domingo, 2 de febrero de 2014

Plumas Verdes



A prosópito de la marabunta esistencial que hoy zangolotea la espiritualidad dela media mersa argentina, atribulada e insomnie por los biandazos que sacude la cotización del verde guáyinton, mismo que con la desinteresada voluntad de dar un aporte esclarecedor a los madamases de la tesorería de la Patria,  bien que viene a cuento la reunión de la consetudinaria mesa fulgurense de días pasados, ocasión en que, a istancias del Rengo Marinelli, concesionario full del espirituoso bar buffé, reunió a algunos de los de siempre con más un invitado de luxe, viejo asociado fraguado en estas aulas gloriosas cuya erudición en las ciencias económicas lo catapulteó a las grandes ligas de la contabilidad universal.  Me refiero al doctor Santiago Perrota, que justo andaba de paso por el barro natal cuando la gran ola tórrida de enero  y qué mejor ocasión para invitarlo a esponer sobre las cuestión al amparo de la brisa amiga del ventilador de techo, justo arriba de la zabiola de los presentes, más el agregado de los refrescos que a módico precio la Divina Colombres sabe ofrecer.
Dicho y hecho, estaban los que estaban, porque se sabe que en enero Carlitos Mercier le apunta al hotel gremial de los Municipales en la Ciudad Feliz, mismo que el doctor Salvatierra hace provecho de la feria judicial pa escaparse unos días a la costa marítima aunque nadies sabe por qué pega la vuelta a la semana más pálido que merluza fresca y sin haber pisado la arena ni con ojotas. Así las cosas, no faltó el público entusiasta  que colmó la mesa de siempre más otra que se le agregó a la vera.
Pa la ocasión, visto el temario escluyente referido al dólar y haciendo gala de una creativa ispiración, el Rengo Marinelli ofreció un trago de su autoría en base al pepermín frapé junto a otros aditamentos de refrescante licor, todo lo cual, chantado en fina copa, alquiría la tonalidá verdolaga nesaria pal efecto, mismo que los ingredientes copetineros en base a bocadillos de acelga, morrones verdes y pepinitos  al vinagre, tartitas de espinaca y oviamente aceitunas.
Nomás que don Santiago Perrota puso asentaderas, saludó a los presentes con un brindis rantifuso y le puso nombre a la disertación, saber, “Sobre la compra y venta de divisas en Plumas Verdes”. Introito al paso y aclaración nesaria, el tordo de la economía apenas que le había pegado unos sorbos al copeteo cuando arranyó su labia: los investigadores no se ponen de acuerdo, dijo. Es posible que Plumas Verdes se refiera a una localidá en la caribeña Saimartin, caraterizada por una profusa vegetación a tono con el color esmeralda de las aguas que la rodean, hábitat de inumerables variedades de aves, y no faltan especialistas que ubican análogo paraíso en una de las tantas islas brasileras, hogar natural de la afamada “cotorra bocineira”. En mi opinión, la bahía de Plumas Verdes se encuentra a pocos del ombligo argento y no es ni más ni menos que la mismísima y muy bendecida concha de la lora.
Risas nerviudas de los presentes, el Negro Gutiérrez, el de la gomería del Camino de Cintura, sabido de los activos dolarizados que tiene en yantas y cubiertas, se puso más duro que Franquestein: ¿hablamo en serio o en joda, doctor?
Imutable a la inquisitoria pero atento al quejoso, don Santiago Perrota, finiquitado su primer pepermín, rogó por otro y espuso: en la Bahía Plumas Verdes la compra y venta de divisas es más fácil que ju gar a las figuritas. Allí, la libertad de mercado le permite a cualquiera sin condición de religión, raza o nacionalidad, intercambiar monedas. Dólares, euros, yenes, rupias, soles, reales, libras, signos monetarios en uso o en desuso, y oviamente, peso argentino, todo se puede alquirir o vender. Por eso, le recomiendo, señor gomero, que si usté quiere dólares, váyase a la concha de la lora.
Bolonqui en puerta, el Negro Gutiérrez revolió la silla de culata y de dorapa se puso en guardia como en un rinsai, más fulo que ofendido. Tranqui, lo sofrenó el Cabezón Lagomarsino, el tordo es un entendido, hay que escucharlo y después vemos. Eso, dejenlón hablar, trinó de atrás Josefina García, tesorera del glorioso y claramente interesada en el tema.
Como ajeno a la murmuración, don Santiago Perrota le daba la masticatoria de una verde croqueta mientras se empinaba el pepermín. Relojiaba al auditorio endemientras se apagaban los murmullos y después, como junando una golondrina en el techo, labió con claridá meridiana, como anticipándose a la devaluación anunciada días después por Kichilós: en Plumas Verdes cien dólares equivaldrían a una lucarda argenta y así estaría bien fetén pal paisanaje esportador con pretensión desarrollista.  Ahora que, la economía no esiste sin la política y acá, señoras y señores, el problema es la política. El proyeto produtivista en un país como este, con alta concentración y una burguesía parasitaria amiga de la evolución rápida y segura, tiene un límite, como decir, hasta aquí llegamo. O el estado mete fierro y disciplina o se va todo al carajo.
