Es un hecho que la revolución de
la alegría avanza con fuerzas renovadas hacia el logro de la Argentina que
todos queremos, mal que les pese a quienes en fanática añoranza de perimidos
modelos populistas. Prueba de esto, es la participación de miles de voluntarios
en lo que ya se conoce como “jornadas de timbreo”.
El timbreo es sin duda una
novedosa propuesta encaminada a acercar y compartir la gestión de gobierno junto a los vecinos
que tienen timbre en la puerta de sus casas. Pareciera que, por antonomasia,
quedarían excluidos aquellos que carecen del mismo, pero no es así, ya que en estos
casos, nuestros voluntarios están entrenados para emitir un sonido similar,
onomatopéyicos universalmente aceptados como “ring” (base eléctrica),
“tilín-tilín” (base campana) o el más moderno “pip-pip” (base electrónica), con
lo cual, queda definido un sustrato inclusivo del acto en sí. Timbrear, en
consecuencia, conjuga la acción política en un boca a boca sin intermediarios y
en la que el “vecino” es el protagonista principal, ya que no sólo responde al
sonido del timbre o su símil vocal sino que, lejos de constituirse como
“pueblo” o receptor de propaganda política, pasa a ocupar un rol de emisor de
inquietudes que el timbreador está obligado a escuchar y procesar. En otras
palabras, conceptos como “pueblo”, “gente”, “Patria” o “Nación”, tan bastardeados
en la historia reciente y contenedores de una generalización abstracta, se
materializan en la inmediatez de lo concreto que representa el “vecino”.
El timbreo, como llamada, supone
respuesta activa. El convocado abre la puerta de su casa, de su hogar, y no
puede ocultar su sorpresa y su contento. En ocasiones, por temor a ser víctima
de la inseguridad, nos habla desde atrás de una puerta con voz trémula,
vacilante. Aún en los casos, como ocurre a veces, que el interlocutor conteste
con un soez “ándate a la recalcada concha de tu madre”, la acción se considera
una actividad participativa y nuestros voluntarios están capacitados para
procesar la misma con un simple “acabo de llegar”, lo que abre camino hacia un
diálogo fecundo, no exento en ocasiones de apelaciones pugilísticas a las que
el timbreador debe rehuir amigablemente.
La creativa experiencia viene
demostrando que la gestión de gobierno se retroalimenta en este ir y venir
comunicacional donde no se imponen liderazgos ni mesiánicas banderías. Sin
distingos de credos, ideologías ni clases, el vecino expone libremente sus
preocupaciones y nuestros voluntarios, además de esclarecer sobre las
dificultades heredadas de la dictadura kirchnerista, transmiten la palabra
optimista y esperanzadora de lo que vendrá merced al esfuerzo individual de
cada quien. Y allí donde la necesidad abunda inexorablemente, se lleva el
consuelo, la voz comprensiva, ese “todo mejorará” que en los ámbito de la
pobreza extrema supone un elíxir energizante. “¿Qué hiciste vos para no ser
pobre?” suele ser una inquisitoria socrática con la que el timbreador habrá de conducir el acto
cognitivo indispensable capaz de inducir una pedagogía del éxito posible.
Para nuestros voluntarios,
particularmente entre los jóvenes, el timbreo tiene una reminiscencia sexual en
tanto el tradicional llamador de puertas posee una estética que lo asemeja a un
seno en el que el botón de pulso traduce
al inefable pezón femenino, de allí que la acción de timbrear adquiere
características lúdicas, eróticas y placenteras. Los “after-timbre”
popularizados entre nuestros muchachos y muchachas que al cabo de la actividad
se dan cita en bares y centros nocturnos de Palermo o Recoleta, son ejemplo
palmario de la satisfacción con que encarnan la tarea encomendada.
Finalmente, es dable inferir que el
timbreo, junto a la enjundiosa labor de nuestros cibernautas que a diario se
manifiestan en las redes sociales, son las armas de un auténtico ejército de la
alegría, la voz pastoral de las inversiones que ya llegarán para derramar con
su mágico encanto la felicidad de nuestra gente.
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