domingo, 22 de septiembre de 2013

La Hibris no es un bicho

Si lo dice Nelson Castro

Desde que el doctor Nelson Castro, mismo el de la radio y la tele, le dianosticó a la Presi que le adolecía el mal de la hibris,  la resupina inorancia de la muchachada fulgurense se amuchó a la innata curiosidá del ser humano, de lo cual resultó que pasaran las cosas que pasaron, con perdón de la rebundancia. Culpa de nadies que no sea el Cabezón Lagomarsino, radical de Balbín, según se intitula,  ¿si lo dice el dotor Castro, quienes somos nosotros pa desmentirlo?, chuzió de entrada, nomás que terminada la final de la Copa Aniversario Bochas Fulgor de Mayo, como saboreando el espetacular triunfo frente a los tradicionales alversarios del Cultural Italiano. Y agregó pa que a nadies le cabieran dudas: por algo el varón estudió medicina.


Desde allí en más, la cuestión de la hibris fue tema fundamental que tuvo y tiene en vilo a la masa societaria fulgurense. ¿Cuál es la enfermedá que afeta a la Presidenta? ¿Es mortal? ¿O tiene cura? ¿Antibiótico? ¿O un cótel quimoterápico como el del SIDA? ¿O nomás que un tratamiento siconalítico?, como propuso el Loco Mardones, adito al diván desde tiempos imemoriales.


Claro como el agua, nadie mejor que el doctor Salvatierra pa dar las esplicaciones del caso, boga erudito que de medicina no manya ni pío, pero que, pa la cuestión no hace falta, esclareció vez pasada en la mesa consetudinaria del bar buffé ante la mirada atenta de los de siempre.  Es una metásfora, si se me permite, Hibris o Hubris refiere a una concección de la moral en la antigua Grecia, contraria a la mesura, arranyó de prima. La diosa Hibris personificaba a la insolencia, la carencia de moderación, flojera que pa los antiguas habitantes del Mar Egeo era condenable in estremis. Para ser justos, toda la tragedia griega abunda, si se me permite, en héroes que desafían sus límites humanos y desarrollan sentimientos desmedidos, orgullo en eseso, soberbia, todo lo cual los enfrenta a los dioses, ¿me esplico?


No se esplicaba un joraca, vista la trucha del Negro Gutiérrez que gambetiaba entre la extrañeza y  el desconsuelo.  Nadies se muere por eso, falfulló y varios le siguieron la pista. Pa Salvatierra, todo tiene que ver con los grecios, la embarró peor Carlitos Mercier, acá hace falta un especialista en serio. Y mutis por el foro, el boga acusó el golpe: con inorantes no hablo más.


Con todo, la cosa no hubiera pasado a mayores si no fuera porque, a sugerencia de don Leopoldo Sastre, presidente en ejercicio del glorioso, se decidiera convidar a la masa societaria con una charla magistral del profe y licenciado Tobías Martínez, un gigante de la ciencia neurosiquiátrica que hace como treinta años que vive en Guáyinton, o cerca, en Báltimor, pero que lleva la rojinegra en el corazón y cada vez que se apelecha al rioba natal, le pega una visita al club de los amores.


Convocatoria que fue un ésito, el público desbordó las istalaciones del bar buffé, visto que el salón y ginasio siguen en reparaciones. Mesas a pleno, el Rengo Marinelli agotó en un santimén las reservas gastronómicas. De apuró debió mandar a la Divina a comprar gasiosas y drincs al mercado chino de la vuelta y, vista la demanda esistente,  convenció a la hija del Colorado Salas, diecisiete abriles en flor, un molumento generoso en curvaturas e hinchazones, una escultura viviente capaz de hacerle rechinar los dientes a cualquiera, pa que oficiara de mesera y le diera el toque atractivo y eróstico a la velada. Porque pa ser justos, nomás que puso primera, se vio que el licenciado Tobías Martínez, por esperto que fuera en la ciencia, poco manyaba de la facultá oratoria. Mitá en inglés, mitá en criollo, locución monótona como salida de un geloso, labia rebosante de difíciles concectos, nadies entendía un pepino, y ya pasada la media hora, más de uno cabeceaba como espantando a la dormidera.  Preferible escucharlo a Salvatierra, le reconoció Mercier al Negro Gutiérrez, bien que dicho a la oreja pa no molestar al disertante, porque eso sí, respeto asoluto del auditorio, es ley del glorioso que se acecte la libertá de espresión.