Silencio meditante, el auditoriun pedía más. Pero el tordo se tomaba su tiempo. Se me seca la garganta, alvirtió, mientras se escabiaba con la última gota de pepermín. ¿No hay otro? Enseguida se apronto la Divina con otra copa de elisir refrescante de efecto bien naftero, es decir, como que a don Santiago se le encendió el motor del paroleo y ya no hubo con qué pararlo. Esposición de hondura cavernosa aunque labiada con el vocablo sencillo de la mersa, en hora y media el varón racontó la historia desde los tiempos de Frondizi hasta hoy, y ovio, no dejó títere con cabeza para sacudir a la final la frase matadora: país de imensas riquezas, unidad nacional, diálogo, pacto social, comunidá organizada, distintas palabras pa una misma mierda, damas y caballeros, pamplinas y embustes cuando unos pocos se embuchan el grueso de la torta.
Aplauso cerrado de la mesa que llevó la temperatura a cincuenta grados mínimo. No hay más pepermín, anunció la Divina, nomás queda una copa pal doctor. Hágale al vermú entonces, sugirió el Ruso Urbansky. Para mi una naranjada, se escusó Mariela, la profe de patín artístico, la menta se me subió a la cabeza y medio que veo doble. ¿A mi también me ve doble?, la piropeó el Negro Gutiérrez. A usté lo veo viejo verde, lo sofrenó la piba. Callensén, sacudió Marito, el pibe de la Cámpora, sentado que estaba arriba del billar, el doctor va a seguir hablando.
Y si, don Santiago Perrota ya se había acomodado en la silla, le hacía al último pepermín y se secaba la traspiración en la calva. Está chivando menta, doctor, lo engranó el Cabezón Garófalo. Pero imutable, el ecónomo tiró la pista de lo que vendría: la gran burguesía del complejo financiero, agroganadero e industrial se apresta al asalto final del poder político siendo que este ya no le sirve como garante jurídico de sus negocios. ¿Qué hará la Presi? ¿Se acomodará como para sobrevivir estos dos años y asegurarle al aparato pejotista continuidad vía otras variantes? ¿O estará decidida a trascender en la historia y, llegado el peor caso, morir con las botas puestas?    
Preguntas tiradas al vacío, nadie mejor que el Negro Gutiérrez para cazar la posta: ¿pero y el dólar, doctor, no iba a hablar del dólar? La gente necesita consejos, doctor, así no se puede seguir, nadie sabe cuánto vale.
Como si no lo escuchara, don Santiago Perrota siguió en la suya: la diyuntiva está clara, ¿más estado o más mercado? ¿Disciplinar a las fuerzas sociales o dejarlas hacer? Estado y disciplinamiento requieren medidas que nadie hasta hoy nadie se ha atrevido a implementar salvo para beneficiar a las minorías. ¿No habrá llegado el momento de hacerlo en función de las mayorías? ¿Hay condiciones en la sociedad para dar sustento a una batalla patriótica tan difícil como fueron las guerras por la emancipación? ¿Acaso existen fuerzas sociales y políticas predispuestas a semejante sacrificio? La voz de don Santiago Perrota iba en alza como los precios en el Coto. ¿Dónde quedó el gauchaje samartiniano capaz de pelear a lanza contra el realista? ¿Dónde la herencia bravía del calchaquí? ¿Dónde la callosa garra del imigrante obrero?  Labia potente y entradora, ahora el ecónomo se había puesto en dos patas y le deba manija a la vitrolera, mezcla de sudor y pepermín. ¿Díganme dónde carajo la gloria de nuestra Patagonia rebelde, o la juventú maravillosa de los setenta?  
¿Y el dólar, doctor?, volvió a la carga el Cabezón Lagomarsino con un susurro, pecado que esta vuelta hizo efeto en el disertante. Porque don Santiago Perrota cayó como arrumbado a la silla y nomás lo que atinó fue a preguntar: ¿no hay más pepermín? Vermú, nomás, esclareció la Divina,  ¿Gancia o Cinzano? Del morocho con ferné y una escupida de soda, se definió el tordo. Marche un Cinzano completo, pero siga, dotor, no le haga caso a los especuladores, lo alentó el Rengo Marinelli.
Olvídensen del dólar por un rato, siguió el varón, jeta como de resinación. Estamos frente a la diyuntiva fundamental, y es que cuando las corporaciones se aprestan a tomar el poder por asalto, justamente lo que quieren es que pelotudos como ustedes piensen nomás que en comprar cien o docientos verdes. Despiértensen, giles, gilastrunes, tirifilos.
Momentito, saltó el Negro Gutiérrez, más respeto. Más respeto un carajo, chuzió de nuevo don Santiago Perrota mientras hacía volar silla para ponerse de pie, es la hora de poner fierro y candado al capital, nada de hablarle al corazón ni andar rogando mesura como hace ese Capitanich, capitán de bote viejo, señores, capitán de morondanga, hora de sacarle los silos a los garcas sojeros, de nacionalizar el mercado esterior, de encanutar especuladores, cadena perpetua pal arbolito, mierda, pal acaparador, ni clemencia al negrero, al formador de precios, y al que no le gusta, que se vaya a Plumas Verdes que ya nos vamo a arreglar.
