domingo, 15 de mayo de 2016

Sinceramiento



Debo sincerarme. Siento que emerge en mi país una gigantesca marea colectiva que reclama un profundo y acaso fundacional sinceramiento. Lo percibo en mi trabajo, en mi hogar, en las calles que transito, y al paso avizoro un presente de contagiosa e indisimulable alegría de cara a la entrega espiritual que significa el reencuentro con uno mismo, el autoconocimiento a partir del cual dejamos de ser quienes creíamos ser para abordarnos en tanto y cuanto nunca debimos dejar de ser, confuso axioma que el notable filósofo holandés Diederick Van Der Hoorn, hoy radicado en Villa Ortúzar, resume con coloquial expresión: “si siempre vacacionaste en Mar del Plata, ¿por qué molestar en Pinamar o Cancún?”
Necesito sincerarme y sumarme junto a millones de argentinos a la convocatoria que esta hora exige. En primer lugar, manifestando mi reconocimiento hacia tantos compatriotas que ya han emprendido el desafío, que hoy abrazan con fervoroso entusiasmo  las nuevas facturas de luz y gas, que asumen gallardamente cada litro de remozada nafta en las estaciones de servicio, que irrumpen con sonoros vítores en carnicerías, verdulerías o supermercados, todo a sabiendas de que la fiesta gozada en década pasada hoy debe costearse con patriótico desinterés para que nuestra Argentina acometa cual águila guerrera un segundo semestre pletórico de frutos y bendiciones. Saludo al duro albañil que troca el auto modesto de ayer por su histórica bicicleta, al humilde beneficiario del plan social que rehúye del churrasco en beneficio del magro aunque no menos saludable plato de fideos; en suma, a los trabajadores, oficinistas, hombres y mujeres del salario que vuelven a degustar la aventura sinigual que supone el arribar al fin de mes sorteando obstáculos que imaginaba concluidos y retemplando en el andar la dureza de espíritu que nos hará grandes.
De igual manera, no dejo de celebrar la entereza con la que nuestros empresarios acometen la ingrata necesidad de desprenderse de su valioso personal arriesgando en ello su estabilidad emocional, tan necesaria en estas instancias; no dejo de congratularme frente al ingente esfuerzo de nuestros hombres de campo, banqueros e inversores que ayer se vieron obligados por execrables políticas de estado a poner a salvo sus bienes en lejanas fronteras y evadir ignominiosos impuestos, hoy abiertos en liberal y piadosa voluntad para acrecer nuevamente y derramar en nuestro generoso suelo su abundancia.
En suma, saludo y me adhiero a la bravura de este sinceramiento económico y social al que nos convoca nuestro Presidente, este regresar a las fuentes, allí donde cada uno ocupe su espacio sin herir al otro, donde la humildad espiritual y más aún la material, sea un bien preciado, base ineludible de la unión nacional y la grandeza de la Patria.

sábado, 19 de marzo de 2016

Por un sanguchito



A prosópito del grotesco entuerto guasapero que días pasados protagonizaron los diputados Masot y Bossio sobre compra-venta de porotos, en la consetudinaria mesa del bar buffé, el dotor Salvatierra trae a la memoria de los presentes el ejemplo del siempre recordado Marcelo “Sanguchito” Pérez, socio dileto del glorioso, fenecido hace unos años en más que lutuosas circustancias. Y es que el susodicho supo grabar a fuego la másima samartiniana, la novena más precisamente, esa que dice como consejo a la hija, que hable poco y lo preciso.
Hijo de humildes zapateros remendones, Marcelo Arnoldo Perez dio sustento a su apodo “Sanguchito” en inumerables refriegas societarias que, desde los tiempos del gran Ismael Celentano, las hubo de sobra en la historia fecunda del glorioso.