Así de corrido, ya alguno le apuntaba a la puerta pa rajarse cuando en de pronto, como ispirado en Yerloc Jolm, Tobías Martínez sacó de la galera el condimento nesario pa sazonar el discurso. La palabra “síndrome” seguida del aljetivo “contagioso”, no importa en qué contesto dicho, sacudió la modorra de la mersa y mismo el licenciado pasó a un segundo plano cuando de una mesa del fondo, la voz sonora de Teresita Casinelli encendió la luz roja del alerta: ¿entonces la hibris es contagiosa? ¿Como la gripe?


Y que se pensaba, señora, la atajó la viuda de Roldán, tarotista especializada en borra de café, empacho y mal de ojo, de antiguos enconos con la dicha Teresita. Si es un síndrome, es un bicho, virus o batería, y por endes, tramisible por vía sesual o buco faringia, esplicó, es lo último en enfermedá, ¿o usté no lee los diarios?


Llegado al punto, el profe Tobías Martínez se mandó a guardar. Lo miró a don Leopoldo, oficiante en moderador, como diciéndole que ponga orden, pero ya la cosa se había espiantado de los carriles. Para chamuyar sin fundamento, nadies más acto que don José Renancó, viejo habitué de neurosiquiátricos y muy leído de su mismo padecimiento: el síndrome de la hibris que la afeta a la Presi, es una bateria unicelular que se mete en el tejido nervioso y te da como un calambre en el celebro, entonces, las conesiones termolétricas neuronales le pifian ojetudamente y se trabuca toda la maquinaria pensante, sos como zombi, sos, o algo así.


Quien fuera a confiar en el dianóstico del loco Renancó, alguno que otro, nunca faltan, pero por las dudas, don Leopoldo, atinadamente, salió al ruedo pa tranquilizar: por favor, tranquilos, la hibris no es un bicho y menos es contagioso.


Pero la duda estaba echada y el Negro Gutiérrez, el de la gomería, bueno para nada, se plantó de firme. Con todo respeto, acusó, si la hibris no es un bicho, ¿cómo se enferma uno? A mí me suena como la ladilla, como trasmisión sesual, como decir, me agarré la hibris.


¿Qué quiere insinuar?, saltó la Turca Salum desde otra mesa, como con un resorte en el tujes,  ¿qué la presidenta lleva una vida sesual indecorosa?


Por ahí se la contagió el dorima, sugirió el Cabezón Lagomarsino, radical de Balbín, a pleno una sonrisa sobradora. Dicen que el tuerto no le hacía asco a nada.


Quilombete asomando, el profe Tobías Martinez amenazaba con el espiro mientras don Leopoldo llamaba al orden, vista las derivaciones políticas del caso. Estamo aquí pa esclarecer una cuestión médica, dijo. Pero nadies lo escuchó, y menos el Rengo Marinelli, desde el mostrador, más que feliz con las ventas del bar buffé: la hibris no se compara con la ladilla, dijo como pa que todos lo escucharan. La ladilla te da picazón pero no te afeta la mente.


¿Y vos qué sabés de eso?, saltó celosa la Divina Colombres, comigo nunca tuvo esa porquería ni la hibris, habrá sido con otra, con la Sansosti, esa gorda  que le anduvo rondando, no sé qué le vio.


¿Qué dice? Era un camión, la Sansosti, saltó el Petiso Fuentes, por tórrido romance que siempre le atribuyeron con la susodicha. Además, no tenía la hibris. Era otro bicho, algo de gono o algo así.


¿Gonorrea?, adivinó Sara Amati, la diretora de la escuela 24, siempre hay que usar profiláticos.


Eso, pero se cura fácil con antibióticos, así que no era la hibris, ratificó el Petiso.


Silencio, por favor, rogó el Presi don Leopoldo, más respeto por el licenciado, dejenlón terminar de esponer.


Minga. Cuando la mersa se cansa, hace tronar el escarmiento, y después de tantos años viviendo en Guáyinton, Tobías Martínez estabas lejos de entenderlo. Amenazó con levantarse de la silla, pero don Leopoldo lo contuvo.


La enfermedá de la hibris afeta a cualquiera, saltó el Ruso Urbansky, listo pa sacudir un comentario más cítrico que el pomelo y medio que riéndose. Es como una gripe machaza bien porteña, como el tango. La bobe se la agarró comiendo kneinelaj en un cumpliaños, recién llegada de Polonia, y enseguida se hizo argentina, como un bautismo de nacionalidá que fue.