Tranquilo, doctor, le va dar el soponcio, se introdujo Marito, callado hasta aquí. Hágale al vermú, lo aconsejó la Divina, así le baja el pepermín. Tranquilo una mierda, siguió don Santiago Perrota, ellos se vienen con todo y hay que responderles igual, antes que nos lleven puestos. Preferible morir peleando como nuestros gauchos a languidecer en la historia como una frustración de las tantas. Permiso, se disculpó nomás que para hacerle un trago al Cinzano, y siguió: hay que convocar a todos pa hacer grande la gesta emancipatoria, no basta con la Presi salga a hablar, tiene que mover a todo el paisanaje, incluyendo giles como ustedes.
No insulte, doctor, acá también hay gente dispuesta a acompañarlo, recuerde que somos herederos del gran Ismael Celentano, nuestro faro luminoso fulgurense, lo aplacó el Ruso Urbansky.  Eso, ratificó el Rengo Marinelli. Minga, apostofró el tordo, si el gran Celentano se levantara de la tumba, se volvería a acostar nomás de verlos.
Calma, correligionarios, saltó el Cabezón Lagomarsino, que se doble pero no se quiebre. Calma nada, chilló el Negro Gutiérrez, desde que llegó que don Santiago me está tratando de gil. ¿Y qué?, ¿no sos un gil?, ¿sos inteligente, sos?, ¿desde cuándo?, se introdujo el Pibe Marito. Cuidado las copas, no muevan la mesa, rogó la Divina mientras el Rengo la esclarecía: te dije que el pepermín se les iba a subir a la monchola.
Bolonqui en puerta, hasta los mudos labiaban, como el Checho Maldonado, secretario del glorioso, sin activos en dólares pero con ganas de tenerlos desde que cobró el retroativo de la jubilación, según dijo, ¿qué hago con la guita, dotor? Compre remedios a cuenta, de seguro los va a necesitar, lo aconsejaba la Turca Bassur, de la Comisión de Damas, mientras el don Marcos Garabaglia lo intimaba al Ruso Urbansky  pa que le devolviera los docientos pesos que le prestó vez pasada según cotización dólar Casa de cambio El Cedro y no Banco Nación, que es una mentira, decía con la calculadora en la mano, que vamo a redondearlo a quince pa la compra, o sea. Calma, muchachos, calma, rogaba el Rengo Marinelli, la noche está en pañales. Muchachos y muchachas, no sea machista, lo corregía Josefina García. Y así de corrido, don Santiago Perrota le hacía al último morroncito verde al aceite y ajo en una rebanada de pan. Espetacular, una delicatesen, señora, igual que usted, elogiaba a la Divina, que lo retribuía con la risa pícara de siempre: se nota que don Santiago tiene clase.
Lo que empieza, termina tarde o temprano, es una ley dialética de la naturaleza, sabe explicar el doctor Salvatierra. Y sí. Cada uno en su silla, por favor, silencio, ya está, tranquilos, así, eso, ordenó Marinelli, siempre atento a mejorar el rinde, por favor, respetemos a nuestro invitado, ¿otra vueltita de vermú?  Nadies. Nomás don Santiago Perrota: pa mi otro morocho pero sin ferné, con un chorrito de soda y hielo.
Silencio inestable como el ventilador del techo. ¿Cuándo van a poner un esplí?, se quejó la Turca Bassur, esto tira viento como aliento de oso. Más silencio. Y la voz del Negro Gutiérrez, sedutora pal caso tratándose de Mariela, la Pipi: calladita la joven, ¿qué opina de todo esto?
Bombón escosés, un Escania con acoplado, la profe de patín se escusó : yo no entiendo de política, pero para mi, el dólar es muy, muy importante, es más importante que el peso.
Pa ser justos, nadies jamás le ha pedido a la Pipi que sepa de filosofía, de historia ni de economía. Nomás que un osequio pal ojo masculino, siempre atento a la ondulante perspetiva  de la escultura glutia, ni falta que hacía el comentario de don Santiago Perrota: ¿Y a esta boluda de dónde la sacaron?
Salta violeta de nuevo pal Negro Gutiérrez, mandado a hacer pa defender a naifa de tanto quilate, no le permito que trate así a la señorita. Tranquilicenlón, se apuró Lagomarsino.  ¿Pero a quién? ¿Al Negro o al tordo? A los dos, chantó Josefina García, se van a ir a las manos. Mire cómo llora la Pipi, pobrecita, trinó la Turca Bassur. Mejor que ni aparezca el novio, que es profe de taicuondo, esageró el Ruso. Si van a peliar, váyanse afuera, se impuso el Rengo Marinelli, y final a la marchanta, se cierra la canilla, no hay más tragos pa nadies, sacudió la Divina Colombres.
Silencio meditante, don Santiago Perrota se puso de pie como pudo, es decir, medio que agarrándose de una silla hasta encontrarle el punto de equilibrio. Se persinó pa saludar al auditorio y agradeció el convite: muy rico todo, dijo, lástima estar rodiado de tantos giles, ya los quiero ver cuando vuelvan los liberales, ni en Plumas Verdes van a conseguir laburo.
Y así que lo dijo, dos horas de ispirada disertación con más remaches medios groseros pal gusto de algunos, le apuntó a la puerta como de coté, pifie seguro si alguien no lo enderezaba, que fue el Marito, el de la Cámpora. Por aquí, profe, lo orientó, usté si que sabe. Gracias, pibe.
Silencio sepurcral de remate, hay que garpar los tragos. ¿Cuánto es, Rengo? Pongansén de acuerdo, ¿en peso o en dólar?, la voz de la Divina Colombres.      