Allá por el 61, en ocasión de debatirse en pública asamblea de socios la modernización de la cancha de bochas que incluía los tres escalones de cemento de tribuna, cuenta el tordo que el conteo de los votos nesarios pa encarar la obra venía complicado in estremis. Tal parece que la guita estaba porque la ponía taca taca don Heriberto Ayala, caraterizado socio de alta biyuya, que la prestaba fresquita y a devolver en cómodas cuotas. Pero bolonqui en puerta, los partidarios de ampliar el salón de fiestas picaban en punta pa usar la marroca en chantar el escenario de la orquesta, visto que los de la Típica Ases del Compás hacían malabares en la vieja tarima cada vez que animaban las sabatinas Noches Tangueras, y ni hablar de la Tropical Bermúdez que sacaba lustre en las carnestolendas. En esas circunstancias, visto que la decisión venía peliada y el poroteo daba empate clavado, unos y otros buscando socios pa levantar la mano a su favor, asegún el doctor Salvatierra, los bochófilos lo encararon a Marcelito Perez, entonces un purrete con hambre de gloria y más hambre de en serio, pa que compareciera en la pública asamblea, a lo cual el boncha respondió con la inteligencia de los que saben: “y…, si me convidan un sanguchito los apoyo”. Ésito total, a la final la cancha de bochas fue una realidá.
De ahí en más, cada vez que hubo que tomar decisiones, estaba cantado que el pibe jugaría en el doparti según quién lo proveyera, de tal suerte que el “Sanguchito” tuvo su razón de ser. Con los años, varón hecho y derecho, autodidata curtido en bibliotecas populares, Marcelo Pérez no sólo proyetó el valor itrínseco de su  apodo sino que lo enalteció con apasionadas letras que cuajaron a la final en su notable obra poética, “Salame y Queso” (1985) y “Triple de Miga” (1991).
Con todo, fértil escriba, la oratoria nunca fue su fuerte. Convocado a cuanta asamblea de socios se hiciera y hasta partícipe en reuniones de CD, el varón hizo gala de labia cortina, pero su valía a la hora de levantar la mano se hizo notar siempre. Célebre entre todas sus intervenciones, costa en actas que el 19 de mayo del 77, en ocasión de tratarse la toma de un crédito bancario para alquirir el campito de la esquina de Perú y Otamendi donde se haría la prática del fulbito infantil, Marcelo Pérez votó por la negativa a mano alzada con el mismísimo sánguche de mortadela en pan francés con que lo habían fajado pa que así lo hiciera. Años más tarde, le sobraría jeta para comparecer en la eleción del presidente Quiñones, apoltronado en una silla al fondo, cosa que endemientras se trataba el asunto, le hacía sin asco a una bandeja de los afamados de miga de “Confitería La Favorita”. Ovio, su voto fue pa los donantes del ingeniero Furio.
Hay que reconocerlo, el hombre jamás fue requirente de contante efetivo, cosa que no le hubiera calzado mal vista la misiadura que endesiempre lo acompañó. Cotizó su voluntá en productos del noble trigo y los embutidos y a la hiriente sanata que el Rengo Marinelli supo dedicarle alguna vez, “te vendiste por un sánguche y dos mates frios”, supo responder con la altura de los gallardos: “lo que haría por un chori mariposa en un felipe sin miga”.
Marcelo “Sanguchito” Pérez finó el 4 de agosto del 2003, a la edá de 63 años, vítima de un cuadro agravado de la diabetis.  Velado a tapa abierta en el sobretodo de madera que lo llevaría a mejor vida, las manos frías cruzadas sobre la zapán, abrazaban un pebete de crudo y queso con que los gomías sempiternos lo convidaron en el último suspiro.       

lunes, 7 de marzo de 2016

Caso Nisman. La Pista 86.



Vista la revival que viene acamalando el caso Nisman, a un año y poco más de que se apuntara fiambre en el derpa que el boga tenía en el abacanado rioba del topuer, y pelito al cielo con el parlamento que el capo servis, Yimi Stiuso, le dedicara a la jueza Palmaghini, a saber de 17 horas sacudiéndole carpetazos con tal de que se olvidara del asunto y le pasara la mano a alguno de los federales más gomía pal entuerto, este cronista aporta con la suya. Y es que centrojás de la noticia, manya que la cosa no es pa mequetrefes.  Así que así, gambeteando entre papeles y escritos, ascultando en el invertebrado domún de la interné, tres yornos atrás vino a dar con una sesuda investigación que mister Richie Westborne, un periodista del Start Tribune de Huntsville, Alabama, publicó al efeto, no sin antes aclarar, parolas más o menos según tradución gugle, que atento a la sarta de güevadas con las que entendidos y no entendidos, incluyendo jueces y fiscales federales capaces de morfarse una milanesa con dulce leche si hay marroca o gentileza de por medio, siguen diciendo alegremente que al boncha lo mataron, y esto sin que haiga una sola y miserable prueba física u ojetiva de que así fue, una burrada más no afeta la credibilidá de nadies.
