuidadosa reserva que los médicos cubanos sostuvieron cuando la última tajeada en Cuba, con los viajes que los mandamases latinoamericanos le hacían a la isla pa volverse después callados . Y luego, el regreso a la Patria, el silencio de quienes lo tenían cerca, la moderación de los pronósticos. Uno la olfateaba de posibilidá tan cierta como dolorosa. Pero igual el anoticiamiento que a la final se dio, fue un sacudón pal espanto, un trompis a la mandíbula que nos dejó en nocau sentimental. El comandante se nos había ido. Puta muerte, hay tanto conchudo parásito haciendo la plancha en una esistencia de mierda, por qué justo a él. Lo mismo que este cronista se preguntó allá por los setenta cuando la muerte de don Agustín Tosco, o hace poco, la de Néstor.
Si uno fuera creyente en la esistencia de algún dios, podría suponer que los Divinos, sea quienes sean, en alguna Comisión Política, de Planificación celestial o de infraestrutura universal, anduvieran necesitando el asesoramiento de los mortales más o menos entendidos, manyados en los asuntos del pobrerío, en las dolencias de los desheredados. Quién sabe si desde tan lejos, tipos como Zeus, Apolo, Cristo, Alá, Buda o quien carajo se intitule banca asoluta, pudieran arreglar las tropelías del bacanaje terrenal, de los dueños de la gran torta que se morfetean a gusto y de la que reparten nomás las migas. Quién sabe si a los Divinos les diera el cuero y entonces precisaran de consejos en carne y güeso.
Pero quien suscribe, por suerte o desgracia, es un anóstico en las cuestiones de la fe y no le queda más remedio que acectar el mandato del ADN, de la célula, del organismo y el celebro humano. No le queda otra y entonces embucha la suerte, putea como es debido, llora, vuelve a putear y se la banca. Hugo Chávez Frías murió y si aceda a la imortalidá, no será por obra de los cielos sino por la memoria de los pueblos.
Memoria de los venezolanos, antes que nadies. Memoria de millones de quías que antes no esistían para los titulares esclusivos de la renta petrolera, apenas humanoides grotescos que habitaban los cerros y el llano profundo, sangre descartable con menos valor que la de un perro, con perdón de los cánidos. Este cronista se ha plantado horas frente al televisor para ver desfilar a esa masa interminable de gente, desposeídos de antes que acaso muchos no hayan dejado de serlo en términos materiales pero que en de repente, por obra y gracia de ese hombre que les hablaba durante horas con la llana dialética del común, pudieron afirmar algo que al fin y al cabo les pertenecía, a saber, la propia esistencia. Si, esistimos. Somos. Vivimos. Y decidimos.
Acaso no haiga más suprema espresión de la condición humana que la posibilidá de decidir. Decidir ser, en primer lugar. Entonces uno ve a una piba que no tiene más de quince años, que nació con Él, quebrada en llanto y así de pronto hablando de Patria, de Revolución, de Socialismo con una soltura que te pega en el caracú, y después a una jovata que abraza un cuadrito humilde con la foto de su comandante y se le lengua la traba primero y vuelta con la Patria y las misiones y un primer médico que la revisó en sesenta años de vida, y más después un morocho de los que asustan, con más músculos que Bonavena, lagrimeando como un nene, el puño en alto y balbuciando al paso del jonca que a Él lo lleva: “Soy Chávez”.
A este cronista se le dio por llorar tupido también, si por la muerte del hombre, quizás, y con certeza, por esa irrución de dinnidad hecha carne, de amor gigante hacia el líder mezclado con el discurso posta con cadencia caribeña de miles de anónimos que, puestos frente a una cámara y micrófono soltaron una labia sin duda parida en las escuelas, en las esquinas de los barrios profundos o en el yugo de cada día: Patria y Revolución, todos somos Chávez.
Se me pone la piel de pollo, se me pone, me dijo mi ayudante aljunto, el Pibe Garófalo. Y sí.  A uno le viene esa cosa en las tripas que por algún hilo condutor va derecho al lagrimal. Y cuando en el velorio pasa un milico por delante del jonca, y allí se detiene un istante, y le hace la venia y se quiebra y se lleva el puño al cuore, mierda, cómo no engrillarse a la comparativa de lo que fueron los ejércitos en este culo del mundo durante tantas décadas sino milicias de ocupación imperial.
Pa la semblanza del comandante, sobran entendidos y no es cosa de agregar al dope. Si de entender su hacer de gobierno se trata, a favor o en contra, hay para regalar en los diarios, en la radio o en la tele, mismo que especulaciones de lo que vendrá, desde las fundadas hasta las más colifatas.  
Lo que trasciende al sencillo ver, es que más allá de lo que pueda decirse, ya el varón se hizo bronce en el mejor de los sentidos. Porque al bronce de nuestros próceres de la primera independencia, en parte enfriado por el tiempo y el destrato, es el suyo un bronce caliente en trance de fragua, metal que yerbe y libera energía cuando los panegirios del fin de la historia se hacen la puñeta frente al cuadrito de Fukuyama.
Y a la verdá, pa jovatones como este que escribe, las cosas que están pasando en estos años, la verdá verdadera, tiempo atrás no pensábamos que las fuéramos a ver. Que don Simón Bolívar haya salido de los viejos arcones, que un Evo, que un Correa, que viejos guerrilleros como Dilma o el Pepe Mujica, que Néstor y Cristina, cada cual con su vianda propia, qué se yo, es como estar soñando. ¿Sueños imperfetos? Cierto. ¿Desprolijos? Y qué querés. ¿Confusos? De seguro. ¿Sucios? Mas bien, así son las aciones de los pueblos cuando despiertan del letárgico. ¿Asurdos imposibles? Andá a cagar.