      

     




  

sábado, 28 de diciembre de 2013

Brindis



Como todos los años para esta época, amuchados que semos en la consetudinaria mesa del bar fuffé del glorioso, no falta nadies. Presente que dijo primero, el Ruso Urbansky, condecoración Pionero Soviético de Estalingrado, se amuró a una copita de jerez de mientras esperaba a los demás. Carlitos Mercier, infaltable, peronista de Perón y puntero ineternun del que se apunte ganador, se le adelantó a Marito, el pibe de la Cámpora, nomás que pa madrugarlo con salutación de cargada sobradora. ¿Todavía no conseguiste un puestito?, le preguntó, a lo que el Pibe se le quedó mirando con risita de apronte mientras se le arrimaba el Oreja Pérez, su esparring del billar. Más después, el Negro Gutiérrez, el de la gomería del Camino de Cintura, diamante bruto pal minerío esigente de ponedores sin complejos, se apersonó con camisa floriada, leoneras chupín y timbos blancos, para risa del Cabezón Lagomarsino, nuestro campión de bochas, que le seguía de atrás  como inorándolo. Si me preguntan, yo no lo conozco, aclaró mientras cazaba la primera copa.
Por la puertita de atrás, aparecieron las autoridades del club: don Leopoldo Sastre, presi en ejercicio, el Petiso Maldonado, secretario y alcahuete, Josefina García, la tesorera incorrutible, con más la nueva alquisición diretiva que es Mariela Tronconi, la Pipi, profe de patín artístico, un molumento del seso débil, una Minerva guerrera de generosas dotes pal combate, según el doctor Salvatierra, último en llegar siempre trajiado y con la tacorba de bufanda en el pescuezo.  Y ovio, quien suscribe, junto al pibe Garófalo, aljunto secretario de redación.       
Ronda de Cinzano al toque con mucho yelo para fajar el lorca, 32 grados ajoba del ventilador, asegura el Rengo Marinelli que pa la prósima va a poner esplí de esos que hacen saltar los tapones, idea de su jermu, la Divina Colombres, que en demientras repone ingredientes vermuceros, esplica que le gusta dormir con una frazadita liviana aunque sea, con un beibidol, puede ser, pero tapadita, y entonces, nada mejor que el esplí frío calor. Nada más cierto, aporta en el tema el doctor Salvatierra: toda mujer que se precie, raconta, ha de tener los glutios y los pieces fríos en la horizontal posición de la duermevela, natural invitación al dorima pa que le convide con su calor corporal en dichas partes y, de ser preciso, para que labore de vez en cuando en la confeción amorosa, no digamos que esageradamente, de ninguna manera, porque no es cuestión de agotar el estoc y las reservas en una única transación.
Brindis de fin de año y consabida disertación del Ruso Urbansky en referencia al calendario judeo cristiano y sobre el cual, aclara, con las disculpas del caso habiendo damas presentes, me cago, me cago en el año uno y en el dos mil también.
Pasa que hay que tener una referencia, interpone Lagomarsino, ¿cómo haríamos pa estudiar la historia si no fuera por Cristo? ¿Y usté que sabe de Cristo, si esistió o no?, sacude don Leopoldo y agrega: la única referencia debería ser el día de hoy y medir pa atrás. ¿Y hoy que día sería? Hoy sería hoy, es decir, el día 0, ayer sería sería -1, antiayer -2, mañana sería 1 y pasado 2. Pero como el tiempo es relativo, el día 0 de hoy mañana será -1. El año de 1810, pa tomar una fecha patria, sería hoy el año -203 y si lo midiéramos el año que viene, sería el -204, y así de corrido, la mente humana se agilizaría sacando cuentas todos los días, ¿me esplico?
Demasiado para el Negro Gutiérrez: sería un quilombo sería, así no se podría vivir, imaginensén. Sería volver a las cavernas.
Si vos nunca saliste de las cavernas, trina el Rengo desde el mostrador, tu problema sería que tendrías que hacer cuentas todos los días.
¿Y con las facturas como haríamos?, pregunta que se hace doña Josefina, por ejemplo, la de luz, me llegó el 20 de diciembre y vence el 8 de enero.
Sencillo, esplica don Leopoldo, rápido pa las cuentas, usté tiene fecha de emisión 0 del año 0. ¿Cuántos soles hay entre el 20 de diciembre del 2013 y el 8 de anero del 2014, esatamente, debería abonar el día 19 del año 1.
Silencio meditante, sería cuestión de probar, razona el Pibe Marito. Si hay que hacer una reforma costitucional, tenemos mayoría por ahora.
Más silencio. La cosa era brindar, dejensén de joder, salta la Divina Colombres, aparecida luminosa como una diosa con la bandeja y las copitas de champán. Agarren una cada uno y pidan un deseo, dice, pero no lo digan, se lo guardan así no discuten.
Más silencio sepurcral. Nada de boludeces de amor y paz, chanta el Ruso Urbansky, la lucha de clases es un hecho ojetivo de la sociedá capitalista. Eso no pasa en la comunidá organizada del general Perón, le tira al vuelo Carlitos Mercier. Minga que no.
Por qué no se van a cagar, digo, ruega Josefina, la tesorera, estoy pensando un deseo y así no me puedo concentrar.
Piense en Cacho Castaña, pa que se cure y deje el faso, ese es un buen deseo pa usté, doña, es sugerencia de Marinelli.
Si se me permite, truena la voz erudita del doctor Salvatierra, quiero hacer un brindis.
No empecemo con los griegos, por favor, ruega Mercier.
Más mejor que brinde nuestra nueva profe de patín, la jovencita Mariela, aporta el Negro Gutiérrez a lo galán de Migré.
Tranqui la piba. Relojea alderredor. Es nuevita y vista la hondura filosófica de la mesa, como que no se anima. A la final, chin chin, dice.

domingo, 24 de noviembre de 2013

Moreno por dos



A según sabe explicar el doctor Salvatierra con la erudita verba que ilumina las mesas consetudinarias del bar-biuffé, la historia gusta de mancarse en la repitencia, es decir, que funca como de a rulos, nomás que nunca la cosa que se repite es esátamente igual a la precedente sino que cambia un cacho aquí y otro cacho allá por eso de que las condiciones en que se pianta el suceder son diferentes, ovio, cien año atrás no esistía el lavarropa y la patrona fregaba la samica con las manos y el limzul. Cuestión que, salvando la distancia, me se dio por encender  el mechero de la zabiola con un fóforo comparativo y entonces agarré un apellido y dos nombre diferente que tiro a la mesa truquera como quien sacude un seis de copa en un vale cuatro perdido de antemano.

