sábado, 27 de julio de 2013

El Candidato de la Gente



Como dice el gotán de Petorossi y Lepera, “el musculo duerme, la ambición descansa”, verdadera tesis poético-fisiológica que no merecería reparos si no fuera por el hecho de manyar, este cronista, la historia verídica de un criollazo varón para quien el sueño, aún inducido por machazo ansiolítico, no da reparo a la apetencia. Más peor, pareciera que en los brazos del Morfeo, la aspiración acomodaticia, mismo que una planta carnívora del trópico, le germina con renovada virulencia en las entrañas.
Hace como cinco años o poco más, Marcelino Garófalo, primo lejano de mi ayudante aljunto, más conocido en los pagos de Vidal como Larguilucho por esa pinta de cofla abacanado, de profesión tornero por herencia paterna, en sano uso de sus facultades según espertos, aunque atacado por alguna virosis esistencial al decir de Margarita Salas, parasicóloga, tarotista y vidente de reconocida trayetoria, decidió que su norte estaba en la política, pero en la política en serio. En la profesional, le esplicó a la vieja, y así que de un día para otro, largó el laburo que tenía en el taller y empezó a meterse en el ambiente para ponerse al tanto de la menesunda.
Cuarenta pirulos casi, secundaria completa en la noturna de la Normal y avispado lector de El Vidalense, semanario político cultural del municipio, lo primero que se dio cuenta fue que tenía reforzar el inteleto, es decir, que a lo menos, refrescar aquello que la falta de aplicación prática se le había olvidao en las verijas: algo de la historia, de la giografía y, más o menos, de la economía. En suma, un poco de todo pero sin esagerar, cuestión que resolvieron unas pocas clases particulares con la señorita Laura, maestra de sesto grado y una eminencia conositiva capaz de recitar el Manual Kapeluz del Alunno Bonaerense de corrido y sin ojear.
La segunda cosa que tenía que resolver era un asunto de conversa, y no porque le faltara el don espresivo, que para dar fe había una pila de naifas, chaladas todas por su labia sensual y entradora, antesala de notables ésitos amatorios. Parolar de corrido y con  solidez de fierro en asuntos del bien común, eso no era, ni es, moco de pavo. Eso no está en los libros, lo adotrinó el doctor Argüello, viejo caudillo toldense de los tiempos de Balbín, aprender a escuchar, tirar una pista sin arriesgar tanto, probar de a poco, como decir, probar con la puntitas de los pieces  antes de echarse al agua.
Sabios consejos que hubo de calar a tiempo, ninguno como los de don Jacinto Sureda, ferroviario jubilado que supo recibir un diploma del General Perón allá por 53, el mismo que hoy le cuelga de cuadrito en una pared de la cocina. Tenés que armar tu kiosco, le apuntó don Jacinto, sin vidriera puesta ningún negocio funca, y eso sí, peronista, pero peronista en serio, porque desde el 45, la historia de este ispa pasa por ahí.  
Con semejante bagaje conositivo, Marcelino Garófalo se atornilló a la militancia. El taller de tornería, a fines del 2003, pasó a ser el físico domicilio de la Agrupación JDP, “corriente del pensamiento justicialista inspirada en las veinte verdades y abierta al entendimiento con todos los hombres y mujeres de bien que hacen al suelo argentino”, según le escribió el mismo don Jacinto Sureda en el acta fundacional.
 Primero lo primero, ya investido en condutor indiscutido, el Larguilucho se caminó los pagos de Vidal pa levantar un toco de fichas afiliatorias de su propia confeción, cuestión que resolvió con facilidá por ser lunfa bien querido y simpático además de avezado hablador. ¿Quién le iba a negar una firma? Nadies.
 Así que así, con semejante poderío en cartón, se aposentó a la intendecia, hizo migas con algún funcionario, plantó bandera y pa las eleciones del 2007, no ostante que en el acto de la Plaza Belgrano moviera tres bondis repletos con acólitos de “Garófalo Condución”,     se bancó que en el armado de las listas lo ningunearan. 
¿Por qué? ¿Qué le faltaba? ¿Dónde le había pifiado? Tranquilo, tenés que ir de menor a mayor, le batió el Sordo Amicuchi en un mitín del conurbano, puntero de Avellaneda con más calle que un trapito. Lo que necesitás es un esponsor, banca, mosca, y cuidá el kiosco, que nadie te lo afane.
Claro como el agua, Marcelino Garófalo le dio matraca al esponsoreo. Apuntó a “Corralones La Negra”, a cambio de futuro protagonismo en la obra pública vidalense, al “Mercadito Fer-Lau” y a los hermanos Guerrero, los de la agroquímica. Con todo, suficiente para asegurar la necesidá militante hasta la prósima eleción, guita pa los trapos, bombo y redoblante, y fundamental, pa inagurar un comedor infantil Copa de Leche JDP , dos meses antes de las eleciones del 2009.