¿Gripe A o de la común?, alguien preguntó del fondo.


Alguno que otro despachó risita, pero más serio que momia egicia, el Colorado Salas, mismo el padre de la piba atómica que hacía de moza, se quejó con motivos: acá se han hablado de cosas sesuales y hay menores que escuchan y no está bien. Ovio, se refería a la hija.


Anahí, la hija del Colorado, ni mosquió. De dorapa junto al mostrador, era una invitación al crimen. El Oreja, ladero del Pibe Marito en el billar, la junaba como embobado y trinó por lo bajo: que viejo boludo, la Anahí se conoce el camasutra de memoria.


Silencio, por favor, volvió a pedir don Leopoldo.


Silencio un joraca. El auditorio fulgúrense se desbocaba como en los mejores tiempos, como cuando la verba incendiaria del gran Ismael Celentano hervía la sangre.


Si se me permite, talló el doctor Salvatierra, tras este dislate sin parangón en la historia de nuestro glorioso, me siento en la obligación de opinar.  


No salga con los griegos, doctor, le rogó la Divina.


Yo también quiero hablar, saltó Luisita Sanguineti. Pregunto nomás, ¿si el mal de  la hibris es contagioso, como dicen, no habría que evitar los lugares cerrados, con poco aire? Por qué no abren la ventana, digo.


¿Pero quien va a tener la hibris acá?, inquirió el Ruso Urbansky. A lo sumo la Presi se lo habrá contagiado a un ministro, o alguien que estuvo cerca.


Justamente, siguió Luisita con su razonamiento. Primero un ministro, después un secretario, después otro, después al Cuervo Larroque, y de ahí a uno de la Cámpora, a otro de la Cámpora, a otro y a otro, y así, ¿cómo saber?


Silencio sepurcral. Como en cámara lenta, las cabezas fueron girando hacia las mesas de billar, mismo donde Marito, el pibe de la Cámpora, taco en mano siempre, miraba pal cielo raso silbando una canción de los Redondos.    


Cancha abierta para Carlitos Mercier, peronista de Perón con más camisetas que veterano del papi fulbo, hoy puntero que saltó el charco. Masista de la primera hora, sacudió de una: Marito está enfermo de la hibris, seguro.


Silencio más sepurcral.  El Cabezón Lagomarsino, mientras le hacía a los manices con nerviosa  masticatoria, susurró lo de siempre: ta que los parió, todo nos lleva a la interna peronista. Al lado de él, el Ruso Urbansky se quejó de que tenía la mondonguera flácida, como pa cambiar de tema, pero el doctor Salvatierra, al tiempo que empinaba la última gota de Gancia, lo volvió a la realidá: tanta zoncera junta, a la final, más de uno se la termina creyendo.


Hay que decirlo: el aire se cortaba con yilé. Cualquiera sabía que donde el Pibe Marito abría la boca, se podría todo, visto que pa la chicana, nadies como Mercier tenía la lengua afilada. Pero si para algunos la cosa pintaba de chacota, para otros, la inocente credulidá metía julepe. ¿Así que el chico aquel está enfermo de la hibris?, preguntó la vieja Marincovich, ¿no debería ir al médico y hacerse ver? Mire si es mortal. En una de esas ya inventaron una vacuna.


Justo el pie que andaba buscando Mercier. No hay vacuna pa la hibris, abuela,  y los primeros que se la agarran son los imberbes, chantó sin vueltas, estocada al cuore, cachetazo en seco.


Silencio mortuorio, los ojos todos clavados en Marito, como reclamándole una respuesta. Hasta el profe Tobías Martínez, de indinnado por la falta de respeto, por un istante pasó a interesado oservador de la conduta humana.


Cara de póker, taco en mano y a paso indolente, el Pibe de la Cámpora dio una vuelta alderredor de la mesa del billar, acarició el paño verde, fértil llanura de las tres bolas, y se acomodó como para el primer tiro.


¿Y? Nada. Nada de nada. El profe Tobías Martínez, ya de pie, anunció su retirada. Es una falta de respeto, acusó a don Leopoldo, que en vano quiso disculparse esplicandole eso de la discusión de las ideas. Una mierda la discusión, yit, se despidió en inglés, y así como así, le apuntó a la salida, caminando como ánima en pena por entre las mesas ante la atenta circuspeción del auditorio.