Estenso y enimático informe que ocupa varias páginas del Start Tribune de Huntsville, el susodicho Westborne traza un semblanteo preciso de don Natalio Alberto Nisman, desde una introspetiva  siconalítica hasta su veleteo en el puchero judicial con el caso AMIA, pasando por su yiraje esitoso en el universo de la tranza, del toma y daca con las embajadas y los servicios, y así hasta el lutuoso final que lo aposentó en las faldas del Ñorse o del Diablo, nunca se sabe. Como muchos colegas criollos, el notero de Alabama parte de la hipótesis de que al fiscal lo surtieron. Lo novedoso de la interpretación, en todo caso, es el rol protagónico que en el desenlace habría tenido la agencia CONTROL, y más precisamente, el conocido agente 86 del recontraespionaje, Maswell Smart, así como su jermu, la 99.
Pa entender de la cuestión, los letores más purretes deberían arrimársele a la estraordinaria serie televisiva de los tiempos del blanco y negro, hoy de aceso facilongo por la vía internética. Pero yendo al grano que todavía supura, hay que decirlo, Richie Westborne no le hace asco a una labia afilada como cuchillo carnicero y calza de introducción, cito testual, tradución gugle mediante: “Es sabido que en los países del Tercer Mundo, los sistemas judiciales son una joda loca (de Crazy Party)… el fiscal argentino (N.A. Nisman) reportó  a CONTROL  durante más de diez años para mantener la causa AMIA a conveniencia de los gobiernos israelí y americano. Cuando el gobierno comunista  de Obama cambió su política hacia Irán y con esto se enfrentó a Tel Aviv, el doctor Nisman dejó de ser operativo (…)”
A continuación, el notero del Start Tribune de Huntsville se ensarta en una analis que concluye así: “Moscú (Vladimir Putin), a través de la agencia KAOS, presionó a la Presidenta Kirchner para  que reorientara la causa AMIA, obligando a renunciar al fiscal Nisman y designando en su lugar a un fiscal comunista, chavista, drogadicto, negro, mulato o similar” (…) “En contraposición, para CONTROL, el fiscal argentino, una vez finado en extraña circunstancia, podía prestar un último servicio si se lograba chantar la autoría al gobierno comunista de la Presidenta Kirchner (…) la operación de limpieza le fue encargada al súper agente 86, Maxwell Smart.”
Así que así, Richie Westborne aporta sus pruebas más que concluyentes a su ver. Pal caso, asegura posta que el entrecruzamiento de llamadas analizado en el zapatófono de 86 y el privado de la 99, confirma el acionar de la pareja en al menos dos intentos frustrados pa liquidar a Natalio. El primero de ellos, en ocasión de unas vacaciones del fiscal en Cancún, cuando Maswell Smart haciéndose pasar por barman mejicano, “convidó a su víctima con una copa de Cuba Libre,  incorporado un poderoso veneno, llo cual puso en alerta a la agraciada joven  que lo acompañaba, no sólo por tratarse de un trago con reminiscencia bolchevique cuanto por el extraño acento idiomático del barman. El servicio de Cuba Libre, lamentablemente, fue ingerido por un turista alemán,  Otto Klissberg, quien falleció en su habitación del Crown Paradise Resort. El incidente fue definido por CONTROL como daño colateral”.
Un segundo intento se sitúa en Santiago de Chile donde, siempre de acuerdo al pasquín de Alabama, Nisman solía pasar unos días de relás en compañía de un gomía y ladero, Diego Lagomarsino, alquiriendo para su regreso a la Argentina una llamativa cantidad de produtos tenológicos que introducía chapeando con su cargo de fiscal en los controles de frontera. Espresa la investigación que “Maxwell Smart se disimula como director de conserjería en el lujoso hotel Grand Hiatt Santiago y allí toma contacto con el fiscal, a quien ofrece un booking de acompañantes femeninas(…) apelando a su histriónicas y  ocurrentes maneras, lo convence de contratar a una joven y atractiva señorita que en definitiva, no era otra que la agente 99”. Un nuevo entrecruzamiento de llamadas en el zapatófono del súper agente revela que “la 99 debía seducir al fiscal y una vez en su habitación, provocarle un infarto de miocardio a partir de una práctica sexual aberrante”.  Este procedimiento fue desbaratado por la agente de KAOS,  la hermosa bielorrusa Tanya Vorobiova, quien al parecer, se adelantó a la maniobra para poner a salvo al fiscal con la ayuda posterior del venezolano Raúl “Chévere” Carrión, director de una ultrasecreta célula chavista. Al respecto, se queja Maswell Smart en una comunicación con El Jefe refiriéndose de manera mordaz respecto de los atributos físicos de la 99: “es muy flaca, Jefe, y le faltan tetas”.