Del primero, hace docientos años, se dijo de todo menos bonito bien que en boca de bacanes, mercaderes  y acomodados que la pasaban fetén con el reino de los gallegos . Del segundo, lo mismo, por estos días, apostofrado y viliperdiado por la clase cogotuda y por mucha gilada que se morfa lo que sale en la tele o en los diarios sin masticar, como si fuera un flan ravana. El letor más perpicaz ya sabrá de quienes hablo.

Mismo apellido, usté está loco, Marcial, me sacudió don Higinio Carreras, historiador mitrista de dudoso prontuario académico pero aún así gomía de fierro, ¿cómo va a comparar la imaculada figura de nuestro primer periodista patrio con la palurda imagen del luciferino execretario? Ponga los patitos en fila, Marcial, y labure de lo que sabe, me recomendó, los estudios históricos no son pa usté.

Puede ser  que don Higinio tenga razón. A la final, el mismo apellido es una ganga de la genialogía. ¿Cuántos Moreno hay? Cazá la guía telefónica, varón, y no sabés con cual quedarte, me chuzió la viuda de Mazzitelli, médium y tarotista que siempre le adivinó a todo menos al trágico final del dorima, hay Morenos pa hacer dulce y un toco que alguna vez fueron funcionarios. Pero no. Nomás se trata de un juego de concidencias y atenti la estrolada: pocas o muchas, es una cuestión de cojones.

Allá por el 1810, el doctor Mariano Moreno, que ya le venía cospirando al Rey Fernando, se calzó el sayo de Secretario de la Primera Junta Patria y no al dope, es decir, que de figureti no tenía un lope. En realidá, era el ispirador junto a otros de la misma yunta como Castelli, Belgrano y Monteagudo, de la Revolución con mayúscula. Y la cosa no era pa joder nomás. Había que fundar una nueva república y enfrentarse a un imperio. Los muchachos de veintipico de años la tenían clara y sabían que a la hora de tomar venganza, los de la corona eran de temer con el garrote, el potro y la Santa Inquisición.  Tan claro la tenía, don Mariano, que apenas tres meses después de la insurreción porteña, en agosto de ese año, escribió un plan de operaciones como pa ordenar la menesunda, porque estaba claro, a la hora de poner los gobelinos arriba de la mesa, están los que miran pa otro lado, los que te dicen pará fiera, no es pa tanto, los que diretamente la van en contra porque ven peligrar sus bolsillos, y encima, la mersa neutral que por ser neutral pinta con el egoísmo, según dichos mismos del prócer.

Don Mariano no fue el periodista educado, bueno y sencillo que nos vende la historia liberal. No pudo serlo ni queriendo. No era Belgrano el pibe amariconado de los cuadros que nomás lo que hizo fue colgar la bandera nuevita , ni Castelli un charlatán de feria, ni Monteagudo un escritor de biblioteca liviano y sedutor aunque no le hiciera asco a cuanta naifa se le pusiera a tiro. Estos muchachos no se andaban con vueltas, nomás las nesarias como pa no encular a los ingleses, que ya bastante tenían con los gallegos. Y a la hora de repartir biandazos, como don Mariano istruía en su plan de operaciones, había que hacerlo sin asco, por las buenas o las malas, pasando a fierro al que chistara, comprando lealtades si fuera nesario o arcabuciando a los tembleques, porque enfrentarse a los poderosos no es un paseo en sulqui, porque a los dueños de la pelota no se les pregunta si están conformes sino que hay que echarles rienda antes de que te lleven puesto.

Claro que a don Mariano se lo llevaron puesto. Lo liquidaron en altamar y eso es parte de la tragedia argentina porque de allí en más y hasta hoy, garcas de bombacha de seda y mishetones de corbata, mercaderes y banqueros, todos adobados en libras esterlinas o verdes billetes, han lucrado a destajo con la riqueza que el pobrerío les dio, han chantado gobiernos civiles o de birrete a su gusto y en propio beneficio.     

Pasaron docientos años y pintó otro Moreno como pa hacerle honor al apellido. Don Guillermo escribió un plan de operaciones a su manera, cierto que en otro campo de batalla y en otro tiempo de la historia. No lo vio quien no quiso, apelechado en la sonrisa sobradora y bigotera junando de coté la jugarreta venal del bacanaje empresario, de maestre titiritero entre acionistas del Gran Diario Argentino chumbándoles con las cuarenta mal habidas, de varón del ring con los guantes de bos puestos pa recibir a los morfetones de la gran tasa de ganancia, dicen que de pistolero y cauboy con la 45 al cinto entre prestamistas y banqueros, y a todos marcándoles la cancha, porque igual que docientos años atrás, con los poderosos se puede conversar pero antes que echarles rienda y bozal.