Desde el fondo, alguien lo aplaudió. Seguro que Carlitos Maldonado, secretario de actas, por alcahuete de don Leopoldo. Y silencio meditante a la postre, de otra mesa pidieron la cuenta, y de otra se movieron como pa rajarse, visto el final abructo del entuerto y haciendo provecho de la confusión.


Que nadies se mueva sin garpar, rogó a los gritos el Rengo Marinelli mientras la Divina apuraba la cobranza. Y allí fue que al Pibe Marito le dio el ataque de la hibris. Primero le agarró como un tembleque y se entró a poner verde como el increíble Julk pero sin tanto músculo, después se le traformó la cara, que parecía un salame Milán, lleno de forúnculos, y a la final, pegó un salto, lo cazó del cogote a Carlitos Mercier y con los dientes le enchufó la hibris en la yugular, y allí me desperté, fiera, todo chivado, como si hubiera corrido una maratón, y me toqué todo, por las dudas, y no, no tenía la hibris, contó  Marquitos Garabaglia mientras la Divina Colombres chantaba la segunda ronda de vermuces.


   




sábado, 27 de julio de 2013

El Candidato de la Gente



Como dice el gotán de Petorossi y Lepera, “el musculo duerme, la ambición descansa”, verdadera tesis poético-fisiológica que no merecería reparos si no fuera por el hecho de manyar, este cronista, la historia verídica de un criollazo varón para quien el sueño, aún inducido por machazo ansiolítico, no da reparo a la apetencia. Más peor, pareciera que en los brazos del Morfeo, la aspiración acomodaticia, mismo que una planta carnívora del trópico, le germina con renovada virulencia en las entrañas.
Hace como cinco años o poco más, Marcelino Garófalo, primo lejano de mi ayudante aljunto, más conocido en los pagos de Vidal como Larguilucho por esa pinta de cofla abacanado, de profesión tornero por herencia paterna, en sano uso de sus facultades según espertos, aunque atacado por alguna virosis esistencial al decir de Margarita Salas, parasicóloga, tarotista y vidente de reconocida trayetoria, decidió que su norte estaba en la política, pero en la política en serio. En la profesional, le esplicó a la vieja, y así que de un día para otro, largó el laburo que tenía en el taller y empezó a meterse en el ambiente para ponerse al tanto de la menesunda.
Cuarenta pirulos casi, secundaria completa en la noturna de la Normal y avispado lector de El Vidalense, semanario político cultural del municipio, lo primero que se dio cuenta fue que tenía reforzar el inteleto, es decir, que a lo menos, refrescar aquello que la falta de aplicación prática se le había olvidao en las verijas: algo de la historia, de la giografía y, más o menos, de la economía. En suma, un poco de todo pero sin esagerar, cuestión que resolvieron unas pocas clases particulares con la señorita Laura, maestra de sesto grado y una eminencia conositiva capaz de recitar el Manual Kapeluz del Alunno Bonaerense de corrido y sin ojear.
La segunda cosa que tenía que resolver era un asunto de conversa, y no porque le faltara el don espresivo, que para dar fe había una pila de naifas, chaladas todas por su labia sensual y entradora, antesala de notables ésitos amatorios. Parolar de corrido y con  solidez de fierro en asuntos del bien común, eso no era, ni es, moco de pavo. Eso no está en los libros, lo adotrinó el doctor Argüello, viejo caudillo toldense de los tiempos de Balbín, aprender a escuchar, tirar una pista sin arriesgar tanto, probar de a poco, como decir, probar con la puntitas de los pieces  antes de echarse al agua.