Hacia fines del 2014, el periodista del Start Tribune viajó a Buenos Aires según él mismo lo revela. Allí se entrevistó con la entonces diputada Laura Alonso, de aceitados vínculos con agencias de estadounidenses de influencia para América Latina, quien le habría manifestado, refiriéndose a Nisman, “a este boludo hay que apurarlo, tiene que presentar la denuncia contra la yegua y bancarse lo que venga”. La misma diputada le habría asegurado que su amiga, también diputada, Patricia Bullrich había viajado recientemente  a Washington DC con la intención de entrevistarse con El Jefe en el 123 de Main Street, donde funcionan las oficinas de CONTROL, que si bien había superado las cuatro puertas automáticas de ingreso, no se le había permitido acceder a la cabina telefónica que da entrada a las dependencias centrales del recontraespionaje. En esas circunstancias, habría dejado por escrito en el libro de quejas de la organización un mensaje claro y contundente: “Urge tirarle un muerto al régimen. Buenos Aires es el mejor lugar”.
Según Richie Westborne, cito testual:  “CONTROL tomó nota de la opinión. Una encomienda girada a los despachos de la diputada conteniendo una caja de vinos James Berry Vineyard Paso Robles 2007 de Saxum, producido por Justin Smith en Baja California, confirma que la organización ponía en marcha su plan definitorio. En diciembre del 2014, Maswell Smart y la 99 llegan Buenos Aires en vuelo privado y se registran en el Plaza Hotel como parte de una contingente de turistas israelíes de nombre Samuel Abrahamson y Ayelet  Gurevich. El arribo del súper agente 13, pieza fundamental en el operativo, disimulado según su costumbre en una caja cartón de Marlboro Light, pasó sin problemas por aduana”.
Naboleti  en blanco y negro, está claro que Maswell Smart pintaba un nuevo fracaso y la 99, naifa de las de antes, seguía los pasos del dorima. Pero la suerte que es grela les vino de ayuda. Según sarepe, sólo por casualidá, Natalio le había mangueado al amigo Lagomarsain un bufo de los berretas, un calibre 22 más viejo y dudoso que el mismísimo 86, casi seguro que pa ir a cazar pajaritos con las hijas un día de esos, ni en pedo que pa otra cosa más pior. Asegún el notero Westborne, y aquí se resume la opereta, costa en filmaciones de las cámaras de seguridad del ranchito de Puerto Madero, que Maswell Smart y la 99 tocaron el portero elétrico en la planta baja y hablando en idish lo entretuvieron al fiscal endemientras el agente 13, de innata habilidá para atuar en los lugares más insólitos, se enchufaba por las cañerías del agua, salía por la bañadera del baño, cazaba la pistola 22 que Natalio tenía en la zapie y volvía al baño. Lo demás, va por hipótesis del periodista del Start Tribune, a saber que finada la conversa por el portero elétrico y atenti que la vítima cazó al vuelo que el idish de los fulanos era más trucho que faso paraguayo, cosa que nunca le abrió la tapuer de abajo, volvió antroden del baño, se echó un pis, se arrimó al espejo pa verse la jeta y pasarse una rasurada, y de la bañadera apareció el agente 13. Ni tiempo le dió pal susto. Le sacudió el balazo en la sien con la 22 y se mandó lo más pancho por donde había entrado, es decir, por la cloaca. El ojetivo estaba cumplido: Natalio aparecería asesinado por el gobierno kirrnerista, un día antes de que presentara la denuncia contra la Presidenta.