Errores y cagadas, debe haberse mandado a montones, pa que negarlo, supone este cronista que no es ecónomo esperto y poco entiende  en el asunto, pero así como recuerda con profunda emoción aquella vez que un presidente fiero y bizcaíno hizo bajar un cuadro del sanguinario dictador, así también se le escalda la zabeca  con la imagen del gran bigote setentista parolando a lo machazo entre el piberío 2012, cagándose posta de enfrente al puterío del libre cambio y los mercados, o agitando a la mersa kirrnerista en prima fila cuando el garquerío campestre se quería chorear la renta sojera sin donarle ni una rupia al estado. Varón de fuste, sin pelos en la luenga, un cinco picapiedra del mediocampo kirrnerista, lo vistieron de Luzbel en la tele y en los diarios y el quía se bancó la malquerencia hasta hace unos días. Le buscaron algún traspié, alguna monetaria tentación, un renuncio a cambio de buena guita, y hasta donde se sepa, el hombre nomás tiene la ferretería de siempre, se luce como el incorrutible Robespiere de los precios, el San Guillermo de del PBI, el verdugo capucha de los mercachifles bonistas que se tuvieron que conformar con los intereses bajoneado del INDEC, en fin, un  tipo común  de la yeca de barrio que labió la prosa sentida de Jaureche o el verso  de Carriego en un Colón hastiado de cogotudos.

Raro de verse en estos pagos, de la economía renunciante al que le chantan la culpa de todos los males, no ostante, pa quien suscribe, don Guillermo tiene eso que mueve a simpatía. A la final, en el toma y daca de la conversa, siempre patió pal lado del pobrerío. Muchos, aunque no lo banquen, le deben el llegar a fin de mes con algún morlaco todavía en el bolsillo, el fortacho que pudieron cambiar, la piecita pa los gurises que están costruyendo, el laburo en la coperativa o la asinación pa la escuela y los libros.  

Es cierto, a este también se lo llevaron puesto. Se hizo de enemigos fieros y son de los que pegan fulero. Consejo entonces, ahora que, como a don Mariano, lo mandan de vigilia a la Europa: guarda, hermano, atenti, no sea que te surtan con cianuro en el puchero del avianca y te tiren desde arriba al medio del Atlántico. Por las dudas, llévate la vianda en un táper. En la valija, poca ropa. Pasaje de vuelta, abierto, no sea cosa que antes que tarde te andemos estrañando.  Por lo demás, no te preocupes. Dejalos que hablen ahora. Dentro de unos años, habrá  quien escriba de los Morenos y te haga un rincón en el palacio de la historia. Coraje.

domingo, 22 de septiembre de 2013

La Hibris no es un bicho

Si lo dice Nelson Castro

Desde que el doctor Nelson Castro, mismo el de la radio y la tele, le dianosticó a la Presi que le adolecía el mal de la hibris,  la resupina inorancia de la muchachada fulgurense se amuchó a la innata curiosidá del ser humano, de lo cual resultó que pasaran las cosas que pasaron, con perdón de la rebundancia. Culpa de nadies que no sea el Cabezón Lagomarsino, radical de Balbín, según se intitula,  ¿si lo dice el dotor Castro, quienes somos nosotros pa desmentirlo?, chuzió de entrada, nomás que terminada la final de la Copa Aniversario Bochas Fulgor de Mayo, como saboreando el espetacular triunfo frente a los tradicionales alversarios del Cultural Italiano. Y agregó pa que a nadies le cabieran dudas: por algo el varón estudió medicina.


Desde allí en más, la cuestión de la hibris fue tema fundamental que tuvo y tiene en vilo a la masa societaria fulgurense. ¿Cuál es la enfermedá que afeta a la Presidenta? ¿Es mortal? ¿O tiene cura? ¿Antibiótico? ¿O un cótel quimoterápico como el del SIDA? ¿O nomás que un tratamiento siconalítico?, como propuso el Loco Mardones, adito al diván desde tiempos imemoriales.


Claro como el agua, nadie mejor que el doctor Salvatierra pa dar las esplicaciones del caso, boga erudito que de medicina no manya ni pío, pero que, pa la cuestión no hace falta, esclareció vez pasada en la mesa consetudinaria del bar buffé ante la mirada atenta de los de siempre.  Es una metásfora, si se me permite, Hibris o Hubris refiere a una concección de la moral en la antigua Grecia, contraria a la mesura, arranyó de prima. La diosa Hibris personificaba a la insolencia, la carencia de moderación, flojera que pa los antiguas habitantes del Mar Egeo era condenable in estremis. Para ser justos, toda la tragedia griega abunda, si se me permite, en héroes que desafían sus límites humanos y desarrollan sentimientos desmedidos, orgullo en eseso, soberbia, todo lo cual los enfrenta a los dioses, ¿me esplico?


No se esplicaba un joraca, vista la trucha del Negro Gutiérrez que gambetiaba entre la extrañeza y  el desconsuelo.  Nadies se muere por eso, falfulló y varios le siguieron la pista. Pa Salvatierra, todo tiene que ver con los grecios, la embarró peor Carlitos Mercier, acá hace falta un especialista en serio. Y mutis por el foro, el boga acusó el golpe: con inorantes no hablo más.


Con todo, la cosa no hubiera pasado a mayores si no fuera porque, a sugerencia de don Leopoldo Sastre, presidente en ejercicio del glorioso, se decidiera convidar a la masa societaria con una charla magistral del profe y licenciado Tobías Martínez, un gigante de la ciencia neurosiquiátrica que hace como treinta años que vive en Guáyinton, o cerca, en Báltimor, pero que lleva la rojinegra en el corazón y cada vez que se apelecha al rioba natal, le pega una visita al club de los amores.