Sabios consejos que hubo de calar a tiempo, ninguno como los de don Jacinto Sureda, ferroviario jubilado que supo recibir un diploma del General Perón allá por 53, el mismo que hoy le cuelga de cuadrito en una pared de la cocina. Tenés que armar tu kiosco, le apuntó don Jacinto, sin vidriera puesta ningún negocio funca, y eso sí, peronista, pero peronista en serio, porque desde el 45, la historia de este ispa pasa por ahí.  
Con semejante bagaje conositivo, Marcelino Garófalo se atornilló a la militancia. El taller de tornería, a fines del 2003, pasó a ser el físico domicilio de la Agrupación JDP, “corriente del pensamiento justicialista inspirada en las veinte verdades y abierta al entendimiento con todos los hombres y mujeres de bien que hacen al suelo argentino”, según le escribió el mismo don Jacinto Sureda en el acta fundacional.
 Primero lo primero, ya investido en condutor indiscutido, el Larguilucho se caminó los pagos de Vidal pa levantar un toco de fichas afiliatorias de su propia confeción, cuestión que resolvió con facilidá por ser lunfa bien querido y simpático además de avezado hablador. ¿Quién le iba a negar una firma? Nadies.
 Así que así, con semejante poderío en cartón, se aposentó a la intendecia, hizo migas con algún funcionario, plantó bandera y pa las eleciones del 2007, no ostante que en el acto de la Plaza Belgrano moviera tres bondis repletos con acólitos de “Garófalo Condución”,     se bancó que en el armado de las listas lo ningunearan. 
¿Por qué? ¿Qué le faltaba? ¿Dónde le había pifiado? Tranquilo, tenés que ir de menor a mayor, le batió el Sordo Amicuchi en un mitín del conurbano, puntero de Avellaneda con más calle que un trapito. Lo que necesitás es un esponsor, banca, mosca, y cuidá el kiosco, que nadie te lo afane.
Claro como el agua, Marcelino Garófalo le dio matraca al esponsoreo. Apuntó a “Corralones La Negra”, a cambio de futuro protagonismo en la obra pública vidalense, al “Mercadito Fer-Lau” y a los hermanos Guerrero, los de la agroquímica. Con todo, suficiente para asegurar la necesidá militante hasta la prósima eleción, guita pa los trapos, bombo y redoblante, y fundamental, pa inagurar un comedor infantil Copa de Leche JDP , dos meses antes de las eleciones del 2009.
Kiosco puesto, buen esponsoreo, no era pa regalarlo en la primera de cambio. Fama, necesitás fama, volvió a aconsejarlo el viejo Jacinto, ¿no viste que los ricos y famosos siempre tienen un lugar en los cargos? Y sí. Millonario no, pero para famoso tenía orginalidá. A la verdá del decir, en los pagos vidalenses, los laureles no eran tan difíciles de alquirir. Se anotó pa los  15 km de la maratón Arroyo Seco-La Dormilona, corrió la mitá y pa lo que le faltaba, visto que no llegaba ni a placé, garpó taca taca para que el viejo Obdulio Bernal lo llevara en la Ford por un lateral y lo depositara a cien metros de la posta final. Récor asoluto, hasta el colombiano Bernabé Díaz Baliña, notable maratonista de lustre internacional, tuvo que acectar el veredito de un jurado más localista que referí en cancha de Chicago.  Cuestión fue que Marcelino Garófalo se paseó por el trocén de Vidal bajo una lluvia de papel picado.
Puesto asegurado y espetante, a lo menos pa una concejalía, se puso la camiseta kirrnerista full full y salió a la cancha con cartel de foto truqueada donde se apelechaba abrazado a la mismísima presidenta. Jugó fuerte y fue un pecado. Con el bardo de la 125, pocos votos cosechó y encima lo garcó un fiscal de la mesa 43 cuando le tapó una veintena de papeletas. No entró por un pelito. Lo más que pudo, fue meter tres gomías de fierro en los despachos municipales, uno de inspetor en la dirección de tránsito y dos empleados rasos  en la de cultura. Pequeño espacio de poder pero espacio al fin, le dijieron, seguí militando que se te va a dar.