Pero la torpeza congénita de Maswell Smar encarajinó la menesunda. Ni él ni la 99 tomaron nota de que los guardanucas del fiscal, que estaban ajoba del edificio jugando a las bolitas, eran agentes de KAOS. Cuestión que cuando subieron al derpa y vieron la escena del crimen, isofato se contataron con la central KAOS Argentina y aquí aparece una figura fundamental, el chino maoísta Cheng Gong Zhou, titular de un supermercado Gong en el barrio porteño de Villa Crespo con lo que disimula su acionar en el recontraespionaje. Esplica Richie Westborne: “El agente Zhou concurre al lugar del hecho en compañía de su esposa, Mei Liu, dos hijos, tres sobrinos y la abuela Maylin. Aparcan una camioneta Chery sobre Avenida Madero y caminan 500 metros llevando consigo diversos elementos de aseo. Expertos en el milenario arte de “limpiar” escenas de sangre, los orientales de KAOS utilizan un producto de nombre Mr. Músculo y la hija menor de Cheng Gou Zhou, la diminuta Akame, acomoda el cuerpo del fiscal de manera que simule un suicidio y sale del baño por una rendija milimétrica que su madre Mei Liu sostenía abierta con un alambre, naturalmente, de origen chino”.
Las conclusiones finales del notero del Start Tribune de Huntsville, Alabama, no merecen mayores comentarios. A través de un correo letrónico que me envía, me agradece posta que agregue su testimonio a las atuaciones judiciales en marcha, convencido de que una güevada más será de gran utilidá pa la viuda del ociso, la mersa tribunalicia toda y, fundamentalmente, un aporte de alto valor sentimental para la Revolución de la Alegría.      

miércoles, 3 de febrero de 2016

Yo también lo vote, ¿y qué?

Habida cuenta de la muy festejada confesión de Polito Herrera, Crónicas de Barrio presenta ahora otra sesuda argumentación a cargo de Elda Noemí Stancatto, amante esposa y mejor ama de casa.



Yo lo voté por la grieta, es decir, para tapar la grieta. En realidad, de política no entiendo mucho ni me importa. En casa, pocas veces se hablaba de política. Eduardo, mi esposo, siempre dijo que la política era una porquería y los chicos, Felipe y Santiago, se criaron con esa idea, o sea, no meterse en cosas raras. Pero desde que llegaron los Kirchner, la historia cambió, sobre todo por el abuelo, el padre de Eduardo, que a él sí, siempre le gustó la política. Claro que una cosa era cuando joven, pero ahora, con ochenta y pico, es diferente. Ya nos habían advertido en el geriátrico que don Hortensio hacía mucho barullo con la política entre los demás viejitos, pero uno reacciona cuando las cosas ya pasaron.
Desde que vinieron los Kirchner, la vida en familia se complicó. Al principio no tanto, pero Felipe, el mayor, que estaba empezando la Facultad, vino un día muy contento porque el Presidente había sacado el cuadro de Videla no sé dónde, y no sé qué de los desaparecidos y todo eso. El padre le dijo: “vos dedícate a estudiar y no pensés en cosas raras”. Pero el nene, no sé, serían las malas compañías, sobre todo una chica que estudiaba con él, judía, Ostrowski o algo así, y ojo, yo no tengo nada contra los judíos. Pero se notaba que esta chica le estaba metiendo ideas en la cabeza. Cuestión fue que cuando pasó aquel lío entre el gobierno y los del campo, cosa que yo nunca entendí, Felipe empezó con eso de la oligarquía y a Eduardo no le gustó nada. Le dijo: “qué querés, terminar como el abuelo. Vos dedícate a lo tuyo.” Pero el nene ya no escuchaba. Y eso fue el comienzo, porque lo peor vino con Cristina.
En casa siempre se hicieron reuniones de familia. Mi esposo tiene tres hermanos y a todos les gusta juntarse cada tanto, los fines de semana, a veces en casa o en lo de Germán, con amigos y otros parientes. Del lado de mi familia, mi hermana Nora, mi prima Teresa y a veces Luisito, pero somos pocos. En esas ocasiones, al abuelo lo sacan del geriátrico, lo traen en la silla de ruedas y el viejo, chocho, hay que ver cómo maneja las rueditas, anda de un lado a otro, va hasta la parrilla, vuelve, quiere hacer cosas y la verdad es que molesta más de lo que ayuda, pero todo bien. A veces, lo ponemos en un rincón, al lado de una mesita, y se pela, él solo, un kilo de papas para la ensalada. Y habla. No para de hablar. De política. A veces da gusto escucharlo pero al final cansa.