Kiosco puesto, buen esponsoreo, no era pa regalarlo en la primera de cambio. Fama, necesitás fama, volvió a aconsejarlo el viejo Jacinto, ¿no viste que los ricos y famosos siempre tienen un lugar en los cargos? Y sí. Millonario no, pero para famoso tenía orginalidá. A la verdá del decir, en los pagos vidalenses, los laureles no eran tan difíciles de alquirir. Se anotó pa los  15 km de la maratón Arroyo Seco-La Dormilona, corrió la mitá y pa lo que le faltaba, visto que no llegaba ni a placé, garpó taca taca para que el viejo Obdulio Bernal lo llevara en la Ford por un lateral y lo depositara a cien metros de la posta final. Récor asoluto, hasta el colombiano Bernabé Díaz Baliña, notable maratonista de lustre internacional, tuvo que acectar el veredito de un jurado más localista que referí en cancha de Chicago.  Cuestión fue que Marcelino Garófalo se paseó por el trocén de Vidal bajo una lluvia de papel picado.
Puesto asegurado y espetante, a lo menos pa una concejalía, se puso la camiseta kirrnerista full full y salió a la cancha con cartel de foto truqueada donde se apelechaba abrazado a la mismísima presidenta. Jugó fuerte y fue un pecado. Con el bardo de la 125, pocos votos cosechó y encima lo garcó un fiscal de la mesa 43 cuando le tapó una veintena de papeletas. No entró por un pelito. Lo más que pudo, fue meter tres gomías de fierro en los despachos municipales, uno de inspetor en la dirección de tránsito y dos empleados rasos  en la de cultura. Pequeño espacio de poder pero espacio al fin, le dijieron, seguí militando que se te va a dar.
Tenía razón don Jacinto Sureda con eso de probar de a poco y no regalarse, dedujo. Y cuidar el kiosco, atenti, porque pa cuando murió el Néstor, se amucharon montón de pendejos que venían con toda la banca de arriba y con más cuerda militante que muñeco a pilas de la China. Por poco, casi que le coparon la JDP. Tenés que definirte idiológicamente, le esigieron, justicialista no alcanza, o estás con el proyeto o sos de la contra.
Marcelino Garófalo no iba a cometer el mismo error dos veces. Aprendé de Sioli, juná cómo hace la plancha, lo adotrinó el viejo Argüello. Peronista librepensador, esa es la justa, hizo el cálculo, pero algo le faltaba.  Cintura, flaco, te falta cintura, lo apioló el Petiso Alorsa, con los pibes kirrneristas todo bien pero son muy idiológicos y no tenés chance,  jugá por afuera que despué, pa negociar, hay tiempo.
Y le hizo caso. Larguirucho limpió la JDP con creolina, lo que es un decir. Barrió al piberío con escopeta al hombro, se puso el casco de motonauta y pa las internas del 2011 laburó a dos puntas moviendo el fichaje de un lado a otro. Kirrnerista pero no tanto, a la final se jugó con el Movimiento Vecinal JDP, sigla puesta en honor al poeta gauchesco vidalense José Dionisio Papalardo, varón de a caballo cuyas rimas trascendieron el ispa todo.
El resultado del 2011, ya se sabe. La presi arrasó en Vidal y el Papalardismo se quedó mirando el espetáculo de afuera. Con todo, sin embargo, Larguirucho ya se movía en el ambiente  como bagre en el Paraná. Nadies lo iba a correr por el costado, ni por derecha ni por izquierda. Quien quisiera ser taita en Vidal, tendría que negociar con él. Y dicho y hecho, aseguró arrime en la Seguridá, donde metió dos policías de calle, tres empleados en la Jefatura y un comisario amigo en la departamental, negocio redondo para apuntalar las finanzas de la JDP.  
Dos años pasaron desde entonces. Hay quien dice que a Marcelino Garófalo, el Larguilucho, le falla el olfato pa entender por donde viene la mano, que siempre queda en orsay pero que, si algo hay que reconocerle, es su costancia, su fe endurecida en la derrota. Como sea, ahora está convencido de que tiene todo pa ganar.
La avivada le vino de las islas del Tigre, donde el Ñato Paredes tiene una casita pegada al arroyo Bermúdez. La onda viene laig, sin azúcar pero con mucho edulcorante, le cantó el Ñato, si no tenés lugar, pegate a Massita y en esta, seguro que mojás. Y si no es en esta, en la prósima, porque atenti, y aquí el gomía le guiñó un ojo bien piola, nadies quiere calarse la mortaja. La sucesión viene pidiendo cancha…
Massita… Y si, Larguirucho ya la venía masticando como chicle nuevo. Pa colmo o por suerte, lo entusiasmó el viejo Sureda. Jugá al misterio, flaco, que el resto, con prensa, viene solo. Jugá bien astrato, como un fraile, jugá. Único proyeto:  hacer bien las cosas. ¿Qué cosas? Las cosas, macho, ¿no sabés qué son las cosas?  ¿En la oposición? De ninguna manera, siempre con espíritu construtivo. ¿Con la Presi? No te dije, siempre construtivo, siempre con la gente y para la gente. ¿Y el proyeto? El proyeto es la gente, flaco, la gente, ¿no entendés? Pero… Pero nada, construtivo, bien de cura, un ladrillito y otro y otro, y así, no digas más, no hablés, y si hablás, hacelo onda Kunfú. Pensá en la gente.
Hace cosa de un mes, bajo la alvocación justicialista “para un argentino no hay nada mejor que otro argentino”, Marcelino Garófalo relanzó la JDP, “la Jugo de Pomelo”, única agrupación cítrica del Frente Renovador Vidalense. Anotado pa intendente, ya es el candidato de la gente. En antoliógica entrevista concedida a la FM Palenque Vidaleño, el varón se despachó con la frase matadora que hoy hace furor en las arboladas avenidas de la centenaria ciudad pampeana: mi mayor ojetivo es la gente… 