Tenía razón don Jacinto Sureda con eso de probar de a poco y no regalarse, dedujo. Y cuidar el kiosco, atenti, porque pa cuando murió el Néstor, se amucharon montón de pendejos que venían con toda la banca de arriba y con más cuerda militante que muñeco a pilas de la China. Por poco, casi que le coparon la JDP. Tenés que definirte idiológicamente, le esigieron, justicialista no alcanza, o estás con el proyeto o sos de la contra.
Marcelino Garófalo no iba a cometer el mismo error dos veces. Aprendé de Sioli, juná cómo hace la plancha, lo adotrinó el viejo Argüello. Peronista librepensador, esa es la justa, hizo el cálculo, pero algo le faltaba.  Cintura, flaco, te falta cintura, lo apioló el Petiso Alorsa, con los pibes kirrneristas todo bien pero son muy idiológicos y no tenés chance,  jugá por afuera que despué, pa negociar, hay tiempo.
Y le hizo caso. Larguirucho limpió la JDP con creolina, lo que es un decir. Barrió al piberío con escopeta al hombro, se puso el casco de motonauta y pa las internas del 2011 laburó a dos puntas moviendo el fichaje de un lado a otro. Kirrnerista pero no tanto, a la final se jugó con el Movimiento Vecinal JDP, sigla puesta en honor al poeta gauchesco vidalense José Dionisio Papalardo, varón de a caballo cuyas rimas trascendieron el ispa todo.
El resultado del 2011, ya se sabe. La presi arrasó en Vidal y el Papalardismo se quedó mirando el espetáculo de afuera. Con todo, sin embargo, Larguirucho ya se movía en el ambiente  como bagre en el Paraná. Nadies lo iba a correr por el costado, ni por derecha ni por izquierda. Quien quisiera ser taita en Vidal, tendría que negociar con él. Y dicho y hecho, aseguró arrime en la Seguridá, donde metió dos policías de calle, tres empleados en la Jefatura y un comisario amigo en la departamental, negocio redondo para apuntalar las finanzas de la JDP.  
Dos años pasaron desde entonces. Hay quien dice que a Marcelino Garófalo, el Larguilucho, le falla el olfato pa entender por donde viene la mano, que siempre queda en orsay pero que, si algo hay que reconocerle, es su costancia, su fe endurecida en la derrota. Como sea, ahora está convencido de que tiene todo pa ganar.
La avivada le vino de las islas del Tigre, donde el Ñato Paredes tiene una casita pegada al arroyo Bermúdez. La onda viene laig, sin azúcar pero con mucho edulcorante, le cantó el Ñato, si no tenés lugar, pegate a Massita y en esta, seguro que mojás. Y si no es en esta, en la prósima, porque atenti, y aquí el gomía le guiñó un ojo bien piola, nadies quiere calarse la mortaja. La sucesión viene pidiendo cancha…
Massita… Y si, Larguirucho ya la venía masticando como chicle nuevo. Pa colmo o por suerte, lo entusiasmó el viejo Sureda. Jugá al misterio, flaco, que el resto, con prensa, viene solo. Jugá bien astrato, como un fraile, jugá. Único proyeto:  hacer bien las cosas. ¿Qué cosas? Las cosas, macho, ¿no sabés qué son las cosas?  ¿En la oposición? De ninguna manera, siempre con espíritu construtivo. ¿Con la Presi? No te dije, siempre construtivo, siempre con la gente y para la gente. ¿Y el proyeto? El proyeto es la gente, flaco, la gente, ¿no entendés? Pero… Pero nada, construtivo, bien de cura, un ladrillito y otro y otro, y así, no digas más, no hablés, y si hablás, hacelo onda Kunfú. Pensá en la gente.
Hace cosa de un mes, bajo la alvocación justicialista “para un argentino no hay nada mejor que otro argentino”, Marcelino Garófalo relanzó la JDP, “la Jugo de Pomelo”, única agrupación cítrica del Frente Renovador Vidalense. Anotado pa intendente, ya es el candidato de la gente. En antoliógica entrevista concedida a la FM Palenque Vidaleño, el varón se despachó con la frase matadora que hoy hace furor en las arboladas avenidas de la centenaria ciudad pampeana: mi mayor ojetivo es la gente… 