Convocatoria que fue un ésito, el público desbordó las istalaciones del bar buffé, visto que el salón y ginasio siguen en reparaciones. Mesas a pleno, el Rengo Marinelli agotó en un santimén las reservas gastronómicas. De apuró debió mandar a la Divina a comprar gasiosas y drincs al mercado chino de la vuelta y, vista la demanda esistente,  convenció a la hija del Colorado Salas, diecisiete abriles en flor, un molumento generoso en curvaturas e hinchazones, una escultura viviente capaz de hacerle rechinar los dientes a cualquiera, pa que oficiara de mesera y le diera el toque atractivo y eróstico a la velada. Porque pa ser justos, nomás que puso primera, se vio que el licenciado Tobías Martínez, por esperto que fuera en la ciencia, poco manyaba de la facultá oratoria. Mitá en inglés, mitá en criollo, locución monótona como salida de un geloso, labia rebosante de difíciles concectos, nadies entendía un pepino, y ya pasada la media hora, más de uno cabeceaba como espantando a la dormidera.  Preferible escucharlo a Salvatierra, le reconoció Mercier al Negro Gutiérrez, bien que dicho a la oreja pa no molestar al disertante, porque eso sí, respeto asoluto del auditorio, es ley del glorioso que se acecte la libertá de espresión.


Así de corrido, ya alguno le apuntaba a la puerta pa rajarse cuando en de pronto, como ispirado en Yerloc Jolm, Tobías Martínez sacó de la galera el condimento nesario pa sazonar el discurso. La palabra “síndrome” seguida del aljetivo “contagioso”, no importa en qué contesto dicho, sacudió la modorra de la mersa y mismo el licenciado pasó a un segundo plano cuando de una mesa del fondo, la voz sonora de Teresita Casinelli encendió la luz roja del alerta: ¿entonces la hibris es contagiosa? ¿Como la gripe?


Y que se pensaba, señora, la atajó la viuda de Roldán, tarotista especializada en borra de café, empacho y mal de ojo, de antiguos enconos con la dicha Teresita. Si es un síndrome, es un bicho, virus o batería, y por endes, tramisible por vía sesual o buco faringia, esplicó, es lo último en enfermedá, ¿o usté no lee los diarios?


Llegado al punto, el profe Tobías Martínez se mandó a guardar. Lo miró a don Leopoldo, oficiante en moderador, como diciéndole que ponga orden, pero ya la cosa se había espiantado de los carriles. Para chamuyar sin fundamento, nadies más acto que don José Renancó, viejo habitué de neurosiquiátricos y muy leído de su mismo padecimiento: el síndrome de la hibris que la afeta a la Presi, es una bateria unicelular que se mete en el tejido nervioso y te da como un calambre en el celebro, entonces, las conesiones termolétricas neuronales le pifian ojetudamente y se trabuca toda la maquinaria pensante, sos como zombi, sos, o algo así.


Quien fuera a confiar en el dianóstico del loco Renancó, alguno que otro, nunca faltan, pero por las dudas, don Leopoldo, atinadamente, salió al ruedo pa tranquilizar: por favor, tranquilos, la hibris no es un bicho y menos es contagioso.


Pero la duda estaba echada y el Negro Gutiérrez, el de la gomería, bueno para nada, se plantó de firme. Con todo respeto, acusó, si la hibris no es un bicho, ¿cómo se enferma uno? A mí me suena como la ladilla, como trasmisión sesual, como decir, me agarré la hibris.


¿Qué quiere insinuar?, saltó la Turca Salum desde otra mesa, como con un resorte en el tujes,  ¿qué la presidenta lleva una vida sesual indecorosa?


Por ahí se la contagió el dorima, sugirió el Cabezón Lagomarsino, radical de Balbín, a pleno una sonrisa sobradora. Dicen que el tuerto no le hacía asco a nada.


Quilombete asomando, el profe Tobías Martinez amenazaba con el espiro mientras don Leopoldo llamaba al orden, vista las derivaciones políticas del caso. Estamo aquí pa esclarecer una cuestión médica, dijo. Pero nadies lo escuchó, y menos el Rengo Marinelli, desde el mostrador, más que feliz con las ventas del bar buffé: la hibris no se compara con la ladilla, dijo como pa que todos lo escucharan. La ladilla te da picazón pero no te afeta la mente.


¿Y vos qué sabés de eso?, saltó celosa la Divina Colombres, comigo nunca tuvo esa porquería ni la hibris, habrá sido con otra, con la Sansosti, esa gorda  que le anduvo rondando, no sé qué le vio.


¿Qué dice? Era un camión, la Sansosti, saltó el Petiso Fuentes, por tórrido romance que siempre le atribuyeron con la susodicha. Además, no tenía la hibris. Era otro bicho, algo de gono o algo así.


¿Gonorrea?, adivinó Sara Amati, la diretora de la escuela 24, siempre hay que usar profiláticos.


Eso, pero se cura fácil con antibióticos, así que no era la hibris, ratificó el Petiso.


Silencio, por favor, rogó el Presi don Leopoldo, más respeto por el licenciado, dejenlón terminar de esponer.


Minga. Cuando la mersa se cansa, hace tronar el escarmiento, y después de tantos años viviendo en Guáyinton, Tobías Martínez estabas lejos de entenderlo. Amenazó con levantarse de la silla, pero don Leopoldo lo contuvo.


La enfermedá de la hibris afeta a cualquiera, saltó el Ruso Urbansky, listo pa sacudir un comentario más cítrico que el pomelo y medio que riéndose. Es como una gripe machaza bien porteña, como el tango. La bobe se la agarró comiendo kneinelaj en un cumpliaños, recién llegada de Polonia, y enseguida se hizo argentina, como un bautismo de nacionalidá que fue.