sábado, 11 de mayo de 2013

Caro Polvo



No sería más que una colunna cholula si no fuera por las tan enimáticas como sensuales insinuaciones de mi entrañable amiga María Pía Legarreta, nomás que recién llegada de Holanda, a donde viajó pa estar presente en la boda real, según ella, con invitación espresa de los Zorragueita.

Entusiasta militante de los años setenta a quien ya presenté en anteriores opúsculos, por aquel entonces un camión con acoplado que conocí en una de las tantas peñas que se hacían en los locales del troskismo vernáculo, hoy devenida en divorciada señora de un platudo que le banca el derpa en Barrancas de Belgrano, María Pía es una buena mina,  se mantiene en forma  y punto. Cacerolera consetudinaria, mal arriada como todo porteño que se precie, oviamente que virulosa antikirrnerista de origen, o desde la primera vez que tuvo que escuchar a la Presi en una cadena nacional justo a la hora de Tinelli, cuando primeriaba una almóndiga al estofado, con todo, pa este cronista entrado en años, a la verdá, María Pía le supone una enciclopedia viviente en las artes del camasutra y tal erudición, debe acectarlo, condiciona al resto de sus cualidades itrínsecas.

Decía pues que, recién llegada de los Países Bajos, me telefonió pa una cita en bacán bodegón de Palermo. No tengo un sope, le espliqué. Yo garpo, me dijo. Y fui. Morfi asegurado y promesa de culminación carnal, ningún varón setentista se niega.  

Me esperaba sentada a la mesa y haciéndole a un trago verde como escupida de aquella del Exorcista. Holanda sí que es un país en serio, qué país, Marcial, me tiro por la cabeza nomás me cachetió el primer beso. Todo ordenado, limpio, la gente divina, tan respetuosa, así da gusto vivir, no como acá, que salís de tu casa y no sabés si te asaltan en la esquina, porque ELLA, te crees que escucha ELLA cuando la gente le reclama seguridad.

Introito que no era pa sorprenderse, merecía respuesta: ¿por qué no te quedaste a vivir allá? Pero mutis, el varón aquilata paciencia pa coronar una noche de éstasis y lujuria. Qué bueno, ¿la pasaste bien?, contame, son espresiones que abren el juego por las puntas para ispirar el centro atrás, cabezazo y gol.

Una verdadera reina, la Másima, sencilla, humilde, un ejemplo de autoridá, no como ESTA  yegua que tenemos, soberbia, corructa, una ditadora, Marcial, que porque la votan se cree que puede llevarse todo por delante, y ahora hasta la justicia quiere, y los dólares, claro, los dólares que ahora va a lavar como si nada. ¿A vos te parece?

Es de buen lunfa cerrar el pico cuando una naifa pela la viperina, más aún si el premio mayor todavía no fue cantado. Contame, che, ¿estuviste en la coronación?, esa es la posta pa enternecer y ablandar el matambre más duro.