sábado, 11 de mayo de 2013

Caro Polvo



No sería más que una colunna cholula si no fuera por las tan enimáticas como sensuales insinuaciones de mi entrañable amiga María Pía Legarreta, nomás que recién llegada de Holanda, a donde viajó pa estar presente en la boda real, según ella, con invitación espresa de los Zorragueita.

Entusiasta militante de los años setenta a quien ya presenté en anteriores opúsculos, por aquel entonces un camión con acoplado que conocí en una de las tantas peñas que se hacían en los locales del troskismo vernáculo, hoy devenida en divorciada señora de un platudo que le banca el derpa en Barrancas de Belgrano, María Pía es una buena mina,  se mantiene en forma  y punto. Cacerolera consetudinaria, mal arriada como todo porteño que se precie, oviamente que virulosa antikirrnerista de origen, o desde la primera vez que tuvo que escuchar a la Presi en una cadena nacional justo a la hora de Tinelli, cuando primeriaba una almóndiga al estofado, con todo, pa este cronista entrado en años, a la verdá, María Pía le supone una enciclopedia viviente en las artes del camasutra y tal erudición, debe acectarlo, condiciona al resto de sus cualidades itrínsecas.

Decía pues que, recién llegada de los Países Bajos, me telefonió pa una cita en bacán bodegón de Palermo. No tengo un sope, le espliqué. Yo garpo, me dijo. Y fui. Morfi asegurado y promesa de culminación carnal, ningún varón setentista se niega.  

Me esperaba sentada a la mesa y haciéndole a un trago verde como escupida de aquella del Exorcista. Holanda sí que es un país en serio, qué país, Marcial, me tiro por la cabeza nomás me cachetió el primer beso. Todo ordenado, limpio, la gente divina, tan respetuosa, así da gusto vivir, no como acá, que salís de tu casa y no sabés si te asaltan en la esquina, porque ELLA, te crees que escucha ELLA cuando la gente le reclama seguridad.

Introito que no era pa sorprenderse, merecía respuesta: ¿por qué no te quedaste a vivir allá? Pero mutis, el varón aquilata paciencia pa coronar una noche de éstasis y lujuria. Qué bueno, ¿la pasaste bien?, contame, son espresiones que abren el juego por las puntas para ispirar el centro atrás, cabezazo y gol.

Una verdadera reina, la Másima, sencilla, humilde, un ejemplo de autoridá, no como ESTA  yegua que tenemos, soberbia, corructa, una ditadora, Marcial, que porque la votan se cree que puede llevarse todo por delante, y ahora hasta la justicia quiere, y los dólares, claro, los dólares que ahora va a lavar como si nada. ¿A vos te parece?

Es de buen lunfa cerrar el pico cuando una naifa pela la viperina, más aún si el premio mayor todavía no fue cantado. Contame, che, ¿estuviste en la coronación?, esa es la posta pa enternecer y ablandar el matambre más duro.

Por supu, estaba hermosa Másima, y las tres hijitas, una medio gordita, pero rubias, preciosas. Fue muy formal, como todo protocolo real de tan estensa tradición. Lo más lindo fue verla en el balcón del palacio, así, saludando con la mano a la gente. ¡Cómo la quieren! ¡Como la almiran! Qué orgullo para nosotras, las argentinas. Y después el recorrido en barco, por los canales de Asterdan. Y ella siempre saludando así, con la mano y la cabeza inclinada, tan sencilla, tan humilde, no como ESTA hija de puta que habla hasta por los codos, como si fuéramos tarados.

Verla a María Pía saludando con la mano, en medio del restorán, al estilo Másima Zorragueita, era una espetáculo digno de almirarse. Más de un comensal la oservaba como a paciente del Borda y a la verdá, me daba ganas de cortarle el brazo. Pero no. Centrojás de hacha y tiza más que habilidoso, hace la pausa y piensa.  ¿Y él?, le pregunté. ¿Quién? El rey, flaca, tiene una jeta de nabo que mata. ¿Wiljeim? Qué se yo cómo se llama. Mirá, Marcial, no es ningún nabo, según dicen, la primera noche que la conoció ya le hizo el amor, como en los cuentos de hadas. Ma que cuentos, flaca, en los cuentos el príncipe nomás le da un beso, seguro que ella le hizo francesa completa, pelo, bigote y barba, servicio vip, la nami cazó la oportuna y a cobrar. Aparte, por lo que sé, no es ninguna gilastruna.

María Pía me atajó. No se puede hablar con vos, Marcial, yo vengo toda emocionada a contarte y vos…, vos, vos no me escuchás, vos te reís, te burlás. No, flaca. Sí, que no. En serio que no, soy toda oreja, dale, contame, no te enojes.

Pausa pa tomar aire. Siguió. Lo peor de todo fue tener que aguantarlo a Budú, me confesó. Viajar miles de kilómetros y encontrarse con el vice haciéndole reverencias a Másima, no es justo. ¿Te das cuenta? Es lo mismo que hicieron con el Papa, que le dijeron de todo cuando era arzobispo de Buenos Aires y después le rindieron honores. No me estrañaría que ese Budu haya llevado dólares de ELLA para lavar en Holanda. Yo ya creo cualquier cosa.

Y bué, si le crees todo al gordo Lanata, estás al horno, le tiré el sablazo.  