¿Gripe A o de la común?, alguien preguntó del fondo.


Alguno que otro despachó risita, pero más serio que momia egicia, el Colorado Salas, mismo el padre de la piba atómica que hacía de moza, se quejó con motivos: acá se han hablado de cosas sesuales y hay menores que escuchan y no está bien. Ovio, se refería a la hija.


Anahí, la hija del Colorado, ni mosquió. De dorapa junto al mostrador, era una invitación al crimen. El Oreja, ladero del Pibe Marito en el billar, la junaba como embobado y trinó por lo bajo: que viejo boludo, la Anahí se conoce el camasutra de memoria.


Silencio, por favor, volvió a pedir don Leopoldo.


Silencio un joraca. El auditorio fulgúrense se desbocaba como en los mejores tiempos, como cuando la verba incendiaria del gran Ismael Celentano hervía la sangre.


Si se me permite, talló el doctor Salvatierra, tras este dislate sin parangón en la historia de nuestro glorioso, me siento en la obligación de opinar.  


No salga con los griegos, doctor, le rogó la Divina.


Yo también quiero hablar, saltó Luisita Sanguineti. Pregunto nomás, ¿si el mal de  la hibris es contagioso, como dicen, no habría que evitar los lugares cerrados, con poco aire? Por qué no abren la ventana, digo.


¿Pero quien va a tener la hibris acá?, inquirió el Ruso Urbansky. A lo sumo la Presi se lo habrá contagiado a un ministro, o alguien que estuvo cerca.


Justamente, siguió Luisita con su razonamiento. Primero un ministro, después un secretario, después otro, después al Cuervo Larroque, y de ahí a uno de la Cámpora, a otro de la Cámpora, a otro y a otro, y así, ¿cómo saber?


Silencio sepurcral. Como en cámara lenta, las cabezas fueron girando hacia las mesas de billar, mismo donde Marito, el pibe de la Cámpora, taco en mano siempre, miraba pal cielo raso silbando una canción de los Redondos.    


Cancha abierta para Carlitos Mercier, peronista de Perón con más camisetas que veterano del papi fulbo, hoy puntero que saltó el charco. Masista de la primera hora, sacudió de una: Marito está enfermo de la hibris, seguro.


Silencio más sepurcral.  El Cabezón Lagomarsino, mientras le hacía a los manices con nerviosa  masticatoria, susurró lo de siempre: ta que los parió, todo nos lleva a la interna peronista. Al lado de él, el Ruso Urbansky se quejó de que tenía la mondonguera flácida, como pa cambiar de tema, pero el doctor Salvatierra, al tiempo que empinaba la última gota de Gancia, lo volvió a la realidá: tanta zoncera junta, a la final, más de uno se la termina creyendo.


Hay que decirlo: el aire se cortaba con yilé. Cualquiera sabía que donde el Pibe Marito abría la boca, se podría todo, visto que pa la chicana, nadies como Mercier tenía la lengua afilada. Pero si para algunos la cosa pintaba de chacota, para otros, la inocente credulidá metía julepe. ¿Así que el chico aquel está enfermo de la hibris?, preguntó la vieja Marincovich, ¿no debería ir al médico y hacerse ver? Mire si es mortal. En una de esas ya inventaron una vacuna.


Justo el pie que andaba buscando Mercier. No hay vacuna pa la hibris, abuela,  y los primeros que se la agarran son los imberbes, chantó sin vueltas, estocada al cuore, cachetazo en seco.


Silencio mortuorio, los ojos todos clavados en Marito, como reclamándole una respuesta. Hasta el profe Tobías Martínez, de indinnado por la falta de respeto, por un istante pasó a interesado oservador de la conduta humana.


Cara de póker, taco en mano y a paso indolente, el Pibe de la Cámpora dio una vuelta alderredor de la mesa del billar, acarició el paño verde, fértil llanura de las tres bolas, y se acomodó como para el primer tiro.


¿Y? Nada. Nada de nada. El profe Tobías Martínez, ya de pie, anunció su retirada. Es una falta de respeto, acusó a don Leopoldo, que en vano quiso disculparse esplicandole eso de la discusión de las ideas. Una mierda la discusión, yit, se despidió en inglés, y así como así, le apuntó a la salida, caminando como ánima en pena por entre las mesas ante la atenta circuspeción del auditorio.


Desde el fondo, alguien lo aplaudió. Seguro que Carlitos Maldonado, secretario de actas, por alcahuete de don Leopoldo. Y silencio meditante a la postre, de otra mesa pidieron la cuenta, y de otra se movieron como pa rajarse, visto el final abructo del entuerto y haciendo provecho de la confusión.


Que nadies se mueva sin garpar, rogó a los gritos el Rengo Marinelli mientras la Divina apuraba la cobranza. Y allí fue que al Pibe Marito le dio el ataque de la hibris. Primero le agarró como un tembleque y se entró a poner verde como el increíble Julk pero sin tanto músculo, después se le traformó la cara, que parecía un salame Milán, lleno de forúnculos, y a la final, pegó un salto, lo cazó del cogote a Carlitos Mercier y con los dientes le enchufó la hibris en la yugular, y allí me desperté, fiera, todo chivado, como si hubiera corrido una maratón, y me toqué todo, por las dudas, y no, no tenía la hibris, contó  Marquitos Garabaglia mientras la Divina Colombres chantaba la segunda ronda de vermuces.