Por supu, estaba hermosa Másima, y las tres hijitas, una medio gordita, pero rubias, preciosas. Fue muy formal, como todo protocolo real de tan estensa tradición. Lo más lindo fue verla en el balcón del palacio, así, saludando con la mano a la gente. ¡Cómo la quieren! ¡Como la almiran! Qué orgullo para nosotras, las argentinas. Y después el recorrido en barco, por los canales de Asterdan. Y ella siempre saludando así, con la mano y la cabeza inclinada, tan sencilla, tan humilde, no como ESTA hija de puta que habla hasta por los codos, como si fuéramos tarados.

Verla a María Pía saludando con la mano, en medio del restorán, al estilo Másima Zorragueita, era una espetáculo digno de almirarse. Más de un comensal la oservaba como a paciente del Borda y a la verdá, me daba ganas de cortarle el brazo. Pero no. Centrojás de hacha y tiza más que habilidoso, hace la pausa y piensa.  ¿Y él?, le pregunté. ¿Quién? El rey, flaca, tiene una jeta de nabo que mata. ¿Wiljeim? Qué se yo cómo se llama. Mirá, Marcial, no es ningún nabo, según dicen, la primera noche que la conoció ya le hizo el amor, como en los cuentos de hadas. Ma que cuentos, flaca, en los cuentos el príncipe nomás le da un beso, seguro que ella le hizo francesa completa, pelo, bigote y barba, servicio vip, la nami cazó la oportuna y a cobrar. Aparte, por lo que sé, no es ninguna gilastruna.

María Pía me atajó. No se puede hablar con vos, Marcial, yo vengo toda emocionada a contarte y vos…, vos, vos no me escuchás, vos te reís, te burlás. No, flaca. Sí, que no. En serio que no, soy toda oreja, dale, contame, no te enojes.

Pausa pa tomar aire. Siguió. Lo peor de todo fue tener que aguantarlo a Budú, me confesó. Viajar miles de kilómetros y encontrarse con el vice haciéndole reverencias a Másima, no es justo. ¿Te das cuenta? Es lo mismo que hicieron con el Papa, que le dijeron de todo cuando era arzobispo de Buenos Aires y después le rindieron honores. No me estrañaría que ese Budu haya llevado dólares de ELLA para lavar en Holanda. Yo ya creo cualquier cosa.

Y bué, si le crees todo al gordo Lanata, estás al horno, le tiré el sablazo.  

María Pía me miró como si quien suscribe fuera Lucifer encarnado. ¿Ahora me vas a decir que Lanata miente, con todas las pruebas que tiene?, me atajó de puntín. ¿Pruebas?, le susurré. Todo, sí, lo sabe todo y tiene el valor de denunciarlo, se esaltó y ya los pitucos de la mesa de al lado la junaban como diciendo está loca pero tiene razón. Así que varón que nada contra corriente, hace la plancha a tiempo. Seguí, contame, le espiché. Pero tarde. No, Marcial, vos no me escuchás, no me entendés, y lo peor es que estás dominado por ese resentimiento tan kirrnerista, ese odio con que ELLA nos divide como sociedad.  Paciencia del hombre: pero si no dije nada, casi ni hablé. Y mina dolida: no hace falta que lo digas. Con sugerirlo, basta.

Complicada la mano, peor que si te cantan falta envido a dos puntos del final. Por suerte, vino el morfi, algo así como unos churrasquitos  con ensalada y una crema más dudosa que multa vial en la ruta 14, pero plato bien finoli, eso sí, de nombre franchute y con hojas verdes. Buena merca para apaciguar los ánimos, sumando un tinto sobiñón que era pa esprimir la botella. Así que me le abalancé al manjar con los dientes afilados mientras María Pía me confesaba: yo ya no tengo hambre.

Corte y quebrada bien tanguera, nada mejor que caldear con gracia el gélido aire de la circustancia. Ahora que incorporamo una nueva provincia al Sacro Imperio Argentino, le sugerí, habría que hacer una reforma costitucional pa la coparticipación holandesa en el presupuesto, y a cambio de eso, a la bandera de ellos le vendría bien un Gauchito Gil bordado en el medio, por ejemplo, o que en vez de tulipanes reconozcan al machazo ceibo como flor nacional, o que algún canal de todos los que tienen pase a llamarse Aliviador General San Martín, digo,  o la selección de fulbo naranja, que acecten a Caruso Lombardi de director ténico, digo, ¿no?, qué te parece.

