sábado, 4 de junio de 2016

25 de Mayo



Fue sin duda una fiesta patria diferente, al menos a las que nos acostumbramos a vivir durante los últimos diez años. Lejos de las bullangueras concentraciones cargadas de multitudes ávidas de choripanes y esotéricas carnestolendas (pálido remedo de aquellas primeras que atraían al gauchaje de los suburbios hasta la Plaza de la Victoria), primó en este año la sobriedad antes que la oratoria destemplada, el sereno compartir familiar alrededor de la mesa plena de manjares criollos tradicionales en lugar de vacíos recitales ajenos a nuestras raíces, en suma,  la meditación compartida alrededor de los sucesos que 206 atrás significaron el principio del fin de la dominación colonial española en América.
He asistido a diversos encuentros hogareños  plenos de tan hondos como mesurados  discernimientos,  aquí y allá, unos proclives al exaltado morenismo y otros partidarios de la pulcra roncería de Saavedra, aquí los apresurados de siempre, adláteres del jacobino Castelli, y allá sus críticos; enriquecedores intercambios teóricos respecto de la fracasada primera expedición al Paraguay o del extenuante bloqueo a Montevideo,  hasta más técnicas y autorizadas posturas sobre las causas de las derrotas criollas en las batallas de Huaqui y Sipe Sipe.
Verdaderos fogones patrióticos munidos de afanes por parecerse a nuestros gauchos bravíos, en todos los casos primó el apocamiento alimenticio antes que la bárbara ingesta de carnes y grasas ,  el ardor humano antes que el artificioso calor emanado de estufas o caloventores , el alumbrar macilento  de las velas antes que la iridiscencia de la vía eléctrica, y en ocasiones, allí donde los medidores obran con opresivas reminiscencias realistas, el agua de aljibe recogida de nuestras lluvias supo imponerse al torrente de las canillas. En casas recoletas de Marcelo T o Barrancas tanto como barrios tristemente carenciados, he podido escuchar los sones de nuestro himno nacional, el recitar emocionado de los cielitos de Bartolomé Hidalgo, y al cabo de la jornada, el crepitar de globos amarillos que coronaban con sus mágicos reventones, la alegría de un nuevo aniversario.                

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