Don Hortensio fue lo que se dice, un padre ausente. Eso por culpa de la política, porque siempre estuvo muy perseguido, así que los hijos se criaron como pudieron y eso explica muchas cosas. Claro que igual, todos lo quieren. Y ni falta hace decirlo, es peronista, cosa que, según él, no quiere decir nada. “Hay peronistas que son flor de hijos de puta”, dice siempre, y entonces lo mira a Germán, que también es peronista pero será de otra rama o algo así. Y eso que es el hijo, pero igual, lo mira mal. A Eduardo, mi esposo, no es que lo mira mal. Una de las últimas reuniones le dijo: “vos no sos peronista, ni radical, ni comunista, o sea que sos medio pelotudo”. Y como la cosa ya venía media caldeada, Eduardo se calló la boca.
Como decía, desde que llegó Cristina, todo se puso peor. Se abrió la grieta. No digo que sea culpa del abuelo, porque para mí, es viejito y hay que entenderlo, hay que entender las cosas que vivió. Pero tampoco lo justifico, porque hay formas y formas de hablar, no hace falta ser tan grosero. Por ejemplo, tiempo atrás, Juanita, la esposa de Horacio, empezó a hablar pestes de la Presidenta, que cómo se vestía, que cómo hablaba, que era soberbia, corrupta y todo eso que explica Lanata. A Felipe, que como dije, ya está medio adoctrinado  por esa amiga judía, no le gustó y se puso a discutirle, todo a favor de Cristina. Y Juanita todo en contra. Hasta que Juanita dijo “es una yegua”. El abuelo, que venía escuchando, allí no se aguantó más. Mirándolo a Felipe, le dijo “no te gastés pibe, es la envidia”. Y Juanita, de buenas maneras, le dijo “ay, abuelo, ¿envidia de qué?”. Y el viejo, como si nada, le dijo “pero vos te miraste al espejo, pedazo de bruja. ¿Cómo podés hablar así de una mina linda y con cojones?” La Juanita medio que se quedó tartamudeando y el viejo siguió: “antes de hablar mal de la Presidenta, cortá con el jarabe de gilastrina”.  
Menos mal que Eduardo es componedor en todo. Así que lo atajó a Horacio, el esposo de Juanita y le dijo al abuelo que se callara. “Pare, viejo, sin ofender”, le dijo. Pero ya era tarde. Horacio y Juanita dejaron de venir los fines de semana. El abuelo dijo: “dos soretes menos, vamos bien”.
Desde aquello que pasó, Eduardo propuso que no se hablara de política en las reuniones de fin de semana y todos estuvieron de acuerdo menos el abuelo. “Eduardo, de qué querés hablar, vos sos bastante nabo”, le dijo, más o menos. Y Eduardo lo amenazó, que si seguía así, no lo sacaba más del geriátrico. Pero el abuelo siguió. “Eso no te hace menos nabo”, le dijo. Lo peor de todo fue que Felipe, mi propio hijo, lo festejó al abuelo y terminó peleándose con el padre.
Lo que sí hay que reconocerle a don Hortensio es que es un hombre muy leído y es difícil discutirle, y menos de política. Desde que le regalaron una computadora portátil, se lee todos los diarios en el geriátrico. Según nos contaron, junta a los viejitos en el salón y les lee el diario Clarín y les explica que hay que estudiar al enemigo. Después les recita lo de Página 12, que es un diario K, y así se le pasa el día. Por lo que vi, la mayoría de los abuelos no le entienden nada, pero las enfermeras que lo cuidan sí. Es más, hay dos de ellas que lo adoran. Qué lucidez tiene don Hortensio, y es un amor, dicen, salvo cuando se pone demasiado cariñoso y entonces hay que atajarlo de manos. A una al menos, le propuso algo así como un sexo tántrico sin compromiso. Yo no sé qué significa eso, aunque conociendo al abuelo, debe ser medio pervertido.