María Pía me miró como si quien suscribe fuera Lucifer encarnado. ¿Ahora me vas a decir que Lanata miente, con todas las pruebas que tiene?, me atajó de puntín. ¿Pruebas?, le susurré. Todo, sí, lo sabe todo y tiene el valor de denunciarlo, se esaltó y ya los pitucos de la mesa de al lado la junaban como diciendo está loca pero tiene razón. Así que varón que nada contra corriente, hace la plancha a tiempo. Seguí, contame, le espiché. Pero tarde. No, Marcial, vos no me escuchás, no me entendés, y lo peor es que estás dominado por ese resentimiento tan kirrnerista, ese odio con que ELLA nos divide como sociedad.  Paciencia del hombre: pero si no dije nada, casi ni hablé. Y mina dolida: no hace falta que lo digas. Con sugerirlo, basta.

Complicada la mano, peor que si te cantan falta envido a dos puntos del final. Por suerte, vino el morfi, algo así como unos churrasquitos  con ensalada y una crema más dudosa que multa vial en la ruta 14, pero plato bien finoli, eso sí, de nombre franchute y con hojas verdes. Buena merca para apaciguar los ánimos, sumando un tinto sobiñón que era pa esprimir la botella. Así que me le abalancé al manjar con los dientes afilados mientras María Pía me confesaba: yo ya no tengo hambre.

Corte y quebrada bien tanguera, nada mejor que caldear con gracia el gélido aire de la circustancia. Ahora que incorporamo una nueva provincia al Sacro Imperio Argentino, le sugerí, habría que hacer una reforma costitucional pa la coparticipación holandesa en el presupuesto, y a cambio de eso, a la bandera de ellos le vendría bien un Gauchito Gil bordado en el medio, por ejemplo, o que en vez de tulipanes reconozcan al machazo ceibo como flor nacional, o que algún canal de todos los que tienen pase a llamarse Aliviador General San Martín, digo,  o la selección de fulbo naranja, que acecten a Caruso Lombardi de director ténico, digo, ¿no?, qué te parece.

Tuché. María Pía se sonrió y fue un regalo pa mis ojos. Embuché el último cacho de churrasco y arranqué con el plato de ella, sobiñón mediante.

ELLA tiene la culpa, la escuché susurrarme a la oreja, bien bajito y mirando a los costados como con miedo. Estamos todos bajo sospecha, Marcial, me parece que el mozo nos estaba escuchando.

Miré pa un costado y pal otro. Lo más prósimo a la mesa era una Mireya platinada que me relojeaba como a sapo de otro pozo mientras se manducaba una merluza o similar con papitas nuasé nadando en salsa.

¿Tas segura?, le pregunté. ¿No te parece que esagerás?

Vos no tenés problema, pero si fueras opositor al Régimen, seguro que tendrías miedo, me calzó María Pía. En Holanda me sentía tan libre, susurró a la final.

Centro a la olla, el lungo siempre listo pal cabezazo. ¿Qué te parece, entonces, si vamo a un lugar más tranquilo?, le chamuyé onda Rober Relfor.

María Pía sacudió una dorada pa garpar la cuenta y quien suscribe le abonó la propina al sospecho batilana que la iba de mozo, que encima me junó como diciéndome berreta, pijornia, viejo choto, y andá a la puta que te parió. Pero a quién le importa. Camino abierto en la maleza, un talibán al volante, María Pía le apuntaba al derpa de Belgrano mientras este cronista apuraba la digestión y ya se ponía cariñoso.

Dicen que en Asterdan hay una yeca que está el minerío en oferta, lo mejor del laburo sesual del mundo, le acuné a la oreja como pa ir calentando el ambiente. María Pía se sonrió sin quitar la vista del parabrisa, pura sugerencia, pura promesa, como diciéndome que esperá que te agarre yo, vejete. Vas a pedir ausilio, vas a pedir.

La intimidá no es motivo de la crónica. Pero vale aclarar que dejamo el auto a una cuadra del bulín, visto que no es seguro llegar así nomás hasta la cochera. Le hice de campana mientras ella abría la puerta del edificio, entramo rápido al asensor y ella con un espray de gas pimienta a mano, por las dudas que hubiera un pibe chorro esperándola, me dijo, y ya una vez adentro del derpa, revisó media hora los rincones, no fuera que los servicios le hubieran chantado micrófonos. A la final, antes de mandarme a duchar, que por poco me baña en Espadol, me mostró orgullosa la coleción de cacerolas con las que sale a batir espontaniamente cuando la convocan por el féisbuc. Son nuestras armas, Marcial, hasta que se vaya ELLA, me confesó como arrimándose a querendona. Y punto. Ya lo dije: la intimidá es la intimidá. Y el macho se aguanta lo que sea por un cacho de amor.