Tuché. María Pía se sonrió y fue un regalo pa mis ojos. Embuché el último cacho de churrasco y arranqué con el plato de ella, sobiñón mediante.

ELLA tiene la culpa, la escuché susurrarme a la oreja, bien bajito y mirando a los costados como con miedo. Estamos todos bajo sospecha, Marcial, me parece que el mozo nos estaba escuchando.

Miré pa un costado y pal otro. Lo más prósimo a la mesa era una Mireya platinada que me relojeaba como a sapo de otro pozo mientras se manducaba una merluza o similar con papitas nuasé nadando en salsa.

¿Tas segura?, le pregunté. ¿No te parece que esagerás?

Vos no tenés problema, pero si fueras opositor al Régimen, seguro que tendrías miedo, me calzó María Pía. En Holanda me sentía tan libre, susurró a la final.

Centro a la olla, el lungo siempre listo pal cabezazo. ¿Qué te parece, entonces, si vamo a un lugar más tranquilo?, le chamuyé onda Rober Relfor.

María Pía sacudió una dorada pa garpar la cuenta y quien suscribe le abonó la propina al sospecho batilana que la iba de mozo, que encima me junó como diciéndome berreta, pijornia, viejo choto, y andá a la puta que te parió. Pero a quién le importa. Camino abierto en la maleza, un talibán al volante, María Pía le apuntaba al derpa de Belgrano mientras este cronista apuraba la digestión y ya se ponía cariñoso.

Dicen que en Asterdan hay una yeca que está el minerío en oferta, lo mejor del laburo sesual del mundo, le acuné a la oreja como pa ir calentando el ambiente. María Pía se sonrió sin quitar la vista del parabrisa, pura sugerencia, pura promesa, como diciéndome que esperá que te agarre yo, vejete. Vas a pedir ausilio, vas a pedir.

La intimidá no es motivo de la crónica. Pero vale aclarar que dejamo el auto a una cuadra del bulín, visto que no es seguro llegar así nomás hasta la cochera. Le hice de campana mientras ella abría la puerta del edificio, entramo rápido al asensor y ella con un espray de gas pimienta a mano, por las dudas que hubiera un pibe chorro esperándola, me dijo, y ya una vez adentro del derpa, revisó media hora los rincones, no fuera que los servicios le hubieran chantado micrófonos. A la final, antes de mandarme a duchar, que por poco me baña en Espadol, me mostró orgullosa la coleción de cacerolas con las que sale a batir espontaniamente cuando la convocan por el féisbuc. Son nuestras armas, Marcial, hasta que se vaya ELLA, me confesó como arrimándose a querendona. Y punto. Ya lo dije: la intimidá es la intimidá. Y el macho se aguanta lo que sea por un cacho de amor.
      

miércoles, 8 de mayo de 2013

Ese espicher del Dr. Salvatierra



Como un decir, el doctor Salvatierra anda como descorazonado, o mejor dicho, deseccionado ante tanta innoracia. Así explicó el Rengo Marinelli viernes pasado mientras preparaba la primera ronda de vermuces bajo la atenta mirada de la Divina Colombres, que en eso de pijotearle al gancia es una esperta y si fuera por ella, el vermu no pasaría de limonada.

Ahora que, volviendo al doctor Salvatierra, según el Rengo, la historia lo mancó de apuro con esto de los proyetos de reforma judicial y no le dio tiempo a nada. Boga erudito y preclaro en las ciencias leguleyas, toda una vida dedicada a la justicia, kilómetros de suela gastada en los pasillos tribunalicios, horas interminables dilapidadas en tratos con sus señorías, achicharradas sus retinas de tanto embuchar escritos y fayos, lo menos que quería el varón era que alguien lo escuchase.

La cosa fue que cuando recién empezaba la menesunda y nadies sabía de qué se trataba la historia, el presi del glorioso, le ofreció al tordo la istalaciones del salón Ismael Celentano para que, propias palabras de don Leopoldo, se esplayara con su inflamada verba en aras de esclarecer a la masa fulgurense ávida de conocimientos sobre estas cuestiones.

Y sí, tengo mucho pa decir, acectó el varón y, a modo de anuncio publicitario, la misma frase, “Tengo mucho pa decir”, y con su foto en tres cuartos perfil, anduvo empapelando las istalaciones del glorioso con cartelito fotocopiado que convocaba a su primera conferencia intitulada interrogativamente: “¿Reforma o Maquillaje de la Justicia?”