Como sea, con el abuelo o sin él, la grieta ya estaba abierta y en cada reunión se abría un poco más. Don Hortensio, mi hijo Felipe, el más chico, Santiago, medio que también, Silvia y el marido, la prima Teresa y el último novio que se le conoce, un tal Alberto, todos ellos se hicieron kirchneristas. El tío Julio y la esposa, dos amigos de Germán, la mujer de Germán, Horacio y Juanita, qué se yo, todos los demás, eran anti. Y Eduardo, en el medio, tratando de componer las cosas. Claro que con el tiempo, fue imposible. Ya con la picada de salamines, alguno sacaba el tema de la política y cuando salían lo chorizos y las morcillas, varios empezaban a mirarse mal. Y hay que reconocer que esto no era culpa del abuelo. Porque en general, el que sacaba el tema era el tío Julio, que siempre se queja, o la esposa, Sara, que es bastante insoportable, siempre hablando de los viajes a Europa, a Miami, y de la casa en Pinamar. Así que donde empezaban a hablar mal del gobierno, los demás escuchábamos y una ya se lo veía venir. Don Hortensio seguía comiendo como si nada, pero se movía en la silla de ruedas como si le estuvieran picando hormigas. Silvia y el marido no contestaban pero se notaba que estaban incómodos. El primero que saltaba era Felipe, mi hijo, y eso que siempre le decíamos que se callara la boca. Y así hasta que, un día, el tío Julio se quejó del impuesto a las ganancias, lo que le descontaban y que todo se lo afanaba Cristina, algo así. Entonces el abuelo, bien, le dijo, “mirá, Julito, vos sos mi hijo y te quiero, así que tengo que advertirte que anda dando vuelta la máquina de cortar boludos”. Algo así le dijo. Y el tío, respetuoso, le dijo “vamos, viejo, te pasaste la vida soñando con una revolución y mirá cómo terminaste”. Algo así. Y desde entonces, don Hortensio jamás volvió a dirigirle la palabra a su hijo. Según Eduardo, fue muy feo lo que le dijo el tío Julio porque al viejo se le puede criticar esa manera de decir las cosas, pero nunca echarle en cara su vida de lucha. Eduardo no habla mucho de eso, pero parece que el abuelo las pasó muy feo con los militares, cuando lo voltearon a Perón, que entonces era muy joven y estuvo en no sé qué de la resistencia, y después también, en la época de los desaparecidos, cuando nadie sabía dónde estaba. Para mí que fue preso varias veces, él y la abuela Marta, que murió muy joven.   
Cuestión que se hicieron dos o tres reuniones más, el año pasado, y después, nunca más hasta la Navidad pasada, que entonces ya había cambiado el gobierno y Eduardo, siempre componedor, insistió en juntar a todos. Al abuelo lo fueron a buscar a lo último hasta el geriátrico y nomás que entró, saludó a todos “Bueeeennaaas, ¿cómo anda el gorilaje?, ¿todos contentos?”. Algo así. Y todos callados, no era cosa de empezar a pelear de entrada. Así que lo acomodaron en la cabecera de la mesa y por suerte nadie habló de política, al menos hasta las doce, que fue cuando se hizo el brindis, que entonces Germán dijo “felicidades, che”, y el tío Julio dijo “felicidades, es tiempo de abrir los corazones”. Algo así. Y entonces el abuelo, que tendría algunas copas encima,  dijo, al tío Julio le dijo, “a vos Macri te abrir el orto, pelotudo”.  Y fue el final. A don Hortensio se lo llevaron al geriátrico y lo último que le escuchamos es que cantaba algo así de la liberación. Hasta hoy, no sé si es que no lo volvieron a sacar de allí o es que el viejo no quiere salir.
En síntesis, la grieta está. Yo no sé si irá a cerrar. Yo lo voté a Macri porque las grietas me dan miedo. Según don Hortensio, lo mejor del kirchnerismo fue que la gente volvió a hablar de política, a discutir, a pelearse, y que eso es bueno para la sociedad y sobre todo para los más jóvenes. Pero como dice mi marido, Eduardo, ahora la gente no va a pelearse tanto, que estarán los loquitos de siempre, pero nada más. ¿Será así? No sé. Pero estoy segura que al abuelo se lo va a extrañar. El único que lo fue a visitar seguido durante enero es mi hijo Felipe, que por suerte se peleó con la novia judía.