Hablar de fracaso es poco, o mejor dicho, no resume la circustancia. Presente a la hora de inicio, primera fila y medio que obligado por haber sido el ispirador de la iniciativa, estaba don Leopoldo Sastre junto a la tesorera, la señora María Josefina García, ambos dos en representación de la CD. Más atrás, el Ruso Urbansky, siempre interesado en meter bocadillo, Sara Amatti, la diretora del Escuela 24, con más dos pibes estudiantes de derecho y tres lunfas que se arrimaron por andar de paso, convencidos que la cosa terminaría con copa de vino y entremés. El resto eran sillas vacías, paisaje desolador capaz de desanimar al más pintado. Con todo, asegura el Ruso que el tordo se mandó el espicher como chamuyando a una multitú de fanas, acaso remembrando su inigualable prosa de los tiempos juveniles, cuando encendía corazones en las aulas universitarias.   

La segunda conferencia fue idea del Negro Gutiérrez, el de la gomería del Camino de Cintura, que no entiende un joraca de la cuestión pero que, nomás de ver al boga amigo tan desilusionado, lo convenció de repetir el convite, nomás que cambiándole el título a la disertación por otro consideró más efectivo con el mismo tenor interrogativo: “¿Qué hacemos con los jueces, eh?”

El mismo Gutiérrez se encargó de hacer fotocopiar la cartelería y mandó a sus pibes a colgar los anuncios en los negocios del barrio, a lo que le agregó un parlante en la puerta del club, la mañana misma del evento y hasta la tarde, con una grabación de su autoría que decía más o menos así: “¿Que hacemo con la justicia, eh? ¿Se queda como está? ¿A vos que te parece? No seas bruto y entérate. Hoy disertación espetacular del dotor Marcelo Salvatierra, diecinueve horas, no te la pierdas”. Y atrás, de fondo, las notas del hinno fulgúrense cantado por el coro de la Escuela 24: “Nacido en barrio de latas/ estampa obrera, sudor y cayos/  pasiones mi club desata / glorioso Fulgor de Mayo” .

Efetividá propagandística o hecho mismo de la que menesunda entre Diputados casi había llegado a los trompis, cuando la tarde de la conferencia, el salón Celentano lucía más mejor, no digamos que lleno completo pero a lo menos saludable: los muchachos del bar buffé, a pleno. Los viejos de las bochas, medio que obligados por el Cabezón Lagomarsino, presentes. Una barra bullanguera, no más de cinco, con bombo incluido y banderola “Mercier Condución”, se arrimó de la manos de Carlitos Mercier, peronista de Perón y puntero ineternum. Así que nomás se enteró Marito, el pibe de la Cámpora, movió a los suyos, seis o siete con pechera Unidos y Organizados. La nota de color, no ostante, la dio Raulito Marchán, el hijo de la farmacéutica, que se apareció con una delegación del “Movimiento gay-lésbico del Barrio Testil Argentina”.

Quintaesencia de la erudición hecha carne y güeso, el doctor Marcelo Salvatierra se presentó con un introito sereno, casi una confesión de fraile plena de tenicismos jurídicos, pero antes que tarde, despachó su verba incendiaria, discurso vibrante como pa resucitar muertos, nomás que apenas interrumpido con estudiados silencios en los que junaba al auditorio con su gélida mirada, pa arrancar de nuevo con “apasionados remates, zarpazos dialéticos que hacían hervir la sangre, retóricos sopapos de fecunda ilustración llamados a despertar la conciencia cívica en una amalgama de patriótico fervor y clarividencia ciudadana”, según publicó después la columna crítica del semanario “El Imparcial” de Barrio El Progreso.

A la verdá de la milanesa, hay que decirlo, el doctor Salvatierra sacó lustre de sabihondo pico. El problema fue que la inorancia del auditorio, incluida la de quien suscribe, no pudo descular la profunda esencia de las cuestiones planteadas en torno a los seis proyectos de reformas para el Poder Judicial, cuestiones que el  boga desmenuzó con paciencia franciscana y tal exceso de tenicismos que por momentos parecía que hablaba en japonés. La inquisitoria que le abonó el pibe Marito a la postre del discurso, fue la síntesis final que quedó flotando entre la mersa: Pero a la final, dotor, ¿está a favor o en contra de la reforma? Y la respuesta del tordo no hizo más que dejar congelada a la tiniebla conositiva de un auditorio precisado de guía espiritual: vana pregunta, querido rapaz,  tronó como un cíclope, ni a favor ni en contra, ni mala ni buena, si se me permite, insuficiente, imprecisa, inocuos laxantes de imberbe alquimista cuando los culos malolientes de sus señorías requieren de supositorios de trotyl y de flamígeras enemas reconstituyentes, módicos silogismos frente a códigos de procedimientos varados en las lóbregas catacumbas de la historia, si se me permite, cagaditas de gorrión.

Silencio respetuoso de aquel auditorio, no faltó el que asintiera con la zabeca ni aquel que alguna vez la fuera de monaguillo y entonces mirara al cielo como pa salvar el alma del tordo.     

Claro que nada es sencillo en la esistencia especulativa de un inteletual de la talla del doctor Salvatierra. Nomás cuando el varón desciende al montaraz terruño de una mesa amiga, generosa en vermuces y copeteos como  en prosaicas emulaciones de más bastos gomías, allí la enjundia se le hace labia franca  y la ilustración se le traduce en gracioso doblez o en pedestre opinión, como ahora, cuando la Divina Colombres arrima una tanda de ingredientes henchidos de espirituoso colesterol mientras el Rengo Marinelli riega el ejercicio masticatorio con faroles de Cinzanos y fernet. Los poderes del estado son inevitablemente colonizados por las clases dominantes, dice el doctor, si se me permite, es una cuestión tan elemental que hace la supervivencia de todo sistema, y sin embargo nadie lo reconoce. Muchachos, queridos muchachos, no se engañen, la careada independencia de la justicia es hija de la revolución burguesa, de los derechos individuales, pero fenece cual mariposa de dos días al menor atisbo de cambio social. Cuando escucho hablar a esos pelotudos de la independencia judicial, me da nausias, me da.

Silencio meditante. El pibe Marito, en la mesa de billar, va por la segunda carambola. El Cabezón Lagomarsino propone un brindis por la aplastante victoria del tim bochófilo sobre los archienemigos del Social Italiano. Carlitos Mercier impone otro por el papa Francisco, que es cuervo y peronista, dice, y por la reina Másima y la nueva comunidá holando argentina vaticana, una potencia espetacular. Y dale que va, la vida sigue, che. Nomás el Negro Gutiérrez se quedó pensando en eso de la justicia: ¿dotor, no le parece una exageración eso del supositorio y la enema?

Sonríe Salvatierra mientras contempla el ambarino elísir del Cinzano. 

domingo, 17 de marzo de 2013

Cagamus Papas



 La noticia lo alcanzó a este cronista cuando estaba en un boliche del trocén haciéndole a un feca junto al Pibe Garófalo. Y fue que en de pronto juné la tele encendida: el cardenal criollo ahora se llamaba Francisco y era el capo másimo de la Santa Madre Apostólica Romana. Cagamo, fue lo primero que pensé, pero no, no puede ser, Pibe, le dije a mi secretario, la corpo mediática siempre miente, son bolazos, deben ser las ganas que tienen. Claro que el cartelito del noticiero seguía en la pantalla, y tras cartón, ventana abierta, balcón fetén, se apareció el Jefe pa bendecir a los fanas que se apilaban en la Plaza. Era, nomás, el cardenal porteño, el mismísimo Jorge Bergolio. Cagamo en serio, le mandé al Pibe. Un frío escozor me caminó por el lomo como una yarará con el babero calzado pal almuerzo.
Esa misma noche, comida al paso, movilero tras la noticia, me lo fui a ver a un viejo amigo manyado en las cuestiones de la fe, el Pituco Sartori, que ya desde pibe la apuntaba a la sotana cuando le hacía de monaguillo al cura Antonio. Me recibió atrás de la sacristía, medio mismo de una fiestita íntima entre varias vecinas que celebraban el alvenimiento papal con profunda devoción patriótica. ¡Ar-gen-tina!, coreaban las señoras. Dios iluminó al cónclave, bendito sea el Pastor, me batió una de ellas, rosario en mano. El Señor bendice a nuestro país, me sacudió otra. El Pituco, Padre Fernando pa sus seguidores, me miró como diciéndome “perdónalas, hijo, de algo tengo que vivir”, pero todo bien, faltaba más. Ahora agarrate Catalina, la que se viene, me trinó a la oreja y de nuevo el chucho de frío me zapateó en la espalda como un malambo de Frankestein.
Cuestión que el Pituco despachó su feligresía con amable rapidez. Me hizo pasar al fondo, descorchó un tinto y a sabiendas de mis ácratas conviciones, me sacudió de prima con la cargada: y sí, Marcial, entrá a sumar. Fangio, Maradona, el Che, Messi, y ahora el Papa Francisco, ¿qué más nos falta pa convencernos? Nomás un astronauta bajando en Marte con la celeste y blanca del Diez y listo, no hay caso, Dios esiste y es más argentino que el locro.
Hijo tuyo, las pelotas, hablamo en serio o me voy, lo amenacé. Tranqui, Marcial, me dijo, entiendo que estés nerviudo pero es así, son misteriosos los caminos del Ñorse. Alguna razón habrá barajado pa iluminar a los púrpuras.
Me olí que me seguía cargando. Pero un gomía es un gomía, sea chorro, laburante o cura, como el caso del Pituco. Porque buen tipo, se hizo franciscano y fue macho pa escaparle a las ojetudas pompas con que más de una vez lo estimularon de arriba, me costa. Se aquerenció al rioba en capilla de segunda y la única tentación a la que nunca pudo escaparle fueron las minas. Por algo le decíamo el Pituco. Siempre tuvo levante y con la facha de curita bueno, más peor. Eso si, nunca con las ovejas de rebaño propio, es decir, las del barrio. Y menos con pendejos, me aclaró hace años, por las dudas. La astinencia sesual prolongada lleva a condutas jodidas y hay una cuestión inevitable: siempre, debajo de una sotana, hay un tiburón hambriento.
La verdá verdadera, el Pituco Fray Sartori estaba esultante esa noche. Mis contatos vaticanos me lo habían alvertido, me confesó, el Jefe pagaba una fortuna, 54 a 1 en el vati-bingo por interné pero era cartón puesto, apostabas una luquita y te parabas. Así que todo por la capilla, Marcial, acá no baja un mango, imagínate, ahora vamo a refacionar el comedor pal piberío humilde y, si sobra, voy a comprar unos cálices de acero inosidable, porque los de latón ya no van más.
Ni hace falta aclararlo, el Pituco no es un cura de los comunardos. Ahora en serio, me dijo, vos sabés que nadie llega a capotuti por ser bueno nomás. Dios está en el cielo pero abajo mandan los hombres y encontrar un culo limpio en Roma es más difícil que sacarle peras a un petiribí. Hay que tener más cintura que el Diego y saber negociar con la banca, el Opus, la CIA y el pirata Morgan. Y si te hacés el loco, terminás como Juanpi Primero, que duró treinta días y enseguida lo hicieron momia para escaparle a la autosia, ¿me esplico?
Más claro, echale agua. La cuestión es entender pa donde apunta la política, lo acicatié pa que siguiera, porque pa mi no es casual que chantaran un polaco justo cuando se venía abajo la soviética, ni casual debe ser ahora visto lo que pasa en estos pagos, ponele aquí, en Venezuela, en Brasil, en Ecuador, en Bolivia.
El Pituco se desinfló en un suspiro largo, me junó como si fuera Santa Inocencia, se clavó lo que quedaba de tinto y pidió disculpa: tengo sueño y mañana un día de locos, Marcial, la hinchada está frenética y quiere misa y celebración en continuado.
Así que me dio la bendición y me fui pa casa. ¿Dormir? Nada. El chucho de frío me seguía malambeando en el espinazo. Ya va a pasar, me dije, no es nada, después de todo, el Jefe no es de los peores. Imaginátelo a Aguer, el de La Plata, trepado al trono de San Pedro con el bacanaje del Santo Oficio. Pero consuelo de cuarta, llevo una semana sin pegar el ojo, calzado a la tele, la radio, leyendo los diarios y las revistas. Me surten con esclarecedores biandazos las biografías ciertas o truchas del Papa,  la jovata que una vez le cocinó un estofado a Bergolio, el kiosquero que le vendía el diario, el tachero que lo llevó cuando la huelga de subtes, la hermana emocionada, los sobrinos que no lo pueden creer y ahora son famosos, el vecino que una noche le escuchó un sonoro y santo pedo a través de la medianera, los novios que casorió en La Plata, el pibe que bautizó hace treinta años gracias a lo cual ahora es gerente y pinta casa en Pinamar, la nueva camiseta de San Lorenzo, las estampitas con la celeste y blanca, los chupasirios de siempre que perdono y los reciclados que no soporto, y así de corrido, esta ensalada de santería, cholulaje y argentinidá me pone los huevos al plato.  
Pa colmo, ayer me crucé con el Ñato Flores. La última vez que pisó una iglesia fue hace veinte años, para la comunión de la hija, la Susana, que ahora vive en Brasil con un carioca más morocho que Mandela. Me contó que lo llamó por teléfono, harto de escucharle al brazuca del Maracaná, de Pelé, del fuchibol mais bonito do mundo, de las mejores praias do universo. Harto, che, me dijo, así que le batió posta: seguí chupando, Brasil, nosotros tenemo al Papa, tenemo.